Santiago 3: 7-12 La incoherencia de la lengua y la necesidad de un corazón transformado

Epistola de Santiago  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Introducción

En nuestro estudio previo, Santiago nos llevó a reconocer la sorprendente influencia de la lengua y su poder desproporcionado sobre la vida espiritual del creyente. Vimos cómo el apóstol iniciaba su enseñanza con una confesión honesta: “Porque todos ofendemos muchas veces.” Santiago hablaba como un pastor consciente de las fallas humanas, no como un juez distante. Nos recordó que la lengua es el termómetro del alma, el reflejo audible del corazón, y que su dominio no es fruto de la fuerza humana, sino de la obra progresiva del Espíritu de Dios en nosotros.
Meditamos también en las imágenes del freno y el timón—dos instrumentos pequeños que, sin embargo, determinan la dirección de fuerzas mucho más grandes. Santiago nos enseñó que la lengua funciona del mismo modo: aunque es pequeña, influye en todo nuestro ser. Así como un jinete gobierna un caballo mediante un freno, o un capitán orienta un barco con un timón, así también nuestras palabras dirigen el curso moral, espiritual y relacional de nuestra vida.
Pero Santiago no se detuvo allí. Con una fuerza sorprendente, describió la lengua como “un fuego”, “un mundo de maldad”, capaz de contaminar todo el cuerpo e incluso afectar la rueda de la existencia. Nos advirtió que ese fuego, cuando no está bajo el control del Espíritu, puede ser inflamado por el infierno mismo. Vimos entonces que hablar no es un acto neutral, sino un acto moral y espiritual: nuestras palabras pueden edificar o destruir, sanar o herir, iluminar o quemar.
Todo esto nos preparó para la sección que estudiamos hoy. Si los versículos 2 al 6 nos mostraron el poder de la lengua como instrumento que dirige y, al mismo tiempo, destruye, los versículos 7 al 12 nos confrontan ahora con el problema más profundo: la incoherencia moral del habla humana, una incoherencia que revela que el verdadero problema no está en la lengua en sí, sino en el corazón que la mueve.
Santiago ahora no solo describe lo que la lengua puede hacer; describe lo que la lengua es. El propósito de esta nueva sección no es simplemente advertir al creyente, sino llevarlo a un punto de diagnóstico espiritual donde comprenda que solo un corazón transformado por Dios puede producir un hablar coherente con la fe que profesa.

I. La incapacidad humana para domar la lengua (versículos 7–8)

Santiago inicia esta sección con un contraste que habría sido impactante para sus lectores: “Porque toda naturaleza de fieras, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana.” Aquí el apóstol recurre deliberadamente al lenguaje de Génesis 1, donde el ser humano es presentado como gobernante y mayordomo de la creación. Domar animales era, en el mundo antiguo, símbolo de inteligencia, fuerza y dominio. Los seres humanos podían someter criaturas salvajes, disciplinar caballos, entrenar aves, e incluso controlar fieras para espectáculos romanos.
Pero, de inmediato, Santiago golpea el orgullo humano con una declaración humillante: “Pero ningún hombre puede domar la lengua.” Aquí aparece una palabra clave del texto original: Domar: δαμάσαι (damásai), que significa “subyugar, someter por completo.” Es el mismo verbo que se usaba para disciplinar animales salvajes. El contraste entonces es deliberadamente irónico: El ser humano puede controlar el mundo animal, pero no puede controlar su propio corazón expresado en palabras. Puede dominar la creación exterior, pero no la interior. Puede someter a la bestia salvaje, pero no la bestia moral que habita en su boca.
Santiago no dice que “es difícil domarla”, ni que “requiere disciplina”. Dice que es imposible para el ser humano, imposible en términos absolutos. La lengua es un mal incontrolable, un enemigo interno que no se somete a ningún esfuerzo natural. Esta declaración destruye cualquier intento moralista de ver la fe cristiana como un sistema de autocontrol o un programa de modificación de conducta.
Aquí surge una enseñanza profunda: la lengua no es indomable porque sea fuerte, sino porque está conectada a un corazón no regenerado en su totalidad. El problema del hablar no se resuelve con técnicas, ejercicios o promesas de año nuevo; se resuelve con un corazón transformado. Lo que Santiago quiere que entendamos es que el ser humano no tiene la capacidad moral de controlar el flujo de pecado que brota de su interior. Solo Dios puede hacer esa obra. La lengua sigue la dirección del corazón y, mientras el corazón no sea transformado, la lengua será rebelde. Por eso David oraba:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí.” (Salmo 51:10).
La solución de Santiago no es “habla mejor”, sino “sé transformado”.
Continua el apostol reforzando la idea de la imposibilidad humana:
“un mal que no puede ser refrenado.”
La palabra griega para “refrenado” es ἀκατάσχετον (akatáscheton), que literalmente significa “que no puede ser detenido por barreras”. Es como una bestia sin jaula, un caballo sin freno, un río sin cauce. Santiago no está describiendo falta de disciplina; está describiendo imposibilidad moral.
Aquí es donde muchos creyentes tropezamos: intentamos controlar la lengua sin lidiar con la fuente. Pero Jesús ya lo había dicho con claridad:
“La boca habla de la abundancia del corazón” (Mateo 12:34).
La lengua no hace más que amplificar lo que ya está adentro. Por eso Proverbios enseña:
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).
La batalla del hablar comienza en la intimidad del alma.
Santiago añade otra palabra que intensifica la seriedad del asunto:
“llena de veneno mortal.”
El término griego ἰοῦ (ioú) significa “veneno concentrado”, el tipo de sustancia que no solo hiere, sino que produce muerte. Santiago está diciendo que las palabras pueden llevar carga mortal. Una frase dicha con ira puede destruir la confianza de un hijo; un comentario imprudente puede fracturar una iglesia; un rumor puede arruinar una reputación para siempre.
El apóstol Pablo describe la misma realidad cuando cita los Salmos:
“Veneno de áspides hay debajo de sus labios” (Romanos 3:13).
Jesús también enseñó que los hombres darán cuenta de toda palabra ociosa (Mateo 12:36), reforzando la idea de que el hablar humano es un espacio donde se revela el gobierno espiritual del corazón.
La conclusión de Santiago es devastadora: el ser humano puede dominar el mundo exterior, pero no puede dominar el mundo interior. Y eso nos obliga a reconocer una verdad esencial del evangelio: solo Dios puede transformar la lengua porque solo Dios puede transformar el corazón.
Un creyente que comprende esto deja de confiar en su fuerza, deja de depender de técnicas y formas, y comienza a depender del Espíritu Santo, diciendo como el salmista:
“Pon guarda a mi boca, oh Señor; guarda la puerta de mis labios” (Salmo 141:3).

II. La incoherencia moral de la lengua (Santiago 3:9–10)

Después de mostrarnos la incapacidad humana para dominar la lengua, Santiago introduce un aspecto aún más inquietante: la lengua no solo es indomable… es incoherente. Es decir, opera en contradicción con su propósito creado. Y esa incoherencia es una evidencia de la ruptura moral del corazón humano.
Santiago escribe:
“Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios.”
Aquí encontramos una de las declaraciones éticas más profundas de toda la epístola. Santiago une dos realidades que jamás deberían estar separadas:
nuestra relación con Dios,
y nuestra relación con el prójimo.
La lengua, dice él, puede alabar a Dios un domingo en la adoración, y el lunes maldecir al prójimo. Puede cantar himnos… y luego herir con palabras. Puede hablar de la grandeza divina… y luego humillar, criticar, calumniar o despreciar a un ser humano creado a Su imagen.

1. La palabra “bendecimos”: εὐλογοῦμεν (eulogúmen)

El término griego significa literalmente “hablar bien de”, “proclamar la bondad de Dios”. Es el lenguaje de la adoración, de la reverencia, de la gratitud. Cada vez que el creyente abre su boca para exaltar a Dios, está haciendo un acto profundamente espiritual. De hecho, Hebreos 13:15 lo describe como “sacrificio de alabanza, fruto de labios que confiesan su nombre”.
Pero Santiago quiere que entendamos que exaltarlo con los labios mientras degradamos al prójimo es una contradicción doctrinal. Porque la adoración no se mide solo por lo que decimos de Dios, sino por lo que decimos de aquellos que llevan Su imagen.
Por eso Juan escribe:
“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso.” (1 Juan 4:20)
Esta es exactamente la lógica de Santiago.

2. La palabra “maldecimos”: καταρώμεθα (katarṓmetha)

Este verbo no describe solo insultos fuertes; describe desear mal sobre alguien, hablar de manera que busca degradar, disminuir o dañar. No se refiere únicamente a lenguaje grosero, sino a cualquier palabra cuyo propósito sea destruir en lugar de edificar.
La incoherencia consiste en que la misma lengua que se eleva en glorificar hacia el cielo desciende luego para golpear la dignidad del prójimo.

3. La base ética: “hechos a la semejanza de Dios”

Santiago apela a la doctrina de la creación, usando la expresión griega καθ’ ὁμοίωσιν θεοῦ (kath’ homíōsin Theou), literalmente “según la semejanza de Dios”.
Esta es una referencia directa a Génesis 1:26:
“Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.”
El argumento del apóstol es profundo y contundente: si maldices al ser humano, maldices la imagen del Creador.
Por eso Proverbios 14:31 enseña:
“El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor.”
Maltratar a una persona, sea por palabras o acciones, es un ataque indirecto contra Dios mismo. Santiago está diciendo que la lengua revela si realmente entendemos la dignidad humana y la santidad de Dios.

4. La conclusión moral: “Esto no debe ser así”

Santiago declara:
“De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.”
La palabra griega para la frase “no debe ser” es οὐ χρή (ou chrē), que significa “no es apropiado, no es necesario, no corresponde moralmente”. No se trata de una simple sugerencia pastoral; es una declaración ética: para el cristiano, hablar así es inaceptable.
El problema no es que la lengua haga cosas diferentes; es que el corazón genera dos flujos opuestos. Eso es lo que Jesús describió como un corazón “dividido”.
Cristo lo expresó con una lógica similar:
“No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos frutos.” (Mateo 7:18)
Es imposible que de un corazón gobernado por Dios fluya destrucción; e imposible que de un corazón gobernado por el pecado fluya adoración sincera. La lengua solo sigue la raíz que la alimenta.
Por eso Pablo exhorta:
“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.” (Efesios 4:29)
Es decir, la boca del creyente debe ser coherente con el Dios que confiesa.

5. La incoherencia como señal de alarma espiritual

Cuando la lengua alterna entre bendición y maldición, no solo revela debilidad humana; revela división interior. No es simplemente que hablamos mal… es que algo en nuestro corazón no ha sido sometido plenamente al Señor.
De allí el sentido pastoral de Santiago:
No está señalando solo un problema de palabras, sino un problema de identidad.
No está corrigiendo una conducta aislada, sino un patrón espiritual profundo.
No está pidiendo una reforma del vocabulario, sino del corazón.
La incoherencia del habla es evidencia de que nuestras afectos no están alineados con nuestra adoración. Podemos cantar himnos sin que eso transforme nuestro trato hacia el prójimo; podemos decir “Gloria a Dios” sin que nuestras palabras en la semana reflejen Su carácter.
Por eso Jesús dijo que los hombres serán juzgados por sus palabras, porque las palabras no mienten: revelan quién gobierna el corazón (Mateo 12:37).
Cuando el corazón es dividido, la lengua será doble.
Cuando el corazón es íntegro, la lengua será coherente.
Y aquí radica la preocupación de Santiago: si nuestras palabras no revelan amor hacia quienes Dios ha creado, ¿realmente hemos entendido el evangelio que decimos confesar?

III. La imposibilidad espiritual de una lengua doble (Santiago 3:11–12)

Luego de mostrarnos la incoherencia moral del hablar humano, Santiago ahora recurre a tres ilustraciones tomadas de la vida cotidiana: una fuente, una higuera y una vid. Cada una funciona como un golpe de sentido común espiritual. Ninguna requiere un doctorado; cualquiera en la antigüedad las habría entendido al instante. Pero al mismo tiempo, cada una expone una verdad doctrinal profunda: la naturaleza determina el fruto.
Santiago pregunta:
“¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?”
La palabra “dulce” en griego es γλυκύ (glyký), que se usa para agua apta, pura, potable. La palabra “amarga” es πικρόν (pikron), que describe agua contaminada, dañina, o de sabor desagradable. En el mundo bíblico, beber agua amarga podía significar enfermedad o incluso muerte. Por lo tanto, una fuente no solo produce agua… determina vida o determina daño.
La lógica es simple: una fuente no puede producir dos naturalezas al mismo tiempo. O es dulce… o es amarga. Pero no ambas. No es biológicamente posible. No es físicamente posible. No es naturalmente posible.
Y Santiago usa esa imposibilidad natural para describir la premisa de que tampoco es espiritualmente posible de que la lengua glorifique a Dios y, al mismo tiempo, destruya al prójimo sin revelar una contradicción en la naturaleza del corazón.
Jesús enseñó exactamente lo mismo cuando dijo:
“No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos frutos.” (Mateo 7:18)
El énfasis no está en el fruto, sino en la naturaleza del árbol. Si hay fruto venenoso… es porque hay raíz venenosa. Si hay palabras amargas… es porque el corazón es amargo. Si hay palabras destructivas… es porque el corazón necesita ser redimido.

1. La higuera y la vid: el argumento de la naturaleza

Santiago continúa:
“¿Puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos?”
Aquí las imágenes no son al azar. En la Biblia, la higuera representa abundancia, paz y prosperidad espiritual. La vid, por otro lado, representa gozo, pacto y la bendición de Dios sobre su pueblo. Las aceitunas vienen del olivo, árbol símbolo de unción, luz y consagración.
Santiago está diciendo: Una higuera no puede producir olivas porque no es su naturaleza. Una vid no puede producir higos porque no es su naturaleza.
La naturaleza determina el fruto; el corazón determina las palabras.
Por eso Jesús dijo:
“El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.” (Mateo 12:35)
Nadie puede hablar como Cristo si su corazón no está rendido a Cristo. Nadie puede hablar palabras de vida si su corazón no ha experimentado la vida. Nadie puede hablar con gracia si no ha sido transformado por la gracia.

2. La sentencia final: “Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.”

Esta frase final funciona como el sello del argumento de Santiago. Aquí él deja la discusión imaginaria y termina con una declaración categórica:
Una fuente no puede producir dos tipos de agua. Punto. Un corazón no puede producir dos tipos de palabras. Punto.
Aquí “salada” es ἁλυκόν (halykón), término usado para agua que no solo es desagradable, sino dañina para el cultivo y para el cuerpo. Es una imagen deliberada: las palabras amargas no solo no alimentan, destruyen el terreno donde caen.
La enseñanza de Santiago es inequívoca: Si de nuestra boca salen palabras de destrucción, división, crítica venenosa, comentarios ironicos, chisme o ira, no es un accidente. Es un síntoma. Es un diagnóstico. Es una alerta roja que indica que la raíz del corazón necesita la obra transformadora de Dios.
Esto concuerda con Santiago 1:8, donde él describe al hombre de doble ánimo como “inconstante en todos sus caminos”. La lengua que bendice y maldice es la manifestación visible de un corazón dividido.

3. La unidad interna del verdadero creyente

El Señor nunca llamó a su pueblo a la perfección verbal inmediata, pero sí a la coherencia. El creyente maduro no es el que nunca falla, sino el que no puede tolerar la contradicción interna. El Espíritu Santo crea en nosotros un sentido de repulsión hacia el hablar destructivo. Donde antes había comodidad, ahora hay convicción.
Por eso Pablo exhorta:
“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal.” (Colosenses 4:6)
Y también:
“Haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.” (Filipenses 2:5)
Es decir, Dios nos llama a tener una sola naturaleza, un solo corazón, una sola fuente, un solo fruto: aquel que nace del Espíritu y revela el carácter de Cristo.

4. Dos tipos de cristianos revelados por dos tipos de palabras

Este pasaje nos obliga a preguntar con honestidad: ¿Qué tipo de agua está saliendo de mi boca? ¿Qué tipo de fruto están produciendo mis palabras?
Hay creyentes cuyas palabras son como agua dulce: — refrescan, — sanan, — animan, — levantan, — iluminan.
Y hay creyentes cuyas palabras son como agua salada: — secan, — destruyen, — intoxican, — irritan, — hieren.
El evangelio nos llama a ser fuentes vivas. La carne nos hace fuentes contradictorias. El pecado nos hace fuentes tóxicas. Solo la gracia nos convierte en fuentes dulces.
Cristo dijo:
“El que cree en mí… de su interior correrán ríos de agua viva.” (Juan 7:38)
Solo un corazón lleno de Cristo puede producir palabras que dan vida.

IV. Aplicaciones espirituales: cuando la lengua revela la condición del corazón

Hasta aquí, Santiago nos ha mostrado tres realidades innegociables.
Primero, que la lengua no puede ser domada por la fuerza humana.
Segundo, que la lengua revela contradicciones morales profundas.
Tercero, que la incoherencia del hablar es incompatible con la nueva vida en Cristo.
Pero Santiago no intenta simplemente reprender al creyente; intenta guiarlo hacia la transformación. Su preocupación principal no es el vocabulario, sino la identidad; no es la conducta aislada, sino la fuente interior de la que emanan nuestras palabras.
Por lo tanto, debemos preguntarnos seriamente:
¿Qué está revelando mi lengua acerca de mi corazón?

1. La lengua como espejo espiritual

Pocas cosas exponen tan rápidamente la doctrina real de una persona como sus palabras. No su confesión doctrinal escrita, sino la expresión habitual de su corazón. Porque la lengua habla lo que el corazón atesora. La lengua exalta lo que el corazón valora. La lengua hiere cuando el corazón está enfermo. La lengua bendice cuando el corazón está gobernado por Cristo.
Si estamos acostumbrados a responder con ira, criticar con facilidad, murmurar sin reserva, o destruir la reputación de otros aun con palabras “suaves”, entonces la lengua está sirviendo como alarma espiritual: algo en el interior está desalineado con el evangelio.

2. La incoherencia verbal como pecado serio, no trivial

Vivimos en una cultura donde las palabras se trivializan. La ironía ácida es celebrada, la burla es considerada humor, y la crítica es entendida como autenticidad. Pero Santiago no comparte esa ligereza. Para él, hablar con doblez no es un hábito cultural… es un pecado grave.
Jesús dijo:
“De toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.” (Mateo 12:36)
Lo que decimos no se evapora; tiene eternidad. Por eso el creyente no puede permitir que su lengua sea instrumento del pecado. Debe ser instrumento de gracia.

3. La única manera de domar la lengua es rendir el corazón

Santiago no nos deja en la resignación. No nos dice: “la lengua es indomable, así que acostúmbrate”. Su punto es distinto: ningún hombre puede domarla… pero Dios sí.
El Espíritu Santo transforma la naturaleza humana. Cambia la fuente, y la fuente cambia el flujo. Cambia el árbol, y el árbol cambia el fruto. Cambia el corazón, y la lengua se convierte en un instrumento de bendición.
Por eso el salmista oraba:
“Pon guarda a mi boca, oh Señor; guarda la puerta de mis labios.” (Salmo 141:3)
No decía: “Yo me esforzaré más”, sino: “Tú controla lo que no puedo controlar”.

4. El poder sanador de una lengua redimida

Una lengua gobernada por Cristo no se define simplemente por la ausencia de lo malo, sino por la abundancia de lo bueno.
Es una lengua que edifica. Que consuela. Que instruye. Que corrige con humildad. Que intercede por otros. Que proclama el evangelio. Que bendice incluso a quienes la maldicen.
Proverbios 18:21 declara:
“La muerte y la vida están en poder de la lengua.”
El creyente redimido no usa la lengua para muerte, sino para vida. Cada palabra puede ser como agua dulce para un alma sedienta.

V. Conclusión: Una sola fuente, un solo fruto, un solo Señor

Santiago nos confronta con una verdad ineludible: la boca del cristiano debe ser coherente con el Cristo que proclama.
No podemos adorar a Dios los domingos y destruir a Su imagen en la semana. No podemos cantar himnos y luego maldecir con la misma lengua. No podemos producir agua dulce y amarga al mismo tiempo.
El evangelio no nos llama a vivir vidas divididas, sino vidas unificadas bajo el señorío de Cristo. Dios no quiere solo reformar nuestro hablar… quiere reformar nuestro ser.
Cualquiera puede evitar bailar o ir al cine. Esto no requiere un gran esfuerzo o coraje moral. Lo que es difícil es controlar la lengua, actuar con integridad o mostrar el fruto del Espíritu en nuestra vida.
R. C. Sproul ( La Santidad de Dios)
Porque donde Cristo gobierna, la lengua se convierte en instrumento de gracia; donde Cristo reina, las palabras se vuelven coherentes con la fe; donde Cristo transforma, la lengua ya no incendia… sino que ilumina.
Santiago quiere que sus lectores entiendan que la incoherencia verbal no es simplemente una falla moral; es una oportunidad para rendir el corazón de nuevo al Señor. Es una invitación a reconocer nuestra pobreza espiritual y depender cada día más de la obra santificadora del Espíritu.
Así, nuestras palabras pueden convertirse en ríos de agua viva, no porque seamos elocuentes, sino porque la fuente ha sido cambiada.
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