Sermón sin título (2)
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Transcript
Imagina que estás en una sala llena de ruido y alguien te está llamando por tu nombre. Al principio, no puedes escuchar esa voz entre tantas otras, pero cuando te concentras y te acercas, la reconoces. Así pasa con la voz de Dios. Si no paramos y buscamos Su voz en medio del bullicio cotidiano, podemos perder la oportunidad de escuchar lo que realmente necesita que hagamos. Quedémonos silenciosos para escuchar y meditar en Su palabra.
Un niño le pide a su padre que le compruebe si su tarea está correcta. El padre se sienta, mira la tarea, y dice: 'Está bien, hijo, pero tienes que revisar estos errores'. A veces, estamos igualmente ansiosos por que Dios respalde nuestras decisiones sin consultar su palabra. Como ese niño, necesitamos examinar nuestras acciones a través de la luz de la escritura, para alinearnos con Su voluntad. ¡Siempre habrá tiempo para corregir el camino!
Recuerdo cuando planté un pequeño árbol en mi jardín. Al principio no parecía crecer, pero con el tiempo, y con el cuidado adecuado, comenzó a florecer. Así funciona nuestra obediencia a Dios. Aunque a veces no veamos resultados inmediatos, con constancia, nuestras acciones pueden impactar a otros y crear frutos que no podemos imaginar, simplemente porque decidimos escuchar y aplicar Su voluntad en nuestras vidas.
En una orquesta, cada músico sigue la partitura del director. Si uno toca fuera de ritmo, se nota, y la música no se siente bien. De igual manera, cuando obedecemos y seguimos la voz de Dios, nos convertimos en un instrumento en Su orquesta, tocando notas que glorifican Su nombre. Pavimentamos caminos para que otros puedan escuchar también esa maravillosa melodía de amor y gracia, que solo se escucha cuando seguimos Su voluntad.
