Firmes en Cristo, comprometidos con su obra
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· 120 viewsUn mensaje pastoral de despedida que afirma a la iglesia en Cristo como centro y cabeza, exhorta a perseverar en la fe y la comunión, y llama al compromiso fiel con la obra del Señor en la vida diaria. Incluye un llamado evangelístico a reconciliarse con Dios en Cristo y una bendición final de encomienda a la Palabra de su gracia.
Notes
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Introducción
Introducción
Amada congregación,
Hoy me encuentro con ustedes por última vez en este lugar. Mi corazón está lleno de gratitud al Señor por el tiempo que hemos compartido. Hemos leído su Palabra, hemos orado juntos, hemos poclamado las verdades del evangelio por las calles, y hemos visto su fidelidad.
Pero hay algo que debemos recordar con claridad: la iglesia no depende de hombres. La iglesia no se sostiene en la habilidad de sus predicadores, ni en la presencia de líderes humanos. La iglesia está edificada sobre Cristo, el Señor de la gloria.
Yo hoy me despido, otros hermanos pasaran como a sucedido de generaación en generación, pero Cristo no se despide. Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Él es quien dirige, alimenta y guarda a su iglesia.
Por eso, quiero dejarles un mensaje con tres énfasis claros:
Cristo es el centro de la iglesia.
La iglesia debe perseverar en la fe.
El pueblo de Dios debe comprometerse con la obra del Señor.
Y al final, quiero recordarles también el llamado del evangelio: reconciliarse con Dios en Cristo.
Cristo, el centro y la cabeza de la iglesia (Colosenses 1:15–20)
Cristo, el centro y la cabeza de la iglesia (Colosenses 1:15–20)
Cuando el apóstol Pablo escribe a los colosenses, no está improvisando. Está combatiendo errores muy concretos. Había quienes pensaban que Cristo era importante, sí, pero no suficiente. Que hacía falta algo más: tradiciones humanas, filosofías, ritos. Pablo responde con una de las declaraciones cristológicas más gloriosas de todo el Nuevo Testamento. Aquí nos muestra que Cristo es supremo en todo y suficiente para la iglesia.
El texto comienza afirmando que Cristo es la imagen del Dios invisible. ¿Qué significa esto? Significa que en Cristo se revela plenamente quién es Dios. No de manera parcial, no de manera borrosa, sino de manera perfecta. El hombre caído siempre ha intentado representar a Dios con imágenes hechas por sus manos: ídolos de madera, de piedra o de oro. Pero todo eso es inútil, porque Dios es invisible. El único que lo revela con perfección es Cristo. Si usted quiere conocer al Padre, mire al Hijo. En Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.
Ahora, cuando Pablo dice que Cristo es la imagen de Dios, no significa que Cristo sea una copia, como si Dios tuviera un retrato. No, significa que Él es la expresión exacta, la manifestación fiel de quién es Dios. Cristo no solo nos habla de Dios; Cristo es Dios manifestado en carne. El Hijo eterno, la segunda persona de la Trinidad, tomó forma humana para que nosotros pudiéramos ver lo invisible.
Después Pablo lo llama el primogénito de toda creación. Aquí debemos tener cuidado. Algunos, a lo largo de la historia, han malinterpretado este texto pensando que Cristo fue el primero en ser creado. Eso es un error grave. El término “primogénito” no habla de origen, sino de posición. En la cultura bíblica, el primogénito era el heredero, el que tenía autoridad y privilegio. Pablo quiere dejar claro que Cristo tiene supremacía sobre todo lo creado. Todo existe por Él, todo existe para Él. Él no es parte de la creación: Él es el Creador.
Esto nos recuerda algo fundamental: no hay rincón del universo que quede fuera de la autoridad de Cristo. El sol, la luna, las estrellas, los ángeles, los reinos de este mundo, todo le pertenece. Y si Él es Señor del universo, ¿cómo no será Señor de la iglesia?
Pablo sigue y declara que Cristo es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia. Aquí encontramos la aplicación más directa. La iglesia no es un club religioso, no es una organización social. Es un cuerpo vivo, y un cuerpo necesita una cabeza. Esa cabeza no son los pastores o ancianos o los líderes, no es un concilio humano. La cabeza es Cristo. Él gobierna, Él dirige, Él alimenta, Él da vida.
Esto significa que una iglesia puede tener un edificio hermoso, puede tener programas dinámicos, puede tener liderazgo humano fuerte. Pero si Cristo no es el centro, esa iglesia está muerta. Es como un cuerpo que se mueve sin dirección, sin control, destinado al colapso. Pero una iglesia pequeña, humilde, que exalta a Cristo como su Señor, está viva, porque la cabeza la sostiene.
Permítame usar una ilustración sencilla. Imagínese un barco en medio del mar. Los tripulantes pueden ser muchos y cada uno tener su función. Pero si no hay capitán, el barco se pierde. Así también la iglesia. Si quita sus ojos de Cristo y los pone en los hombres, inevitablemente se desviará. Pero si sigue al Capitán que es Cristo, llegará segura al puerto eterno.
Ahora bien, que Cristo sea la cabeza implica también que la iglesia debe someterse a Él. Una cabeza da órdenes, dirige, gobierna. El cuerpo no actúa por su cuenta; responde a las señales de la cabeza. Así también la iglesia debe vivir en obediencia. No podemos decir que Cristo es cabeza si ignoramos su Palabra. No podemos llamarlo Señor y luego vivir como si nosotros fuéramos los dueños. Una iglesia que obedece a Cristo muestra que está unida vitalmente a Él.
Piense en el contraste. Una iglesia centrada en Cristo es una iglesia firme. Aunque vengan pruebas, permanece. Aunque sufra persecución, resiste. Pero una iglesia centrada en los hombres se derrumba fácilmente. Cuando el hombre falla, esa iglesia se desmorona, porque su confianza estaba en el lugar equivocado.
Hermanos, esto es lo que quiero dejar grabado en sus corazones: Cristo es suficiente. Él no necesita complemento. No requiere añadidos. No comparte su gloria. Una iglesia que se aferra a Cristo tiene todo lo que necesita. Una iglesia que lo pierde, aunque lo tenga todo a nivel humano, en realidad no tiene nada.
Por eso les animo hoy: hagan de Cristo el centro en todo. Que su adoración exalte a Cristo y no al hombre. Que su enseñanza muestre a Cristo y no filosofías humanas. Que su servicio sea hecho en el nombre de Cristo y no para buscar reconocimiento. Que su testimonio en la comunidad refleje a Cristo, no a una religión vacía.
La iglesia existe para Cristo. Él es el principio. Él es el fin. Él es el todo. Asegúrense de que, en cada paso, en cada decisión, en cada ministerio, sea Cristo quien tenga la preeminencia. Porque si Cristo es la cabeza, la iglesia está viva. Y si Cristo está en el centro, la iglesia nunca será movida.
Perseverar en la fe y la comunión (Hebreos 10:23–25)
Perseverar en la fe y la comunión (Hebreos 10:23–25)
El autor de Hebreos nos entrega una exhortación que es tan clara como urgente.
La perseverancia es una palabra que se escucha poco en nuestros días. Vivimos en una cultura marcada por la inmediatez. Todo se quiere rápido, fácil y sin esfuerzo. Pero la vida cristiana no se mide en días, sino en toda una vida. No se trata de comenzar con entusiasmo y terminar en abandono, sino de caminar paso a paso hasta la meta final. Y lo que este pasaje nos enseña es que la perseverancia no depende de la fuerza del creyente, sino de la fidelidad de Dios.
Note que el texto no nos dice: “Mantengan firme la esperanza porque ustedes son fuertes”. Tampoco nos dice: “Manténganse firmes porque nunca fallarán”. Lo que leemos es: “Mantengamos firme… porque fiel es el que prometió”. Esta es la clave. La perseverancia cristiana no está fundamentada en la capacidad humana, sino en el carácter inmutable de Dios.
La Biblia está llena de testimonios de hombres y mujeres que perseveraron porque confiaron en las promesas de Dios. Abraham esperó contra toda logica, creyendo que lo que Dios había dicho, Él también era poderoso para cumplirlo. Los profetas anunciaron el juicio y la restauración, aunque en su tiempo no vieron el cumplimiento. Los discípulos de Cristo enfrentaron persecución y martirio, pero permanecieron fieles hasta el final. ¿Por qué? Porque sabían que Dios no miente. El Dios que promete es el Dios que cumple.
Esta verdad es vital para nosotros. Usted y yo sabemos lo frágil que es nuestra fe. Sabemos que muchas veces tropezamos, que nuestra confianza se tambalea, que la duda nos golpea. Pero aquí está la esperanza: la perseverancia no descansa en nuestra fuerza, sino en la fidelidad del Señor. Esa fidelidad es el ancla que nos mantiene firmes en medio de la tormenta.
Ahora, el texto no solo nos llama a mantener firme la esperanza, sino también a considerarnos unos a otros. Esto significa que la perseverancia no es un proyecto individual. No se trata de que cada creyente corra solo la carrera de la fe, aislado y apartado. Dios nos ha puesto en un cuerpo: la iglesia. Y en ese cuerpo, nos necesitamos unos a otros.
El autor dice que debemos estimularnos al amor y a las buenas obras. En otras palabras, necesitamos animarnos mutuamente a vivir la fe de manera práctica. El amor no es un sentimiento abstracto, es una acción concreta. Se expresa en cuidado, en servicio, en apoyo. Y las buenas obras son el fruto visible de una fe verdadera.
Piense en lo que sucede cuando la iglesia vive en comunión. El hermano que está débil recibe ánimo del que está fuerte. La hermana que está cargada con enfermedades o tribulaciones encuentra descanso en la oración de los demás. El joven que lucha contra la tentación es fortalecido por el consejo de los mayores. Nadie persevera solo, pero todos perseveramos juntos.
Aquí se derrumba el mito moderno del cristianismo individualista. Muchos dicen: “Yo creo en Dios, pero no necesito congregarme. Yo adoro a Dios a mi manera”. Pero la Biblia nos dice lo contrario. “No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre”. El aislamiento espiritual es peligroso. Una brasa separada del fuego se apaga pronto. Un creyente apartado de la iglesia se enfría, pierde el rumbo y queda vulnerable al enemigo.
Por eso necesitamos congregarnos. No por tradición. No por costumbre vacía. Sino porque la comunión es un medio de gracia que Dios ha establecido para sostener nuestra fe. Al congregarnos, escuchamos la Palabra, compartimos la Cena del Señor, cantamos juntos, oramos juntos, y todo eso alimenta nuestra perseverancia.
Además, el texto añade una motivación final: “y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. La iglesia primitiva vivía con la expectativa del regreso de Cristo. Ellos sabían que el día del Señor estaba cerca. Y esa esperanza los impulsaba a mantenerse fieles.
Hoy, dos mil años después, estamos más cerca de ese día que nunca. Cada amanecer nos acerca al regreso glorioso de Cristo. Y esa realidad debe movernos a perseverar con mayor fuerza. El fin se acerca. La historia no está girando en círculos sin sentido. Todo avanza hacia el día en que Cristo volverá a juzgar y a restaurar. Esa es nuestra esperanza.
Entonces, ¿qué significa perseverar en la fe y la comunión? Significa confiar en la fidelidad de Dios cuando nuestra fuerza se agota. Significa reunirnos con el pueblo de Dios, aun cuando el mundo nos empuje a la soledad. Significa animarnos al amor y a las buenas obras, porque la fe sin amor es un ruido vacío. Y significa vivir cada día con la mirada puesta en la venida de Cristo, que está más cerca hoy que ayer.
Hermanos, la perseverancia no es una opción secundaria. Es la marca de la fe verdadera. Y la comunión no es un accesorio. Es una necesidad vital. El cristiano que persevera lo hace porque Dios es fiel. Y el cristiano que persevera lo hace en medio del pueblo de Dios. Así ha sido siempre, y así será hasta que Cristo vuelva.
Compromiso con la obra del Señor (1 Corintios 15:58; 2 Corintios 9:6–8)
Compromiso con la obra del Señor (1 Corintios 15:58; 2 Corintios 9:6–8)
Cuando llegamos al tema del compromiso cristiano con la obra de Dios, tocamos un asunto que revela con claridad dónde está nuestro corazón. Podemos cantar con gozo, podemos escuchar sermones con atención, podemos incluso hablar con elocuencia sobre doctrina. Pero cuando se trata de compromiso, de dar nuestro tiempo, de usar nuestros dones y de entregar nuestros recursos, allí se prueba la autenticidad de nuestra fe. Porque lo que amamos, eso apoyamos. Lo que consideramos valioso, en eso invertimos. Y lo que creemos eterno, en eso sembramos.
El apóstol Pablo, después de enseñar la gloria de la resurrección, concluye en 1 Corintios 15:58 con un llamado solemne: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”. Observe la fuerza de esas palabras. Pablo no está hablando de un servicio ocasional, ni de un entusiasmo pasajero. Está hablando de una vida marcada por la fidelidad, la constancia y el crecimiento en la obra del Señor.
Cuando Pablo dice “estad firmes”, nos recuerda que el servicio cristiano enfrenta oposición. El mundo ridiculiza la fe, el enemigo busca desanimar, y la carne misma prefiere la comodidad antes que la entrega. Por eso la primera exhortación es a permanecer firmes. No a retroceder, no a fluctuar, sino a permanecer anclados en la certeza de que Cristo vive y reina. Sin esa firmeza, cualquier dificultad nos apartaría del camino.
Luego añade “constantes”. Aquí la idea es continuidad. No se trata de servir solo cuando hay motivación emocional, ni cuando las circunstancias son fáciles, sino de cultivar una disciplina de fidelidad. El creyente no sirve por impulso, sino por convicción. Así como un soldado permanece en su puesto aunque la batalla sea difícil, así el cristiano debe mantenerse constante en la obra del Señor.
Y finalmente dice “creciendo en la obra del Señor siempre”. Pablo no concibe un cristianismo estático. La vida de fe es una vida de crecimiento. No basta con hacer lo mínimo indispensable. El amor a Cristo nos mueve a buscar nuevas formas de servir, a crecer en la dedicación, a ampliar nuestro compromiso. El que conoce al Señor no busca la excusa para dar menos, sino la oportunidad para dar más.
Ahora bien, ¿qué significa en la práctica comprometerse con la obra del Señor? Implica tres áreas fundamentales:
nuestro tiempo,
nuestros dones y
nuestros recursos.
El tiempo es uno de los tesoros más valiosos que poseemos. Todos tenemos las mismas veinticuatro horas al día, y cómo las usamos revela nuestras prioridades. El compromiso con el Señor requiere apartar tiempo para congregarse, para orar, para estudiar la Palabra, y también para servir en la iglesia local. Si nuestras agendas están llenas de actividades, pero no hay espacio para el servicio a Dios, estamos confesando que lo eterno ha sido desplazado por lo temporal.
En segundo lugar están los dones y talentos. Dios, en su gracia, ha dotado a cada creyente con capacidades para edificar a la iglesia. Algunos enseñan, otros exhortan, otros sirven de manera práctica, otros oran con fervor. El cuerpo de Cristo necesita de todos sus miembros. Cuando alguien guarda para sí lo que Dios le dio, la iglesia se debilita. Pero cuando cada miembro aporta, la iglesia crece en madurez. El compromiso no significa hacer todo, sino hacer aquello que Dios nos ha confiado con fidelidad.
Y en tercer lugar están los recursos materiales. Aquí muchos sienten incomodidad, porque el dinero revela con fuerza dónde está nuestro corazón. Pablo escribe en 2 Corintios 9:7: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”. Esto nos enseña dos verdades: dar no es un peso, sino un privilegio; y lo que importa no es la cantidad, sino la disposición del corazón.
Cristo mismo elogió a una viuda que dio dos blancas, porque dio de lo poco que tenía. En otra ocasión, un muchacho entregó cinco panes y dos peces, y en las manos de Jesús ese pequeño aporte alimentó a miles. ¿Qué nos muestra esto? Que Dios no necesita grandes cantidades para obrar. Él necesita corazones fieles que pongan lo que tienen en sus manos. Cuando entregamos lo que el Señor nos ha dado, Él multiplica y produce fruto para su gloria.
Ahora, debemos ser claros: el compromiso no debe ser algo secundario. No debe estar al final de nuestra lista de prioridades, sino en el centro. Porque todo lo que hacemos para Cristo trasciende la vida presente. Pablo dice que nuestro trabajo en el Señor no es en vano. Cada servicio, cada oración, cada aporte, cada sacrificio tiene un valor eterno. Nada de lo que se hace en el nombre de Cristo se pierde. Todo será recordado y recompensado en la eternidad.
Una iglesia comprometida no es aquella donde unos pocos hacen mucho, sino aquella donde todos hacen lo que Dios les ha encomendado. Una iglesia comprometida no es aquella que acumula recursos para sí, sino aquella que los invierte en la misión. Una iglesia comprometida no busca su comodidad, sino la gloria de Dios.
Hermanos, la fidelidad en el compromiso es también un testimonio poderoso ante el mundo. Cuando una comunidad ve a la iglesia entregando tiempo, talentos y recursos para servir a Cristo, se enfrenta con algo distinto, algo que no entiende el egoísmo humano. Allí la luz de Cristo brilla con fuerza. Allí el evangelio se hace visible no solo en palabras, sino en hechos.
Por eso, mi ruego es este: hagan del compromiso con la obra del Señor una parte central de su vida. No lo pospongan, no lo dejen como algo opcional. Vivan sabiendo que todo lo que hacen para Cristo tiene un peso eterno. Recuerden que la vida es breve, pero la gloria que vendrá es eterna. Y en ese día, cuando estemos delante del Señor, descubriremos que cada minuto invertido, cada don usado, cada recurso entregado para su obra fue infinitamente valioso.
Exhortación evangelística (2 Corintios 5:17–21)
Exhortación evangelística (2 Corintios 5:17–21)
El evangelio no es una invitación ligera. No es un consejo opcional para mejorar la vida. El evangelio es una declaración solemne de Dios mismo, dirigida a cada ser humano: reconcíliate conmigo por medio de mi Hijo. El apóstol Pablo, en su carta a los corintios, lo expresa con toda claridad. No es un ruego humano. Es el mismo Dios que habla por medio de sus embajadores.
¿Por qué la Biblia habla de reconciliación? Porque hay enemistad. Y esa enemistad no es superficial. Es el resultado de nuestra rebelión contra un Dios santo. El hombre natural no es neutral. No está simplemente desorientado. Está en guerra contra Dios. Cada pecado es un acto de rebelión contra el Creador del universo. Esa es nuestra condición sin Cristo: enemigos de Dios, bajo su justa ira.
Aquí está la gravedad del asunto. No podemos salvarnos a nosotros mismos. Ninguna obra, ningún sacrificio humano, puede borrar la culpa. La deuda es infinita, porque el ofendido es infinitamente santo. Y si morimos en esa condición, nos espera juicio eterno. Esto no es popular decirlo hoy, pero es la verdad de la Escritura. Y el predicador fiel no está llamado a decir lo que la gente quiere oír, sino lo que Dios ya ha dicho.
Pero aquí brilla el evangelio. El mismo Dios que hemos ofendido es el que toma la iniciativa para reconciliarnos. Él envió a su Hijo, Jesucristo, para ser nuestro sustituto. En la cruz, Cristo llevó la culpa de su pueblo, cargó con el castigo que merecíamos, y satisfizo perfectamente la justicia divina. Por eso Pablo puede decir que, en Cristo, Dios estaba reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta sus pecados.
La salvación no es un asunto de mejorar nuestra conducta. Es un asunto de recibir una nueva vida en Cristo. Pablo lo dice con contundencia: si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Lo viejo pasó. Lo nuevo comenzó. El evangelio transforma radicalmente, desde dentro. Cambia el corazón de piedra por un corazón de carne. Cambia la enemistad en amistad. Cambia la condenación en adopción como hijos.
Por eso, hoy debo rogarte: reconcíliate con Dios. No hay neutralidad. O estás en paz con Él por medio de Cristo, o sigues siendo su enemigo. No hay término medio. Y no hay otro camino. No es por la religión, no es por los méritos, no es por acumulación de buenas obras. Es solo por la fe en Cristo Jesús, quien murió y resucitó para nuestra justificación.
Este llamado es urgente. Nadie tiene asegurado el mañana. Nadie puede presumir de su vida. Hoy es el día aceptable. Hoy es el día de salvación. El Dios que te creó te está llamando a reconciliarte con Él. Y si lo haces, conocerás la paz verdadera, el perdón completo y la esperanza eterna.
Conclusión y bendición final (Hechos 20:32)
Conclusión y bendición final (Hechos 20:32)
Al llegar al final de este mensaje, deseo que la iglesia tenga absoluta claridad en lo esencial. No hemos hablado de ideas pasajeras ni de estrategias humanas. Hemos recordado verdades eternas que Dios ha revelado en su Palabra, y estas verdades deben permanecer en sus corazones más allá de este día.
La primera verdad es esta: Cristo es el centro y la cabeza de la iglesia. La iglesia no tiene otro Señor, ni otro fundamento, ni otra autoridad suprema. Él es quien da vida al cuerpo, quien lo sostiene y quien lo dirige. Todo lo que hagan debe hacerse bajo su señorío. No pongan su esperanza en hombres, porque todos somos frágiles y pasajeros. Pero Cristo permanece para siempre. Él no abandona a su pueblo, Él no se aparta de los suyos, Él es el Buen Pastor que guarda a su rebaño hasta el fin.
La segunda verdad que hemos visto es que la iglesia debe perseverar en la fe y en la comunión. La vida cristiana no es una emoción momentánea, es una carrera de resistencia. Y el secreto de nuestra perseverancia no está en la fuerza humana, sino en la fidelidad de Dios. Por eso, no se aparten de la congregación. No abandonen los medios de gracia. La comunión, la oración, la adoración y la predicación son instrumentos por los cuales el Señor fortalece a su pueblo. Como brasas que arden juntas, así los creyentes deben sostenerse mutuamente para no apagarse.
La tercera verdad es un llamado al compromiso con la obra del Señor. Una fe sin obra es una fe muerta. Y una iglesia sin compromiso se vuelve estéril. Dios nos ha dado tiempo, talentos y recursos, y todos deben ser ofrecidos en gratitud a Aquel que lo entregó todo por nosotros. Servir a la iglesia, sostener la predicación, apoyar la misión, dar con generosidad y constancia: todo esto no es en vano, porque el Señor mismo lo recibe como ofrenda agradable. Lo que se entrega a Cristo nunca se pierde, siempre se multiplica para gloria de su nombre.
Y finalmente, hemos recordado el llamado del evangelio: reconciliarse con Dios en Cristo. Ese es el punto culminante de todo lo dicho. Porque si Cristo es la cabeza, si debemos perseverar, si debemos comprometernos, es solo porque Él nos ha dado vida nueva. Sin reconciliación no hay iglesia, no hay perseverancia, no hay compromiso verdadero. La paz con Dios solo se encuentra en Cristo Jesús.
Por eso, como Pablo al despedirse de los ancianos de Éfeso, yo también digo: “Os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia”. No hay mejor herencia que esa. No hay mayor seguridad que esa. La Palabra de Dios tiene poder para edificarles, sostenerles y llevarles a la herencia eterna que nos aguarda en Cristo.
Que el Señor haga de esta congregación una iglesia firme, fiel y luminosa. Que Cristo sea exaltado en cada servicio, en cada hogar y en cada vida. Y que cuando Él venga, los halle constantes, creciendo en su obra, para gloria de Gloria de Dios Padre.
Oracion
Oracion
Señor nuestro Dios y Padre,
te damos gracias porque tu Palabra es verdad. Gracias porque en Cristo tenemos vida, perdón y esperanza eterna. Reconocemos que la iglesia no se sostiene en hombres, sino en tu Hijo amado, quien es la cabeza del cuerpo.
Padre, fortalece a esta congregación para que persevere firme en la fe, unida en la comunión y llena de amor fraternal. Haz que cada uno de tus hijos aquí presentes se comprometa fielmente con la obra del Señor, usando los dones, el tiempo y los recursos que Tú mismo les has dado.
Te ruego también por aquellos que aún no se han reconciliado contigo. Ten misericordia de ellos. Abre sus ojos, quebranta su corazón y llévalos al arrepentimiento y a la fe en Cristo Jesús.
Señor, encomendamos esta iglesia a tu gracia. Edifícala con tu Palabra, santifícala con tu Espíritu, y úsala como un testimonio vivo de que Jesucristo es Señor, para gloria tuya y para bendición de muchos.
En el nombre poderoso de Cristo, nuestro Salvador y Rey, oramos.
Amén.
