A ellos y a mí también.
Notes
Transcript
Las primeras veces siempre representan un reto.
Recuerdo que cada año, de niño, cuando llegaba el momento de regresar a la escuela, sentía una mezcla de nerviosismo y alegría. Esa sensación de no saber qué me esperaba me revolvía el estómago.
Recuerdo también que la primera vez que salí de mi país fue toda una aventura. Aterrizar en Bogotá sin conocer a nadie y estar a expensas de todo fue una de las mejores experiencias, pero también una de las más estresantes. Y cuando vine por primera vez a Estados Unidos, fue aún más estresante.
Ni hablar de cuando nació Ruth. Después de pasar “la cuarentena” en casa de mis padres y regresar a nuestro apartamento al otro lado de la Ciudad de México, pensé: “Ahora sí, tenemos que hacer lo que sea para que esta niñita no se muera”. Lo sé, suena un poco exagerado, pero en realidad no creía que lo lograríamos. Era algo totalmente fuera de mi comprensión, más allá de mis capacidades. Y después de hablar con otros padres de mi edad, creo que todos hemos pensado lo mismo: “¡Lo logramos! Sobrevivimos un día más. Hagámoslo otra vez mañana”.
En el kerigma que vamos a estudiar hoy, los doce discípulos se enfrentan por primera vez a algo que nunca antes habían hecho. Esos hombres comunes y corrientes estaban a punto de llevar a cabo y experimentar algo nada común ni corriente; por si lo que ya habían vivido con Jesús durante esos años no había sido suficientemente increíble. Ten por seguro que ellos también pasaron por las mismas incertidumbres que nosotros sentimos cuando se nos encarga una tarea muy importante. Pero lo que quiero que veamos es que, si ellos fueron equipados y comisionados, nosotros también lo somos.
Vayamos al Evangelio de Marcos y veamos el kerigma del día de hoy.
Marcos 6:6b–13 (NTV)
Después Jesús fue de aldea en aldea enseñando a la gente. Reunió a sus doce discípulos, comenzó a enviarlos de dos en dos y les dio autoridad para expulsar espíritus malignos. Les dijo que no llevaran nada para el viaje —ni comida, ni bolso de viaje, ni dinero— sino sólo un bastón. Les permitió llevar sandalias pero no una muda de ropa.
Les dijo: «Por todo lugar que vayan, quédense en la misma casa hasta salir de la ciudad. Pero si en algún lugar se niegan a recibirlos o a escucharlos, sacúdanse el polvo de los pies al salir para mostrar que abandonan a esas personas a su suerte».
Entonces los discípulos salieron y decían a todos que se arrepintieran de sus pecados y volvieran a Dios. También expulsaban muchos demonios y sanaban a muchos enfermos ungiéndolos con aceite de oliva.
I. A ellos los llamó a sí mismo, y a mí también.
I. A ellos los llamó a sí mismo, y a mí también.
Después de que su pueblo natal lo rechazara, Jesús, en lugar de darse por vencido o deprimirse, continuó con su misión, tal como lo había hecho desde el inicio.
En Marcos 1:38 leemos: “Jesús les respondió: —Debemos seguir adelante e ir a otras ciudades, y en ellas también predicaré, porque para eso he venido.”
Es muy interesante ver que Jesús no mencionó haber venido a hacer milagros o a dar demostraciones “poderosas” del reino de Dios en la tierra, sino que vino a predicar.
Eso que muchos de nosotros despreciamos o no consideramos relevante; eso que a veces vemos como algo aburrido y que quisiéramos reemplazar por una “noche de milagros”, Jesús lo definió como el centro de su ministerio: la predicación del evangelio.
Así que quiero animarte: si para Jesús fue relevante e importante, ¿por qué no lo habría de ser también para nosotros?
¡La predicación de la Palabra de Dios es un milagro!
A través de hombres imperfectos, sin trucos ni magia de por medio, Dios usa su Palabra para hablar directamente a tu corazón.
Por eso, si tienes que ponerte de pie, echarte agua fría, tomar más café o aguantarte las ganas de ir al baño, apagar tu teléfono haz lo que tengas que hacer, pero no te distraigas, no interrumpas, no pierdas la oportunidad de exponerte al oficio de Cristo, al trabajo del Señor, a la predicación del evangelio.
Ahora bien, si tomamos en cuenta que desde el capítulo 1 de Marcos Jesús ya recorría la región predicando, podríamos coincidir con los eruditos que sostienen que, en esta ocasión —en el pasaje que estamos leyendo—, Jesús estaba recorriendo por tercera vez esos lugares.
Las opiniones acerca de qué ciudades visitó están divididas: algunos autores consideran un radio de 40 km (difícil de realizar, aunque no imposible), mientras que otros piensan que la frase “fue de aldea en aldea” hace referencia a un radio más conservador de 20 km alrededor de Nazaret.
Si consideramos este último rango, las aldeas dentro de ese radio serían:
Caná de Galilea, Séforis (Tzipori), Naín, Endor, Jesreel, Shunem (Sulam), Canaán, Magdala y Tiberíades.
Ahora bien, si trasladáramos esto a nuestro contexto actual, considerando que Madison fuera “Nazaret”, Jesús habría predicado en un radio que incluiría Humphrey, Norfolk, Battle Creek, Meadow Grove, Tilden, Enola, Hoskins, Cornlea, Creston, Stanton y hasta Pierce.
Si bien es cierto que todo esto es impresionante, que el trabajo de Jesús sin los recursos que tenemos hoy en día fue extremadamente abrumador o que como lo dice el comentarista Ro Hall: “Él amontonó en tres cortos años acciones y labores de amor que podrían haber adornado todo un siglo.” Eso no es lo más importante, lo verdaderamente relevante en este pasaje es que Jesús es quién ha demostrado la iniciativa y la intencionalidad de establecer algo entre los seres humanos.
Veamos que es Jesús quien “fue de aldea en aldea”, “reunió a sus discípulos”, “los envió” y “les dio autoridad y poder”. En todo este pasaje, es Jesús quien toma la iniciativa, quien realiza la obra, quien está detrás de todo y quien es el único que puede llevarse el crédito.
¡Todo se trata de Cristo!
Pero pongamos aún más atención.
Si bien es cierto que este pasaje es solo la primera parte de la historia, y más adelante veremos que los discípulos hicieron cosas maravillosas, sí, incluso Judas fue parte de ese grupo, lo cual es una enseñanza y reflexión en sí misma: no se trata del maestro, ni siquiera del poder del evangelio. Se trata de nuestro corazón.
Porque podemos estar con Jesús, servir con Jesús, hablar de Jesús… pero no ser de Jesús, tal como le sucedió a Judas.
Por eso es tan importante que prestemos atención al orden que este pasaje establece:
En primer lugar, los doce, antes de ser “apóstoles” o enviados, debían ser discípulos y haber estado con Él. Nuestra traducción dice: “Reunió a sus doce discípulos”, pero en el texto original se utiliza la palabra griega προσκαλεῖται (proskaleitai), que significa “llamó”, no con la simpleza de llamar a alguien por teléfono o por su nombre, sino con la idea de pedirle que se acerque porque vas a comisionarlo; como cuando llamas al mesero para que se acerque porque le vas a pedir algo.
Esto es de suma importancia, porque no podemos hacer nada si primero no vamos a Cristo.
Él no quiere que simplemente hagamos cosas por Él; Él quiere que primero vayamos a Él.
¿Qué dice Juan 15:5?
“Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto, porque separados de mí no pueden hacer nada.”
Sin Cristo no podemos hacer nada. Absolutamente nada.
A ellos los llamó a sí mismo… y a mí también.
Hermano, hoy Dios te está llamando a Él.
¿Ya lo estás haciendo? ¡No desistas!
¿Estás lejos? ¡Acércate! Ven a Él.
Recuerda que podemos estar con Jesús, servir con Jesús, hablar de Jesús… pero no ser de Jesús. ¡Que Dios nos libre de que eso sea una realidad en nuestras vidas!
II. A ellos los comisionó, y a mí también.
II. A ellos los comisionó, y a mí también.
Después de que Jesús los llamó a sí mismo, los envió. Pero para entender más profundamente lo que esto significa, es importante aprender un poco acerca de las culturas antiguas.
En la cultura hebrea, cuando alguien era enviado como mensajero o apóstolos, era porque esa persona estaba en una misión oficial, y las palabras que pronunciara tenían la misma autoridad que las de quien lo había enviado.
Por ejemplo, en la antigüedad —particularmente en el Imperio Romano—, cuando César ganaba una batalla, enviaba apóstolos a Roma para anunciar la victoria. Cuando estos hombres llegaban, eran recibidos con honores, pues representaban al César; así que las palabras que salían de su boca tenían el mismo peso que si el emperador mismo las hubiera dicho.
Sin embargo, el mensajero no podía alterar el mensaje, porque de hacerlo corría el riesgo de ser ejecutado.
Para nosotros puede ser difícil comprender este concepto, porque hoy tenemos altavoces, teléfonos, televisores y computadoras por todas partes. Pero un apóstolos funcionaba exactamente como un altavoz: cuando escuchas una bocina reproducir un mensaje, no dudas de que las palabras provienen de quien habló originalmente, porque sabes que la bocina solo repite lo que recibe.
Así era un apóstolos: una voz que reproducía fielmente el mensaje que le había sido confiado.
En la cultura hebrea, además, existía la convicción de enviar a los mensajeros de dos en dos, porque eso daba certeza al testimonio. Si alguno de ellos alteraba el mensaje, el otro podía corregirlo o denunciarlo; y si el mensaje no era recibido, el otro podía dar testimonio de que, efectivamente, eso fue lo que ocurrió.
Con todo esto en mente, aprendemos que, así como Jesús comisionó a los doce, también nos ha comisionado a nosotros.
Estamos llamados a ser las bocinas de Dios, que solo reproducen “la canción” a la que Él le dio play hace más de dos mil años: el evangelio.
Además, somos un medio de comunicación certificado, probado y seguro, porque no hacemos lo que nosotros queremos, sino lo que Dios quiere.
Por eso, cuando predicamos, debemos predicar a Cristo, y a este crucificado. Nada más. Cristo es suficiente.
Y no lo haremos solos. Debemos hacerlo de dos en dos, es decir, en comunidad: respaldándonos, afirmándonos y enseñándonos mutuamente.
—“Pero, pastor, no sabes cuán difícil es lo que me estás diciendo. ¿Me estás pidiendo que vaya a otro lugar solo para predicar? ¿Que hable con gente que no quiero? ¿Que todo se trate de Él? ¿Y si no me hacen caso? ¿Y si me rechazan?”—
No olvidemos que lo que es imposible para nosotros es posible para Dios (Lucas 18:27).
Y tampoco olvidemos lo que Pablo escribió a los corintios:
“No es que pensemos que estamos capacitados para hacer algo por nuestra propia cuenta. Nuestra aptitud proviene de Dios.
Él nos capacitó para que seamos ministros de su nuevo pacto.
Este no es un pacto de leyes escritas, sino del Espíritu.
El antiguo pacto escrito termina en muerte; pero, de acuerdo con el nuevo pacto, el Espíritu da vida.”
— 2 Corintios 3:5–6 (NTV)
a) Ordenándoles depender de Él.
a) Ordenándoles depender de Él.
En el versículo 8, Jesús les da una orden “extrema”: “Irán de viaje, pero no llevarán provisiones”. Esto no significa que Dios ame solo a los pobres o que quiera que todos sus siervos adopten un voto franciscano o sean emisarios de un ascetismo recalcitrante. No. Dios no tiene problema con que alguien tenga dinero, recursos o una vida holgada, siempre y cuando su corazón esté en el lugar correcto. Y precisamente de eso se trata esta instrucción.
Jesús había llevado a sus discípulos con Él durante tres “giras ministeriales”, pero ahora, por primera vez, los estaba enviando por su cuenta. Había llegado el momento de que ellos aprendieran algo sumamente importante para todo cristiano: depender totalmente de Cristo.
Henry Blackaby, en su libro Mi experiencia con Dios, habla sobre la idea de ser siervo. Él explica que ser siervo de Dios no es como el esclavo que se acerca a su amo y le dice: “Señor, ¿qué quiere que yo haga?”, y el amo le responde y el esclavo simplemente obedece. En el caso de Dios, el Padre no solo le pide al siervo que haga algo, sino que Él mismo obra a través de su siervo (Blackaby, 2008). Esta idea puede parecer sencilla, incluso repetitiva, pero me hizo reflexionar, y creo que estoy de acuerdo con Blackaby: cuando Dios nos envía a hacer Su obra, no se desconecta ni se olvida de nosotros, sino que actúa por medio de nosotros, pues es Él quien hace todo a nuestro alrededor, en nosotros y con nosotros.
Cuando Dios nos pide hacer algo, también nos llama a depender de Él, porque solo en Él podremos cumplir aquello que nos encomienda, ya que es Él mismo quien lo hará por medio de nosotros. Seremos “poseídos” por Su poder y Su presencia, muchas veces sin siquiera darnos cuenta.
Ahora bien, a ellos no les sugirió, sino que les ordenó depender de Él. Y a ti y a mí también nos lo ordena. Mi amado hermano, jamás podremos avanzar en nuestra vida con el Padre si no entendemos que debemos depender de Él, confiar en Él ciegamente y reconocer que, sin importar lo que hagamos, nuestra vida, nuestro presente y nuestro futuro están en Sus manos.
b) Exponiéndolos al amor y al odio.
b) Exponiéndolos al amor y al odio.
En el versículo 10, Jesús les dice a sus discípulos:
“Por todo lugar que vayan, quédense en la misma casa hasta salir de la ciudad….”
La cultura judía, en muchos aspectos, se parece a la cultura hispana. Ser hospitalarios y abrir nuestras casas a los demás es algo que hacemos de manera natural, sin esfuerzo, y que incluso nos llena de orgullo. En México solemos decir: “Pásele a lo barrido, bienvenido a su pobre casa”, reconociendo que, aunque tengamos poco, ponemos todo a disposición de nuestros invitados porque “mi casa es su casa”.
Los judíos, desde tiempos antiguos, hacían algo muy similar: ofrecían su casa y su sustento a los viajeros. Desde la Ley mosaica, Dios había ordenado al pueblo de Israel tratar con bondad y justicia al extranjero, recordándoles su propia experiencia en Egipto (Éxodo 22:21; Éxodo 23:9; Levítico 23:22; Deuteronomio 24:19–21, entre otros).
Sin embargo, es bien sabido que nadie en su sano juicio recibiría en su casa a alguien que considere peligroso o desagradable. Por eso este pasaje es tan relevante. En primer lugar, Jesús les está diciendo a sus discípulos: “Recuerden que, dondequiera que lleguen, habrá alguien que los reciba, porque así debe comportarse el pueblo de Israel”.
Ahora bien, Jesús es específico al decir: “Quédense en la misma casa”. Esta instrucción tiene el propósito de cuidar tanto al que sirve como al que recibe. Cuando servimos, siempre existe la tentación de hacer favoritismos o de buscar la comodidad, y eso no es correcto. No podemos “irnos con el mejor postor”. Los discípulos no fueron llamados a buscar la mejor casa donde hospedarse, sino aquella que los recibiera, porque esa casa era la que deseaba obedecer la Ley de Dios. Esa misma casa estaría dispuesta también a escuchar la Palabra del Dios eterno.
Tristemente, hoy en día muchas iglesias y pastores no buscan “la casa” que sigue al Señor, sino la que tiene más dinero, y a esa es a la que honran y atienden mejor. ¡Qué diferente sería el ministerio si no hiciéramos acepción de personas!
Después, Jesús añade:
“Pero si en algún lugar se niegan a recibirlos o a escucharlos, sacúdanse el polvo de los pies al salir, para mostrar que abandonan a esas personas a su suerte.”
¡Qué sentencia tan terrible!
La cultura judía practicaba esto cada vez que alguien atravesaba una tierra considerada impura —como Samaria—; al salir, se sacudían las sandalias para que no quedara en ellas ni un solo grano de arena de aquella tierra sucia, y así no traerla de regreso a la tierra santa. Era un acto simbólico de repudio hacia los territorios ajenos a Israel.
Pero aquí, el mensaje es aún más profundo. Jesús les está diciendo a sus discípulos: “Si alguien no los recibe, no discutan con ellos ni lo tomen como algo personal; sacúdanse el polvo de los pies, mostrando que esa tierra no pertenece a Dios. No se lleven nada de allí, ni siquiera el polvo, y déjenlos a su suerte”.
Predicar el evangelio siempre generará el amor de algunos, pero también el odio de muchos más. ¡Ve y predica! Ellos necesitan escuchar, porque su destino eterno está en juego. Sin Cristo están condenados al infierno; están muertos espiritualmente. Y si no vamos, ¿cómo oirán? Y si no escuchan, ¿cómo creerán?
Cuanto más lo hagamos, más nos expondremos… y más aprenderemos a confiar.
Recuerda: a ellos los comisionó, y a nosotros también. Hemos sido llamados a predicar el evangelio.
¿Qué es el evangelio?
El evangelio es la buena noticia de que Dios, en su amor, envió a su Hijo Jesucristo para salvarnos del pecado. Jesús vivió una vida perfecta, murió en la cruz como sustituto por nuestros pecados y resucitó al tercer día, venciendo la muerte para ofrecernos perdón, reconciliación con Dios y vida eterna a todos los que se arrepienten y creen en Él.
¿Cómo podrías predicarlo de forma concreta?
Predicar el evangelio de manera concreta significa compartir con claridad quién es Jesús, qué hizo por nosotros y cómo cada persona puede responder a su mensaje. Puede hacerse en una conversación personal, en el trabajo, en la escuela, con los vecinos o con la familia, mostrando amor en la forma en que vivimos pero también hablando con valentía que solo en Cristo hay salvación. No se trata de tener todas las respuestas, sino de dar testimonio fiel del Salvador y llamar a otros al arrepentimiento y a la fe.
Estamos llamados a ser pescadores de hombres. Hoy lo llamamos evangelismo, y como iglesias realizamos campañas para hacerlo, pero la verdad es que todos estamos llamados a compartir el mensaje.
¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste?
¿Alguna vez lo has hecho?
¿Alguna vez has sido directo y le has dicho a alguien: “Arrepiéntete, cree en Cristo, ríndete a Él, y Él te salvará”?
Si lo estás haciendo, ¡sigue así!
Si no lo has hecho, ¿por qué no?
¡A ellos los comisionó, pero a nosotros también!
“Jesús se acercó y dijo a sus discípulos: ‘Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por lo tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñen a los nuevos discípulos a obedecer todos los mandatos que les he dado. Y tengan por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos’” (Mateo 28:18–20).
III. A ellos los usó, y a mí también.
III. A ellos los usó, y a mí también.
Nuestro pasaje cierra diciendo:
Entonces los discípulos salieron y decían a todos que se arrepintieran de sus pecados y volvieran a Dios. También expulsaban muchos demonios y sanaban a muchos enfermos ungiéndolos con aceite de oliva.
¡Wow! Dios usó a esos hombres comunes y corrientes. Pensamos: “Ellos eran especiales… yo no.” ¡Mentira! Ni ellos ni nosotros somos especiales. ¡Cristo es el especial!
El poder está en Cristo, no en nosotros.
No voy a negar que predicar el evangelio puede ser una de las cosas más “incómodas” para muchos. Algunos dicen:
“Es que soy tímido.”
“Es que no sé qué decir.”
“Es que no sé mucho, no soy Víctor.”
“¿Cómo empiezo la conversación? No quiero parecerme a los mormones o testigos de Jehová que van de puerta en puerta.”
Y muchas otras excusas más. Lo entiendo. En mi caso, mi principal barrera es ser muy consciente de que mis palabras no tienen poder. Sé que no soy capaz de convencer a nadie; a veces ni mis propias hijas me escuchan… ¡ni siquiera Alexa me obedece cuando le hablo!
Pero debemos recordar algo muy importante: Dios no nos manda a hacer algo y luego se desentiende. ¡Dios obra por medio de nosotros!
¿Y qué diferencia hubo entre los doce discípulos y nosotros? ¡Solo una cosa!
Ellos tenían menos recursos, menos educación y enfrentaban más dificultades… pero aun así Dios los usó.
La única diferencia fue que ellos obedecieron.
La semana pasada, Víctor mencionó que Dios nos está llamando a traer más personas a este bote, para que puedan salir del lugar donde están.
Esta semana, el Huracán Melissa golpeó República Dominicana, Jamaica, Cuba y otras regiones. Los videos de algunas zonas de Cuba son impresionantes: casas cubiertas de agua hasta el techo, destrucción y desesperanza.
Ahora piensa: ¿qué tan útil sería un bote en esos momentos?
Pues así es nuestro llamado.
Nosotros no manejamos el bote, no somos dueños del bote y no controlamos su ruta. Nuestro trabajo es hablarle a otros acerca del bote.
Sé que es difícil, pero no estamos solos.
Quiero animarte esta semana a ir y predicar el evangelio.
Ya llevamos más de dos años en este proceso de replantación. El Señor ha estado añadiendo personas a esta iglesia, pero Cristo aún no ha terminado Su obra.
Ha llegado el momento de ir.
Has sido fiel asistiendo los domingos.
Has sido fiel participando en tu grupo pequeño.
Pero ahora es tiempo de más:
Es momento de ir a predicar, de invitar, de compartir y de crecer.
Justo como dice Pablo en
Romanos 10:14–15 (NTV)
¿Pero cómo pueden ellos invocarlo para que los salve si no creen en él? ¿Y cómo pueden creer en él si nunca han oído de él? ¿Y cómo pueden oír de él a menos que alguien se lo diga? ¿Y cómo irá alguien a contarles sin ser enviado? Por eso, las Escrituras dicen: «¡Qué hermosos son los pies de los mensajeros que traen buenas noticias!».
Conclusión:
Hermanos, hoy hemos visto que a ellos los llamó, los comisionó y los usó… y a nosotros también. Este es un buen momento para responder a la voz del Señor.
1) Para quienes aún no han venido a Cristo
Si hoy reconoces que necesitas perdón y vida nueva, arrepiéntete y cree en el evangelio. La Palabra dice:
Hechos de los Apóstoles 3:19 (NTV)
Ahora pues, arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios para que sus pecados sean borrados.
Marcos 1:15 (NTV)
«¡Por fin ha llegado el tiempo prometido por Dios! —anunciaba—. ¡El reino de Dios está cerca! ¡Arrepiéntanse de sus pecados y crean la Buena Noticia!».
2) Para los creyentes: compromiso de obediencia y misión
Si ya eres de Cristo, este es un llamado a obedecer y depender de Él mientras vamos a anunciar su nombre. Te invito a responder con tres compromisos concretos esta semana:
Ora diariamente por tres personas por nombre que no conocen a Cristo.
Comparte el evangelio con al menos una de ellas, con claridad y amor.
Sirve en comunidad, buscando a otro hermano o hermana para animarse mutuamente y rendir cuentas.
Hoy hemos visto que Jesús toma la iniciativa:
Nos llama a sí mismo —sin Él nada podemos hacer (Juan 15:5).
Nos comisiona —vamos con Su autoridad y en comunidad (Mateo 28:18–20).
Nos usa —el poder es de Cristo, no de nosotros (2 Corintios 3:5–6).
Así que vamos: dependamos de Cristo, prediquemos a Cristo y confiemos en Cristo. Mientras obedecemos, Él promete su presencia:
“Y tengan por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos.” (Mateo 28:20, NTV)
Hebreos 13:20–21 (NTV)
Y ahora, que el Dios de paz —quien levantó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de las ovejas, y que ratificó un pacto eterno con su sangre— los capacite con todo lo que necesiten para hacer su voluntad.
Que él produzca en ustedes, mediante el poder de Jesucristo, todo lo bueno que a él le agrada. ¡A él sea toda la gloria por siempre y para siempre! Amén.
ERES AMADO.
