Cristo, la Luz del Mundo

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Jesús es la Luz del mundo que revela a Dios, guía al hombre y vence las tinieblas del pecado. Sin Él, el ser humano está ciego y muerto espiritualmente, pero su gracia ilumina para salvación, y el creyente debe reflejar esa luz con su vida.

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Texto base: Juan 8:12-19

Introducción

En el templo de Jerusalén, durante la Fiesta de los Tabernáculos, se encendían grandes lámparas de oro en el atrio de las mujeres. Su luz iluminaba toda la ciudad, recordando la columna de fuego que guió a Israel en el desierto (Éxodo 13:21–22). En medio de ese resplandor, Jesús se levanta y proclama:
Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.”
Aquella frase resonó como un trueno. Los fariseos no comprendieron que Aquel que hablaba era el mismo Dios que, en el principio, hizo resplandecer la luz en medio de las tinieblas (Génesis 1:3)
Esa luz no solo alumbró el camino en el desierto, sino también el monte del Calvario, donde las tinieblas parecieron vencer.
Note en su Biblia que El no se presentó como una luz entre muchas, sino como la única luz verdadera (Juan 1:9)
Esa luz es la misma gloria divina que resplandeció en la cruz, cuando las tinieblas cubrieron la tierra y, sin embargo, la luz del Evangelio brilló para salvar (Juan 12:32; Mateo 27:45).
Hoy, como entonces, muchos viven bajo luces artificiales:
la del conocimiento sin redención, la del placer que encandila, la del éxito pasajero, o la de una religión sin Cristo.
Luces que prometen consuelo sin conversión, aceptación sin arrepentimiento y esperanza sin cruz.
Pero todo esfuerzo del hombre por autoiluminarse termina en oscuridad, porque ninguna puede sostener la vida eterna.
El mundo no rechaza la luz por falta de brillo, sino porque prefiere luces que no expongan su pecado. Por eso Jesús sigue siendo tan ofensivo ahora como en el templo aquel día: Su luz no adorna, revela; no halaga, transforma.
Y es precisamente esa luz la que veremos hoy en tres aspectos: cómo Cristo la declara, cómo contrasta con las tinieblas, y cómo testifica de sí mismo como la única fuente de vida y verdad.

I. La declaración gloriosa de Cristo (Juan 8 12a)

Yo soy la luz del mundo.” Con esas palabras Jesús revela su naturaleza divina. El “Yo soy” remite a Éxodo 3:14: “Yo soy el que soy.” Jesús se identifica con el Dios eterno y se presenta como la fuente de toda verdad y vida.
Ser “la luz del mundo” significa tres cosas:
Revelación: Él muestra quién es Dios y quiénes somos nosotros realmente.
Pureza: su santidad expone nuestro pecado.
Guía: solo siguiendo su luz encontramos el camino seguro.
Pero esa luz, gloriosa y santa, es evitada por el hombre, porque expone su total depravación. La luz revela lo que las tinieblas esconden: el orgullo, la hipocresía, la incredulidad. Por eso el que anda en tinieblas siempre busca evitarla, tal como dice la Escritura:
Porque todo aquel que hace lo malo aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Juan 3:20).
Así como ningún viajero puede cruzar el desierto sin el sol, nadie puede hallar salvación sin Cristo. Él no vino a dar una luz más, sino a decir: “Yo soy la luz.”

II. El contraste radical: “El que me sigue no andará en tinieblas” (Juan 8 12b)

Jesús no habla de admirarlo, sino de seguirlo. Seguir a Cristo implica renunciar al pecado y caminar detrás de Él.
Las tinieblas representan el pecado, la rebelión del hombre, su total depravacion, su incapacidadc de salvarse a si mimo. todo esto en consecuencia es la muerte eterna.
Muchos quieren la luz de Cristo como lámpara decorativa, pero no como guía que dirija su camino. No hay neutralidad: o caminamos tras la luz, o permanecemos en tinieblas.
Entonces el problema no es falta de claridad en Cristo, sino la incapacidad del corazón caído, que ama las tinieblas y rechaza la luz (Jn 3:19–20), a menos que Dios lo alumbre eficazmente
Y sin embargo, ¡qué promesa tan gloriosa! “El que me sigue tendrá la luz de la vida.” a pesar de quienes somos hay una mano extendida para el pecador arrepentido.

III. El testimonio divino de la Luz (Juan 8 13-19)

Note la excusa, “Tu testimonio no es verdadero.” la misma de todo hombre pecador, poner en tela de Juicio, la suficiencia de Cristo, esto es buscando excusas para justificarse.
La Ley pedía dos testigos; en Cristo, el testimonio del Hijo y del Padre satisface y trasciende esa demanda, porque comparten una misma esencia y voluntad Jn 8:16–18
Ellos, ciegos espiritualmente, no podían reconocer la luz. Ni al Padre que decian conocer podian ver en la ley que decian cuidar, peor al Hijo que tenian en frente. Lo que vemos es que el pecado no solo ensucia el alma; la vuelve incapaz de ver la verdad.
Y aquí vale preguntarnos:
¿Puede un muerto ver? —¡Claro que no! Pues el ser humano sin Cristo está muerto en sus delitos y pecados (Efesios 2:1), es un cadáver caminante, incapaz de percibir la luz del Evangelio.
¿Puede un ciego encontrar el rumbo? Claro que no, se perderá con facilidad, aunque esté rodeado de luz.
Así está el hombre sin Cristo: muerto en delitos y pecados (Efesios 2:1), ciego a la verdad del Evangelio (2 Corintios 4:4), y confiando en su propio juicio mientras rechaza al único que puede darle vista y vida.
Pero dejame decirte que ese llamado a seguir la luz de Cristo sigue vigente.

Conclusión:

a) Aplicación al no creyente

Cada vez que alguien escucha el evangelio y lo rechaza, se parece a quien, bajo el sol del mediodía, dice: “No hay luz.” El problema no es la ausencia de claridad, sino la ceguera del corazón. Pero aunque el mundo lo niegue, Cristo sigue brillando, y cada día Su luz alcanza a los que estaban en tinieblas. Donde antes hubo muerte, Su luz da vida; donde hubo oscuridad, Su gracia hace nacer esperanza.
Si hoy escuchas Su voz, no endurezcas tu corazón; pídele a Dios que alumbre tu interior (2 Co 4:6), pues solo Su gracia eficaz despierta de la muerte espiritual para arrepentimiento y fe.”
Entonces el problema no es falta de claridad en Cristo, sino la incapacidad del corazón caído, que ama las tinieblas y rechaza la luz (Jn 3:19–20), a menos que Dios lo alumbre eficazmente

b) Aplicación al creyente

Y a los que ya caminan en Cristo: ahora son portadores de esa luz.
El creyente no fue llamado solo a contemplarla, sino a llevarla allí donde aún reinan las tinieblas ya sea en su hogar, en su trabajo, entre sus amigos, en medio de un mundo que no conoce a Dios.
Ser luz no siempre implica hablar; a veces es perdonar, servir o callar con humildad donde el mundo responde con orgullo, usted responda siendo luz en medio de las tinieblas.
Estas buenas obras no nos justifican, sino que manifiestan la condicion de un corazon regenerado.

Conclusión final

Porque ninguna tiniebla puede apagar lo que Dios ha encendido: la gloria de Cristo sigue resplandeciendo hoy en los corazones que Él llama a salvación. Y llegará el día cuando no habrá más noche, porque “la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera” (Apocalipsis 21:23). Hasta entonces, caminemos en Su luz, proclamando con gozo: ¡Jesús es la Luz del mundo, y en Él no hay tinieblas en absoluto!

Bibliografía

Barcellos, Richard C., ed. La Confesión Bautista de Fe de 1689: Un comentario teológico e histórico. Greenville: Reformed Baptist Academic Press, 2017.
—. La Confesión Bautista de Fe de 1689. Traducida y anotada. Greenville: Reformed Baptist Academic Press, 2015.
Bauckham, Richard. The Gospel of John and the Glory of God. Grand Rapids: Eerdmans, 2015.
Kistemaker, Simon J. Comentario del Evangelio según Juan. Grand Rapids: Editorial CLIE, 2011.
MacArthur, John. El Evangelio según Jesús. Nashville: Thomas Nelson, 2002.
Pink, Arthur W. Exposición del Evangelio de Juan. Buenos Aires: Librería Bautista, 1998.
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