Venid a las aguas: cuando nada en la vida logra saciarte
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Introducción: el vacío que nada llena
Introducción: el vacío que nada llena
Vivimos en una época donde todo parece prometer satisfacción inmediata. Hay productos para todo: para el hambre, para la soledad, para la apariencia, para la ansiedad. Pero detrás de tantas promesas, hay un silencio profundo. La gente corre de un lado a otro buscando llenar algo que no logra definir.
Y quizás tú, que estás escuchando hoy, también lo sientes: tienes metas, trabajo, amistades, incluso momentos felices, pero cuando el ruido baja, hay un eco interior que no se apaga.
Esa sed del alma, ese vacío que no se llena con nada, es lo que Dios describe en Isaías 55.
Texto Bíblico – Isaías 55:1–3 (RV60)
“A todos los sedientos: venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.
¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura.
Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David.”
1. “A todos los sedientos”: Dios llama al corazón vacío
1. “A todos los sedientos”: Dios llama al corazón vacío
Este llamado no es para los fuertes, ni para los que lo tienen todo bajo control. Es para los sedientos, los cansados de intentar.
La sed aquí no es física, es existencial. Es esa sensación de que la vida pasa y tú sigues buscando sentido.
El texto dice: “A todos los sedientos”. No excluye a nadie. No pregunta por tu pasado, ni por tus errores, ni por tu religión. Solo te pregunta una cosa:
¿Tienes sed?
Quizás has buscado saciar esa sed en cosas buenas, como el éxito o la familia, o en cosas destructivas, como los vicios o relaciones rotas. Pero ninguna de ellas puede darte lo que solo Dios puede ofrecer: agua viva..
Este llamado es una invitación de amor a los cansados de buscar sentido.
“Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.” (Juan 7:37)
Solo Cristo puede calmar la sed del alma.
2. “Venid… comprad sin dinero y sin precio”: la salvación es gratuita
2. “Venid… comprad sin dinero y sin precio”: la salvación es gratuita
El pasaje dice algo paradójico: “comprad sin dinero y sin precio”.
¿Cómo se puede comprar algo sin pagar?
La respuesta es simple: porque alguien ya pagó el precio.
El Evangelio no es una religión más. No se trata de hacer méritos o de mejorar para ser aceptado. Se trata de reconocer que no puedes salvarte por ti mismo, y venir a Aquel que ya pagó la deuda: Jesucristo.
El agua que calma la sed del alma no se vende, se ofrece.
No hay moneda que pueda pagar el perdón de los pecados ni la paz con Dios.
Y quizás pienses: “Pero yo no merezco eso, he hecho demasiado mal”.
Justamente por eso el llamado es para ti. No se trata de merecer, sino de venir.
Dios no te pide limpiar tu vida antes de venir a Él.
Te dice: ven, y Él limpiará tu alma.
No se trata de méritos, ni de religión, ni de obras, sino de gracia.
Cristo pagó el precio con su sangre para que el pecador pueda acercarse sin temor.
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.” (Efesios 2:8)
El agua de vida no se compra; se recibe con fe.
3. “¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan?”: el engaño de las falsas satisfacciones
3. “¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan?”: el engaño de las falsas satisfacciones
Esta pregunta es tan actual como si Isaías la dijera hoy.
“¿Por qué gastas tu esfuerzo, tu energía, tu dinero, tu tiempo, en lo que no sacia?”
Algunos piensan: “Si logro tener esa casa, ese trabajo, esa pareja… entonces seré feliz.”
Pero cuando lo logran, algo dentro sigue gritando: “¿Y ahora qué?”
El corazón humano tiene una sed que ningún logro terrenal puede saciar. Y asi como tiene sed, tambien hay hambre espiritual.
Solo el pan que viene de Dios puede alimentar el espíritu.
“Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” (Juan 6:35)
Nada fuera de Cristo puede dar satisfacción verdadera.
4. “Oídme, y vivirá vuestra alma”: la vida comienza al escuchar la voz de Dios
4. “Oídme, y vivirá vuestra alma”: la vida comienza al escuchar la voz de Dios
Cuando el hombre escucha a Dios y responde a su llamado, su alma cobra vida.
La fe no nace del esfuerzo humano, sino de oír la Palabra que transforma el corazón.
Dios promete vida al que le presta atención.
“El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna.” (Juan 5:24)
La verdadera vida comienza cuando el alma escucha y obedece al Señor.
5. “Haré con vosotros pacto eterno”: una promesa que nunca se rompe
5. “Haré con vosotros pacto eterno”: una promesa que nunca se rompe
En el Antiguo Testamento, los pactos eran compromisos solemnes.
Dios promete aquí un pacto eterno, basado en “las misericordias firmes a David”.
Eso apunta al Mesías prometido: Jesucristo, descendiente de David, cuyo reino es eterno.
El pacto eterno es el Evangelio: Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado, y resucitó al tercer día.
Su resurrección es la garantía de que este pacto no se rompe.
Venir a Cristo no es cambiar de religión.
Es entrar en un pacto eterno con el Dios que te creó, te ama, y te espera.
En Cristo, esa promesa alcanza su cumplimiento y garantía.
“Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien.” (Jeremías 32:40)
Dios no cambia, y su pacto de permanece para siempre.
Conclusión: “Venid a las aguas”
Conclusión: “Venid a las aguas”
Dios sigue diciendo hoy: “Venid”.
Este llamado no es para mañana, es para ahora.
Si sientes que nada te llena, que tu alma tiene sed, escucha Su voz:
“El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.” (Apocalipsis 22:17)
No esperes más. No hay pecado que Él no pueda perdonar.
No hay vacío que Él no pueda llenar.
El Señor Jesús te llama con ternura:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28)
Él es el agua viva que apaga la sed del alma, el pan que da vida, y el pacto eterno que nunca se rompe.
