LA VERDADERA GRANDEZA
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LA VERDADERA GRANDEZA
Serie: Individual
Lección: 1
Texto bíblico: Mateo 18:1-4
Fecha: 29 octubre 2025
Lugar: Iglesia Fe Creciente
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1. INTRODUCCIÓN
Se cuenta que un grupo de turistas visitaba una pequeña aldea en Europa. Uno de
ellos, con cierto aire de superioridad, le preguntó a un anciano sentado en el
parque:
—“¿Nació algún hombre grande en este lugar?” El anciano sonrió y contestó con
calma: —“No, aquí solo han nacido bebés”.
La respuesta, aunque sencilla, guarda una enseñanza: nadie nace grande, todos
nacemos pequeños. Sin embargo, el corazón humano suele ansiar lo contrario:
subir, dominar, sobresalir. Lo vemos en la política, en las empresas, y en las redes
sociales.
Y siendo honestos, caemos en la misma trampa, midiendo la grandeza por títulos o
por preguntas en lo profundo de nuestro corazón:
—“¿Quién es el mayor?”
—“¿Quién tiene más unción?”
—“¿Quién ocupa el mejor cargo?”
—“¿Quién está más cerca del pastor?”
—“¿Quién tiene la fe más grande?”
Jimmy Hernández F
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Los discípulos de Jesús no fueron la excepción a este tema. Ellos también lucharon
con estas inquietudes. Pero detrás de estas preguntas se esconde algo mucho más
profundo.
Abramos la Biblia en Mateo 18:1-4 y escuchemos cómo Jesús redefine lo que
significa ser verdaderamente grande en el Reino de Dios.
2. DESARROLLO
A. GRANDEZA MAL ENTENDIDA (v. 1)
En ese momento los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: —¿Quién es el más
importante en el reino de los cielos?
La escena comienza con una pregunta inquietante sobre la grandeza. No fue un
comentario casual, ni una simple curiosidad. Marcos 9:33–34 nos revela que, en el
camino, los discípulos venían discutiendo quién era el mayor. Y ahora, frente a
Jesús, lo convierten en un debate oficial: querían un veredicto divino, una
declaración pública.
En otras palabras: “Jesús, dinos de una vez: ¿quién de nosotros es el número uno?”
No estaban preocupados por seguir mejor al Maestro, ni por aprender a sufrir con
Él. Estaban pensando en la foto final: quién ocuparía el lugar más importante. Esa
pregunta revela un entendimiento equivocado de la grandeza.
Y es aquí donde descubrimos tres “enfermedades del corazón” que se esconden
detrás de la búsqueda equivocada de “ser alguien”:
1. “Ambicionitis crónica”: Ambición disfrazada de curiosidad
La pregunta de los discípulos no era curiosidad inocente, sino un brote de
ambicionitis mezclada probablemente con ignorancia, miedo a quedar fuera
o inseguridad de identidad.
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Esta enfermedad espiritual inflama el ego y hace que sirvamos más por lo
que recibimos que por amor.
Santiago 3:16 lo diagnostica: "Porque donde hay envidias y rivalidades, allí
hay confusión y toda clase de acciones malvadas."
El término griego que se traduce como “rivalidades” es eritheia. En sus
orígenes significaba “trabajar por paga”, pero con el tiempo adquirió el
sentido de “ambición egoísta”: servir no por amor, sino por lo que se
obtiene. Es el virus que nos empuja a subir pisoteando a los demás, brillar
opacando, ganar a costa de hacer perder a otros en lugar de servir y amar.
Hay que aclarar, que muchos creyentes no buscan poder por maldad, sino
porque muchas veces sienten un vacío de afirmación. La ambición egoísta
siempre divide. Nunca une.
Señales de “ambicionitis crónica”
-
¿Te molesta cuando alguien más recibe un reconocimiento que tú
crees merecer?
-
¿Haces cosas buenas, pero esperando siempre que alguien lo note?
-
¿Tu servicio al Señor depende de si te dan visibilidad o aplauso?
Síntoma clave: el ego se alimenta de aplausos y se debilita en el anonimato
Transición: Además de esta enfermedad, hay una segunda enfermedad en
el corazón que debemos vigilar:
2. “Posicionitis aguda”: Posición antes de relación
Es una obsesión con el rol o puesto, el título y el lugar que ocupamos. Los
discípulos no preguntaron: “¿Cómo podemos amar mejor?” sino: “¿Qué
lugar ocuparemos en el Reino?”.
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Muchos creyentes hoy padecen lo mismo. Su valor lo define su puesto, no
su relación con Cristo. Pero en el Reino, nuestro estatus eterno no depende
de un cargo, sino de la cruz. El título puede cambiar, pero la identidad de
“hijo de Dios” es inmutable.
Señales de “posicionitis aguda”:
-
Defines tu valor por el ministerio o título que ocupas.
- Te sientes menos cuando no tienes un cargo visible.
- Piensas más en “qué lugar ocupo en la iglesia” que en “cómo estoy con
Cristo”.
Síntoma clave: el corazón se mide más por el puesto que por la cruz.
Transición:
Y
todavía
hay
una
tercera
enfermedad
que
corroe
silenciosamente...
3. “Comparatitis venenosa”: Comparaciones
Al preguntar: “¿Quién es el más importante?”, los discípulos convirtieron el
discipulado en competencia. Y toda competencia se alimenta de
comparaciones.
El corazón humano tiende a medirse contra otros para hallar su valor:
-
“¿Estoy por encima o por debajo de Pedro?”
-
“¿Soy más importante que Juan?”
-
“Qué pensará Jesús de mí frente a los demás?”
Así nace el “mi don contra tu don”, “mi llamado contra tu llamado”. Pero
Pablo nos advierte en 2 Corintios 10:12: "No nos atrevemos a igualarnos ni
a compararnos con algunos que se recomiendan a sí mismos. Al medirse a sí
mismos y compararse consigo mismos, no saben lo que hacen."
La comparación es necedad espiritual. Y la competencia en la iglesia no
construye, destruye. No edifica, hiere.
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Señales de “comparatitis venenosa”:
-
Te comparas constantemente con dones, influencia o reconocimiento
de otros.
-
Te cuesta alegrarte genuinamente cuando alguien más es usado por
Dios.
-
Tu gozo fluctúa según cómo quedas en la comparación con otros.
Síntoma clave: el corazón vive con una vara equivocada.
B. LA LÓGICA DESAFIANTE DEL MAESTRO (vv. 2–3)
Él llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. Entonces dijo: —Les aseguro que a menos
que ustedes cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reino de los cielos.
Jesús no responde con una teoría ni con un sermón académico. Responde con un
gesto. Llama a un niño y lo coloca en medio de ellos. No como espectador. No en
la periferia. Sino en el centro: el lugar reservado, según la lógica de sus discípulos,
para el más importante.
Con esa sola acción, Jesús predica un mensaje sin palabras: “En mi Reino, el centro
no lo ocupan los poderosos, sino los pequeños.”
La grandeza, según Jesús, no se mide en cargos, títulos ni aplausos, sino en
humildad y dependencia. Aquí comienza la terapia divina contra las tres
enfermedades del corazón: ambicionitis, posicionitis y comparatitis.
El tratamiento tiene dos componentes esenciales:
1. Conversión total: el giro radical (v.3)
Jesús afirma: “Les aseguro que a menos que ustedes cambien…” (v. 3).
La palabra griega es strephō: dar la vuelta, invertir el rumbo. No habla de un
proceso lento, sino de un giro inmediato.
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El problema del corazón humano no se soluciona con ajustes superficiales,
sino con una vuelta en U espiritual. No basta con mejorar un poco la
conducta: hay que abandonar el camino de la grandeza humana y tomar el
camino de la humildad del Reino.
Imagina al corredor que avanza obsesionado con llegar primero,
comparándose y compitiendo. De repente, el Médico divino le ordena:
“Detente. Da la vuelta. Aquí no se entra corriendo por méritos, sino
confiando como un hijo.”
La conversión total es el antídoto que rompe la fiebre de la ambición.
2. Dependencia total: volver a ser como niños
Jesús no está idealizando la inocencia infantil. En el mundo antiguo, los niños
eran los más débiles, sin poder ni influencia social. No tenían estatus ni voz
pública. Eran totalmente dependientes.
Ese es el punto. El creyente en el Reino debe aprender la humildad y la
dependencia de un niño. No buscar grandeza en logros, títulos o posiciones,
sino descansar en una sola verdad: somos hijos amados del Padre.
Un niño depende de sus padres para todo:
-
Comida.
-
Vestido.
-
Protección.
-
Identidad.
Así debe ser la vida cristiana. La autosuficiencia es una mentira peligrosa. La
dependencia de Dios es la única verdad que sostiene.
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El golpe final de Jesús
Pero la respuesta de Jesús nos debe incomodar a todos. Los discípulos
preguntaron por grandeza. Jesús respondió hablando de entrada al Reino.
En otras palabras: el mismo criterio que define quién entra al reino, es el que
define quién es grande. No se puede ser “alguien” en el Reino sin primero
ser “nadie” delante de Dios.
El erudito bíblico Craig Blomberg lo explica con claridad:
“Todos los que confían en su propia posición en el reino deberían
hacer un balance. ¿Es nuestra confianza la de un niño que depende
de la bondad de su Padre, o la de alguien que confía en sí mismo?”
La verdadera lógica del Reino es desafiante: grande es el que se hace
pequeño. Solo con un giro radical (strephō) y una dependencia total
podemos ser libres de la ambición, la posición y la comparación.
Y ahora surge la gran pregunta: si esta es la lógica del Maestro, entonces…
cómo se ve, en la práctica, ¿esa verdadera grandeza?
C. EL ALTA MÉDICA DEL REINO: LA VERDADERA GRANDEZA
(v.4)
Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los
cielos.
Después de diagnosticar las enfermedades del corazón (ambicionitis, posicionitis y
comparatitis) y recetar el tratamiento (conversión total y dependencia total), Jesús
ahora entrega el alta médica del Reino. El paciente que se somete a su gracia y
adopta la humildad de un niño recibe la restauración: la verdadera grandeza.
Pero atención: la receta no es teoría. Jesús nos da tres “medicamentos espirituales”
que necesitamos tomar diariamente:
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a. “Humildol” Humillarse voluntariamente
Jesús no dijo: “el que nace pequeño”, sino: “el que se humilla”. La humildad
bíblica no es un accidente, es una decisión consciente, no algo que sucede
de manera automática. Pero, no debemos confundir la humildad verdadera
con la baja autoestima.
-
Baja autoestima: Es pensar menos de uno mismo → “No sirvo, no
valgo, todos son mejores que yo”.
-
Humildad bíblica: Es pensar menos en uno mismo → “No necesito
brillar, quiero que Cristo brille y que otros sean servidos”.
La grandeza en el Reino no se mide en ascensos, sino en descensos. No es
un logro que se conquista, sino una decisión que se toma: bajarse
voluntariamente.
Cristo mismo es el modelo: “siendo en forma de Dios… se humilló a sí
mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses
2:6–8).
b. “Servicilina”: Servir sin buscar reconocimiento
El segundo medicamento es el servicio oculto. Servir donde nadie te ve.
Servir donde no hay aplauso ni cámara.
- El que limpia la iglesia en silencio.
- El que ora por otros sin que lo sepan.
- El que acompaña en una enfermedad sin publicar la foto.
- El que da sin esperar agradecimiento.
En el Reino, los héroes son anónimos. Los que lavan pies, los que sostienen
cargas en secreto, los que sirven sin esperar retorno. Jesús mismo lo dijo:
“tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mateo 6:4). La servicilina
sana la necesidad enfermiza de aplauso.
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c. “Dependol”: Confianza simple
El tercer medicamento es volver a la confianza sencilla de un niño. Un niño
no vive para impresionar. No necesita defender su estatus ni demostrar nada.
Simplemente confía en la bondad de su padre.
Así debe vivir el discípulo: confiando en la gracia del Padre, no en sus
méritos. La verdadera grandeza no está en demostrar fortaleza, sino en
depender totalmente de Dios. Dependol cura la autosuficiencia y nos
devuelve al descanso de la fe.
EJERCICIO PRÁCTICO
“Cierra tus ojos un instante y pregúntate:
-
¿Qué me duele más: no servir… o servir sin ser visto?
-
¿Qué me motiva más: ser usado… o ser reconocido?
-
¿Qué me importa más: estar cerca del Señor… o cerca de la foto del pastor?”
Ahora, llevemos esas respuestas delante de Cristo. Digámosle.
“Señor, enséñanos a humillarnos como un niño. Líbranos de la necesidad de
brillar, de ser aplaudido o reconocido. Que mi gozo sea estar cerca de Ti,
aunque nadie más lo vea. Hazme pequeño para que Tú seas grande en mí”.
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