De la fe a la comunión

Tiempo después de Pentecostés  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Luke 17:5–10 NVI
5Entonces los apóstoles dijeron al Señor: —¡Aumenta nuestra fe! 6—Si ustedes tuvieran una fe tan pequeña como una semilla de mostaza —respondió el Señor—, podrían decirle a este árbol sicómoro: “Arráncate de aquí y plántate en el mar” y les obedecería. 7»Supongamos que uno de ustedes tiene un siervo que ha estado arando el campo o cuidando las ovejas. Cuando el siervo regresa del campo, ¿acaso le diría “ven enseguida a sentarte a la mesa”? 8¿No le diría más bien “prepárame la comida y cámbiate de ropa para atenderme mientras yo ceno; después tú podrás cenar”? 9¿Acaso le daría las gracias al siervo por haber hecho lo que se le mandó? 10Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, deben decir: “Somos siervos inútiles; no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”.

Introducción

Hoy celebramos el Día de Comunión Mundial, una fecha muy especial que nos recuerda que la mesa del Señor no conoce fronteras. Esta celebración nació en 1933, en una iglesia presbiteriana de Pittsburgh, cuando el pastor Hugh Thomson Kerr y su comunidad sintieron la necesidad de afirmar que en Cristo somos un solo cuerpo, más allá de las divisiones de nación o denominación.
Al inicio se celebraba solamente en esa congregación, pero con el paso de los años se fue extendiendo a otras iglesias presbiterianas. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Consejo Federal de Iglesias la promovió como un símbolo de esperanza en medio de un mundo dividido, y pronto se convirtió en una celebración ecuménica.
Por eso, cada primer domingo de octubre, comunidades cristianas en todo el mundo, de distintas tradiciones y culturas, compartimos el pan y la copa recordando que somos uno en Cristo. Hoy nos unimos a esa gran mesa de fe que trasciende fronteras, idiomas y credos, confesando que “aun siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo” (Romanos 12:5).
Este día también nos invita a reflexionar sobre la relación entre comunión y comunidad. La comunión es la raíz: nuestra unión con Cristo. La comunidad es el fruto: la vida compartida que se expresa en el amor, el servicio y el perdón. Una nos lleva a la otra.

Contexto Bíblico

El texto que hoy hemos leído está presentado en clave de comunidad. Jesús se dirige a sus discípulos para enseñarles aspectos profundamente comunitarios y convivenciales. Una mirada cuidadosa nos deja ver que las palabras de Jesús están dirigidas en segunda persona del plural, «ustedes», lo que nos da la profunda sensación de que el mensaje contiene verdades para la vida comunitaria.
La petición. En el diálogo que abre el capítulo 17, los apóstoles, la comunidad más cercana de Jesús, hacen una petición: “Auméntanos la fe.” Una petición muy importante, pues para vivir en el amor se necesita de la fe.
La fe va más allá del mero hecho de creer; se construye y se alimenta mediante la comunión con Dios. Los discípulos comprenden que necesitan más fe para poder vivir el sentido de comunidad al que Cristo los invita. La vida de la fe es entendida como vida de obediencia a Cristo en amor y esperanza.
La razón de la petición. Seguramente nos preguntamos: ¿por qué razón los apóstoles están pidiendo a Jesús que aumente su fe? ¿Se sentirían incrédulos o incapaces de llevar una vida plenamente espiritual en la comunión con Cristo?
Para comprenderlo, es importante revisar los cuatro primeros versículos del capítulo:
Luke 17:1–4 NVI
1 Luego dijo Jesús a sus discípulos: —Los tropiezos son inevitables, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! 2 Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino atada al cuello que servir de tropiezo a uno solo de estos pequeños. 3 Así que, ¡cuídense! »Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. 4 Aun si peca contra ti siete veces en un día, y siete veces regresa a decirte que se arrepiente, perdónalo.
Estos versículos amplían el panorama y permiten comprender que la petición de los apóstoles está directamente relacionada con la responsabilidad de construir la vida comunitaria, tanto en lo que respecta a la comunión como a la comunidad.
Ellos piden fe para fortalecer esa capacidad de aportar a la comunión y desarrollar la vida comunitaria. Jesús señala dos aspectos esenciales:
La responsabilidad de no hacer tropezar a los más pequeños (los vulnerables de la comunidad).
La necesidad de un perdón sin límites.
Desde la mirada de Jesús, quien más falla es quien más debe ser perdonado. Jesús ve más allá del vicio o la costumbre y nos invita a reconocer la honestidad de quien desea cambiar aunque luche consigo mismo.
Estos dos aspectos muestran la dimensión de la responsabilidad comunitaria de la fe. Caminar con Jesús implica transformar nuestra forma de ser y actuar para que otras personas encuentren en la comunidad un verdadero refugio. Sin duda, lo que Jesús propone como estilo de vida no es fácil: reconocer en el otro a nuestro hermano o hermana y procurar que no tropiece.
El perdón, además, es la bandera de la vida comunitaria. Es la evidencia del amor de Dios en nosotros. Jesús nos mueve a quitar los condicionamientos que solemos poner al amor y al perdón.
La respuesta de Jesús. Jesús responde a los discípulos enseñando que la fe se cultiva a diario mediante acciones de servicio. Lo importante no es la cantidad de fe, sino la actitud frente a la vida. Solo se necesita una fe tan pequeña como la de una semilla de mostaza para arrancar y volver a plantar.
Con la imagen del siervo, Jesús nos recuerda que amar y perdonar equivale a servir a los demás. Una comunidad que cree en Dios puede arrancar el odio, el dolor y la angustia, y sembrar paz, amor y esperanza.

Aplicación

El Domingo de Comunión Mundial nos recuerda la importancia de vivir en comunión con Dios para comprendernos como comunidad: una comunidad de amor, fe y esperanza.
Como creyentes en Cristo, tenemos la responsabilidad de amar y perdonar. Nuestra espiritualidad debe fundamentarse en estas dos acciones. Al pasar a la mesa del Señor debemos evaluar en nuestra vida cómo funcionan el amor y el perdón, porque lo que hacemos es ofrecer nuestra vida a Cristo, quien nos llama a defender la dignidad humana fortaleciendo los lazos comunitarios.
Necesitamos aprender a reconocer en el otro a nuestro hermano y hacer todo lo posible para que no tropiece. La comunidad es una responsabilidad conjunta y un refugio de cuidado y amor. Nuestras palabras y actos pueden dañar o edificar; pueden quebrar el sentido de comunión o fortalecerlo.
Nuestra fe crece en la medida en que servimos, aceptamos y caminamos juntos. La fe se fortalece cuando hacemos lo que parece improbable ante los ojos del mundo: amar, perdonar y vivir en santidad. Y esto solo se logra desde el servicio. Perdonar y amar al otro para no hacerle tropezar es lo esencial en el crecimiento de la fe.
No tenemos más unción, ni más poder, ni más llenura del Espíritu para otra cosa que no sea amar y perdonar, porque el perdón y el amor sanan, liberan y hacen milagros.
La teóloga Cordula Lagner se pregunta: “¿Cómo cambiaría nuestra vida —y nuestra comunidad— si perdonáramos con más frecuencia, y cumpliéramos, como un deber, la voluntad de Dios?”
Recordemos que la raíz es la fe en Cristo; el fruto, la comunión vivida en amor y perdón. Que al compartir la mesa tengamos la certeza de que hacemos todo lo posible por amar y perdonar a quienes nos rodean.
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