VIDAS QUE DAN FRUTO

Fruto del Espíritu  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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La vida del cristiano está caracterizado por el fruto que da; si no hay fruto, no hay vida cristiana genuina.

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Introducción

Qué FRUTO debe haber en mi vida

Me imagino que todos estamos de acuerdo en que como cristianos se espera que en nuestra vida haya una evidencia de que somos cristianos. No levanten la mano pero, ¿cuántos han escuchado la frase: “y eso que si dice ser cristiano.”? De manera sorprendente, el mundo espera que nosotros como cristianos actuemos bajo un estándar de rectitud moral, a veces objetivo, pero otras veces exagerado. Incluso esa demanda se observa dentro del círculo cristiano, cuando entre nosotros nos condenamos y señalamos por las faltas, actitudes o pecados cometidos.
Con esto no estoy diciendo que debamos “hacernos de la vista gorda” de la vida de los demás, o que vivamos en un libertinaje, porque la Biblia es clara en decirnos que como hijos de Dios debemos vivir de acuerdo a la fe que profesamos:
Ephesians 4:1 NBLA
Yo, pues, prisionero del Señor, les ruego que ustedes vivan de una manera digna de la vocación con que han sido llamados.
Incluso en Mateo 7.15-23 el Señor Jesús les advierte a Sus discípulos acerca de la facilidad de confundir a los maestros porque se presentan “vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”. Por eso les da la advertencia que todos conocemos:
Matthew 7:20 NBLA
»Así que, por sus frutos los conocerán.
¿Y qué evidencias hay entre los cristianos genuinos y los falsos? El apóstol Juan nos lo explica en su primera carta a través de contrastes marcados.
Quienes andan en la luz vs. los que andan en tinieblas (1 Jn. 1.6-7)
Quienes dicen que no tienen pecado vs quienes lo confiesan (1 Jn. 1.8-10)
Quienes guardan los mandamientos vs. los que no los guardan (1 Jn. 2.3-6)
El que ama a su hermano vs. el que lo aborrece (1 Jn. 2.9-11)
Los que aman al mundo vs. los que no (1 Jn. 2.15-17)
El que peca vs. el que no puede pecar (1 Jn. 3.9-11)
El que ama vs. el que no ama (1 Jn. 4.7-12)
El que cree en el Hijo vs. el que no cree (1 Jn. 5.10-12)
¿Qué evidencias/frutos hay en tú vida y en la mía que demuestre que nuestra fe es genuina?
Cuando me llamaron los del departamento de admisión para el seminario, en la entrevista que tuve con ellos me hicieron una pregunta, que en ese momento fue difícil contestar: “¿Qué evidencias hay en tu vida de que has sido salvo?”
Honestamente en ese momento, no supe qué contestar, y solo mencioné que lo que antes me gustaba hacer, ahora ya no.
Pero ahora, la respuesta es mucho más específica (y quiero que tú reflexiones sobre estas evidencias)
Hay lucha contra el pecado y victoria sobre él (Ro. 6.1-2; Ga. 5.24)
Pasión por la piedad/santidad (He. 12.14)
Semejanza a Cristo (fruto del Espíritu, Ef. 5.1, 18; Ga. 5.22-23; 1 Jn. 2.6)
Este último punto es lo que se ha venido hablando las últimas semanas: El Fruto del Espíritu. Y no voy a hablar sobre cada aspecto de este fruto, porque ya ustedes son expertos en el tema. Pero lo que sí quisiera mencionar es la diferencia entre “las obras de la carne” vs. “el fruto del Espíritu”. La palabra que Pablo usa para “obras de la carne” es la que nosotros usamos para energía, un trabajo en el que ponemos nuestros esfuerzo; pero la palabra traducida como “fruto” es distinta, pues da la idea de algo que surge como consecuencia, algo que naturalmente se da.
Lo que nos lleva a la segunda enseñanza de hoy: Cómo se da ese fruto en mi vida.

Cómo se da el FRUTO en mi vida cristiano

Vamos al evangelio de Juan 15.1-8, porque ahora nuestro Señor es quien nos enseñará acerca de este fruto que se espera de todo cristiano. Mientras lo leemos, quiero que pongan atención y anoten todas las palabras que se repiten, porque ahí es que Jesús nos da la resuesta.
John 15:1–8 NBLA
»Yo soy la vid verdadera, y Mi Padre es el viñador. »Todo sarmiento que en Mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado. »Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí. »Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de Mí nada pueden hacer. »Si alguien no permanece en Mí, es echado fuera como un sarmiento y se seca; y los recogen, los echan al fuego y se queman. »Si permanecen en Mí, y Mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y les será hecho. »En esto es glorificado Mi Padre, en que den mucho fruto, y así prueben que son Mis discípulos.
Las palabras fruto y permanecer son las que en este paje se repite. La palabra fruto aparece 6 veces en estos primeros 8 versículos, y otras dos más en Jn. 15.16; mientras que la palabra permanecer aparece 10 veces en los primeros diez versículos. Obviamente el Señor nos está queriendo enseñar algo sobre este tema, por la enfática repetición de estas dos palabras. Pero, la pregunta que nos hicimos fue “¿cómo es que ese fruto se da en nuestras vidas?”
¿Notaron cuántos verbos de mandato hay en estos pasajes?
Dice Sinclair Ferguson
La manera de permanecer en Él es dejando que Su Palabra permanezca en nosotros. No dejes ninguna habitación de tu vida cerrada, ninguna puerta de armario cerrada donde no penetre la luz de Su Palabra. Deja que Su luz alumbre tu mente. Deja que traiga luz a tu mente. Deja que encienda tus afectos por Cristo. Deja que esa Palabra someta tu voluntad a la Suya.
La Palabra de Cristo es el instrumento de Cristo usado por el Espíritu de Cristo para nutrir nuestra unión con Cristo y transformarnos a la imagen de Cristo.

Por qué no hay FRUTO en mi vida

Romans 7:15–24 NBLA
Porque lo que hago, no lo entiendo. Porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero hacer, eso hago, estoy de acuerdo con la ley, reconociendo que es buena. Así que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno. Porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no. Pues no hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero, eso practico. Y si lo que no quiero hacer, eso hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí. Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?
APLICACIÓN

1. Reconocecla gravedad del pecado.

2. Comprende sus graves consecuencias.

3. Convéncete de tu culpa.

4. Anhela la liberación.

5. Considera la relación entre tus pecados y tu temperamento natural.

6. Evita las ocasiones que incitan al pecado.

7. Atiende las primeras señales del pecado.

8. Medita en la gloria de Dios.

9. No te apresures a consolarte.

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