La mirada que restaura

Tiempo después de Pentecostés  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Luke 19:1–10 NVI
1 Jesús llegó a Jericó y comenzó a cruzar la ciudad. 2 Resulta que había allí un hombre llamado Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, que era rico. 3 Estaba tratando de ver quién era Jesús, pero la multitud se lo impedía, pues era de baja estatura. 4 Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol sicómoro para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí. 5 Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: —Zaqueo, baja enseguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa. 6 Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa. 7 Al ver esto, todos empezaron a murmurar: «Ha ido a hospedarse con un pecador». 8 Pero Zaqueo dijo resueltamente: —Mira, Señor, ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. 9 —Hoy ha llegado la salvación a esta casa —le dijo Jesús—, ya que este también es hijo de Abraham. 10 Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Introducción

En los años cincuenta, en el sur de los Estados Unidos, un joven afroamericano llamado Walter James McMillian creció en una familia pobre dedicada al trabajo del campo. Desde niño supo lo que era ser mirado con desprecio, no por lo que hacía, sino por quién era.
Cuando se hizo adulto, Walter buscó una manera de mejorar su vida y la de su familia. Comenzó un pequeño negocio de carpintería, trabajaba sin descanso, pero en su comunidad rural, ser un hombre negro con aspiraciones de prosperar despertaba sospechas.
Algunos vecinos lo consideraban “creído” o “peligroso”. Otros lo evitaban. Con el tiempo, Walter fue aislándose. Terminó involucrado con personas que no le hacían bien, y su nombre empezó a mencionarse en lugares donde antes no habría querido estar. Cuando más tarde fue falsamente acusado de un crimen que no cometió, pocos salieron a defenderlo.
Años después, cuando su inocencia fue demostrada, dijo algo profundamente humano:
“Uno empieza solo queriendo ser alguien, y un día descubre que lo han hecho creer que no vale nada”.
Su historia muestra cómo una persona puede ser llevada, poco a poco, al margen por las heridas, las exclusiones o la indiferencia de su entorno.
Historias como la de Walter James McMillian pueden reflejarse en nuestro contexto e incluso en nuestra propia historia, porque quizás en algún momento hemos experimentado el rechazo de nuestra propia comunidad o familia, lo que nos ha llevado a tomar decisiones que se alejan del amor y nos enfocan en la necesidad de ser aceptados y visibilizados. Todos nosotros tenemos una historia que, en últimas, es la que define quiénes somos actualmente.
Hoy la lectura del evangelio nos conecta con un nombre: «Zaqueo», y un relato que tiene unas claves importantes para comprender la grandiosa generosidad del amor de Dios en la vida de los seres humanos. Sin embargo, antes de llegar a conclusiones, es preciso preguntarnos por la historia de Zaqueo, porque, al igual que Walter McMillian, su vida puede tener componentes de exclusión que lo sacaron de su comunidad y lo llevaron a servir al imperio.

Contexto Bíblico

Encontramos algunos acontecimientos importantes que nos ponen en contexto con el episodio de Zaqueo. En primer lugar, debemos recordar que Lucas nos ha introducido al concepto de justicia en el capítulo 18. La justicia en Dios es aquella que restaura y dignifica al ser humano, especialmente a los más vulnerables. El juez injusto no es la imagen de Dios, sino su antítesis, pues Dios pone su mirada en las personas más vulnerables de este mundo.
Posteriormente, el evangelio pone en un foco distinto la figura del publicano o recaudador de impuestos mediante la parábola del fariseo y el publicano: dos hombres que suben al templo a orar con formas particulares. El fariseo ora desde una posición imaginaria de cercanía a Dios, mientras que el publicano se acerca desde su realidad social y contextual diciendo: «Ten compasión de mí, que soy pecador». Lucas muestra a los publicanos acercándose a Dios cuando socialmente han sido tenidos por traidores y odiados por el pueblo judío.
Con estos relatos, Lucas prepara el corazón del lector para comprender que la justicia de Dios no se basa en el mérito, sino en la misericordia. Este mismo principio se revelará con claridad en el encuentro entre Jesús y Zaqueo.
Luego, Lucas hace una mención sobre los niños «pequeños», lo cual es un dato importante. Si bien la lectura pone el énfasis en los niños, la inclusión de la palabra «pequeños» prepara el camino para comprender la actuación de Jesús con Zaqueo.
Seguidamente, Lucas nos recuerda el incidente con el hombre rico, a quien Jesús le pidió que vendiera todo lo que tenía y lo repartiera entre los pobres. El texto deja ver que los ricos se muestran como personas piadosas y cumplidoras de la religión; sin embargo, esto no resulta suficiente para alcanzar la salvación.
Finalmente, ante la imposibilidad de los discípulos de comprender el sentido de las palabras de Jesús —quien anuncia el camino a Jerusalén, el camino a su sacrificio—, en el trayecto encuentra a un ciego que recibe la vista por la fe. Es por la fe que el ciego pudo ver, es por la fe que los discípulos podrán comprender las palabras de Jesús y es por la fe que Zaqueo encontrará la salvación.
Revisar este contexto progresivo es importante para comprender lo que está pasando y el encuentro que ahora Jesús va a tener con el publicano. Lucas nos cuenta que Jesús cruzó Jericó y que allí había un hombre llamado Zaqueo.
Como se mencionó anteriormente, Zaqueo tenía una historia, y esa historia puede ayudarnos a comprender que él no solo representa a los que se enriquecen de manera deshonesta, sino también a quienes han sido excluidos de la sociedad. El publicano cargaba con una historia que el pueblo no veía.
Tres cosas importantes nos dice Lucas de Zaqueo:
Era publicano, como Leví o el grupo de recaudadores que estaban en su casa cuando fue llamado por Jesús (Lucas 5:27-29), o como el publicano de la parábola antes mencionada. Los recaudadores eran odiados por el pueblo de Israel y eran denominados pecadores. Esto implica que había una sociedad «justa y piadosa» que se otorgaba el derecho de excluir a otras personas del sistema social y religioso. Otro punto importante para nuestra lectura es que era jefe de los recaudadores de impuestos, y esto nos habla de su capacidad y liderazgo. En Zaqueo había una persona influyente que había logrado un lugar en la sociedad.
Era rico, como el hombre que no pudo seguir a Jesús porque no quiso vender sus riquezas y compartirlas con los pobres, o como el de la parábola del rico insensato. La historia de hoy nos deja ver que, para Lucas, las riquezas pueden ser positivas o negativas según el uso que se les dé. Allí también parte un principio de justicia. Antes del encuentro con Jesús, Zaqueo vivía bajo el concepto de justicia tributaria, un tema que deja mucho para reflexionar aún en nuestro tiempo; pero después del encuentro con Jesús, Zaqueo se suma al ejercicio de la justicia restaurativa.
Era de baja estatura. El Rev. Dan González explica que en el idioma original es enfático el uso de la palabra griega μικρὸς para describir a Zaqueo, por lo que se puede presumir que tenía alguna forma de enanismo. Podemos intuir, entonces, que Zaqueo vivía con una discapacidad y que posiblemente a menudo se burlarían de él. Las personas con discapacidad suelen ser objeto de burlas y exclusión. La humanidad ha creado una relación entre cuerpo y persona, haciendo ver que un cuerpo deforme corresponde a una persona igualmente retorcida. Al igual que Walter McMillian, que quiso buscar un mejor futuro, es posible que Zaqueo hubiera encontrado en la recaudación de impuestos una forma de ser visibilizado, desarrollarse como persona y ganarse la vida.
Estos tres aspectos deben dejarnos una visión de Zaqueo que va más allá del abusador y traidor de la patria. Nos encontramos con una persona que vivió el desprecio y la exclusión de su misma gente por no cumplir con los estándares para participar plenamente en la vida social y religiosa de su pueblo.
Como explica Cordula Langner, Zaqueo —cuyo nombre significa «el que es puro, limpio e inocente»— encarna a las personas marginadas y despreciadas por quienes se sienten «justos o piadosos».
Este es el hombre al que Jesús encuentra: un hombre que lleva las cicatrices de su historia, del rechazo, la burla y el menosprecio.
La mirada de Jesús, en Lucas, es profundamente significativa porque nos centra en lo que es importante para Él: la persona humana y su dignidad. Jesús no ha visto a un pecador o traidor; Jesús ha visto a un hombre que ha superado la barrera de la comunidad para intentar ver al Señor pasar.
No obstante, es Jesús quien levanta la mirada para llamar a Zaqueo. Le anuncia que tiene que quedarse en su casa. Las palabras de Jesús son supremamente significativas: «Tengo que quedarme hoy en tu casa». Jesús está anunciando la salvación para Zaqueo y su familia. No dijo que quería hospedarse, sino que debía quedarse. Su visita tiene un objetivo mayor que pasar una noche en casa de un amigo: dejar allí su enseñanza, su toque de amor y el resultado de su visita: la dignidad y la identidad restauradas.
Es importante anotar que, mientras la gente ve en Zaqueo a un pecador, Jesús ve a una persona humana, uno de esos pequeños, como los niños, y por eso asume las críticas que le vienen encima.
Sin duda, Zaqueo se convierte; sin embargo, su conversión no se evidencia en la capacidad de dar dinero a los pobres, sino en su decisión de restaurar el mal que había hecho. Jesús no le pidió un céntimo en el relato; es la resolución de Zaqueo la que se muestra pasando de la justicia tributaria a la justicia restaurativa.
El encuentro con Jesús debe hacer eso mismo en nosotros: superar nuestra historia de dolor, desprecio o exclusión y reconocernos como personas humanas delante de Cristo, quien nos dignifica para que seamos instrumentos de su justicia.
Jesús trae una verdad al pueblo de Israel: Zaqueo también es hijo de Abraham. Tiene los mismos derechos que los maestros de la ley, los sacerdotes y los fariseos. Es un hijo de Abraham.
El encuentro con Jesús nos coloca en un lugar importante: sana las heridas del pasado y venda las cicatrices que la historia nos ha dejado, incluyéndonos no solo en el sistema de la fe, sino también en nuestro sistema social, porque las cadenas que nos ataban haciéndonos sentir indignos, Jesús las rompe al mirarnos y decirnos que quiere quedarse con nosotros.
Como explica el Rev. Dan González, Zaqueo es un reflejo de todas aquellas personas que, al reconocer su propia vulnerabilidad y necesidad de redención, encuentran en la misericordia de Dios la oportunidad para cambiar y contribuir a un mundo más justo.

Aplicación

Ver con otra mirada a Zaqueo debe llevarnos a una profunda reflexión ética. Muchos de nosotros hemos vivido, en algún momento, la historia de Zaqueo y de Walter McMillian. Quizás hemos sido excluidos por razones sociales, por condiciones físicas o por cuestiones políticas, como acontece hoy con los inmigrantes en este país.
Si la mirada de Jesús nos ha restaurado y nos ha devuelto a la familia de Abraham, si Cristo rompió las cadenas que nos ataban y nos hizo dignos, la pregunta fundamental que sigue no es solo sobre lo que Dios hizo por nosotros, sino sobre cómo nuestra propia mirada debe cambiar.
Ahora bien, ¿hemos identificado a los Zaqueos de nuestro tiempo? Aquellas personas que cargan historias de vida llenas de dolor, que se han separado de su propia comunidad o familia porque han encontrado en nosotros muros en lugar de puentes.
La perícopa de hoy nos habla de una multitud que le impedía a Zaqueo ver a Jesús. Esa multitud refleja a las personas «justas y piadosas» que no miran a los más pequeños, a aquellos ricos que no pueden compartir lo que tienen con los más necesitados, a los líderes religiosos que no son capaces de reconocer sus faltas y llegan al templo a orar con ínfulas de grandeza, a los jueces injustos que son la antítesis de la bondad de Dios.
La multitud no solo se representa en personas, sino que se encarna en actitudes que alimentan la exclusión e impiden que las personas más necesitadas de Dios puedan verlo.
Hoy es un día para pensar si hemos sido, o estamos siendo, esa multitud: una multitud que todavía pone su esperanza en la justicia punitiva, tributaria o distributiva, y no ha comprendido que la justicia de Dios es restaurativa, sanadora y liberadora.
Como comunidad, somos la mirada de Dios para que muchos pequeños e invisibles, marginados por la sociedad, lleguen a Cristo. No podemos ser la multitud que mira al altar o a la mesa de la comunión como el fariseo, dejando por fuera a los más pequeños. Debemos ser el puente que permite que todas las personas reconozcan al Dios de amor, bondad y compasión.
En su rol de puente, unido por Cristo, la comunidad es el espacio ideal para la generosidad. Es un espacio de inclusión, de perdón y de aprendizaje, donde practicamos una justicia que libera y sana las heridas, restaurando y dignificando, compartiendo lo que tenemos y construyendo una sociedad más justa y equitativa que se comprende desde la generosidad desbordante del amor de Dios.
Hoy, cuando tantas personas son excluidas por el sistema político, social y económico, debemos derribar nuestras barreras para ser la casa donde Cristo se ha quedado, y donde toda persona puede encontrar su salvación.
Así como Walter McMillian fue finalmente reivindicado, Zaqueo también fue restaurado; y en ambos casos, la dignidad venció al desprecio. Esa es la obra de Cristo en nosotros: mirar, llamar por el nombre y quedarse en nuestra casa.
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