La formación del Canon del NT

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Introducción

En uno de los viajes al Chaco, mi papá me sorprendió con una frase: “Si quieres aprender más sobre la vida de Jesús, tienes que leer el libro Jesús vivió y murió en Cachemira”. Yo me quedé en silencio. Ni siquiera sabía donde quedaba Cachemira.
Algo exaltado le respondí: “Eso no está en la Biblia! Los evangelios dicen claramente que Jesús vivió en Nazaret y murió en Jerusalén, en el Gólgata”.
Él sonrió y me dijo: “Por supuesto que no está en la Biblia. Pero Lucas mismo nos dice que muchos intentaron escribir relatos sobre Jesús…”
Yo insistí: “Eso se refiere a los evangelios, a la Biblia, que tenemos”.
Con una sonrisa pícara, mi papá me remató: “¿Ah sí? ¿Y qué me dices de los evangelios perdidos? El de María Magdalena, o los que mencionan en esos programas de Pascua en National Geographic. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que estos libros - y no aquellos - son los correctos? ¿A caso no hablan todos sobre Jesús?
En ese tiempo yo recién empezaba mis estudios de teología, y no supe qué contestar. Sabía que la Biblia era mi norma de vida, pero en ese momento no pude articular una respuesta clara. Por fuera quise mostrar seguridad y hasta pensé que mi padre era simplemente ‘carnal’ y no entendía las cosas espirituales. Pero por dentro me molestaba que mi fe pareciera ingenua, o que ante una pregunta sobre ella no podía realmente decir algo coherente que no vaya más allá de una sutil burla hacia las propuestas de mi padre.
Con el tiempo, mis clases avanzaban y yo volvía a casa con nuevos argumentos que repetía en los debates con mi padre. Finalmente, él me confesó que solo quería probar cuán seguro estaba en la Biblia, no que él realmente creyera esas cosas.
Esa experiencia mi enseñó que mi reacción ante el cuestionamiento de alguien era la burla y mi actitud era una de superioridad. Dos componentes que limitan el diálogo con otra persona y una que se opone a la actitud mansa y humilde que 1 Pedro 3:15 nos llama a tener con quienes pregunten sobre nuestra fe.
Esta conversación con mi papá fue, en realidad, una pregunta sobre el canon del Nuevo Testamento. Y eso es lo que hoy juntos queremos ver: cómo se formó el canon del Nuevo Testamento y por qué podemos confiar en él.

Qué es el canon

No sé cuantos de ustedes conocen este libro [mostrar]. Es el Diccionario de la Real Academia Española. Capaz alguno lo conozca en este formato [mostrar buscador de google] o en este formato [mostrar página web de RAE].
El Diccionario de la RAE es de esos libros que la mayoría de nosotros no lee en su tiempo libre 😁. Pero cuando estás en una disputa acalorada sobre cómo escribir una palabra con una persona, es satisfactorio cuando la RAE te da la razón. Al menos así me sentí cuando un amigo me preguto si “consumición” se escribe de esta manera [mostrar consumision] o de esta manera [mostrar consumición].
De la misma manera que la RAE representa la norma gramatical española, el κανών (canon) se refería para la cultura general a una caña que servía como una relga, como una unidad de medida. De esta idea de regla es que los cristianos derivaron para hablar del canon como aquella lista de libros autoritativos para el fundamento de nuestra fe. Por lo tanto, así como una regla tiene los milímetros, centímetros y metros como unidad de medida, así el Nuevo Testamento tiene una “unidad de medida” que conocemos en los siguiente 27 libros autoritativos:
Los cuatro evangelios
Hechos
Cartas paulinas
Hebreos
Santiago
1 y 2 Pedro
1-3 Juan
Judas
Apocalipsis

Siglo 1

Ahora bien, ¿cómo llegamos a estos 27 libros? Como ustedes ya saben, la Biblia no siempre se vió de esta manera [mostrar Biblia], sino más bien fue evolucionado de esto [mostar rollos], a esto [mostrar códice], a esto [mostrar Biblia actual], a esto [mostrar Biblia digital]. Así como la evolucion de nuestras versiones de Biblia ocurrió de manera orgánica, así también creo que ocurrió orgánicamente la formación de estos 27 libros del NT.
Para explicar esto les invito a acompañarme en el siguiente viaje. Eres un judío del siglo I d.C en Palestina. Desde niño tus padres te enseñaron acerca de las historias de Dios con Israel. Aprendiste de memoria la Torá, la ley de Dios. Tus padres te hablaron sobre los patriarcas Abraham, Jacob, José. También te contaron sobre la relación fluctuante del pueblo judío con su Dios. Momentos de fidelidad. Momentos de infidelidad. La relación del pueblo judío con su Dios no era lineal, sino más bien circula: desobediencia, juicio y salvación. Cada generación estaba ante la pregunta si permanecerían fieles a Dios. Luego te cuentan que llegó un momento en donde el pueblo de Israel fue exiliado. Ahí vivirían oprimidos por gobernantes extranjeros. Dios le hablaba al pueblo a través de los profetas. Pero llegó un momento donde dejaron de hablar. El Dios del pueblo guardó silencio. Sólo quedaba su Palabra escrita y la promesa que un día Dios restauraría al pueblo israelitas con la llegada del Mesías. Con esta espectativa y esparcido por todo el imperio romano creciste esperando que Dios cumpla su promesa.
Entiendo muy bien esta idea de esperar. Especialmente como cerrista, ya que llevo 30 años esperando que se cumpla la promesa de que el Cerro ganará algún día la Libertadores.
Aunque una cosa no es lo mismo que la otra, ayuda a imaginar la sensación de esperar. Porque el pueblo judío esperaba al Mesías prometido. 
Y entonces, en medio de ese silencio de siglos… apareció Jesús de Nazaret. En él, la Palabra de Dios volvió, pero no a través de un profeta más, sino directamente en la persona de Cristo: la Palabra hecha carne.
Para Jesús, para los apóstoles y para la iglesia naciente, la Biblia seguía siendo el Antiguo Testamento. Pero en esas Escrituras veían que las promesas se estaban cumpliendo. El Mesías había llegado, no solo para salvar a Israel, sino para traer salvación al mundo. Jesús mismo se asignó una autoridad única, divina. En el evangelio de Juan lo escuchamos declarar los “Yo soy”, palabras que colocan su identidad al nivel del mismo Dios.
Si Dios estaba restaurando a su pueblo por medio del Mesías, entonces era natural que con su llegada surgieran nuevas palabras autoritativas que guiaran a los creyentes en el nuevo pacto. Así como en el primer éxodo Israel recibió la Ley, en este nuevo éxodo en Cristo recibiría una nueva revelación: la palabra apostólica, el fundamento del Nuevo Testamento.
Mientras Jesús vivía, sus seguidores podían escuchar sus enseñanzas de primera mano, ver cómo vivía y recibir guía dreicta de Dios. Pero después de su muerte, resurrección y ascensión, surgió una pregunta importante: ¿cómo mantenernos fieles a su mensaje si ya no estaba físicamente con nosotros?
Para responder a esto, los apóstoles comenzaron a escribir relatos sobre la vida y enseñanza de Jesús, para que las futuras generaciones pudieran conocer y aprender de su ejemplo. Más tarde, a medida que el mensaje de Jesús se difundía por todo el Imperio Romano y surgían nuevas comunidades, escribieron cartas a las iglesias, instruyendo, corrigiendo y animando a los creyentes.
En el corazón de estos escritos había seis convicciones fundamentales:
Jesús cumplió las Escrituras.
Su muerte y resurrección vencieron al pecado y a la muerte.
Su ascención mostró que es el Mesías y Señor.
Envío al Espíritu Santo para guiar a su pueblo.
Regresará como juez y salvador
La salvación se recibe por arrepentimiento, fe en Cristo resucitado y bautismo en su nombre.
Poco a poco, la comunidad se dio cuenta de que debían preservar estas enseñanzas para que no se perdieran. Por eso, los escritos apostólicos se leían en público desde muy temprano.
Así, Pablo exhorta a los cristianos de Tesalónica:
1 Tesalonicenses 5:27 "Les encargo delante del Señor que lean esta carta a todos los hermanos."
Y en otra carta, dirigida a Timoteo, Pablo equipara sus propias palabras con las Sagradas Escrituras:
1 Timoteo 5:17–18 "Los ancianos que dirigen bien los asuntos de la iglesia son dignos de doble honor, especialmente los que dedican sus esfuerzos a la predicación y a la enseñanza. Pues la Escritura dice: «No le pongas bozal al buey mientras esté trillando», y «El trabajador merece que se le pague su salario»."
Pedro también lo confirma cuando escribe que las cartas de Pablo ya formaban parte de la doctrina autorizada de la Iglesia en aquella época:
2 Pedro 3:15–16 "Tengan presente que la paciencia de nuestro Señor significa salvación, tal como les escribió también nuestro querido hermano Pablo, con la sabiduría que Dios le dio. En todas sus cartas se refiere a estos mismos temas. Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que los ignorantes e inconstantes tergiversan, como lo hacen también con las demás Escrituras, para su propia perdición."
Así, las comunidades cristianas comenzaron muy pronto a reconocer los escritos de los apóstoles como tan autoritarios como el Antiguo Testamento, y a leerlos regularmente en los servicios religiosos.

Siglo II

¿Pero qué ocurrió después de que murieron los apóstoles?
¿Cómo podía preservarse fielmente la enseñanza de Cristo aun después de ellos?
Precisamente aquí comienza la historia del siglo II. En estos años aparecen los llamados “Padres apostólicos”, cristianos que todavía habían conocido a los apóstoles o a sus discípulos. Uno de ellos fue Clemente de Roma. En una carta a la iglesia de Corinto cita no solo el Antiguo Testamento, sino también los Evangelios y las cartas de Pablo, y los trata como si tuvieran la misma autoridad que la Escritura.
Sin embargo, no todo fue tan sencillo. Pues aunque los cristianos muy pronto reconocieron los Evangelios y las cartas de Pablo como Palabra de Dios, también surgieron voces contrarias que cuestionaban la autoridad de estos libros. Los gnósticos eran un movimiento filosófico-religioso que ponía en duda la humanidad de Jesús, e incluso su existencia histórica. Difundían evangelios propios, como el Evangelio de Tomás o los Hechos de Pedro, que ofrecían una visión totalmente distinta de Jesús y de su enseñanza.
O también Marción, un hereje, estaba convencido de que el Dios del Antiguo Testamento no era el mismo que el revelado en Jesús. Para él, el Dios del AT aparecía severo y malo, mientras que Jesús hablaba de amor y gracia. Por eso Marción rechazó todo el Antiguo Testamento y reconoció únicamente aquellos libros del Nuevo Testamento que coincidían con su teología. Su selección consistía en:
Una versión modificada del Evangelio de Lucas
Diez cartas de Pablo:
Gálatas
1 y 2 Corintios
Romanos
1 y 2 Tesalonicenses
Efesios
Colosenses
Filipenses
Filemón
Las propuestas de los gnósticos y de Marción llamaron la atención de los cristianos. Era como si hoy alguien afirmara que 2+2=5, cuando todos damos por hecho que es 4. Entonces nos vemos obligados a argumentar y demostrar por qué 2+2=4 y no 5. De manera semejante, la iglesia empezó a formular con claridad hacia afuera lo que hasta ese momento había dado por supuesto.
Aquí entra en escena Justino Mártir, un defensor de la fe en el siglo II. Él argumenta que los cristianos se reunían cada domingo y que en esas reuniones se leían los escritos de los apóstoles (Evangelios) y los de los profetas (AT). Con esto, Justino muestra que ya en el siglo II la iglesia ponía los Evangelios al mismo nivel de autoridad que el Antiguo Testamento y los utilizaba en el culto como Palabra de Dios.
Más tarde, también Ireneo de Lyon combatió las herejías de su tiempo. En sus escritos cita casi todo el Nuevo Testamento tal como lo conocemos hoy: los cuatro evangelios, las cartas de Pablo, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pedro y Juan e incluso el Apocalipsis. Para él era claro: la iglesia posee una colección limitada de escritos con autoridad divina.
Vemos así que ya en el siglo II los Evangelios y los escritos de los apóstoles se leían junto con el Antiguo Testamento en el culto. Mientras que Justino Mártir menciona sobre todo los Evangelios como autoritativos en la liturgia, Ireneo deja en claro que pronto la iglesia reconoció una colección aún más amplia de escritos inspirados por Dios, llegando a citar casi todo el Nuevo Testamento.
Además, Ireneo subrayaba que las Escrituras siempre debían entenderse a la luz del mensaje de fe transmitido por Cristo (la llamada “Regla de la fe”). Así pudo distinguir con claridad qué escritos eran verdaderamente Palabra de Dios y qué enseñanzas contradecían la verdad.

Siglo III al IV

Entre finales del siglo II y comienzos del siglo III surgieron diversas listas que intentaban enumerar oficialmente aquellos escritos del Nuevo Testamento ya reconocidos, como por ejemplo el llamado Fragmento Muratoriano, que menciona casi todos los libros del Nuevo Testamento.
Al mismo tiempo actuaba Orígenes de Alejandría, uno de los teólogos más importantes de la Iglesia antigua. Él se esforzó por dejar bien claro cuáles eran los escritos que la Iglesia de su tiempo reconocía como Sagrada Escritura. Para él estaba fuera de duda que pertenecían los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo y la carta a los Hebreos. Además, mencionaba 1 Pedro, varias cartas de Juan y el Apocalipsis.
Otro paso importante llegó en el siglo IV con el historiador eclesiástico Eusebio de Cesarea. En su obra Historia Eclesiástica dividió los escritos en tres grupos:
universalmente reconocidos,
discutidos, y
rechazados como heréticos.
Con ello dejó en claro qué libros consideraba la Iglesia como vinculantes y cuáles eran examinados con cautela o directamente rechazados.
Pocos años después, en el año 367Atanasio de Alejandría escribió una famosa carta pascual a las iglesias. Allí aparece por primera vez la lista exacta de los 27 libros del Nuevo Testamento tal como los conocemos hoy. Atanasio no inventó esta lista ni impuso su opinión personal, sino que expresó el consenso ya existente en la Iglesia, válido en el mundo conocido de entonces.
Poco después, el Sínodo de Hipona (393) y el Concilio de Cartago (397) confirmaron oficialmente esta colección. Desde entonces quedó claro para la cristiandad: el Nuevo Testamento consta de exactamente 27 libros —ni más ni menos.

Criterios

Como vimos hasta aquí la iglesia fue aceptando la autoridad de un cuerpo de escritos autoritatos del NT desde muy temprano. A medida que los desafíos internos y externos venían, se hacía necesario responder a las amenazas, dejando en claro cuáles eran los libros que se habían reconocido como autoritativos. Esto llega a su máximo expresión en los sínodos y concilios.
Para determinar el canon del NT la iglesia básicamente tuvo cuatro criterios:
El primero fue la apostolicidad: lo cual significa que cualquier libro que fuera aceptado tenía que haber sido escrito por alguno de los apóstoles o alguien cercano a ellos. Esto fue importante porque los apóstoles eran los que habían sido instruidos directamente por Jesús.
La coherencia doctrinal: los libros que serían aceptados para el Nuevo Testamento debían estar en sintonía con las enseñanzas ortodoxas.
Catolicidad: debía ser ampliamente reconocido y aceptado por la mayoría de las iglesias.
Uso litúrgico: debía ser leído regularmente en el culto, sirviendo de edificación y cumplían con los anteriores requisitos.

Conclusión/Reflexión

¿Cómo pudieron personas sencillas de Galilea – hombres y mujeres que en la hora de la crucifixión tuvieron miedo y negaron a Jesús – llegar a ser valientes proclamadores de un nuevo movimiento de fe cuya enseñanza sigue transformando el mundo hasta hoy?
¿Cómo pudieron “gente sin estudios y del pueblo” (Hch 4,13) predicar un mensaje con tanta profundidad teológica, que ha marcado toda nuestra cultura occidental?
¿Y cómo pudo un movimiento que comenzó entre judíos y anunciaba a un Mesías judío ser hoy aceptado por más de dos mil millones de personas en todo el mundo – y por muchos más a lo largo de la historia?
La respuesta más sencilla es: ellos tenían la fuerza de la Palabra de Dios.
El canon no son solo escritos antiguos. Es la Palabra misma de Dios: plenamente relevante, absolutamente necesaria para tener vida eterna y para vivir aquí en la tierra conforme a la voluntad del Dios vivo y verdadero.
Esta Palabra cambió mi vida – y también la tuya.
Por eso es tan importante que conozcamos la historia que hoy hemos escuchado. Ella fortalece nuestra fe. Cuando vemos cómo el Espíritu de Dios lo condujo todo para que toda la Palabra de Dios se reuniera en la Biblia completa y llegara hasta nosotros, entonces estamos aún más seguros de que sigue siendo válida – y de que transforma vidas.
Así ya no quedaremos avergonzados como el joven Víctor, que no supo responder a las preguntas sencillas de su padre. Más bien, predicaremos con valentía, firmes en la verdad, dispuestos a desenvainar la espada de doble filo – sin vergüenza, para seguir luchando como soldados de la salvación en la batalla espiritual de este mundo.
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