Cuando nada tiene sentido.

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Seguir a Cristo implica un camino que Él marca, no el que nosotros imaginamos.

1. El costo de seguir a Cristo es que… no se trata de mí (vv. 45–46)

Marcos 6:45–46 "Inmediatamente después, Jesús insistió en que sus discípulos regresaran a la barca y comenzaran a cruzar el lago hacia Betsaida mientras él enviaba a la gente a casa. Después de despedirse de la gente, subió a las colinas para orar a solas."
Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca. No les pregunta. No negocia.
Seguir a Cristo significa dejar que Él determine el rumbo, aun cuando no entendemos la razón.
Mientras ellos navegan, Jesús ora. Antes de sostenernos en la tormenta, Él intercede por nosotros.
Seguirle exige humildad: renunciar a mi agenda, mis sueños, mi forma, mi comodidad.
Idea clave: Jesús no me sigue a mí; yo sigo a Jesús.

2. El costo de seguir a Cristo es que… se pondrá difícil (v. 47)

Marcos 6:47 "Muy tarde esa misma noche, los discípulos estaban en la barca en medio del lago y Jesús estaba en tierra, solo."
La noche avanza. La barca está “en medio del mar”. La oscuridad es real.
Obedecer a Jesús no nos libra de la noche, de la soledad, ni de la distancia.
A veces la dificultad no es prueba de que vamos mal; es evidencia de que estamos justo donde Jesús nos envió.

3. El costo de seguir a Cristo es que… será cansado (v. 48a)

Marcos 6:48 "Jesús vio que ellos se encontraban en serios problemas, pues remaban con mucha fuerza y luchaban contra el viento y las olas…
“Remaban con gran fatiga”. Están agotados… obedeciendo.
El cansancio no siempre es pecado; a veces es el resultado natural de caminar en fidelidad.
Dios usa el cansancio para revelar mi dependencia, no mi capacidad.

4. Pero en medio del costo… Jesús está aquí (vv. 48b–52)

Marcos 6:48–52 "… A eso de las tres de la madrugada, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el agua. Su intención era pasarlos de largo, pero cuando los discípulos lo vieron caminar sobre el agua, gritaron de terror pues pensaron que era un fantasma. Todos quedaron aterrados al verlo. Pero Jesús les habló de inmediato: «¡Tengan ánimo! ¡Yo estoy aquí! ¡No tengan miedo!». Entonces subió a la barca, y el viento se detuvo. Ellos estaban totalmente asombrados porque todavía no entendían el significado del milagro de los panes. Tenían el corazón demasiado endurecido para comprenderlo."
Jesús no aparece antes, pero tampoco llega tarde. Su presencia transforma la tormenta.

a) Jesús me ve

“Los vio remando con gran fatiga”.
Nada de lo que enfrento le es invisible: mis luchas, mis cargas, mi debilidad.
Su mirada no es de juicio, sino de compasión.

b) Jesús viene a mí

“Vino a ellos andando sobre el mar”.
La tormenta que me amenaza es el camino que Él usa para acercarse.
Jesús no me espera del otro lado: camina hacia mí.

c) Jesús es mi ayuda y mi sostén

“No tengan miedo… YO ESTOY AQUÍ.
Él no solo calma el mar; se sube a la barca.
Su presencia desplaza el miedo y restaura la paz.
Cuando Jesús está en la barca, la tormenta deja de dictar el rumbo.

Conclusión

Seguir a Cristo cuesta: renuncia, dificultad, cansancio.
Pero el mayor regalo del discipulado no es la ausencia de tormentas, sino la presencia del Rey.
Él me ve, Él viene a mí, y Él es mi sostén.
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