LA CONSAGRACIÓN

Sermon  •  Submitted   •  Presented
0 ratings
· 65 views
Notes
Transcript

Bosquejos para predicadores, Tomo 1 LAS APTITUDES DE UNA ENTERA CONSAGRACIÓN

LAS APTITUDES DE UNA ENTERA CONSAGRACIÓN

(

SERMÓN EXPOSITIVO: LA SANIDAD DIVINA (Basado en Santiago 5:13–15 y principios de consagración total a Dios)

1. La verdadera fuente de sanidad proviene de Dios

La sanidad divina comienza reconociendo que toda ayuda genuina procede de Dios y no del hombre. Cuando algo anda mal en el espíritu, el creyente va directamente al Señor; sin embargo, muchos acuden a la medicina terrenal cuando se enferman físicamente. Pero el cristiano consagrado debe entender que su cuerpo pertenece a Dios. El salmista declara: “Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1). Si Dios es nuestro pastor, también es nuestro sanador. Nuestra confianza no debe dividirse entre el Creador y la criatura, porque “maldito el hombre que confía en el hombre” (Jeremías 17:5).

2. La consagración implica dependencia total de Dios

Hay una falta de seriedad en cuanto a la consagración cristiana. Muchos consagran su espíritu pero no su cuerpo. Sin embargo, la consagración verdadera incluye todo nuestro ser. Romanos 12:1 exhorta: “Presentad vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”. Consagrarse implica depender solo del Señor para cada necesidad, incluso para la sanidad física, porque nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19).

3. Jesucristo, nuestro modelo perfecto de dependencia

Imagina al Señor Jesús buscando una solución humana para su sufrimiento: el pensamiento mismo resulta imposible. Cristo nunca confió en los métodos del mundo. Él vivía en total comunión con el Padre, y en esa comunión había poder y sanidad. Hebreos 12:2 nos llama a “poner los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”. Por tanto, si somos de Cristo, debemos reflejar su misma confianza plena en el poder divino.

4. La fe nace de oír la Palabra

Romanos 10:17 dice: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. La sanidad no proviene de fórmulas ni rituales, sino de la fe nacida en el corazón al escuchar la Palabra viva. Cuando el creyente se alimenta espiritualmente del mensaje de Cristo, su fe se fortalece para creer en la intervención divina. Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), y sin fe no hay sanidad genuina.

5. El arrepentimiento prepara el camino para la sanidad

El texto señala que muchos buscan la ayuda de Dios sin dejar sus pecados. Sin embargo, el Señor dice: “Dejen sus pecados y luego vengan a mí, y Yo los perdonaré”. El pecado interrumpe el flujo de poder divino. Isaías 59:2 declara: “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios”. La sanidad física a menudo está ligada a la pureza espiritual; por eso, antes de buscar sanidad, debemos examinar nuestro corazón y confesar nuestros pecados ante Dios (Santiago 5:16).

6. El cristiano pertenece por completo a Dios

Cuando alguien se entrega a Cristo, su cuerpo, alma y espíritu quedan consagrados al Señor. Esa entrega nos separa para siempre de buscar socorro en los métodos del mundo o del enemigo. 1 Tesalonicenses 5:23 ora: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. La sanidad divina es una extensión de esa santificación total.

7. Los tres enemigos del creyente

El mundo, la carne y el diablo son los enemigos constantes del hombre. Cada uno busca controlar un aspecto de nuestro ser: el mundo ataca el alma, la carne al cuerpo, y el diablo al espíritu. Sin embargo, el cristiano no puede acudir a ninguno de ellos buscando ayuda. Efesios 6:12 advierte que nuestra lucha “no es contra carne y sangre”. Acudir al mundo o al diablo para obtener alivio es negar la suficiencia de Cristo como nuestro sanador.

8. El orden de Dios para la sanidad

Santiago 5:13–14 presenta un orden divino: “¿Está afligido alguno entre vosotros? Que ore”. La primera reacción ante cualquier enfermedad debe ser la oración. No dice que busque al médico o al mundo, sino que ore. La oración nos conecta con la fuente de la vida. La oración de fe nos recuerda que dependemos de un Dios vivo, no de métodos humanos. “Clama a mí, y yo te responderé” (Jeremías 33:3).

9. La función de los ancianos y la comunidad de fe

Cuando la fe individual es débil, Santiago 5:14 ordena: “Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor”. La iglesia se convierte en un canal de fe compartida. El creyente no busca ayuda externa, sino interna, en la comunión de los santos. Dios honra la unidad de la fe y responde cuando su pueblo ora con un corazón sincero.

10. La verdadera eficacia está en la oración de fe

Muchos confunden el símbolo con la sustancia. El aceite no sana; la fe en el Dios que ordenó su uso es la que produce el milagro. Santiago 5:15 aclara: “Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará”. No es la sustancia del aceite, sino la confianza en el Señor lo que trae la restauración. La fe genuina mira más allá del símbolo y se aferra al poder de Dios.

11. El aceite: símbolo del Espíritu de Dios

El uso del aceite en la unción es un acto de obediencia, no de superstición. Representa la presencia y el poder del Espíritu Santo obrando en el creyente. En el Antiguo Testamento, el aceite se usaba para consagrar reyes, sacerdotes y profetas (Éxodo 30:25–30). Así también, cuando un creyente es ungido, se reafirma que el Espíritu Santo mora en él y tiene autoridad para sanar. La unción es el recordatorio visible de una realidad invisible: el Espíritu de Dios sana y restaura.

12. El Señor, nuestro Sanador eterno

Finalmente, la sanidad divina nos recuerda el nombre revelado por Dios: Jehová-Rafá, “Yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26). Él no cambia. Lo que hizo en tiempos bíblicos, lo hace hoy. Jesús sanó a los enfermos y aún sigue sanando por su poder. Isaías 53:5 nos dice: “Por sus heridas fuimos nosotros curados”. La sanidad divina no solo toca el cuerpo, sino que renueva el alma y fortalece el espíritu.

Conclusión

La sanidad divina no es un mito ni una promesa del pasado; es una realidad viva para quienes caminan en fe y consagración. Cuando el creyente se entrega plenamente a Dios, renunciando al mundo y confiando en su Palabra, el poder sanador del Espíritu Santo se manifiesta. “La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16).
Related Media
See more
Related Sermons
See more
Earn an accredited degree from Redemption Seminary with Logos.