EL SECRETO DE LA PRESENCIA PERMANENTE

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(Mateo 28:20)**

Texto base: “Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).

1. La presencia permanente como fundamento del discípulo

Cuando Jesús escogió a sus doce discípulos, lo hizo con un propósito doble: “para que estuviesen con Él y para enviarlos a predicar” (Marcos 3:14). Antes del trabajo venía la comunión. Antes del mensaje venía la presencia. Cristo les mostró que el secreto de toda obra fructífera es estar primero con Él, aprender de Él, vivir en su cercanía constante. El ministerio no nace de la actividad, sino de la intimidad. Toda la vida apostólica se edificó sobre esta realidad: la comunión con Jesús es el corazón del servicio cristiano.

2. El dolor de su partida y la necesidad de su cercanía

Los discípulos comprendían tanto este privilegio, que cuando Cristo anunció su partida, “la tristeza llenó sus corazones” (Juan 16:6). Ellos no podían imaginar la vida sin la presencia física del Maestro. Su voz, su mirada, su guía diaria se habían vuelto indispensables. El dolor de la separación reveló cuán profunda era su dependencia espiritual. Pero Cristo no dejó ese vacío sin respuesta: prometió algo mayor, una presencia más profunda, constante y eterna.

3. La promesa del Espíritu Santo: presencia más íntima

Para consolar a sus discípulos, Jesús prometió al Espíritu Santo: “No os dejaré huérfanos” (Juan 14:18). Él estaría con ellos no solo al lado, sino dentro de ellos. Esta presencia espiritual sería más íntima que cualquier cercanía física. En esa promesa Cristo aseguró que el llamado original —comunión inquebrantable con Él— permanecería intacto hasta el fin. La obra del Espíritu haría posible que Cristo viviera en sus siervos con poder, dirección y fuerza divina.

4. La Gran Comisión: misión acompañada por Su presencia

Cuando Cristo encomendó la Gran Comisión, no los envió solos. Les dijo: “Id… y yo estoy con vosotros todos los días” (Mateo 28:19–20). La misión mundial descansaba en la compañía continua del Señor. La autoridad no provenía de la habilidad de los discípulos, sino de la presencia del Cristo resucitado. La predicación solo podría penetrar corazones porque el mismo Cristo caminaría con ellos en cada paso, en cada viaje y en cada palabra proclamada.

5. La presencia de Cristo como secreto del poder en la predicación

La experiencia de los primeros discípulos demuestra un principio eterno: sin la presencia viva de Cristo, la predicación carece de poder. Ellos se volvieron audaces porque sabían que Jesús estaba en ellos y con ellos. No lamentaron su ausencia corporal porque la presencia espiritual era más real que la física. Por eso podían testificar en medio de enemigos, persecuciones y amenazas. El secreto de su valentía era uno: Cristo presente en poder por medio del Espíritu Santo.

6. El peligro de predicar sin esta experiencia

El ministerio cristiano se marchita cuando la experiencia de la presencia de Cristo se vuelve débil o borrosa. Si el predicador pierde esta conciencia viva, el trabajo se vuelve humano, mecánico, sin la frescura del cielo ni el fuego del Espíritu. Andrew Murray decía que sin esta experiencia, el predicador pierde la bendición porque sustituye la dependencia divina por esfuerzo natural. Solo quien vive a los pies del Maestro recibe palabra que tiene vida, autoridad y bendición.

7. Volver a los pies del Maestro: el secreto renovado de la presencia

La única manera de recuperar poder y fruto es volver una y otra vez a los pies de Cristo. Allí Él imparte su vida, renueva la fuerza, inspira la palabra y llena el corazón de su presencia. “Estoy con vosotros todos los días” no es una frase para ser leída, sino una certeza para ser vivida. La presencia permanente del Señor es la fuente de toda predicación eficaz, de todo ministerio con fruto y de toda vida cristiana que resplandece. Cristo mismo es la fuerza del siervo que se entrega a su obra.
LA OMNIPOTENCIA DE CRISTO (Mateo 28:18)**
Texto base: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.” (Mateo 28:18)

1. La omnipotencia revelada antes de la misión

Antes de enviar a Sus discípulos a evangelizar el mundo, Cristo comenzó revelándoles Su autoridad universal: “Toda potestad…”. No podían ir a una misión tan grande sin la certeza de que quien los enviaba era el Dios Todopoderoso. La obra que les encargó no se sustentaba en su capacidad, sino en Su poder divino. Conocer a Cristo como omnipotente era la base para obedecer la Gran Comisión con confianza absoluta. Cristo no envía sin primero mostrar que Él es el Señor soberano sobre todo.

2. La fe en Su poder como motor de la valentía apostólica

Los discípulos pudieron aceptar la Gran Comisión con sencillez y denuedo porque creyeron en el poder de Cristo resucitado. Habían visto cómo derrotó el pecado, la muerte y el infierno. Nada era demasiado grande para Él. Ellos no debían temer distancia, nación, enemigo ni circunstancia. La resurrección les mostró que Cristo es el Rey vencedor que gobierna sobre toda realidad visible e invisible. Por eso podían levantarse y predicar, sabiendo que ningún obstáculo era más fuerte que su Señor.

3. La necesidad de tiempo, fe y Espíritu Santo para creer en Su poder

Andrew Murray enfatiza que todo discípulo necesita crecer en esta verdad: Cristo omnipotente nos llama a participar en Su obra. Pero esta convicción no se forma de un día para otro. Requiere tiempo a los pies del Señor, fe viva y la obra del Espíritu Santo grabando en el corazón la realidad del poder de Cristo. Por eso Pablo exhorta: “Fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza” (Efesios 6:10). La promesa impulsa el mandato: porque Él es Todopoderoso, entonces podemos obedecer.

4. Lo que los discípulos vieron era solo el comienzo

Los discípulos habían contemplado grandes milagros en el ministerio terrenal de Jesús. Sin embargo, Cristo declaró que cosas aún mayores harían: “El que en mí cree… mayores obras hará” (Juan 14:12). Aquí Cristo enseñó que Su omnipotencia no se limita al pasado. Su obra seguiría extendiéndose más allá de lo que los discípulos habían presenciado. Él podía operar incluso en el más débil siervo. Ninguna debilidad humana cancela el poder divino cuando Cristo actúa dentro del corazón.

5. Cristo ejerce poder sobre todo enemigo y toda circunstancia

Su omnipotencia abarca cada enemigo espiritual, cada corazón duro, cada peligro y cada dificultad. Ningún demonio, gobierno, cultura ni resistencia humana está fuera de Su autoridad. Él abre puertas que nadie puede cerrar y cierra puertas que nadie puede abrir (Apocalipsis 3:7). Por eso el siervo de Cristo nunca debe medir la obra por su capacidad, sino por el poder del Cristo resucitado que arregla lo imposible, transforma vidas y sostiene al predicador en cada batalla ministerial.

6. Su poder no es nuestro: Él lo ejerce en nosotros

Una verdad clave es que Cristo no da Su poder como propiedad personal del creyente. Él mismo es quien opera como una Persona viva en nuestros corazones por el Espíritu. Su omnipotencia se manifiesta en nosotros cuando dependemos totalmente de Él. Así lo entendió Pablo cuando Cristo le dijo: “Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Por eso pudo declarar: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (v. 10). El poder divino fluye allí donde el hombre reconoce su insuficiencia.

7. Recibir Su poder hora tras hora: la experiencia de la presencia omnipotente

El discípulo que entiende que toda potestad ha sido dada a Cristo, aprende a vivir recibiendo de Él fuerza momento a momento. No es un depósito, sino una dependencia continua. Por eso la promesa se vuelve tan preciosa: “Estoy con vosotros todos los días…”. Él, el Omnipotente, camina con nosotros, respalda la predicación, sostiene el testimonio y guía cada paso. Saber que Cristo está presente con todo Su poder transforma al siervo débil en un instrumento útil para la victoria del Evangelio.
LA OMNIPRESENCIA DE CRISTO (Éxodo 3:12 / Mateo 28:20)**
Texto base: “…ve, porque yo estaré contigo…” (Éxodo 3:12). Y también: “…yo estoy con vosotros todos los días…” (Mateo 28:20).

1. La omnipresencia: el pensamiento que sigue a la omnipotencia

La mente humana, cuando piensa en un dios, imagina poder, pero un poder limitado. La Escritura revela algo completamente diferente: Dios es Todopoderoso y también Omnipresente. Él no solo tiene toda autoridad, sino que está presente en todo lugar y en todo momento con Su pueblo. Por eso, a la declaración divina “Estoy con ustedes”, la fe responde con convicción: “Estás con nosotros”. La omnipresencia no es una idea fría, sino una promesa cercana para el siervo de Cristo.

2. La omnipotencia acompañada de la omnipresencia

Cuando Cristo dijo: “Toda potestad me es dada…” (Mateo 28:18), no dejó a los discípulos con un concepto teológico aislado. Inmediatamente afirmó: “Yo estoy con vosotros todos los días” (v. 20). Es decir: El que tiene todo poder es el mismo que prometió estar presente siempre. El Omnipotente es, sin duda, el Omnipresente. Esto convierte la Gran Comisión en una obra sustentada no solo por Su fuerza, sino por Su compañía constante en cada paso del camino.

3. La omnipresencia como un misterio que supera al entendimiento humano

El salmista declara en el Salmo 139 que la omnipresencia de Dios es un conocimiento demasiado alto: “Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender” (Salmo 139:6). Si el salmista no podía comprender esta verdad en su grandeza, cuánto más nosotros. Sin embargo, aunque la omnipresencia exceda la razón humana, puede ser vivida por la fe. La grandeza del misterio no impide su realidad en la vida diaria del creyente.

4. La omnipresencia manifestada en Cristo: un misterio aún más profundo

La omnipresencia de Dios se hace aún más maravillosa cuando la vemos revelada en la humanidad de Cristo. Que Dios esté presente en todas partes es grandioso; pero que Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, declare “Yo estoy con vosotros” eleva el misterio a una dimensión gloriosa. Esta presencia se convierte en fuerza, gozo, consuelo y dirección. Sin embargo, muchos siervos tienen dificultad en comprender cómo esta promesa puede volverse una experiencia diaria continua. Pero la Escritura nos invita a creerla, no a comprenderla plenamente.

5. La fe como llave que hace real la presencia continua de Cristo

El secreto para experimentar la omnipresencia de Cristo es la fe. Fe en Sus palabras. Fe en la obra del Espíritu Santo. Fe que acepta y descansa en la verdad sin exigir explicaciones. Cristo dijo: “Yo estoy con vosotros todos los días”. Literalmente, todos los días significa que no hay un solo día, ni una sola hora, en la que Su presencia no esté disponible. Cada día incluye todo el día. No depende de nuestro ánimo, de nuestro desempeño o de nuestras emociones, sino de lo que Él hace y de quién Él es.

6. El Cristo omnipotente es el Cristo omnipresente: base de nuestra seguridad

El Cristo que tiene toda potestad es el mismo que nunca se ausenta. El Dios eterno no cambia, y por tanto Su presencia tampoco cambia. Si Él prometió estar, está. Si dijo caminar contigo, camina. La certeza de Su presencia se apoya en Su inmutabilidad. De allí fluye una vida marcada por paz, fortaleza y confianza. El siervo que cree esto vive sostenido por un poder que no fluctúa y guiado por una presencia que nunca se retira. “Guarda silencio ante el Señor, y espera en Él…” (Salmo 37:7).

7. Vivir bajo la luz de Su presencia todos los días

La promesa concluye: “…yo estoy con vosotros todos los días…”. Esto implica que Cristo nos guarda, nos sostiene y nos rodea en cada momento. Su presencia ilumina nuestro camino, fortalece nuestro ministerio y llena nuestra alma de paz perfecta. El siervo que camina en la conciencia de esta presencia vive sin temor, sabiendo que está protegido “como la niña de Sus ojos”. Cristo omnipresente es nuestro refugio diario y nuestra fuerza continua mientras le servimos con fidelidad.
CRISTO: EL SALVADOR DEL MUNDO (Juan 4:42)**
Texto base: “…sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.” (Juan 4:42)

1. Los atributos naturales de Dios solo encuentran su valor en Su carácter moral

La omnipotencia y la omnipresencia son atributos naturales de Dios. Pero no se pueden comprender plenamente sin verlos unidos a Sus atributos morales: Su santidad y Su amor. Cristo no es simplemente Todopoderoso ni simplemente Omnipresente; Él es el Santo Redentor, el Dios de amor que utiliza Su poder y Su presencia para salvar al pecador. En Cristo los atributos naturales y morales se unen para revelar al único Salvador del mundo.

2. La omnipotencia y la omnipresencia apuntan a Su identidad como Redentor

Cuando Jesús dijo: “Toda potestad me es dada…” y “Yo estoy con vosotros…”, no hablaba solo como Dios eterno, sino como el Redentor exaltado. Cada declaración de poder y cada promesa de presencia tiene su raíz en Su obra salvadora. Su autoridad y Su compañía son privilegios concedidos debido a Su humillación y obediencia en la cruz. La omnipotencia de Cristo está marcada por la sangre derramada; Su omnipresencia está impregnada de gracia redentora.

3. El camino de la cruz como fundamento de Su exaltación

La razón por la que Cristo posee toda autoridad es que se humilló hasta lo sumo: “…se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Por eso “Dios le exaltó hasta lo sumo” (2:9). Cristo, como Hombre Perfecto, participó de los atributos divinos porque cumplió la voluntad del Padre y consumó la redención. Es en virtud de Su obediencia redentora que Su omnipotencia y Su omnipresencia nos son reveladas y prometidas.

4. Sus atributos sostienen la Gran Comisión

Cristo no menciona Su autoridad y Su presencia como teorías teológicas, sino como la base para un mandato: “Id… y predicad el Evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15; Mateo 28:19). Solo el Salvador del mundo puede enviar a Sus siervos a transformar el mundo. La misión de predicar, enseñar y hacer discípulos nace del hecho de que Cristo es quien salva del pecado, guarda al creyente y demanda obediencia. A Su demanda sigue Su promesa: “Estoy con vosotros todos los días.” El Salvador que envía es el Salvador que acompaña.

5. La obediencia del siervo es la condición para experimentar Su presencia

Murray afirma que solo cuando los siervos de Cristo evidencian obediencia real a Sus mandamientos pueden esperar la manifestación del poder y la presencia de Cristo. La desobediencia apaga la eficacia espiritual; la obediencia abre las puertas a la fuerza divina. El poder del Salvador no se concede para una vida carnal, sino para una vida rendida. Los que viven como testigos visibles de Su poder para salvar del pecado experimentan Su presencia permanente acompañándoles en la obra.

6. El Salvador del pecado forma siervos obedientes

Cristo salva a Su pueblo del pecado, no solo del castigo sino de su dominio. Por eso el creyente puede decir como el Salmo profético: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Salmo 40:8). En esa obediencia Cristo responde: “Siempre estoy contigo.” Solo quien ha sido redimido y liberado del pecado puede vivir en la dulzura de la obediencia y gozar de la compañía del Salvador en todo momento. La presencia permanente es privilegio de los que andan en santidad.

7. La presencia permanente del Salvador: promesa para todo redimido

La presencia continua del Salvador del mundo es promesa para todo aquel que lo ha recibido como Redentor y cuya vida refleja el poder del Evangelio. Cristo acompaña a los que testifican con sus palabras y con su ejemplo que Él es el Salvador del mundo. Quien vive proclamando y demostrando la victoria del Salvador disfruta la luz, la fortaleza y la compañía del Cristo resucitado. La presencia permanente es la herencia del creyente obediente y redimido.
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