Adviento, un tiempo para despertar

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Romans 13:11–14 NVI
11Hagan todo esto estando conscientes del tiempo en que vivimos. Ya es hora de que despierten del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cerca que cuando inicialmente creímos. 12La noche está muy avanzada y ya se acerca el día. Por eso, dejemos a un lado las obras de la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz. 13Vivamos decentemente, como a la luz del día, no en orgías y borracheras, ni en inmoralidad sexual y libertinaje, ni en desacuerdos y envidias. 14Más bien, revístanse ustedes del Señor Jesucristo y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne.
Matthew 24:36–44 NVI
36»Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre. 37La venida del Hijo del hombre será como en tiempos de Noé. 38Porque en los días antes del diluvio comían, bebían, se casaban y daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca; 39y no supieron nada de lo que sucedería hasta que llegó el diluvio y se los llevó a todos. Así será en la venida del Hijo del hombre. 40Estarán dos hombres en el campo: uno será llevado y el otro será dejado. 41Dos mujeres estarán moliendo: una será llevada y la otra será dejada. 42»Por lo tanto, manténganse despiertos porque no saben qué día vendrá su Señor. 43Pero entiendan esto: si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se mantendría despierto para no dejarlo forzar la entrada. 44Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen.

Introducción

El tiempo es una magnitud física que nos permite organizar la secuencia de los acontecimientos y medir la sucesión de los eventos. Todos lo experimentamos como relativo: en ciertos momentos parece avanzar con rapidez y en otros con lentitud. Sin embargo, su duración no depende de nuestras emociones, sino de su propio fluir. Y una realidad inevitable es que el tiempo no se detiene ni regresa; avanza, y con ese avance va construyendo historia. Nuestra historia personal se va enriqueciendo precisamente con el tiempo que acumula experiencias, aprendizajes y madurez.
Muchos procesos en la vida requieren tiempo para alcanzar su mejor expresión: un buen vino, un whisky bien añejado, un café de especialidad, los quesos curados o la madera que se estaciona para adquirir firmeza. De manera semejante, nosotros también necesitamos tiempo para madurar. Una herida física necesita tiempo para cicatrizar; el cuerpo humano tarda entre 24 y 26 años en alcanzar su pleno desarrollo; formarnos como profesionales exige años de estudio y de experiencia.
Por eso solemos considerar el tiempo como algo extremadamente valioso. Así nos lo enseñaron nuestros padres: “el tiempo es oro”.
Y entonces surge una pregunta necesaria: ¿cómo estamos utilizando ese tiempo tan valioso? Vivimos en un mundo que parece tener cada vez menos tiempo. Madrugamos para alistarnos rumbo al trabajo; muchas personas compran un café camino al empleo y desayunan mientras conducen. Saltamos de una actividad a otra, de reunión en reunión, con la presión constante de producir más. Nos convertimos en personas “multitasking”: vemos un vídeo mientras respondemos correos, atentos además a cada notificación del celular.
Salimos de un trabajo para ir al siguiente, y en muchos casos debemos recoger a los hijos en la escuela en medio del camino. Almorzamos frente a una pantalla y tratamos de hacerlo todo “en menos tiempo”. Con tanto ajetreo, vale la pena preguntarnos con honestidad: ¿En qué momento tenemos tiempo real y de calidad con las personas que amamos? Y aún más: ¿cuándo dedicamos tiempos significativos para estar con Dios?
Hoy comenzamos una temporada importante: el Adviento. Es un tiempo para prepararnos a celebrar la Navidad, mientras recordamos la promesa del regreso de Cristo. Es significativo que la Biblia, justamente hoy, nos sitúe frente al tema del tiempo llamándonos a despertar; a repensar nuestra vida para recibir a Cristo, que viene a nosotros con la humildad del pesebre.

Contexto Bíblico

Las lecturas que hoy hemos escuchado están profundamente relacionadas con el tema del tiempo. Con el inicio del Adviento entramos también en un nuevo ciclo litúrgico, el Año A, en el que caminaremos principalmente con el evangelio de Mateo. Este evangelio, compuesto probablemente entre los años 70 y 85, fue dirigido a una comunidad ya formada en la fe, interesada en fortalecer su identidad y encontrar un camino auténtico de discipulado.
El pasaje de Mateo que leemos hoy desarrolla el tema del tiempo desde una perspectiva escatológica. La comunidad se preguntaba por la llegada del Hijo del Hombre y por el momento de ese acontecimiento final. Jesús responde afirmando que ni el día ni la hora son conocidos por nadie. Pero más importante que conocer el “cuándo” es comprender el “cómo” debe vivirse el tiempo presente.
Por eso Jesús compara ese momento con los días de Noé (Mateo 24:37-39). No es un llamado al miedo, sino una advertencia: así como en aquel tiempo las personas continuaban con su vida cotidiana sin discernir la voz de Dios, nosotros también podemos caer en la indiferencia espiritual. La invitación de Jesús es a la vigilancia: a despertar, a leer los tiempos, a vivir atentos a la presencia de Dios que viene (Mateo 24:42-43).
La carta a los Romanos retoma esta misma perspectiva, pero desde la dimensión ética. Pablo resume el corazón del Evangelio diciendo: “Ama a tu prójimo”, porque el amor cumple toda la ley. Ese amor se expresa haciendo el bien, viviendo en paz y actuando con responsabilidad. Luego vuelve a la metáfora del tiempo y exhorta: “Ya es hora de despertar del sueño”, porque la salvación está más cerca que antes.
Para Pablo, vivir en el tiempo de Dios implica dejar atrás las obras de la oscuridad —las “comilonas, borracheras, lujurias, desenfrenos, discordias y envidias”— y asumir una existencia marcada por la luz. Actualizando su mensaje a nuestra realidad, esto significa enfrentar aquello que nos adormece espiritualmente: las dependencias, los excesos, la indiferencia, y una vida centrada solo en uno mismo.
Despertar, entonces, es tomar conciencia de la realidad en la que vivimos y usar el tiempo presente para revestirnos de Cristo.

Aplicación

Hoy las Escrituras nos invitan a entender el Adviento como una oportunidad para despertar. El evangelio nos recuerda que no tenemos el control absoluto de la vida; ese control pertenece solamente a Dios. Incluso el padre de familia del que habla Jesús —responsable de la seguridad y el sustento del hogar— carece de la capacidad de prever cuándo llegará el ladrón. Su vulnerabilidad no es una declaración de fracaso, sino una ilustración de nuestra condición humana.
Como personas de fe, estamos llamadas a despertar en medio de un mundo saturado de ocupaciones, donde fácilmente se deja a Dios de lado. “Estar despiertos” significa vivir atentos, discernir la realidad y enfrentar las tensiones de nuestro tiempo con la fuerza que proviene de la fe; esto implica ser conscientes de nuestra espiritualidad, acercarnos a Dios en la oración, la meditación, la contemplación y la lectura de la Palabra, despertar nuestros sentidos espirituales para encontrar a Dios en cada instante de nuestra vida.
Quizás nuestro tiempo se parezca a los días de Noé, no porque experimentemos la misma corrupción, sino porque la vida cotidiana también puede distraernos de la presencia de Dios. Podemos estar tan ocupados que perdemos de vista aquello que da sentido y orientación a nuestra existencia. Sin embargo, gozamos de la esperanza del encuentro con el Señor quien ya ha ganado todas las batallas por nosotros.
Pero mantenerse despiertos implica más que reconocer esta situación. Significa vivir de manera honesta y decente, cultivando una relación continua con Dios. Es permitir que la luz de Cristo nos envuelva y nos transforme, para que nosotros mismos podamos convertirnos en lámparas que iluminan al mundo.
La invitación en este primer domingo de Adviento es clara y urgente: ser conscientes del tiempo que vivimos, revestirnos de la luz de Cristo y caminar como testigos de esa luz. Discernir el Adviento como tiempo para despertar es abrirnos a la presencia viva de Dios, permitir que Él ordene nuestra vida y asumir nuestra misión de ser señales de esperanza y gracia en medio del mundo. Pablo nos recuerda que a la noche avanzada le está más cerca el día. Y de la misma manera que el vino necesita de la oscuridad del barril para ser excelente, en nosotros el tiempo de Adviento brota como esperanza para madurar nuestra fe.
En conclusión, despertar significa vivir con los ojos abiertos al dolor y la desigualdad, y preguntarnos con honestidad: ¿cómo podemos ser mejores personas?, ¿cómo mejorar nuestras relaciones?, ¿de qué manera damos testimonio de Cristo? Al responder estas preguntas desde la fe, usamos bien el tiempo que Dios nos ha dado y nos preparamos mediante el servicio, la gratitud y el amor.
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