Efectos secundarios de seguir a Cristo.
Notes
Transcript
En la vida, hay momentos en los que tenemos que elegir un bando; no podemos quedarnos en medio. O estamos de un lado o del otro. Viviendo en Nebraska, me he dado cuenta de que, cuando es temporada de fútbol colegial, o estás con los Huskers o estás en contra de ellos, pero no puedes evitar escoger un bando. Por lo mismo, ahora yo también digo: “¡Go Big Red!”
Después de observar un poco a mi alrededor y a quienes viven aquí, he notado que existen otras “dicotomías” muy nebraskeñas: personas que están a favor de ir al doctor y de tomar medicamentos, y personas que no. He escuchado que muchos de los miembros del “equipo” anti-medicamentos y anti-doctores mencionan que no están dispuestos a tomar medicinas por los “efectos secundarios”.
Yo no soy médico, y ninguna farmacéutica me paga por lo que estoy a punto de decir, pero: todo produce efectos secundarios. Todo, absolutamente todo.
Si tomas un té, te ayudará para ciertas cosas, pero poco después tendrás que ir al baño, y eso ya es un efecto secundario. Si tomas café, que es “natural”, sentirás menos sueño, pero quizá el corazón se te acelere. Si tomas soda, tal vez te refresque, pero tendrás que lidiar con el gas, el exceso de azúcar y otros efectos secundarios. Todo —repito— todo tiene efectos secundarios.
Hoy continuaremos nuestra travesía por el Evangelio de Marcos y veremos uno de los momentos más dolorosos en la vida de Jesús: el asesinato de su amado primo, el último de los profetas, el más grande de ellos y el único que, desde antes de nacer, fue lleno del Espíritu Santo: Juan “el Bautista”.
Por medio del kerigma que estudiaremos hoy, seguiremos analizando el costo de seguir a Cristo y lo que esto representa. Veremos que seguir a Cristo también tiene efectos secundarios, entre los cuales podemos mencionar: Controversias sociales, Conflictos familiares, Consecuencias trágicas y la Continuidad del reino. Mi oración es que podamos ver de forma real el mundo en el que vivimos y lo que cuesta seguir a Cristo, no con la intención de desanimarnos, sino como un reto de parte de Dios para seguir avanzando.
Marcos 6:14–29 (NTV)
El rey Herodes Antipas pronto oyó hablar de Jesús, porque todos hablaban de él. Algunos decían: «Éste debe ser Juan el Bautista que resucitó de los muertos. Por eso puede hacer semejantes milagros». Otros decían: «Es Elías». Incluso otros afirmaban: «Es un profeta como los grandes profetas del pasado».
Cuando Herodes oyó hablar de Jesús, dijo: «Juan, el hombre que yo decapité, ha regresado de los muertos».
Pues Herodes había enviado soldados para arrestar y encarcelar a Juan para hacerle un favor a Herodías. Él se casó con ella a pesar de que era esposa de su hermano, Felipe. Juan le había estado diciendo a Herodes: «Es contra la ley de Dios que te cases con la esposa de tu hermano». Por eso Herodías le guardaba rencor a Juan y quería matarlo; pero sin el visto bueno de Herodes, ella no podía hacer nada, porque Herodes respetaba a Juan y lo protegía porque sabía que era un hombre bueno y santo. Herodes se inquietaba mucho siempre que hablaba con Juan, pero aun así le gustaba escucharlo.
Finalmente, Herodías tuvo su oportunidad en el cumpleaños de Herodes. Él dio una fiesta para los altos funcionarios de su gobierno, los oficiales del ejército y los ciudadanos prominentes de Galilea. Luego la hija del rey, también llamada Herodías, entró y bailó una danza que agradó mucho a Herodes y a sus invitados. «Pídeme lo que quieras —le dijo el rey a la muchacha— y te lo daré». Incluso juró: «Te daré cualquier cosa que me pidas, ¡hasta la mitad de mi reino!».
Ella salió y le preguntó a su madre:
—¿Qué debo pedir?
Su madre le dijo:
—¡Pide la cabeza de Juan el Bautista!
Así que la muchacha regresó de prisa y le dijo al rey:
—¡Quiero ahora mismo la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja!
Entonces el rey se arrepintió profundamente de lo que había dicho, pero debido a los juramentos que había hecho delante de sus invitados, no le podía negar lo que pedía. Así que envió de inmediato a un verdugo a la prisión para que le cortara la cabeza a Juan y luego se la trajera. El soldado decapitó a Juan en la prisión, trajo su cabeza en una bandeja y se la dio a la muchacha, quien se la llevó a su madre. Cuando los discípulos de Juan oyeron lo que había sucedido, fueron a buscar el cuerpo y lo pusieron en una tumba.
I. Controversia social.
I. Controversia social.
Nuestro kerigma de hoy es parte de un kerigma 3x1. Parece que a Marcos le gusta integrar historias dentro de otra historia, justo como lo hizo cuando nos contó el milagro de la hija de Jairo y, en medio de ese relato, mencionó la sanación de la mujer con flujo de sangre.
En esta ocasión, al inicio del capítulo 6, Marcos nos relata cómo Jesús llamó y comisionó a sus discípulos, y en el versículo 30 nos narra lo que ocurrió cuando los apóstoles regresaron. Entre esas dos historias, Marcos nos cuenta lo que la gente pensaba acerca de Jesús y cómo la obra del Nazareno afectó a Herodes Antipas.
El pasaje comienza diciendo que “el rey Herodes Antipas pronto oyó hablar de Jesús…”.
Es necesario hacer varias observaciones. El Herodes de esta historia no es el mismo Herodes que reconstruyó y amplió el templo en Jerusalén; ese fue su padre. El Herodes mencionado aquí no era realmente un rey, sino un “tetrarca”, es decir, un gobernador que administraba una cuarta parte del territorio. El título de “rey” se usaba de forma popular, pero oficialmente su autoridad era limitada.
¿Cómo fue que Herodes escuchó acerca de Jesús? El versículo 14 dice: “…todos hablaban de Él.”
Si bien es cierto que el ministerio de Jesús ya era algo sumamente importante y relevante en esos días, ahora se había multiplicado por doce. Había doce enviados haciendo lo mismo que Él hacía, y en una sociedad sin internet ni medios de comunicación rápidos, la gente supo que algo extraordinario estaba ocurriendo.
Cuando somos discípulos y verdaderos seguidores de Cristo, la gente lo nota. Quizá no estén de acuerdo, quizá no estén a favor, quizá no lo entiendan, pero lo notan. ¿Cómo es tu vida? ¿Todo el mundo sabe que tú tienes algo que ver con Cristo, aun cuando no lo comprendan o no les agrade? ¿Es Cristo tan común y tan relevante en tu vida que todos los que te rodean se ven impactados, de una u otra forma, por la verdad de Cristo en ti?
Seguir a Cristo generará controversia social. La gente entrará en conflicto, pero no podrá ignorarlo. Y si en algún caso un discípulo pasa desapercibido o es “invisible” donde está ahora, quizá sea porque en realidad no está viviendo como discípulo. Cristo no puede pasar inadvertido.
a) Confusión.
a) Confusión.
Dentro de esta controversia social podemos ver cómo, en los versículos 14 y 15, la gente llegó a pensar que Jesús era, de alguna manera, Juan el Bautista resucitado. Otros creían que era Elías, y algunos más pensaban que era un profeta. Buenas ideas, pero equivocadas.
Cuando la gente ve la obra de Dios por medio de Cristo, intentará explicarla basándose en lo que mejor conoce. Hoy en día, nuestra civilización —que no puede negar la moral perfecta de Cristo ni su amor incomparable— trata de reducirlo a un buen maestro, un revolucionario o un líder adelantado a su tiempo. Y aunque es cierto que Cristo fue todo eso, también es mucho más. Solo los que hemos nacido de nuevo sabemos que Cristo es ¡Dios hecho carne! ¡El Salvador de nuestras almas!
No te preocupes si el mundo no entiende quién es Cristo; preocúpate si tú no eres capaz de responder de inmediato cuando te preguntan: “¿Quién es Jesús para ti?” Tu respuesta debe ser clara y firme: Cristo es Dios, mi Señor y mi Salvador, el dueño de mi vida, lo más importante, la imagen visible del Dios invisible.
b) Culpa.
b) Culpa.
El corazón humano, por más endurecido que parezca, no puede escapar completamente de la voz de la conciencia. Como dijera W. Shakespeare: “La conciencia nos hace a todos cobardes”.
Dios la puso en nosotros como un recordatorio de Su justicia. Por eso, incluso los más perversos, cuando son confrontados con la santidad de Cristo o con Sus obras, sienten en lo profundo que sus caminos no son rectos, se incomodan, vacilan. La presencia de Jesús revelaba la oscuridad que habitaba en el corazón de Herodes. Como dice Juan 3:19 “Esta condenación se basa en el siguiente hecho: la luz de Dios llegó al mundo, pero la gente amó más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran malvadas.”
Cuando Herodes escuchó hablar de Jesús, su conciencia se agitó. Marcos 6:16 dice: “Cuando Herodes oyó hablar de Jesús, dijo: ‘¡Juan, el hombre que yo mandé decapitar, ha resucitado de los muertos!’”. La culpa lo atormentaba. Aunque trataba de ignorarla, su mente volvía una y otra vez a aquel crimen cometido contra un hombre justo y santo. Herodes sabía que Juan era un profeta de Dios, y aun así, por complacer a otros y proteger su reputación, ordenó su muerte.
La culpa es el eco del alma que recuerda que hay un Dios justo. Aunque el pecador intente silenciarla, siempre lo confrontará con la realidad de su pecado.
Cuando el Espíritu Santo trae convicción, hay solo dos caminos: el arrepentimiento o el endurecimiento. Herodes eligió endurecerse, pero tú aún puedes elegir humillarte. No ignores la voz de Dios cuando te muestra tu pecado. En lugar de reprimir la culpa, llévala a los pies de Cristo. Él no te acusa para destruirte, sino para sanarte. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Así como Herodes no pudo escapar de su conciencia, nadie puede escapar del llamado del Espíritu. Pero los que escuchan con humildad hallan perdón, paz y libertad en Jesús.
II. Conflicto familiar
II. Conflicto familiar
Los versículos 17 al 20 muestran que la predicación de Juan el Bautista, su llamado al arrepentimiento y su fidelidad a la verdad del Evangelio provocaron un profundo conflicto dentro de la peculiar familia de Herodes. La palabra de Dios siempre expone la oscuridad del corazón humano, y cuando alguien decide seguir a Cristo, inevitablemente rompe con los moldes y estructuras que el pecado ha levantado en la familia o en la sociedad. Quien se atreve a decir “no” al pecado es visto como traidor.
Así como Juan fue rechazado por decir la verdad, quienes deciden vivir para Cristo también enfrentarán oposición en sus propios hogares. Jesús lo dijo claramente: “No vine a traer paz, sino espada” (Mateo 10:34). El seguir a Cristo tiene un costo, y muchas veces ese costo se paga en el terreno más doloroso: la familia.
Herodes disfrutaba escuchar a Juan; el texto dice que “le gustaba escucharlo” (v. 20). Sin embargo, nunca obedeció lo que escuchaba. Admiraba el mensaje, pero no lo abrazó. Lo oía con agrado, pero sin transformación. ¿De qué sirve escuchar buenos sermones, leer la Biblia o asistir a la iglesia si no ponemos en práctica la verdad que oímos? La obediencia es el verdadero fruto del arrepentimiento.
a) Confrontación y condenación del pecado
a) Confrontación y condenación del pecado
Juan no habló por odio ni por venganza, sino por fidelidad a Dios. No se trataba de una opinión personal, sino de una convicción bíblica: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano” (v. 18). Su función profética era señalar el pecado y anunciar la justicia de Dios.
Hoy muchos callan por miedo a incomodar, por temor a perder una relación o por proteger su reputación. Sin embargo, la verdad nunca deja de ser verdad solo porque incomoda. Predicar contra el pecado es amar a los pecadores. Si de verdad amamos a las personas, no podemos quedarnos en silencio cuando sabemos que su camino conduce a la destrucción.
¿Callarás o hablarás? ¿Serás cómplice del pecado o voz profética de Dios? El Señor busca creyentes valientes, dispuestos a decir la verdad en amor, aunque eso les cueste amistades, comodidad o aceptación.
b) Causa de división
b) Causa de división
Herodes y Herodías representan lo que ocurre cuando la verdad de Dios entra a una casa: divide. Divide entre quien quiere arrepentirse y quien quiere continuar pecando, entre quien teme a Dios y quien endurece su corazón. Herodías odiaba la verdad porque la confrontaba, mientras Herodes la toleraba sin obedecerla. Esa tensión es el reflejo de lo que ocurre hoy en muchos hogares.
No te desanimes si la Palabra de Dios produce conflicto en tu familia. No te sorprendas si algunos te llaman fanático o exagerado. No seas como Herodes, que escuchaba pero no obedecía, ni como Herodías, que odiaba la verdad. Sé como Juan: firme, fiel y lleno del Espíritu, dispuesto a pagar el precio de proclamar la justicia de Dios.
III. Consecuencias trágicas
III. Consecuencias trágicas
Los versículos 21 al 28 relatan la trágica consecuencia de la fidelidad de Juan: su muerte. Pero su muerte no fue una derrota, sino un preludio del sufrimiento y la victoria de Cristo. Juan predicó primero; Cristo lo siguió. Juan fue encarcelado y asesinado; Cristo también sería arrestado y crucificado.
El costo de seguir a Cristo es alto, y en ocasiones llega hasta la pérdida de la vida.
Sin embargo, morir por causa de Cristo no es una tragedia; es el más alto honor. No hay mayor privilegio que entregar la vida por Aquel que la entregó por nosotros primero.
Hoy, en lugares como Nigeria, miles de creyentes enfrentan persecución, desplazamiento y muerte por su fe. Las noticias no hablan de aldeas cristianas incendiadas y pastores decapitados, pero su testimonio sigue encendiendo la llama del Evangelio en África. Su sangre no es desperdicio: es el agua que riega las semillas del Reino.
a) Cautivo del poder y la corrupción.
a) Cautivo del poder y la corrupción.
Podríamos pensar que quién estaba preso, en primera instancia es Juan, y aún cuando literalmente esto es cierto, quiero que te des cuenta que Herodes estaba preso del sistema que él mismo representaba. Quería aparentar ser poderoso, pero además que sólo era un perro faldero de Roma, no tenía dominio ni sobre su propio corazón. El poder y la corrupción lo atraparon. Quiso quedar bien con todos, menos con Dios. Así es el mundo: promete libertad, pero encadena el alma.
Justo como dice cierto comentarista: “Es difícil para los hombres pequeños, desesperados por parecer más grandes de lo que son, admitir que han cometido una estupidez.”
Nada de esto tomó a Dios por sorpresa. El Señor sigue siendo soberano, incluso sobre los sistemas más corrompidos. En medio de gobiernos injustos, Él sigue levantando testigos fieles. Dios no pierde el control, ni siquiera en las prisiones, ni en los palacios.
b) Consumido por este mundo
b) Consumido por este mundo
La historia es realmente perturbadora. En ella encontramos un cuadro tan oscuro que, si no estuviera en la Biblia, parecería el guion de una tragedia perversa: una sobrina casada con su propio tío, que luego se casa con otro de sus tíos; esa misma mujer, que movida por el odio y la venganza manipula a su hija adolescente (no más de 15 años) para actuar como prostituta, con tal de seducir al padrastro; y un hombre —Herodes— que, atrapado por su propia lujuria, orgullo, y deseo de grandeza termina cometiendo un acto que lo marcaría para siempre. Es una escena de perversión, poder y corrupción que revela hasta dónde puede llegar el corazón humano cuando se aleja de Dios.
Todo lo que vemos aquí es decadencia moral y espiritual. En esa fiesta había música, banquetes, risas, poder y sensualidad, pero no había santidad. Era el retrato de un mundo que celebra el pecado y se burla de la pureza. Y sin embargo, justo en ese ambiente oscuro, el único hombre que permaneció fiel fue el que estaba en una celda: Juan.
A primera vista, parecería que Juan fue consumido por la maldad de este mundo. Lo arrestaron, lo silenciaron, y finalmente lo decapitaron. Pero la verdad es todo lo contrario: no fue Juan quien fue consumido, sino ellos. Herodes, Herodías y su hija fueron devorados por su propio pecado, por la lujuria, la ambición y el deseo de mantener las apariencias. El mundo se jacta de libertad, pero es esclavo del pecado; presume de poder, pero está bajo condenación.
El cumpleaños de Herodes no fue una celebración de vida, sino el día en que sellaron su destino eterno. Lo que parecía una noche de placer fue, en realidad, la sentencia de su alma. El eco de esa fiesta todavía resuena como advertencia para nosotros: cada vez que preferimos complacer al mundo en lugar de obedecer a Dios, cada vez que callamos cuando deberíamos hablar, o negociamos la verdad para conservar comodidad, nos acercamos a ese mismo abismo.
Juan, en cambio, ganó lo que Herodes jamás pudo obtener: paz con Dios. Mientras el rey vivía atormentado por su conciencia, el profeta descansaba en la presencia del Señor. Herodes perdió su corona terrenal; Juan recibió la corona de gloria. Y ese contraste nos recuerda una verdad profunda: lo que este mundo llama derrota, en el Reino de Dios es victoria. Lo que el mundo considera locura, para Dios es sabiduría.
Seguir a Cristo puede costarte la reputación, amistades o incluso la vida, pero nunca será en vano. Porque aquellos que son fieles hasta el final no mueren consumidos por este mundo: son recibidos en la gloria del Padre. Y un día, como Juan, escucharán la voz de Jesús diciendo: “Bien hecho, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor.”
IV. Continuidad del Reino
IV. Continuidad del Reino
Pese a lo que pase, lo que Dios comenzó no puede ser detenido. Las tinieblas pueden apagar una lámpara, pero nunca la luz del sol. El Reino de Dios sigue avanzando, porque su poder no depende de hombres, sino del Rey eterno. Jesús dijo: “Edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). ¡Dios está obrando! ¡Dios ha estado obrando! ¡Dios seguirá obrando!
El martirio de Juan no detuvo el mensaje; al contrario, lo fortaleció.
No podemos negar que la fidelidad de los santos, de los “martúros”, de los testigos fieles, inspira a otros a continuar la obra.
a) Crece el mensaje
a) Crece el mensaje
La sangre de los mártires riega los campos donde nacen nuevos creyentes. Cada vez que un cristiano sufre por Cristo, el Evangelio se propaga con más fuerza. Así ha sido desde los días de Juan, de Esteban y de los apóstoles, y así será hasta que Cristo vuelva.
b) Comunión de los discípulos
b) Comunión de los discípulos
El verso 29 dice que “los discípulos de Juan vinieron, tomaron su cuerpo y lo pusieron en una tumba”. En medio de la tragedia, este pequeño detalle brilla con una luz poderosa. Aquellos discípulos, aunque llenos de dolor, no huyeron. No se dispersaron como muchos habrían hecho. En lugar de eso, permanecieron fieles, honraron a su maestro y continuaron juntos. En la tristeza, se unieron. En la pérdida, mostraron amor. En la confusión, demostraron esperanza.
Así actúa la verdadera comunidad de los discípulos. Cuando el dolor golpea, cuando el mundo se burla o cuando parece que las fuerzas del mal triunfan, los verdaderos hijos de Dios no se rinden. Se reúnen, oran, se consuelan y se levantan para seguir adelante. La muerte de uno se convierte en el impulso de otros. Lo que el enemigo intenta usar para destruir, Dios lo transforma en el combustible que hace crecer Su Reino.
Es hermoso ver que, aunque Juan había terminado su carrera, su legado no terminó con él. Su ejemplo siguió vivo en los corazones de quienes lo habían escuchado. Ellos no permitieron que su muerte se quedara en silencio; su fidelidad se convirtió en semilla para una nueva generación de testigos. Así funciona el Reino de Dios: cada lágrima derramada por amor a Cristo riega el terreno donde brota nueva vida.
Y es que el Reino no se detiene, porque su fundamento no está en hombres, sino en Cristo. Los siervos pueden morir, los profetas pueden ser silenciados, las iglesias pueden enfrentar persecución, pero Jesús vive para siempre. Él es la roca sobre la que todo se sostiene. Por eso, aunque el enemigo intente apagar la luz, no puede hacerlo. La cruz, que parecía derrota, fue la victoria más grande de la historia.
Hoy la Iglesia sigue viva por la misma razón: porque Cristo resucitó. Él es el centro, la cabeza y la fuerza del Reino. Su Espíritu sigue obrando, consolando a los que sufren y levantando a los que caen. Por eso, cuando un creyente fiel parte con el Señor, no decimos “todo terminó”, sino “la obra continúa”.
En cada generación, Dios levanta nuevos discípulos que recogen el cuerpo de los caídos —las promesas, los sueños, la fe— y los llevan a un nuevo amanecer. Y mientras Cristo viva (y Él vive por los siglos), Su Reino seguirá avanzando, hasta que cada lágrima sea secada y cada promesa cumplida.
2 Corintios 4:8–9 “Por todos lados nos presionan las dificultades, pero no nos aplastan. Estamos perplejos pero no caemos en la desesperación. Somos perseguidos pero nunca abandonados por Dios. Somos derribados, pero no destruidos.”
Apocalipsis 21:4 “Él les secará toda lágrima de los ojos, y no habrá más muerte ni tristeza ni llanto ni dolor. Todas esas cosas ya no existirán más».”
Seguir a Cristo siempre tendrá efectos secundarios: controversias sociales, conflictos familiares, y a veces consecuencias trágicas y dolorosas. Pero también trae la continuidad del Reino, la certeza de que nada de lo que hacemos para Dios es en vano.
Esta semana, examina tu corazón:
¿Estás dispuesto a perder algo por causa de Cristo?
¿Te has quedado callado por miedo a incomodar?
¿Estás oyendo la Palabra, pero sin obedecerla?
Pídele al Señor valentía para ser como Juan: fiel, firme y lleno del Espíritu. Ora por los creyentes perseguidos en el mundo, y comprométete a vivir con la misma pasión por la verdad.
El costo de seguir a Cristo es alto, pero el precio de no seguirlo es infinitamente mayor. Juan perdió la cabeza, pero ya había ganado La Vida. Herodes ganó una noche de placer, pero perdió todo.
Que el Señor nos conceda la la fortaleza para permanecer firmes, para predicar la verdad con amor, sin temor y con claridad, y que nos ayude a vivir recordando que ningún sacrificio es demasiado grande cuando se trata de Aquel que lo dio todo por nosotros.
ERES AMADO.
