Lo que Jesús hace en nuestras vidas
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Pablo se toma el trabajo de enumerar los beneficios que recibimos al creer en Jesús.
1 Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; 2 por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. 3 Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; 4 y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; 5 y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.
Justificación. “...hemos sido justificados mediante la fe,...”. La justificación se refiere a un cambio de situación espiritual ante Dios. Dada nuestra condición caída de seres humanos pecadores, nuestra situación espiritual delante de Dios es la de culpables. No hay forma de atenuar la dureza de esa realidad: de acuerdo a nuestra situación espiritual sin Cristo, nuestro destino es la condenación eterna. Lo que recibimos por la fe, por medio de nuestro Señor Jesucristo, es una posición completamente nueva y diferente ante los ojos de Dios. Una vez que creímos en Jesús somos justificados, es decir, considerados justos por Dios. Esa justicia no se refiere a que tengamos los méritos para recibirla, sino al hecho de que al creer en Jesús estamos ‘en Cristo’ y Dios ve su justicia en nosotros.
Paz con Dios. Tiene relación con lo anterior (todos estos beneficios de nuestra fe en Jesús están relacionados). Cuando creemos en Jesús nos ponemos en paz con Dios. ¿Entiendes lo que esto implica? ¡Que quien no cree en Jesús está enemistado con Dios! Así de simple, esa es la realidad espiritual. A lo largo de esta enumeración vamos a ver este concepto presentado con diferentes palabras. Los humanos hemos sido creados para estar en paz con Dios, para interactuar con Él, para asociarnos con Él y emprender junto a Él lo que Él emprende. Y justamente eso es lo que perdemos por causa del pecado. Dios nos devuelve a esa condición de cercanía con Él y privilegio cuando nos reconectamos con Él creyendo en Jesús.
Gracia. Para los griegos era la descripción de la belleza propiamente dicha. Para nosotros, los que creemos en Jesús, es la palabra descriptiva para todo lo que recibimos de Dios sin merecerlo. En Cristo Jesús Dios nos ha dado acceso a su presencia, nos garantiza responder a nuestras oraciones, nos asegura la provisión para nuestras necesidades y la guía certera al atravesar las oscuridades de la vida. Dios nos ha dado acceso a esta gracia, y Pablo se encarga de afirmar que en ella nos mantenemos firmes. No es algo que aceptamos o recibimos hoy y que abandonamos mañana. Nos aferramos a ella, la atesoramos, la valoramos por sobre todo lo demás, porque de ella depende nuestra vida.
Gozo. Si crees en Jesús te puedes alegrar, siempre (Filipenses 4.4). Es una alegría que no depende de las circunstancias que nos rodean, y es una alegría de la que uno puede decidir apropiarse. Esta alegría va más allá de lo explicable y se apoya en la esperanza. Pablo menciona dos ámbitos en los que se manifiesta esta alegría cristiana:
En la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. La persona que tiene esperanza es una persona que espera algo. Los discípulos de Jesús esperamos la manifestación completa y clara de la propia presencia de Dios, y auguramos aquel hermoso momento en que podamos contemplar su gloria sin filtros ni interrupciones. Como cristiano, no puedo dejar de conmoverme ante el pensamiento de ver a mi Jesús, mi Salvador, cara a cara. Verdadera y efectivamente, la esperanza que Dios planta en nuestros corazones al creer en Jesús, nos dota de una alegría que excede todo tipo de explicación.
En nuestros sufrimientos. ¿Se puede hablar de alegría en medio de las dificultades más severas de la vida? En términos bíblicos y para los que creen en Jesús la respuesta es un rotundo “¡Sí!”. Santiago (Santiago 1.2) nos anima muy específicamente en este sentido. Los problemas - las pruebas, como podemos llamarlos en términos de nuestra fe - no tienen por qué ser motivo para nuestro desánimo o nuestra depresión. Los que creemos en Jesús podemos alegrarnos aún en medio de la dificultad. ¿Nunca escuchaste hablar de los cristianos que entraban cantando al Circo Romano y oraban por sus perseguidores mientras eran devorados por los leones? Sí, tú que crees en Cristo te puedes alegrar, aún mientras atraviesas momentos de dificultad.
El sufrimiento produce perseverancia. Cuando sufres, estando en Cristo Jesús, tomas la decisión de seguir adelante a pesar de la dificultad. Recibes de parte de Dios las nuevas fuerzas prometidas (Isa. 40.30-31) y una maravillosa fuerza interior te capacita para enfrentar la tribulación y seguir confiando en Dios.
La perseverancia produce entereza de carácter (Firmeza). Cuando has encontrado las fuerzas para salir adelante a pesar de los contratiempos y sufrimientos, algo cambia, positivamente, en tu interior. Tu carácter cambia, adquieres madurez y crece tu confianza en Dios.
La entereza de carácter produce esperanza. Cuando maduras al enfrentar la dificultad, la realidad del cumplimiento de las promesas de Dios crece en tu interior, dotándote cada vez de mayor fortaleza. Sabes cada vez más que las promesas de Dios sí se cumplen, y ya son tuyas, aunque todavía no las veas.
La esperanza no defrauda. Esa esperanza, que es tu fe apoyada firmemente en lo que Dios ha dicho y que te lleva a esperar, simplemente, a que Dios a su debido tiempo materialice lo que prometió, jamás defrauda. Te puedes sentir defraudado si esperas que un humano cumpla sus promesas, porque muchas veces aseguramos cosas que luego no concretamos, pero eso nunca pasa con Dios. No, la esperanza no defrauda.
El sufrimiento no es “porque sí”, ni al azar, ni queda improductivo.
El amor de Dios. Lo que sostiene toda esta cadena de fortalezas que experimenta aquel que le dedica a Jesucristo su confianza es el amor de Dios, ese que Dios ha derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado. El Espíritu Santo de Dios es el mensajero que nos transmite y lleva a la experiencia de su amor. En esta vida todos podemos experimentar el rechazo, la traición, la indiferencia de quienes nos rodean y a quienes consideramos importantes. Dios tiene una medicina para nuestra vida a la que solo podemos acceder creyendo en Jesús. Dios nos conduce a experimentar su amor. Es su amor lo que nos permite fortalecernos - y sí, también alegrarnos - en medio de nuestras luchas. Puedes detenerte, aún mientras lloras por lo que te está ocurriendo, en medio de una dura crisis en tu vida personal o relacional, reflexionar profundamente y sentirte cubierto y atendido por el amor de Dios, que todo lo supera, que todo lo sana. Ese amor es el que Dios demostró entregando a su Hijo a morir por nosotros, aún cuando le volvimos la espalda y procuramos vivir ignorándolo (Rom. 5.6-8).
6 Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. 7 Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. 8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.
9 Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. 10 Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. 11 Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.
Justificación. ¿Ya observaste que se repite? Sí, este es el primero de los beneficios mencionados. La cita anterior (Rom. 5.1) anunciaba que hemos sido justificados mediante la fe, al creer en Jesús. Aquí nos señala que somos justificados por su sangre. Somos considerados justos (limpios, inocentes, libres de toda culpabilidad o deficiencia) ante los ojos de Dios porque el derramamiento de la sangre de Jesús ya pagó por nuestros delitos. Nuestra responsabilidad legal espiritual delante de Dios fue satisfecha cuando el peso de su justicia cayó sobre nuestro Salvador. Sí, Jesús fue herido por ti, por ti derramó su sangre, y es por eso que ahora Dios te ve sin culpa. El apóstol estaba enamorado de este concepto, y también tendríamos que estarlo nosotros. ¿Alguna vez le atribuyeron a otro la culpa que te correspondía a ti? Es algo que a veces le sucede a quienes tienen hermanos; uno hizo la travesura o protagonizó la desobediencia, y fue el otro quien recibió el castigo. El “justificado”, en ese caso, no puede evitar sentirse culpable mientras su hermano recibe el regaño o el castigo mientras él sale airoso. Un sentir especial se despierta en los que creemos en Jesús al considerar su sufrimiento y su muerte. Aquel era nuestro lugar, y sin embargo lo ocupó Él. No nos sentimos culpables, porque Él se entregó voluntariamente y por amor, para que nosotros no sufriéramos la condenación eterna. Lo honramos cuando creemos en Él y le damos validez a su sacrificio al recibir su salvación.
Salvados del castigo de Dios. Aclaremos esto una vez más, porque nos tiene que quedar MUY CLARO: nos merecemos el castigo de Dios. Nuestras obras, nuestras palabras, nuestras decisiones, nuestro trato con Dios y nuestros semejantes han distado de alcanzar el patrón que Dios estableció para nosotros, y nos hicimos acreedores al castigo de Dios. Sin embargo ese castigo cayó sobre Jesús, y cuando eso sucedió nosotros fuimos declarados libres de el. No hay castigo ni condenación para los que están en Cristo
1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Reconciliación. Está relacionada con la justificación y la paz con Dios. Pablo ya nos dejó claro que éramos enemigos de Dios. ¿Que no es cierto? ¡Examina tu corazón! ¡Echa una mirada a tu pasado, tus acciones, tus actitudes, tu egoísmo! Jesús quitó el obstáculo que nos separaba de Dios, y hemos sido reconciliados con Él. En Cristo Jesús, Dios es ahora tu amigo, tu protector, tu guía, tu consejero
31 ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? 32 El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? 33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.
Dios está a tu favor; no puede haber nada mejor que eso.
Salvación. Sí, también se repite. Ya habló de que seremos salvados del castigo de Dios, y ahora nos menciona que seremos salvados por su vida. Las personas se salvan cuando existe un peligro real que las amenazan. Solo hay dos alternativas: ese peligro real las alcanza y cae sobre ellas todo el peso del mismo, o se salvan, por lo cual tendrían que celebrar. Todos hemos dicho alguna vez que “casi” nos ocurrió esto o aquello, que nos salvamos. Fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, y habiendo sido reconciliados, seremos salvados por su vida. Ahora que somos sus amigos, que ya no caminamos de espaldas a Dios, ya no nos amenaza la condenación. ¡Hemos sido salvados!
Reconciliación. Pablo termina su lista volviendo a mencionar la alegría y la reconciliación. No tomes esta lista con indiferencia. Son tus razones para vivir en fiesta, celebrando que en lugar de caer sobre ti el peso de tus propias acciones y decisiones, Dios decidió darte en Cristo Jesús el rico caudal de su amor, su gracia y su abrazo apretado. Siéntelo, acéptalo, recíbelo, ¡disfrútalo!
