Santiago 3:1 El peso de la lengua en la enseñanza: responsabilidad y juicio

Epistola de Santiago  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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1Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación
Traducción literal palabra por palabra:
No muchos maestros sean, hermanos míos, sabiendo que mayor juicio recibiremos.

1. Introducción: el peso de la lengua y el inicio solemne de Santiago 3:1

Cuando abrimos el capítulo 3 de la carta de Santiago, lo primero que notamos es el tono solemne con que inicia: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación”. No es un inicio ligero, ni un consejo opcional; es una advertencia cargada de amor pastoral, pero también de firmeza apostólica. Santiago, a lo largo de toda su carta, ha estado exhortando a los creyentes a vivir una fe genuina, una fe que se demuestre en obras, una fe coherente. Ahora, en el capítulo 3, dirige su atención a un tema que atraviesa toda la vida cristiana: la lengua. Y no lo hace hablando en general al principio, sino enfocándose en aquellos que usan la lengua con mayor frecuencia, autoridad y alcance: los maestros de la Palabra.
El versículo 1 es la puerta que abre todo el capítulo. No podemos entender el discurso de Santiago sobre la lengua sin detenernos en este versículo inicial. Antes de hablar de frenos, timones o fuegos que consumen bosques enteros, Santiago se asegura de que la iglesia entienda que el lugar donde la lengua es más peligrosa es en la enseñanza de la Palabra. Un maestro tiene la capacidad de bendecir y edificar a muchos, pero también de desviar, herir y destruir a toda una congregación. De allí que reciba un juicio mayor.
Esta advertencia no debe interpretarse como un rechazo al ministerio de la enseñanza. La Biblia afirma que el Señor ha dado dones a su iglesia para edificación (Efesios 4:11–12). Pablo también reconoce que los que trabajan en predicar y enseñar son dignos de doble honor (1 Timoteo 5:17). La enseñanza es, por tanto, una bendición y un medio de gracia. Pero, precisamente por eso, Santiago advierte que no debe ser tomada a la ligera, ni buscada por ambición personal, ni ejercida sin la conciencia de la gran responsabilidad que implica.
El Señor Jesús lo expresó con claridad: “Porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Lucas 12:48). Este principio se aplica con toda su fuerza al ministerio de la enseñanza. El maestro recibe el privilegio de hablar en nombre de Dios, de abrir las Escrituras y guiar a otros en el camino de la verdad. Pero al mismo tiempo, se convierte en objeto de mayor escrutinio divino. Sus palabras no son palabras livianas; sus interpretaciones no son meras opiniones. Cada sermón, cada clase, cada explicación bíblica será puesta en la balanza del juicio del Señor.
Por eso Santiago habla de “mayor condenación”. No significa que todo maestro está condenado, sino que hay un peso adicional en la evaluación divina. Pablo lo dice de otra manera en 1 Corintios 3:12–13, cuando describe la obra de los ministros: “Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará… y la obra de cada cual cual fuere, el fuego la probará”. Lo que se enseña con fidelidad será recompensado, pero lo que se enseña con ligereza o error será quemado.
De este modo, el versículo 1 nos ubica en un terreno solemne. Nos dice que la lengua tiene poder, pero que su mayor peligro está en el púlpito, en sala de enseñanza, en la exposición de la Palabra. Santiago quiere que el creyente entienda que enseñar no es un pasatiempo, ni un lugar de prestigio, ni un espacio para ventilar asuntos personales. Es un llamado santo que exige temor de Dios.

2. La advertencia contra la ambición de ser maestro

Santiago comienza su exhortación diciendo: “No os hagáis maestros muchos de vosotros”.La expresión griega “μὴ πολλοὶ” (mē polloi) enfatiza que no muchos deben aspirar a este rol. No significa que la iglesia deba carecer de maestros, sino que no todos están llamados ni capacitados para ocupar esa posición. En otras palabras, el problema no es la enseñanza en sí, sino la ambición desmedida de ser maestrosin la preparación, el carácter y el llamado de Dios.
Y cuando me refiero a estar capacitado que se entienda que no es tener estudio avanzados en teología o haber cursado un seminario, esa son solo herramientas como cualquier otra herramienta útil para estudiar la palabra de Dios, así como lo son los comentario bíblicos, diccionarios, o cualquier recurso que enriquezca el estudio de la palabra. Pero estar capacitado o preparado significa tener conocimiento bíblico sólido, dependencia espiritual del Señor, un carácter conforme a Cristo, y el don y llamado de Dios para enseñar. No es solo cuestión de habilidad, sino de fidelidad y obediencia. Un seminario, un curso o una enciclopedia bíblica no te garantiza la aptitud para ministrar la palabra de Dios.
En la iglesia primitiva, el rol de maestro era altamente respetado. Hechos 13:1 menciona que en la iglesia de Antioquía había “profetas y maestros”, y entre ellos estaba Bernabé, Simón, Lucio, Manaén y Saulo. Estos eran hombres de gran influencia espiritual, cuyo ministerio edificaba a toda la congregación. Por eso, algunos en las comunidades cristianas veían en la enseñanza un lugar de prestigio, un espacio de reconocimiento. Santiago advierte que ese deseo de prestigio es peligroso, porque convierte la enseñanza en un trampolín para la vanagloria y no en un servicio al Señor.
El apóstol Pablo enfrentó un problema similar en sus cartas. En 1 Timoteo 1:7, hablando de ciertos hombres en Éfeso, dice que “queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman”. Estos querían ser maestros, pero no tenían claridad en la Palabra. Es decir, su ambición los impulsaba, pero no la verdad. Este ejemplo ilustra el peligro que Santiago está señalando: el deseo de enseñar puede nacer de un corazón que busca honra propia y no la gloria de Cristo.
Ser maestro no es una meta para quienes buscan aplauso humano, sino un llamado del Señor. Por eso Pablo instruye a Timoteo sobre los requisitos de un obispo (que también enseñaba): “Es necesario que el obispo sea irreprensible… apto para enseñar” (1 Timoteo 3:2). La enseñanza no es para cualquiera, sino para aquellos que cumplen con requisitos espirituales y morales, y que están capacitados por Dios. La ambición sin preparación es un camino seguro al tropiezo.
Esta advertencia también nos protege de convertir el púlpito en un espacio de opinión personal. Cuando alguien busca ser maestro sin temor de Dios, usa la Biblia como plataforma para hablar de sí mismo, para ventilar frustraciones, para defender ideas. Pero el maestro fiel no busca su voz, sino que la voz de Dios resuene a través de su enseñanza. Pablo lo reafirma en 2 Corintios 4:5: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús”.
La ambición desmedida por enseñar también puede ser peligrosa porque alimenta divisiones. En 3 Juan 9 vemos el caso de Diótrefes, quien “ama tener el primer lugar entre ellos”.Su deseo de preeminencia lo llevó a rechazar la autoridad apostólica y a impedir que otros fueran recibidos en la iglesia. Ese mismo espíritu puede aparecer cuando alguien busca ser maestro no por amor a la Palabra, sino por amor a sí mismo.
Por eso Santiago dice: “No muchos”. El ministerio de enseñanza debe ser ejercido por quienes Dios ha llamado y capacitado, no por quienes se han autopromovido. Quien entra al ministerio de la enseñanza movido por la ambición personal se pone en peligro a sí mismo y a toda la iglesia. La advertencia es clara: el deseo de enseñar debe nacer del temor al Señor, no del deseo de reconocimiento.

3. La responsabilidad del maestro en el uso de la lengua

Si hay algo que Santiago quiere dejar grabado en el corazón de los creyentes es que la lengua tiene un poder descomunal. Por eso, cuando habla del maestro, lo hace con una advertencia aún más fuerte. El maestro, por definición, es alguien que usa la lengua como herramienta principal de su ministerio. Enseña, explica, corrige, exhorta, guía, todo ello por medio de palabras. Y como bien sabemos, “la muerte y la vida están en poder de la lengua” (Proverbios 18:21).
Un maestro puede abrir el entendimiento de los oyentes y llevarlos a Cristo, pero también puede cerrarles la puerta del reino con palabras erradas. Jesús lo señaló cuando denunció a los escribas y fariseos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando” (Mateo 23:13). Esta es la gran responsabilidad: con la lengua, el maestro puede abrir o cerrar la puerta de la verdad.
Pablo también enfatiza esta responsabilidad en su ministerio. A Timoteo le dice: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:16).Observa cómo el apóstol conecta la doctrina con la salvación de los oyentes. No se trata de una tarea secundaria. Un maestro que enseña bien la Palabra, bajo la guía del Espíritu, conduce a los oyentes al conocimiento de Cristo. Pero un maestro que usa la lengua de manera descuidada o torcida puede arrastrar a muchos a la perdición.
La responsabilidad también recae en el hecho de que el maestro no enseña solo conocimiento, sino que moldea la vida espiritual de sus oyentes. Como dice Proverbios 10:21: “Los labios del justo apacientan a muchos; mas los necios mueren por falta de entendimiento”.El maestro se convierte en una especie de pastor con sus palabras: alimenta, cuida, edifica. Pero si sus labios carecen de justicia y sabiduría, no dará alimento espiritual, sino veneno.
Esto nos lleva a un punto crucial: el maestro no puede hablar livianamente. En la vida cotidiana, todos fallamos en palabras (Santiago 3:2), pero cuando alguien enseña la Palabra, sus palabras tienen un alcance multiplicado. Lo que dice desde un púlpito, desde una sala de clases o en un estudio bíblico se queda grabado en los corazones de los oyentes. Por eso Jesús advierte en Marcos 9:42: “Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar”. El tropiezo a través de las palabras es un pecado gravísimo.
La lengua del maestro también debe ser un ejemplo de coherencia. Pablo exhorta a Tito respecto a los ancianos: “retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (Tito 1:9).Aquí se ve que la enseñanza verdadera no solo instruye, sino que corrige errores y defiende la verdad. Pero si el maestro no guarda fidelidad en su lengua, no tendrá autoridad para exhortar ni para corregir.
Por lo tanto, la responsabilidad del maestro en el uso de la lengua no es pequeña. Está llamado a hablar con precisión, fidelidad y reverencia. Cada palabra debe ser filtrada por la verdad de Dios y pronunciada con temor santo. No hay espacio para la ligereza, el orgullo o la improvisación. Quien se para a enseñar debe hacerlo como siervo de Cristo, consciente de que su lengua será evaluada por Aquel que es la Verdad misma.

4. El peligro de usar la enseñanza para fines personales

Uno de los mayores peligros en el ministerio de la enseñanza es utilizar la Palabra de Dios para fines personales. Santiago advierte que no muchos deben hacerse maestros porque la tentación de hablar desde un corazón contaminado es real. La lengua del maestro puede convertirse en un instrumento para glorificar al Señor o en una herramienta para promoverse a sí mismo. Cuando alguien se levanta a enseñar motivado por orgullo, rencor o intereses ocultos, está haciendo un uso perverso de la Palabra.
El apóstol Pablo lo describe en 2 Corintios 2:17: “Pues no somos como muchos, que medran (negocian) falsificando la palabra de Dios; sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”. Aquí se expone un problema que ya estaba presente en la iglesia primitiva: algunos usaban la enseñanza como negocio o como plataforma personal. Este es un peligro latente en cada generación. Cuando el maestro deja de predicar a Cristo y comienza a predicarse a sí mismo, ha caído en un uso corrupto de la enseñanza.
Otro ejemplo lo vemos en los falsos maestros de 2 Pedro 2:1–3.Pedro advierte: “Habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras… y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas”. Aquí la motivación no es servir a Dios, sino aprovecharse de la iglesia.
Ahora debemos aclarar algo, no toda diferencia en la manera de entender un pasaje o de aplicar la fe cristiana es una herejía, y no debemos caer en la ligereza de llamar hereje a cualquiera que piense distinto en asuntos secundarios. La herejía, según la Escritura, es mucho más grave: es torcer lo esencial del evangelio de Cristo y apartar a las personas de la verdad que salva. Así ocurría en el tiempo de Pedro, cuando falsos maestros negaban la autoridad del Señor, usaban la gracia como excusa para pecar, explotaban a los creyentes por avaricia y cuestionaban y se burlaban de la promesa de que el Señor vendría. Ese tipo de enseñanzas no eran simples diferencias, sino mensajes destructores que conducían a la ruina espiritual.
Entonces, palabras fingidas, discursos elaborados y apariencias piadosas se convierten en el disfraz de un corazón que busca ganancia deshonesta. Este es el extremo más peligroso: la lengua usada para manipular.
Pero también hay un peligro más sutil: usar la enseñanza como desahogo personal. El púlpito no es un lugar para ventilar frustraciones, para lanzar indirectas o para defender posturas personales disfrazadas de doctrina. Jeremías 23:30–31 denuncia este pecado en los falsos profetas: “Por tanto, he aquí yo estoy contra los profetas, dice el Señor, que hurtan mis palabras cada uno de su más cercano. Dice el Señor: He aquí yo estoy contra los profetas que endulzan sus lenguas y dicen: Él ha dicho”. Se apropiaban de la voz de Dios para pronunciar sus propias palabras. Lo mismo ocurre cuando un maestro usa la Biblia como excusa para dar sus descargos.
La consecuencia de este mal uso es gravísima. Jesús mismo dijo en Mateo 15:9: “Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres”.Aquí vemos que la enseñanza contaminada reemplaza la verdad de Dios con opiniones humanas. Aunque parezca devoción, en realidad es idolatría, porque coloca la palabra del hombre en el lugar de la Palabra de Dios.
Este peligro también destruye la confianza de la iglesia. Cuando los oyentes perciben que la enseñanza está cargada de motivos personales, dejan de confiar en la integridad del maestro y, peor aún, se endurecen contra la verdad misma. Pablo advirtió a Timoteo sobre hombres que “tienen apariencia de piedad, pero niegan la eficacia de ella” (2 Timoteo 3:5). Cuando el maestro se convierte en actor de sus propias batallas personales, niega con su lengua el poder real de la Palabra.
Por todo esto, Santiago advierte: “no muchos”. La lengua del maestro no debe usarse para fines personales. Predicar o enseñar no es un espacio para defender intereses humanos ni para imponerse sobre otros. Es un encargo sagrado que debe ejercerse con temor de Dios. El maestro fiel se abstendrá de hablar lo suyo y se someterá a lo que el Señor dice en su Palabra. Solo así su enseñanza será luz y no sombra, edificación y no tropiezo.

5. El mayor juicio que reciben los maestros

La frase central de Santiago 3:1 es clara y solemne: “sabiendo que recibiremos mayor condenación”. Aquí Santiago no se refiere a la condenación eterna de los hijos de Dios, sino al juicio más severo que Dios aplica a quienes enseñan Su Palabra. Es el recordatorio de que el maestro será evaluado con un estándar más alto porque su responsabilidad es mayor.
El principio está presente en toda la Escritura. Jesús lo expresó en Lucas 12:47–48: “Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará”. El maestro conoce la voluntad de Dios y la comunica a otros; por eso, si falla, su juicio será más severo.
Este juicio mayor incluye dos dimensiones: la evaluación de su enseñanza y la evaluación de su vida. En cuanto a la enseñanza, el maestro debe ser fiel a la Palabra. Pablo lo explica en 1 Corintios 3:12–13, donde ya leímos, diciendo que la obra de cada uno será probada por fuego. Si enseña oro, plata y piedras preciosas —la verdad pura de la Palabra— su obra permanecerá. Pero si enseña madera, heno y hojarasca —ideas humanas, opiniones, filosofías— su obra se quemará, y aunque él mismo sea salvo, sufrirá pérdida. El fuego probará la calidad de su enseñanza.
En cuanto a la vida del maestro, Dios también exige coherencia. Pablo advierte en Romanos 2:21: “Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas?”. Aquí el juicio se dirige al maestro hipócrita, que habla con la lengua palabras de verdad, pero vive en mentira. Su condenación será mayor porque no solo pecó contra su conciencia, sino que con su ejemplo arrastró a otros.
El libro de Hebreos añade un matiz importante: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta” (Hebreos 13:17). El maestro no solo es responsable de lo que enseña, sino de las almas que instruye. Cada palabra que pronuncia tiene un efecto en la vida espiritual de sus oyentes. El juicio mayor proviene de este hecho: la enseñanza deja huellas eternas.
Un ejemplo solemne de este juicio lo vemos en los falsos profetas del Antiguo Testamento. Jeremías 23:32 dice: “He aquí yo estoy contra los que profetizan sueños mentirosos, dice el Señor, y los cuentan, y hacen errar a mi pueblo con sus mentiras y con sus lisonjas; y yo no los envié ni les mandé; y ningún provecho hicieron a este pueblo”. Dios no solo condena la falsedad de sus palabras, sino el daño que causaron en el pueblo. Esa es la esencia del mayor juicio: el maestro responde no solo por sí mismo, sino también por el efecto de sus palabras en otros.
Por eso, Santiago se incluye en el plural: “recibiremos mayor condenación”. No habla como espectador, sino como alguien que también se reconoce bajo este estándar. El verdadero maestro no presume de su autoridad, sino que tiembla ante ella. Sabe que cada enseñanza será puesta ante el tribunal de Cristo. Por eso, lejos de motivarnos a la ambición por enseñar, este versículo nos llama a un temor reverente: enseñar es un privilegio santo, pero uno que será examinado con rigor por el Señor.

6. La aplicación práctica para la iglesia hoy

Santiago 3:1 no es solo un recordatorio para los maestros del primer siglo, sino una verdad viva que debe marcar a la iglesia en cada generación. El peligro de la ambición por enseñar, el mal uso de la lengua y el mayor juicio que recae sobre los que instruyen son realidades tan presentes hoy como lo fueron en la iglesia primitiva. Por eso necesitamos aterrizar estas enseñanzas en la vida de la iglesia actual.
Primero, la iglesia debe discernir quién enseña. No todos los creyentes, por el solo hecho de tener buena disposición o habilidad de hablar, deben ser puestos para la enseñanza. Pablo instruye a Timoteo: “A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman. No impongas con ligereza las manos a ninguno” (1 Timoteo 5:20, 22). El proceso de reconocer a un maestro debe ser serio, considerando su carácter, su doctrina y su testimonio. Colocar a alguien en el púlpito sin esta evaluación es poner en riesgo a toda la congregación.
Segundo, los maestros deben ser conscientes de su responsabilidad. Cada predicador, cada guía de estudio bíblico, cada maestro de niños debe recordar que está moldeando vidas con su lengua. No puede permitirse hablar sin preparación, sin oración ni sin un compromiso real con la verdad bíblica. Pablo dice en Colosenses 3:16: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría”. La enseñanza no debe ser superficial, sino fruto de un corazón saturado de la Palabra.
Tercero, se debe evitar el púlpito como plataforma personal. La iglesia debe cuidarse de aquellos que convierten la enseñanza en un espacio para desahogarse, manipular o promover sus ideas. Pablo lo advierte claramente en 1 Timoteo 6:3–4: “Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo… está envanecido, nada sabe”. El maestro fiel no busca imponer su voz, sino transmitir fielmente la voz de Dios. Cuando la predicación se convierte en un eco de los problemas personales del predicador, la congregación no recibe alimento espiritual, sino confusión.
Cuarto, la iglesia debe sostener en oración a los maestros. El mayor juicio y la responsabilidad aumentada que recaen sobre ellos deberían movernos a interceder constantemente. Pablo pedía: “Orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo… para que lo manifieste como debo hablar” (Colosenses 4:3–4). Los maestros necesitan sabiduría, valentía y claridad para hablar conforme a la Palabra.
Quinto, los creyentes deben cultivar discernimiento. Hoy vivimos en un tiempo donde la enseñanza se multiplica por medios digitales, redes sociales y transmisiones en línea. Nunca antes había habido tanta abundancia de voces. Pero no todas esas voces son fieles. Por eso se cumple lo dicho por Juan: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). La iglesia de hoy debe aprender a filtrar lo que escucha, comparando cada enseñanza con las Escrituras y solo con las Escrituras.
Las Escrituras son la única fuente de autoridad que define lo que creemos y cómo debemos actuar; aunque Dios usa maestros como ayuda, ninguna enseñanza tiene autoridad por encima de la Palabra, sino solo en la medida en que sean fieles a ella.
En conclusión, la aplicación de Santiago 3:1 en nuestros días es urgente: no podemos tomar a la ligera la enseñanza en la iglesia. No se trata de llenar espacios en el programa semanal de la iglesia ni de dar oportunidad a quien quiere expresarse o quiere realizarse. Enseñar es un acto santo que debe ser discernido, ejercido con temor de Dios y sostenido con oración. Solo así evitaremos el mal uso de la lengua en el lugar más sagrado: la proclamación de la Palabra de Dios.

7. Conclusión — enseñar con temor santo y dependencia del Señor

Al cerrar nuestro estudio de Santiago 3:1, nos queda claro que este versículo es mucho más que una advertencia aislada. Es el fundamento que sostiene todo lo que Santiago desarrollará en el resto del capítulo sobre la lengua. Antes de hablar de los pecados comunes de nuestras palabras diarias, él enfoca nuestra atención en aquellos que usan la lengua con mayor alcance: los maestros de la Palabra. Por eso comienza diciendo con tanto énfasis: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación”.
La enseñanza en la iglesia es un don glorioso, pero a la vez un llamado temible. Es glorioso porque el Señor usa las palabras de su instrumento para edificar a su pueblo, para traer claridad a la Escritura, para formar discípulos que vivan en obediencia a Cristo. Pero también es temible, porque el mismo Señor advierte que todo aquel que enseña será juzgado con un estándar más estricto. Si un cristiano común debe dar cuenta de cada palabra ociosa (Mateo 12:36), ¡cuánto más aquel cuyas palabras reclaman representar la voz misma de Dios!
El mensaje de Santiago es doble: desalienta la ambición carnal de enseñar y, al mismo tiempo, anima a los que son llamados a ejercerlo con temor y dependencia. No todos deben correr a ocupar el lugar de maestro, pero aquellos que son puestos allí por Dios deben hacerlo con reverencia y fidelidad. Pablo lo expresa bien en 2 Corintios 4:2: “Antes bien, renunciamos a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad, recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios”. Esa es la esencia del ministerio de enseñanza: no manipular, no disfrazar, no usar la lengua para fines personales, sino manifestar la verdad con integridad.
El juicio mayor que recae sobre los maestros no debe llevarnos al temor paralizante, sino al temor santo. Un temor que nos mantiene humildes, vigilantes y dependientes del Espíritu Santo. El maestro fiel reconoce que no tiene nada propio que dar, sino que todo lo que enseña debe ser extraído de la Palabra de Dios. Por eso Pablo le recuerda a Timoteo: “Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2).No predica su opinión, sino la Palabra.
Para la iglesia de hoy, este versículo es una brújula que nos guía a valorar la enseñanza bíblica como algo sagrado. Necesitamos maestros que hablen con fidelidad, no con liviandad. Necesitamos hermanos que se paren en el púlpito con temor de Dios, no con deseos de protagonismo ni motivos para presentar sus descargos. Y necesitamos congregaciones que oren, disciernan y apoyen a aquellos que llevan el peso de enseñar.
Al terminar, recordemos estas tres verdades clave:
La enseñanza es un llamado santo, no un lugar de ambición.
La lengua del maestro tiene poder para edificar o para destruir.
Los maestros recibirán un juicio más severo, lo que nos debe llevar a orar, a depender de Dios y a enseñar con reverencia.
Que cada uno de nosotros, al meditar en Santiago 3:1, tome en serio la advertencia y, al mismo tiempo, se afirme en la gracia del Señor. Enseñar no es imposible cuando nuestro Gran Maestro, Jesucristo, nos guía. Él mismo dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Ese es el modelo. Que cada maestro de la Palabra se acerque a Cristo con humildad y temor, para hablar no sus propias palabras, sino las palabras del Dios vivo.
Oración
HIMNO 200 Oh Háblame Señor y Hablaré
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