Quisiese pero no pudiese.
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· 6 viewsUna exhortación a someter el corazón a la soberanía de Cristo, recordando que la incredulidad no limita su poder, pero sí revela nuestra resistencia a su gracia.
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Introducción
Introducción
“Nadie experimenta en cabeza ajena”, dice un dicho popular que, sin duda, está lleno de sabiduría. Ese refrán puede aplicarse tanto a contextos “positivos” como “negativos”. Como hemos comenzado a ver, y seguiremos profundizando en las próximas semanas con el estudio de Mi Experiencia con Dios de Henry Blackaby, no es lo mismo saber acerca de Dios que experimentar a Dios; justamente, como dice el dicho.
Pero esa realidad también se aplica a los momentos duros o difíciles que tenemos que atravesar con el propósito de aprender lecciones que, de otra forma, no aprenderíamos.
Recuerdo que cuando entré en la adolescencia, mi papá me dijo:
“Aarón, si dejas embarazada a alguna muchacha, tú y ella se van de aquí, porque en mi casa ya no cabe nadie más.”
Pocos años después, cuando le conté que una muchacha estaba embarazada y que yo era el padre, me respondió:
“Ok, como te dije antes, aquí no cabes. Vete.”
Y tuve que irme.
Comencé a buscar dónde rentar y terminé trabajando como ayudante de albañil. Sí, yo, que no soy precisamente hábil con las herramientas, ayudaba a un constructor en la remodelación de una casa. Además, empecé a dar clases de música en una escuela pública, donde cada niño me pagaba cinco pesos (aproximadamente cincuenta centavos de dólar) una vez por semana. Y déjame decirte algo: si confías en que un niño será “fiel” para guardar una moneda destinada a su clase de música en lugar de gastarla en el recreo, eres tan ingenuo como yo lo fui.
También tuve que ir a los mercados móviles a vender ropa y cosas usadas. Ponía un trapo o un plástico en el suelo y ahí colocaba mis “boberías”, como dirían los cubanos, o “antigüedades”, como dirían los viejitos de Madison, para venderlas a quien quisiera comprar.
Un día, en uno de esos tianguis —como llamamos en México a esos mercados móviles— mis padres pasaron por ahí y me vieron vendiendo cosas usadas en el suelo. Años después, mi mamá me contó que los dos quisieron acercarse, quitarme de ahí, pedirme que dejara de vender y que me fuera con mi hija recién nacida y su mamá a vivir con ellos para que no sufriera. Pero, aunque eso era lo que les gritaba el corazón, decidieron subirse al auto y marcharse, sin que yo me diera cuenta de que me habían visto.
Ellos querían ayudarme, pero sabían que no podían hacerlo, porque la mejor ayuda era dejarme vivir mi propio proceso.
En la práctica, ellos hicieron lo que, años más tarde, una influencer que mi esposa me mostró expresaría con humor:
“Quisiese, pero no pudiese.”
Y precisamente, algo así veremos hoy en el kerigma de esta mañana. Veremos cómo Jesús, lleno de amor, poder y verdad, desea intervenir en la vida de personas muy cercanas a Él, pero por la dureza de sus corazones, es como si Cristo terminara diciendo: “Quisiese, pero no pudiese.”
Así que vayamos al Evangelio de Marcos y descubramos lo triste, desafiante y confrontante que resulta el kerigma de este día.
Mr 6:1–6 (NTV)
Jesús salió de esa región y regresó con sus discípulos a Nazaret, su pueblo. El siguiente día de descanso, comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que lo oían quedaban asombrados. Preguntaban: «¿De dónde sacó toda esa sabiduría y el poder para realizar semejantes milagros?». Y se burlaban: «Es un simple carpintero, hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón. Y sus hermanas viven aquí mismo entre nosotros». Se sentían profundamente ofendidos y se negaron a creer en él.
Entonces Jesús les dijo: «Un profeta recibe honra en todas partes menos en su propio pueblo y entre sus parientes y su propia familia». Y, debido a la incredulidad de ellos, Jesús no pudo hacer ningún milagro allí, excepto poner sus manos sobre algunos enfermos y sanarlos. Y estaba asombrado de su incredulidad.
Después Jesús fue de aldea en aldea enseñando a la gente.
Primero revisaremos el texto verso a verso y luego veremos qué enseñanzas aplica a nuestra vida diaria
Después de haber salido de la casa de Jairo, Jesús regresa a su tierra. En éste pasaje, en el texto original el nombre del lugar es traducido como “país” o “patria”— y se entiende aquí como “ciudad natal”. Por el contexto, todo indica que se trata de Nazaret (cf. 1:24).
Curiosamente, Belén no aparece mencionada en relación con Jesús dentro de este Evangelio. Nazaret, en cambio, era un pueblo pequeño, sin importancia, que ni siquiera se nombra en el Antiguo Testamento (cf. Juan 1:46).
Ya no lo acompaña una gran multitud, sino solamente sus discípulos.
Como buen judío, Jesús guarda el día de reposo y, como de costumbre, va a la sinagoga. Allí, Marcos nos muestra algo que ya había ocurrido en Capernaúm: Jesús enseña, y la gente reacciona con asombro (cf. 1:21–28). Sin embargo, el evangelista no nos dice qué fue lo que Jesús enseñó, sino que pone toda su atención en la reacción de los que lo escuchan.
Los presentes se admiran de su sabiduría, reconociendo que hay en Él una sabiduría divina. También evidencian haber escuchado acerca de las obras poderosas (dýnamis) que había hecho en otros lugares, y reconocen que el poder de Dios actúa a través de Él. Es decir, su fama lo había precedido, y eso despertaba en ellos cierta mezcla de admiración y curiosidad, aun cuando —y esto es importante— Jesús no había hecho ningún milagro entre ellos.
Pero esa admiración inicial pronto se transforma en rechazo.
Los que al principio parecían orgullosos de tener a Jesús como paisano, de pronto se vuelven hostiles.
Posiblemente, al notar que los milagros de los que tanto habían oído no se manifestaban allí, se sintieron ofendidos o decepcionados. De repente, Jesús ya no es el Maestro lleno de poder, sino simplemente “el carpintero”, el hijo del que todos conocen.
Era común que el carpintero tuviera un papel importante en la comunidad, pues construía casas y herramientas de trabajo. Pero, al referirse a Jesús de ese modo, estaban reduciendo su identidad al oficio más común, negando su origen divino.
Más aún, lo identifican por el nombre de su madre y no por el de su padre, algo inusual en aquella cultura, aun si el padre hubiera muerto. Solo se hacía eso cuando el linaje de la madre era más prestigioso que el del padre, lo cual aquí no aplica, ya que José descendía de David. Algunos autores sugieren que tal vez se alude a medio hermanos de un matrimonio anterior de José, pero la lectura más natural, considerando lo que sigue, es que el pueblo de Nazaret lo acusa de hijo ilegítimo, de “bastardo de María”.
Marcos incluso menciona a sus hermanos varones por nombre —Jacobo, José, Judas y Simón—, todos con nombres de patriarcas, mientras que las hermanas ni siquiera son mencionadas, lo cual refleja la posición secundaria de la mujer en esa sociedad.
En resumen, la gente de Nazaret se escandaliza de Jesús, una reacción que revela su incredulidad. Isaías ya lo había anticipado cuando dijo que el Señor sería “piedra de tropiezo” para su pueblo (Isaías 8:14 “Él te mantendrá seguro. En cambio, para Israel y Judá será una piedra de tropiezo; una roca que los hace caer. Y para el pueblo de Jerusalén será una red y una trampa.”) y Pablo lo reafirma más tarde al decir que Cristo es tropiezo para los judíos. (1 Corintios 1:23 “Entonces cuando predicamos que Cristo fue crucificado, los judíos se ofenden y los gentiles dicen que son puras tonterías.”)
La respuesta de Jesús es contundente. Cita un dicho conocido en la literatura grecorromana:
“Ningún profeta recibe honra en su propia tierra.”
Con esto, Jesús se identifica con los profetas antiguos: hombres enviados por Dios, que hablaban con autoridad divina y eran rechazados por los suyos. Así, Jesús confirma que su mensaje y su poder vienen de Dios, mientras que el rechazo de su pueblo los coloca del lado de quienes cuestionan su procedencia divina (cf. 2:7; 3:22).
Jesús amplía el alcance del proverbio, aclarando que el rechazo viene no solo de su tierra, sino también de sus familiares y de los de su propia casa, recordándonos lo que ya Marcos había contado sobre la incomprensión de su familia (cf. 3:20–21, 31–35).
Sin embargo, el hecho de que se le llame “profeta” no contradice su identidad más elevada: Jesús es mucho más que un profeta. Aun así, el que ni siquiera puedan reconocerlo como tal explica por qué Jesús mantiene en secreto su identidad mesiánica en ciertos momentos.
La incredulidad del pueblo de Nazaret se hace tan evidente que Marcos afirma que Jesús no pudo hacer allí ningún milagro, excepto sanar a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos.
El relato concluye de una forma inusual: no con la reacción del público, sino con la reacción del mismo Jesús.
Marcos dice que el Señor se asombró de la incredulidad de su gente. Este asombro no es de admiración, sino de dolor y decepción.
Y aun así, Jesús no se detiene. Abandona Nazaret y sigue enseñando en los pueblos cercanos, cumpliendo fielmente la misión que el Padre le había encomendado
Ahora bien, quiero que pongamos atención en cómo la incredulidad del pueblo llevó a que Jesús “no pudiera” realizar milagros. Hay varias cosas que quiero resaltar aquí.
Jesús no fue, no es, ni será como esos dioses griegos de la mitología que necesitaban ser adorados para no perder sus poderes. No, Jesús no es así.
Él es el que era, el que es y el que ha de venir; el Dios Todopoderoso. No necesita nuestro permiso ni nuestra adoración para obrar maravillas. Tampoco necesita nuestra fe como una cláusula sin la cual su poder dejaría de existir.
Lo que vemos aquí es, básicamente, Jesús diciéndole con sus hechos al pueblo de Nazaret:
“Quisiese hacer milagros, chicos, pero no pudiese.”
Y si me permites parafrasearlo, sería como si dijera:
“Si hiciera milagros entre ustedes, con ese corazón duro y mezquino que rechaza mi divinidad, les estaría haciendo más daño que bien. Por eso, quisiese… pero no pudiese.”
¿Qué podemos aprender de este pasaje?
¿Qué es lo que Dios quiere decirnos a través de este kerigma?
Desde la perspectiva de Jesús:
1. Es Jesús quien toma la iniciativa de visitar a su pueblo.
1. Es Jesús quien toma la iniciativa de visitar a su pueblo.
Jesús no espera a que su pueblo venga a Él; Él va en busca de los suyos. Aun sabiendo que sería rechazado, decide regresar a Nazaret, mostrando un amor que no depende de la respuesta humana. Él busca a los perdidos con compasión.
“El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos.” (Lucas 19:10)
2. Es Jesús quien toma la iniciativa para reunirse con su pueblo y adorar.
2. Es Jesús quien toma la iniciativa para reunirse con su pueblo y adorar.
Jesús, como buen judío, acude a la sinagoga en el día de reposo, demostrando su compromiso con el culto y la comunión del pueblo de Dios. Él no se aparta de la adoración comunitaria, sino que la honra con su presencia.
“Fue a Nazaret, donde se había criado, y como de costumbre entró en la sinagoga el día de descanso y se puso de pie para leer las Escrituras.” (Lucas 4:16)
3. Jesús siempre está dispuesto a enseñar.
3. Jesús siempre está dispuesto a enseñar.
El corazón de Cristo es el de un Maestro paciente. Él no desperdicia oportunidades para impartir verdad, incluso entre quienes no creen. Enseña porque su palabra transforma, aunque muchos no lo comprendan en el momento.
“Nunca habíamos oído a nadie hablar como este hombre.” (Juan 7:46)
4. A Jesús le asombra la falta de fe.
4. A Jesús le asombra la falta de fe.
En Nazaret, Jesús se maravilló, pero no por su fe, sino por su incredulidad. El asombro de Cristo refleja el dolor que siente cuando su propio pueblo cierra el corazón.
“Y estaba asombrado de su incredulidad.” (Marcos 6:6)
5. Jesús está en una misión, y nada la detendrá.
5. Jesús está en una misión, y nada la detendrá.
El rechazo en Nazaret no lo frenó. Jesús siguió enseñando y cumpliendo la voluntad del Padre. Su misión no depende del reconocimiento humano, sino de la obediencia al llamado divino.
“Mi alimento consiste en hacer la voluntad de Dios, quien me envió, y en terminar su obra.” (Juan 4:34)
Desde la perspectiva del pueblo de Nazaret:
1. La falta de fe lleva a despreciar la enseñanza y a añorar solo los milagros.
1. La falta de fe lleva a despreciar la enseñanza y a añorar solo los milagros.
Cuando la fe se apaga, el corazón busca el espectáculo y no la verdad. Los nazaretitas querían ver prodigios, pero no oír corrección. Así es el corazón que se enfoca en los beneficios y no en el Dios que los concede.
“Esta gente me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” (Mateo 15:8)
2. La falta de fe lleva a menospreciar la obra de Dios e incluso a burlarse de Él.
2. La falta de fe lleva a menospreciar la obra de Dios e incluso a burlarse de Él.
Cuando no creemos, llegamos a ridiculizar lo que Dios hace o a dudar de su poder. El escepticismo no solo nos distancia de su obra, sino que también nos hace ciegos ante su gracia.
“El mensaje de la cruz es una tontería para los que van rumbo a la destrucción.” (1 Corintios 1:18)
3. La falta de fe hace que la verdad de Dios nos ofenda.
3. La falta de fe hace que la verdad de Dios nos ofenda.
Un corazón incrédulo no soporta la autoridad divina. Se resiste a la corrección y se siente ofendido cuando Dios lo confronta. En el fondo, quiere seguir siendo el dueño de su propia vida.
“La luz vino al mundo, pero la gente amó más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran malas.” (Juan 3:19)
4. La falta de fe impide que Dios obre en mi vida, no porque no pueda, sino porque me ama.
4. La falta de fe impide que Dios obre en mi vida, no porque no pueda, sino porque me ama.
A veces Dios se abstiene de actuar no por falta de poder, sino por amor; porque sabe que un milagro sin un corazón transformado sería un daño mayor. Él anhela nuestra fe más que nuestra comodidad.
“Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo sanar a unos pocos enfermos al poner sus manos sobre ellos.” (Marcos 6:5)
5. La falta de fe me aleja de Jesús.
5. La falta de fe me aleja de Jesús.
La incredulidad es una barrera invisible pero real. Cuando dejamos de creer, nos distanciamos de su presencia, de su voz y de su propósito. La fe no solo nos acerca a Jesús, sino que nos mantiene en comunión con Él.
“Acérquense a Dios, y Dios se acercará a ustedes.” (Santiago 4:8)
Ahora bien, ¿cómo estás?
¿Cómo está tu fe?
Recuerda que la fe no es un deseo mágico que hace que lo que quieres se vuelva realidad; la fe es la certeza de quién es Cristo y de quién eres tú en Él.
Entonces, te pregunto de nuevo: ¿cómo estás?
Tanto las personas que no creen en Cristo, como nosotros los que sí creemos, batallamos con la fe, porque una fe verdadera requiere rendición.
Y justamente quiero seguir el consejo que me dio Víctor esta semana.
Varias veces te he predicado que Dios quiere que te rindas, y que mientras no te rindas, no podrás avanzar ni experimentar a Dios de una manera más profunda, ni vivir una vida real con Cristo.
Pero gracias a Dios, Víctor me hizo una observación muy sabia. Me dijo:
“Creo que si alguien te escucha decir eso, podría confundirse y pensar que rendirse es no hacer nada, y que por arte de magia todo cambiará.”
Y tiene razón. Rendirse ante Dios no es dejar de hacer cosas; es dejar de querer tener el control.
Rendirse es decidir someterte a lo que Él diga, aunque eso a veces signifique hacer más, no menos.
Cuando una persona se rinde ante Dios, deja de luchar y deja de tratar de decirle a Dios cómo deben hacerse las cosas.
Déjame darte un ejemplo práctico.
Años después de la historia que conté al inicio de este sermón, yo no podía ver a mi hija. No me permitían pasar tiempo con ella. Entonces mi abogado me aconsejó:
“Si no te dejan ver a la niña, no les des nada de dinero.”
Y así lo hice durante casi tres meses.
Pero en ese tiempo, mientras tenía mis devocionales, Dios traía una y otra vez a mi mente 1 Timoteo 5:8 “Aquellos que se niegan a cuidar de sus familiares, especialmente los de su propia casa, han negado la fe verdadera y son peores que los incrédulos.” , y cada vez me sentía más triste, más dolido y desesperado.
¡Yo estaba peleando contra Dios!
Él quería que yo proveyera, pero yo quería vengarme de la mamá de mi hija, tal como mi abogado me había aconsejado.
Hasta que un día no pude más.
Esa noche me rendí y le dije al Señor:
“Ya no puedo más. Me rindo. Tú ganas. Voy a hacer lo que Tú dices, no lo que el abogado dice.”
A partir de ese momento, reuní el dinero que no había dado esos meses, y aunque no podía tener contacto con mi hija, seguí cada mes guardando la cantidad que correspondía a su pensión.
Un año después, pude ver a la mamá de mi hija y le entregué todo ese dinero.
No fue algo inmediato, pero creo firmemente que el haberme rendido ante Dios, y haber hecho lo que Él decía —no lo que yo quería— abrió el camino para que finalmente pudiera ver a mi hija, y que hoy ella haya sido rescatada y viva con mis padres.
Rendirse ante Dios no es dejar de actuar, sino actuar conforme a su voluntad.
Es reconocer:
“Tú ganas, Señor. Yo ya no puedo más.”
Pero eso no es fácil. Eso duele.
Nadie quiere humillarse. Nadie quiere perder. Todos queremos ganar.
Pero déjame hacerte una pregunta:
¿Prefieres que Dios siga su camino y tú te quedes mirando cómo se aleja?
¿O prefieres rendirte… y unirte a lo que Él ya comenzó?
Conclusión
Al final de todo, este pasaje nos muestra que Jesús no deja de amar aunque lo rechacen, y que la incredulidad no detiene su misión, pero sí limita lo que Él puede hacer en el corazón que se cierra.
En Nazaret, la falta de fe levantó una muralla entre Dios y su pueblo; una muralla que no se destruye con argumentos ni con religiosidad, sino con rendición.
Jesús sigue caminando hoy entre nosotros, visitando nuestros “Nazarets”: esos lugares donde decimos creer, pero donde todavía queremos tener el control.
Y ante cada uno de nosotros, Jesús podría decir lo mismo:
“Quisiese… pero no pudiese.”
No porque le falte poder, sino porque Él no forzará a nadie a creer, a obedecer o a rendirse.
El amor de Cristo respeta tu libertad, pero su deseo más profundo es transformar tu corazón, tu familia, tu historia, para su gloria.
La pregunta es: ¿le permitirás hacerlo?
Llamado al altar
Hoy quiero invitarte a que no te vayas de este lugar igual que como llegaste.
Tal vez llevas tiempo luchando con Dios, tratando de tener el control, aferrado a tus propias decisiones, a tu orgullo o a tu manera de entender las cosas.
Pero Jesús te llama a rendirte, no para humillarte, sino para liberarte.
Rendirse no es rendirse ante la derrota, es rendir el corazón ante el Rey.
Si hoy hay un área de tu vida donde sabes que Dios te ha estado pidiendo confianza y obediencia, pero tú has estado resistiendo, este es tu momento.
No dejes que Jesús pase de largo en tu Nazaret.
Ven al altar y dile:
“Señor, me rindo. Tú ganas. Ya no quiero seguir peleando contigo.”
Y mientras oras, recuerda: Jesús no se detiene, pero puede detenerse por ti, para sanar tu corazón y renovar tu fe.
Reto para la semana
Esta semana quiero retarte a algo sencillo pero profundo:
Identifica un área específica donde necesitas rendirte ante Dios.
Tal vez es tu carácter, tu matrimonio, tu economía, tu temor, tu deseo de controlar el futuro… cualquiera que sea, escríbelo, ora sobre ello y entrégaselo al Señor.
Y cada día, al despertar, repite una sencilla oración:
“Señor, hoy decido rendirme. Tú ganas. Haz tu voluntad en mí.”
Permítele a Jesús hacer lo que Él ya quiso hacer desde hace mucho: sanar tu corazón, transformar tu vida y usar tu historia para su gloria.
Que Jesús no nos vea y diga “Quisiese pero no pudiese” sino que nos envíe diciendo “ve, tu fe te ha sanado, puedes ir en paz”.
Ríndete y recuerda:
ERES AMADO.
ERES AMADO.
