Jesús es real y eso lo cambia todo
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Hay muchas cosas en esta vida que no entiendo. El álgebra, la física cuántica, por qué el gobierno de Estados Unidos está cerrado, y cómo es posible que, aun estando cerrado, eso no signifique que despidan al presidente y a todos los políticos. Pero si hay algo mucho más relevante —algo que, de forma profunda y real, no logro comprender— es por qué suceden las tragedias y por qué abunda el dolor de este lado del cielo.
Sé que la respuesta teológica es clara: es el resultado del pecado, vivimos en un mundo caído. Pero no sé tú… hay momentos en que la respuesta correcta simplemente no basta. Hay veces en que solo saber la teoría no consuela el corazón.
¿Cómo le ayuda esa respuesta a una familia que ha sido bombardeada en Gaza, o a una esposa israelí que acaba de enterarse de que su amado murió en el frente de batalla? ¿Cómo cambia algo decir que “esto es normal” o que “es lo que se espera” para los niños que sufren hambre en Ucrania, en África o en toda Latinoamérica? ¿Cómo puede esa explicación darle esperanza a una familia de los suburbios —blanca, con privilegios— que no puede dejar las metanfetaminas porque su vida está vacía?
Hay veces en que solo saber la teoría no es suficiente.
El dolor es real. Los traumas de la vida son reales. Las injusticias son reales. Pero, en medio de todo eso, hay algo que no podemos olvidar, algo que es la base y el cimiento de nuestra fe: Jesús es real.
Es importante que recalquemos esto, porque hoy terminaremos la sección de los cuatro milagros que Marcos relata para enfatizar que Jesús tiene poder sobre la creación, el mal, la enfermedad y la muerte.
Pero seamos sinceros y serios: es muy fácil leer este texto y sentirlo tan lejano a nosotros como cualquier película de Pixar, Disney o Hollywood.
Sí, yo sé que los huesos de dinosaurios son reales, y me emociono viendo las películas de Jurassic Park, pero también sé que no son reales en sí mismas; son producto de la ficción.
Soy fanático de Top Gun: Maverick y respeto mucho a Tom Cruise por grabar sus propias escenas de riesgo sin usar dobles de acción, pero aun así, todos sabemos que no deja de ser una película.
Al leer este texto de Marcos, no podemos ni debemos caer en esa trampa.
Lo que tenemos delante no es el fruto de la imaginación de alguien ni el resultado de un plan maquiavélico para dominar el mundo o mantenerlo atado bajo una dictadura religiosa.
No. Este texto es real.
Lo que estamos leyendo no está “inspirado en hechos reales”; ¡son los hechos reales!
Piensa en esto:
¿Crees que John F. Kennedy fue una persona real que murió a causa de disparos de bala?
¿Crees que Martin Luther King Jr. realmente dijo “I have a dream” y que fue asesinado por el mismo gobierno de los Estados Unidos?
Si respondes que “no”, estás en serios problemas de desinformación.
Pero si respondes “sí, creo que eso es verdad”, es porque entiendes que esos hechos han sido registrados y verificados siguiendo un método legal de investigación.
En términos sencillos, el método legal consiste en recopilar evidencia verificable: testimonios presenciales, documentos contemporáneos, informes oficiales, y comparaciones cruzadas entre distintas fuentes independientes. Luego, esa evidencia se evalúa buscando coherencia, consistencia y confiabilidad. Cuando varios testigos coinciden en los hechos fundamentales, y la información resiste la prueba del tiempo y del escrutinio, el veredicto es claro: los hechos ocurrieron realmente.
Así también sucede con los evangelios. Los milagros que Marcos registra no son mitos ni leyendas; son hechos reales, atestiguados por testigos oculares, verificados en la historia y preservados por cientos de personas dispuestas a dar su vida por ello. Por lo tanto el veredicto es claro: los hechos narrados en Marcos ocurrieron realmente y por lo tanto: JESUS ES REAL.
Sé que alguna persona avispada podría usar mi mismo argumento en mi contra y decirme:
—¿Y cómo ayuda a una familia en Siria, a una esposa viuda o a los niños con hambre saber que Jesús es real?—
Pues déjame decirte que ayuda mucho, muchísimo, porque esa única certeza tiene el poder de transformar nuestras vidas.
Si Jesús es real, entonces lo que dijo es real, lo que hizo es real, y por lo tanto, lo que promete también es real.
Así que lo repito: saber que Jesús es real lo cambia todo.
Veamos ahora cómo ocurrieron los hechos que hoy nos conciernen.
Jesús entró de nuevo en la barca y regresó al otro lado del lago, donde una gran multitud se juntó alrededor de él en la orilla. Entonces llegó uno de los líderes de la sinagoga local, llamado Jairo. Cuando vio a Jesús, cayó a sus pies y le rogó con fervor: «Mi hijita se está muriendo —dijo—. Por favor, ven y pon tus manos sobre ella para que se sane y viva».
Jesús fue con él, y toda la gente lo siguió, apretujada a su alrededor. Una mujer de la multitud hacía doce años que sufría una hemorragia continua. Había sufrido mucho con varios médicos y, a lo largo de los años, había gastado todo lo que tenía para poder pagarles, pero nunca mejoró. De hecho, se puso peor. Ella había oído de Jesús, así que se le acercó por detrás entre la multitud y tocó su túnica. Pues pensó: «Si tan sólo tocara su túnica, quedaré sana». Al instante, la hemorragia se detuvo, y ella pudo sentir en su cuerpo que había sido sanada de su terrible condición.
Jesús se dio cuenta de inmediato de que había salido poder sanador de él, así que se dio vuelta y preguntó a la multitud: «¿Quién tocó mi túnica?».
Sus discípulos le dijeron: «Mira a la multitud que te apretuja por todos lados. ¿Cómo puedes preguntar: “¿Quién me tocó?”?».
Sin embargo, él siguió mirando a su alrededor para ver quién lo había hecho. Entonces la mujer, asustada y temblando al darse cuenta de lo que le había pasado, se le acercó y se arrodilló delante de él y le confesó lo que había hecho. Y él le dijo: «Hija, tu fe te ha sanado. Ve en paz. Se acabó tu sufrimiento».
Mientras él todavía hablaba con ella, llegaron mensajeros de la casa de Jairo, el líder de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija está muerta. Ya no tiene sentido molestar al Maestro».
Jesús oyó lo que decían y le dijo a Jairo: «No tengas miedo. Sólo ten fe».
Jesús detuvo a la multitud y no dejó que nadie fuera con él excepto Pedro, Santiago y Juan (el hermano de Santiago). Cuando llegaron a la casa del líder de la sinagoga, Jesús vio el alboroto y que había muchos llantos y lamentos. Entró y preguntó: «¿Por qué tanto alboroto y llanto? La niña no está muerta; sólo duerme».
La gente se rió de él; pero él hizo que todos salieran y llevó al padre y a la madre de la muchacha y a sus tres discípulos a la habitación donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: «Talita cum» (que significa «¡niña, levántate!»). Entonces la niña, que tenía doce años, ¡enseguida se puso de pie y caminó! Los presentes quedaron conmovidos y totalmente asombrados. Jesús dio órdenes estrictas de que no le dijeran a nadie lo que había sucedido y entonces les dijo que le dieran de comer a la niña.
Este kerigma es un verdadero crisol donde se mezclan el dolor, la angustia, la ansiedad, la desesperación, la fe, las maravillas y la poderosa manifestación de Dios en la persona de Cristo Jesús.
Una vez más, este kerigma se trata de Cristo. Y al observarlo detenidamente, puedo ver tres verdades que han retumbado con fuerza en mi corazón, y mi anhelo es que también retumben en el tuyo.
1. Quien más ama a los míos es Él.
1. Quien más ama a los míos es Él.
Este pasaje comienza con la interacción entre Jairo y Jesús.
Jairo era un hombre reconocido en su comunidad. Era uno de los líderes de la sinagoga, lo que significa que estaba encargado de supervisar el orden en el culto, cuidar las Escrituras, coordinar la lectura pública y velar por el mantenimiento del edificio. En otras palabras, era un hombre respetado, religioso, y probablemente acomodado.
El encuentro ocurre en Capernaúm, una ciudad costera a orillas del mar de Galilea, donde Jesús había realizado varios milagros y donde su fama ya se había extendido. En ese contexto, Jairo se acerca a Jesús desesperado, rompiendo toda etiqueta social y religiosa. Este líder de la sinagoga —que por su posición debía mantener distancia de un rabino tan controversial como Jesús— ahora se postra a sus pies, movido por una sola razón: su hija estaba muriendo.
Esa escena lo dice todo. Jairo está viviendo el momento más doloroso de su vida y, en medio de su desesperación, corre hacia Jesús. Como bien señala el pastor Sugel Michelen:
“posiblemente Jairo ya había presenciado el poder de Cristo al sanar al hombre de la mano seca y al expulsar a un demonio en la sinagoga. Es muy probable que todo eso ocurriera mientras Jairo estaba cerca, si no es que fue testigo presencial, debido a su rol tan activo en la sinagoga de Capernaúm.”
Quiero que pongamos atención en un detalle importante: Si bien ser cierto que Jairo se arrodilló delante él, no llama “Señor” a Jesús. De hecho, no le da ningún título; no le dice “Rabí”, “Maestro” ni nada por el estilo. Esto me hace pensar en dos posibles realidades.
Primera: quizá Jairo todavía estaba luchando en su corazón para decidir si realmente Jesús era el Mesías del que había leído una y otra vez en las Escrituras. Tal vez por eso aún no le llama “Señor” y se arrodilla delante de él como muestra de su desesperación.
Segunda: ante un nivel tan alto de desesperación, los protocolos y los modales simplemente se pierden. En momentos así, lo único que importa es que ese ser amado esté bien.
Y lo entiendo… lo entiendo muy bien.
Esta semana veníamos de regreso de Norfolk. Al detenernos en una luz roja, una señora de edad avanzada —que luego supimos venía muy distraída por todo lo que estaba atravesando en su vida— no se dio cuenta de que no estábamos avanzando y nos golpeó por detrás.
No fue el ardor que sentí en la espalda, ni la tristeza de ver mi taquito salir volando lo que me hizo bajarme a “confrontar” al conductor de ese vehículo. Fue el llanto desesperado de Sephora.
Me bajé del auto y, hablando con dureza y en un tono muy alto, le pregunté a la señora:
—¿Qué te pasa? ¿En serio?
Luego le ordené:
—Dame tu tarjeta del seguro y no muevas tu vehículo.
Ahora que lo pienso, no sé cómo me vería, pero ella no dijo ni una palabra; solo asintió y me entregó lo que le pedí. Después me dirigí con voz firme a un Oficial Comunitario que estaba en la escena y le ayudé casi a la fuerza a que los vehículos involucrados se estacionaran fuera de la calle.
Cuando llegaron los servicios de emergencia, además de pedirles que me revisaran, les dije con mucha insistencia:
—Revisen a mis hijas.
No fue sino hasta que los paramédicos y Pao me confirmaron que las niñas estaban bien, que pude tranquilizarme. Minutos después me invadió la culpa por haber sido tan duro con aquella señora, así que me acerqué a pedirle perdón… y eso abrió la puerta a una conversación muy linda.
Así que sí, lo confirmo: cuando estás muy preocupado por la integridad de los tuyos, los protocolos pasan a segundo plano. Lo único que importa es el bienestar de quienes amas.
Quiero que pongas atención en la manera con que Jairo se refiere a su hija. Él dice: θυγάτριον (thygátrion), que literalmente se traduce como “mi hijita”. Es una expresión de amor, ternura y cercanía.
Y lo entiendo muy bien, porque para mí, cada una de mis hijas es mi θυγάτριον, mi hijita.
Jesús pudo haber tomado una actitud diferente. Pudo haber respondido con indiferencia o con resentimiento hacia quienes lo habían rechazado, pero no lo hizo. En cambio, Jesús demostró que si hay alguien en este mundo que ama a tus seres queridos más que tú mismo, ese alguien es Él.
La Escritura dice:
“Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.”
(Juan 3:16)
Dios ama a los humanos de este mundo, y entre ellos están tus seres queridos.
Por eso Jesús no dudó en acompañar a Jairo, aun sabiendo que él —y los de su misma clase— no estaban de acuerdo con su ministerio ni con su mensaje. Cristo ama antes de rechazar.
Con esto quiero que notes algo, mi amado hermano: así como Jesús vio a Jairo arrodillarse, escuchó su súplica y fue con él, también Jesús te ve, te escucha y va contigo, si te acercas a Él con la misma fe y humildad.
Déjame preguntarte algo:
¿Cuándo fue la última vez que, preocupado por los tuyos, fuiste delante de Dios rogando que Jesús interviniera?
Le doy gracias a Dios por Calvary Community Church y por cómo Él ha usado esta iglesia para moldearme y ayudarme a crecer.
Un día, Allison me confrontó con esta verdad:
—“Eres muy pesimista.”
Aunque al principio me costó reconocerlo, hoy puedo decir que sí, tiene razón. Muchas veces mi fe es pequeña. Me resulta más fácil perder la esperanza para no ilusionarme, y pienso: “si todo sale mal, así no me dolerá.”
Pero esa forma de pensar me ha llevado muchas veces a no orar, creyendo que todo empeorará y preguntándome: “¿qué sentido tiene molestar a Dios con algo que no va a mejorar?”
Sin darme cuenta, olvidaba que el propósito de la oración no es que las cosas cambien, sino que mi corazón cambie al estar más cerca de Cristo.
¡No seas como yo!
No te quedes callado delante de Cristo.
Habla, llora, grita, desahógate… porque, mi hermano, esta semana he estado aprendiendo y practicando una gran verdad: Jesús me ve, Jesús me conoce, Jesús ve mi dolor.
Él es El-Roi, el Dios que me ve.
Así que vayamos delante de Él con confianza, sabiendo que tenemos acceso al trono de la gracia recordando que, si Él fue en pos de Jairo, también irá en pos de nosotros.
Hebreos 4:16: “Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios…”)
2. Quien es consciente de mi dolor es Él.
2. Quien es consciente de mi dolor es Él.
Ahora bien, quiero que reflexionemos en algo muy especial: este pasaje es un kerigma 2x1, un anuncio doble del poder y la compasión de Cristo.
En este relato no solo vemos lo que sucede con Jairo y su hijita —la θυγάτριον (thygátrion)—, sino que también presenciamos la historia de una mujer que padecía una enfermedad devastadora: menorragia crónica, o lo que hoy podríamos llamar un trastorno hemorrágico uterino.
Esta mujer llevaba doce años sufriendo de sangrados constantes. Pero su dolor no era solo físico; también era social, religioso, familiar y emocional.
Según la ley mosaica (Levítico 15:25-27), una mujer con flujo de sangre continuo era considerada ritualmente impura. Eso significaba que nadie podía tocarla sin quedar también impuro, y que no podía participar en la adoración pública ni acercarse al templo.
En otras palabras, vivía en aislamiento. Era una mujer marginada, excluida de la vida espiritual de su comunidad y, posiblemente, también rechazada por su propia familia.
Durante doce años, su enfermedad no solo drenaba su cuerpo, sino también su esperanza, su dignidad y su sentido de pertenencia.
El texto nos dice que esta mujer había gastado todo su dinero en tratamientos médicos, pero que nada le había dado resultado.
Y déjame decirte algo: sé que aquí en Nebraska ir al médico es casi un deporte que no se practica mucho. He escuchado a muchísimas personas decir toda clase de cosas sobre los medicamentos, las farmacéuticas, los galenos y los nosocomios. Pero cuando llega una verdadera emergencia, casi todos prefieren volar en helicóptero al hospital de Omaha antes que tomarse un “tecito milagroso”.
Esta mujer, en definitiva, no era de Nebraska. Ella sí había visitado a muchos doctores, y había invertido todo lo que tenía buscando alivio… pero nada funcionó.
Y en medio de su desesperación, decidió arriesgarlo todo. Sabía que, según la Ley, ser descubierta en público con su condición podía costarle la vida —podía ser apedreada—, pero aun así se propuso tocar, aunque fuera, el manto de Jesús.
¿Por qué era tan relevante tocar el manto de Jesús?
En la cultura semítica antigua, el manto (en hebreo, kanaf) no era solo una prenda de vestir. Representaba la identidad, la autoridad y la cobertura espiritual de una persona.
Los judíos piadosos llevaban en los bordes de su manto unos flecos llamados tzitzit, que recordaban los mandamientos de Dios (Números 15:38-39). Tocar el manto de un maestro significaba reconocer su autoridad y buscar ser cubierto por su poder.
Y justo cuando ella lo hace, algo increíble sucede:
¡Jesús se detiene!
Él se da cuenta de que alguien lo ha tocado y que de Él ha salido poder sanador.
En ese instante, Jesús hace algo que nos recuerda un pasaje muy antiguo, un eco directo del libro de Génesis.
“Entonces el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: ‘¿Dónde estás?’”
(Génesis 3:9)
En aquel momento, Dios no preguntó porque ignorara la respuesta. Lo hizo para darle a Adán una oportunidad de confesar, de acercarse y pedir perdón.
Pero Adán falló. Se escondió y después en lugar de confesar le echó la culpa a Eva.
Ahora, mucho tiempo después, Jesús formula una pregunta muy similar:
“¿Quién me tocó?”
No la hace porque no sepa quién fue, sino porque quiere darle a esa mujer la oportunidad de acercarse, de confesar lo que había hecho y de encontrarse cara a cara con la gracia.
Y a diferencia de Adán, ella no se esconde. Se postra temblando, confiesa todo, y Jesús no la reprende. No la expulsa. No la humilla.
Al contrario, la declara públicamente limpia y ¡la llama hija!, ¡la llama de la misma forma que Jairo llama a su hijita! Ese día ella conoció el amor del Padre encarnado en Cristo Jesús y eso fue lo que transformó su cuerpo y corazón.
Si estás bajo la misma tentación que yo —esa voz que te dice que no vale la pena “molestar a Dios” con algo que quizá no cambie—, déjame decirte lo que esta semana le he repetido una y otra vez a mi propio corazón:
Acércate a Él. Habla con Él.
¿Por qué?
Porque Él nunca está demasiado ocupado para atenderte.
No importa si va de camino a la casa de Jairo.
No importa si hay una multitud rodeándolo.
No importa si, como la mujer del pasaje, te sientes “ceremonialmente impuro” o indigno.
Nunca hay un momento inoportuno para acercarte a Cristo.
Él siempre está dispuesto y disponible para los que le buscan con un corazón sincero y abierto.
La Biblia dice:
“Nuestro Sumo Sacerdote comprende nuestras debilidades, porque enfrentó todas y cada una de las pruebas que enfrentamos nosotros, sin pecar.”
(Hebreos 4:15)
Jesús te entiende.
Él siente tu dolor, conoce tus luchas y sabe cuánto te cuesta a veces mantener la fe.
Él estuvo allí con esa mujer durante esos doce años de sufrimiento, esperando el momento en que ella decidiera acercarse.
Y aunque para hacerlo ella tuvo que perderlo todo, cuando finalmente se atrevió a tocarlo, Jesús no la rechazó.
De la misma forma, Él ha estado detrás de ti todo este tiempo, persiguiéndote con amor paciente.
Él sabe que ni el dinero, ni los médicos, ni la cultura, ni la comida, ni las redes sociales, ni nada en este mundo puede llenarte.
Solo Él puede hacerlo.
Por eso, está dispuesto a recibirte cuando lo necesites, las veces que lo necesites.
Y ahora te pregunto:
¿Cuándo fue la última vez que fuiste a Él?
3. Quien puede cambiar mi realidad es Él
3. Quien puede cambiar mi realidad es Él
Aun cuando Jairo recibió la devastadora noticia de la muerte de su hijita, y aun cuando los plañideros profesionales se burlaban de Cristo, Él no se detuvo.
Jesús animó a Jairo, siguió caminando y fue hasta donde yacía la niña.
Y justo ahí, al verla tendida, los discípulos fueron testigos de algo asombroso: Jesús no solo mostró su inmenso poder y deidad, sino también su increíble ternura, amor y compasión, cuando pronunció aquellas palabras en arameo:
“Talita cum”,
que significa: “Niña, levántate.”
Sin embargo, si prestamos atención y estudiamos un poco más el contexto lingüístico, descubrimos algo precioso.
La palabra “Talita” no se utilizaba en ambientes formales, civiles o académicos, sino en el contexto familiar, como una expresión afectuosa y cercana.
Por eso, si quisiéramos traducirla al tono cálido del español latinoamericano, podríamos entender que Jesús en realidad dijo algo como:
“Mi vida… mi amor… levántate.”
Así hablaría un padre lleno de ternura a su hijita.
Y esto no es solo un detalle lingüístico interesante:
es una muestra conmovedora del amor de Cristo, no solo hacia Jairo y su hija, sino también hacia cada uno de nosotros.
La vida de la familia de Jairo fue cambiada por la ternura, el amor y la gracia de Cristo.
La vida de la mujer sanada también fue transformada por esa misma ternura, amor y gracia.
Y de la misma manera, nuestra vida puede ser transformada hoy por ese mismo Cristo, con la misma ternura, el mismo amor y la misma gracia.
Ahora bien, tal vez te preguntes:
“¿Qué pasa si oro y nada cambia?”
“¿Por qué ellos sí vieron y experimentaron un milagro y yo no?”
Como te dije al inicio, no lo sé todo. Hay cosas que no entiendo, y tal vez nunca las entenderé por completo.
Pero hay algo que sí sé con absoluta certeza: aun cuando nada cambie, Jesús está con nosotros.
Él no nos deja ni nos abandona, tal como lo prometen las Escrituras:
“No te fallaré ni te abandonaré.”
(Josué 1:5b)
El apóstol Pablo también aprendió que, a veces, el dolor es necesario para que Cristo sea glorificado en nuestra vida.
Cuando clamó al Señor para que le quitara su sufrimiento, Dios le respondió:
“Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad.”
(2 Corintios 12:9)
Esa respuesta no lo alejó de Dios, sino que lo acercó más.
Pablo comprendió que no hay nada más grande ni más valioso que conocer a Cristo profundamente, y por eso dijo:
“Considero que todo lo demás no vale nada cuando se compara con el infinito valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor.”
(Filipenses 3:8)
Por eso el Espíritu Santo habló por medio de él y nos recordó que:
“A pesar de todas estas cosas, la victoria es nuestra por medio de Cristo, quien nos amó.”
(Romanos 8:37)
Jesús no prometió que nunca sufriríamos, pero sí prometió estar con nosotros en medio del dolor.
Hoy quiero invitarte a acercarte a Cristo, tal como lo hizo Jairo, tal como lo hizo aquella mujer.
Ven y dile: “Señor, no entiendo todo, pero confío en ti.
Tócame, levántame, restaura mi fe.”
Y si hoy estás pasando por algo difícil, no te vayas sin orar, sin hablar con Él, sin tocar su manto con fe.
Durante esta semana, toma cada día un momento para acercarte a Jesús con sinceridad.
No para pedirle cosas, sino simplemente para estar con Él.
Recordando que por sobre todas las cosas:
ERES AMADO.
ERES AMADO.
