Orar, actuar, restaurar

Tiempo después de Pentecostés  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Luke 18:1–8 NVI
1Jesús contó a sus discípulos una parábola para mostrarles que debían orar siempre, sin desanimarse. 2Les dijo: «Había en cierto pueblo un juez que no tenía temor de Dios ni consideración de nadie. 3En el mismo pueblo había una viuda que insistía en pedirle: “Hágame usted justicia contra mi adversario”. 4Durante algún tiempo él se negó, pero por fin concluyó: “Aunque no temo a Dios ni tengo consideración de nadie, 5como esta viuda no deja de molestarme, voy a tener que hacerle justicia, no sea que con sus visitas me haga la vida imposible”». 6Continuó el Señor: «Tengan en cuenta lo que dijo el juez injusto. 7¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles? 8Les digo que sí les hará justicia y sin demora. No obstante, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?».

Introducción

Hace tiempo, cuando comenzaba mis estudios superiores, participé en una conferencia sobre liderazgo. El conferencista contó que, cuando era niño y debía compartir algo con su hermano —un pan, por ejemplo—, su padre los ponía a partirlo por la mitad y les decía que fueran muy cuidadosos, porque la parte más grande le correspondería al otro. De esa manera aprendieron el valor de la equidad. Con el tiempo, hice el mismo ejercicio con mis hermanas menores y, en efecto, dio resultado: siempre se esforzaban por partir el pan de la forma más equitativa posible, se podría decir buscando siempre ser justos.
La justicia es un valor que todos los seres humanos buscamos. Todos soñamos con un mundo cada vez más justo. Sin embargo, definir la categoría de justicia no siempre resulta fácil. La academia nos ofrece diversas definiciones de justicia; y todas ellas apuntan en la misma dirección: dar a cada quien lo que merece. Desde el ámbito jurídico, la justicia puede resumirse de tres maneras:
Justicia distributiva: es la manera equitativa en que se reparten los bienes, beneficios y responsabilidades dentro de una comunidad. Se sostiene en el principio de la igualdad proporcional: no todos reciben lo mismo, sino lo que justamente les corresponde.
Justicia punitiva: se centra en la aplicación de sanciones o castigos a quienes han violado una norma. Busca corregir, disuadir y proteger el orden social. Su principio fundamental es que el castigo debe ser proporcional a la gravedad de la falta, respetando siempre la dignidad del infractor.
Justicia retributiva: se enfoca en restablecer el equilibrio moral quebrantado por una ofensa o delito. Parte del principio de que el mal cometido debe tener una respuesta equivalente, no por venganza, sino para afirmar el valor de la norma y la dignidad de la víctima.
Como podemos observar, la justicia definida por los seres humanos busca corregir al que falla para proteger el bien común. Ese es el punto de partida de la justicia; sin embargo, a lo largo de esta predicación espero que podamos llegar al concepto de justicia que Dios nos enseña a través de Jesús.
Todas estas formas de justicia humana buscan mantener el orden, promover la equidad y proteger el bien común. Sin embargo, por más nobles que sean, siguen dependiendo de una medida: dar a cada quien lo que merece. Y es precisamente allí donde surge la gran pregunta que nos plantea el Evangelio: ¿qué sucede cuando Dios mismo interviene en la historia humana con su justicia? ¿Será esa justicia igual a la nuestra, o tendrá un rostro distinto, quizá inesperado?

Contexto Bíblico

La lectura del Evangelio para el día de hoy nos presenta una parábola que tiene como centro la oración, encarnada en la experiencia de una mujer viuda que clama por justicia ante un juez injusto. Durante un tiempo, el juez se niega a atenderla, pero finalmente decide hacerle justicia para evitar mayores molestias. El texto griego original expresa literalmente que el juez teme que la mujer “le deje un ojo morado”, una forma coloquial para decir que no quiere seguir siendo importunado o avergonzado públicamente por su insistencia.
Esta mujer representa a todas las personas vulneradas, a quienes se les niegan sus derechos o se ven silenciadas por la indiferencia y el poder. Conviene recordar que, en el contexto bíblico, las viudas eran mujeres que carecían de recursos económicos y, con frecuencia, también de apoyo familiar. Esa condición las colocaba en una profunda desventaja, especialmente en los asuntos judiciales, donde el dinero solía comprar la influencia y la justicia se inclinaba a favor de los ricos y poderosos, dejando de lado las necesidades reales de los más débiles.
El juez injusto, por su parte, representa las estructuras de poder que ignoran las necesidades de los más vulnerables. Anselm Grün afirma que este juez simboliza el superyó, esa instancia interior que empequeñece al ser humano y carece de todo interés por el bien del otro. En él podemos ver reflejados los oídos sordos del poder, incapaces de escuchar el clamor de quienes sufren y de responder con compasión. Cuando la justicia se vuelve indiferente, el resultado es trágico: las personas pierden su dignidad, su esperanza y, en muchos casos, el sentido mismo de la vida.
Jesús nos invita a detenernos en el monólogo del juez injusto para conducirnos hacia una reflexión más profunda: «¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?» (Lc 18:7). Con esta pregunta, Jesús nos lleva del contexto de injusticia humana a la esperanza que nace de la fe. Nos muestra que la oración perseverante es el camino por el cual el creyente se mantiene firme, mirando a Dios, quien escucha, responde y actúa con verdadera justicia a favor de quienes confían en Él.
Ahora la insistencia de la mujer cobra pleno sentido, porque Jesús nos invita a orar constantemente sin dejar de actuar en favor de la justicia. La viuda no se rindió ante el juez injusto hasta ser escuchada; del mismo modo, nosotros estamos llamados a perseverar en la oración y trabajar por un mundo más justo, confiando en que Dios escucha el clamor de su pueblo. Como señala Anselm Grün, en la oración el ser humano se abre a la gracia y recupera sus derechos más profundos: la vida, el auxilio y la dignidad.
La parábola, entonces, nos invita a reconocer que, aunque estamos sujetos a la justicia humana, la justicia de Dios supera toda mirada limitada y parcial del ser humano. En Dios no hay lugar para privilegios ni favoritismos: no existe predilección por los ricos ni ventajas para los poderosos o los cercanos. Su justicia es recta, fiel y misericordiosa. Por eso, mientras aguardamos su plena manifestación, estamos llamados a trabajar en una doble dirección: actuar proféticamente, denunciando toda forma de injusticia, y clamar en oración para que nuestras propias vidas sean instrumentos del bien y de la justicia.
La Confesión de 1967 lo expresa así: “La iglesia debe hablar en nombre de los que no tienen voz, y trabajar por la libertad y la justicia” (9.31). De esta manera, la oración perseverante no es pasividad, sino participación activa en el propósito de Dios para el mundo.

Aplicación

Al mirar el texto, vemos nuevamente a Jesús haciendo una denuncia social: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» Esta pregunta resulta fundamental en el marco de la justicia que la parábola nos presenta en su contexto escatológico (Lucas 17:20-37) y que hoy intentamos interpretar en nuestro contexto.
Jesús nos lanza la misma pregunta en nuestro tiempo, cuando la justicia se compra y se vende, cuando la corrupción oculta la verdad y los derechos humanos son violados con frecuencia por el pecado estructural, y cuando muchas personas carecen de condiciones dignas para vivir o viven con miedo en su entorno. En este panorama, comprendemos la preocupación del Señor por saber si, al volver, hallará fe. La fe, nos muestra Jesús, no es solo creencia, sino acción, y está estrechamente relacionada con la puesta en práctica de la justicia en nuestras vidas.
En ese sentido, podemos aplicar el texto a nuestras vidas solo si comprendemos la justicia desde una visión bíblica, que parte de la esencia misma de Dios. El Revdo. Dan González explica que «la palabra hebrea para justicia, Tzedek, se refiere a una rectitud moral y a una acción justa basada en la ley divina, en la equidad y en el trato correcto hacia los demás. La justicia de Dios no es solo cumplimiento de normas, sino restauración y liberación, poner las cosas en su lugar de acuerdo con la voluntad de Dios, especialmente en favor de las personas oprimidas».
Desde esta perspectiva, la parábola funciona como una antítesis del proyecto divino de justicia, revelando que el sistema social y moral humano ha desviado el concepto de justicia, priorizando el orden y la regulación sobre la dignidad del ser humano. Por el contrario, la justicia que Dios espera que desarrollemos es aquella que restaura las relaciones rotas, ofrece equidad a todas las personas y pone un énfasis especial en quienes sufren, asegurando que sus clamores no queden sin respuesta.
Esta forma de entender la justicia parte del amor y el perdón y puede relacionarse con el concepto de justicia restaurativa, que pone en diálogo al ofensor, la víctima y la comunidad. No se centra en el castigo, sino en la restauración de las personas y del tejido social, buscando reparar las relaciones rotas e integrar nuevamente a los afectados en la comunidad.
Desde una mirada complementaria, el diálogo se convierte en un puente de reconciliación, que permite reconocer el daño, asumir responsabilidades y buscar formas concretas de reparación.
Finalmente, la Escritura nos enseña el poder de la oración, que hace que el alma florezca y se vuelva ligera, permitiéndonos encontrarnos con nuestro verdadero yo, creado a imagen de Dios (Anselm Grün). Desde esa experiencia, podemos trabajar a favor de los más necesitados, de quienes no reciben justicia y corren el riesgo de perder la fe. Es un llamado a levantar nuestra voz con convicción, confiando en que todas las personas, en su dignidad, pueden ser restauradas, y que juntos podemos construir una mejor sociedad, fundamentada en los valores del Reino de Dios.
Como afirma la Breve Declaración de Fe: “En una sociedad llena de injusticia y hambre de poder, Dios llama a la iglesia a escuchar el clamor de los necesitados, a trabajar por la justicia y a cuidar de la creación.”
Así como aquel pan partido con cuidado enseñaba equidad, también la oración perseverante y el actuar justo reparten la gracia de Dios entre todos. Oremos sin desmayar, actuemos con fe y restauremos con amor, porque la justicia de Dios ya está obrando entre nosotros.
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