DIOS ES MAS GRANDE

Sermon  •  Submitted   •  Presented
0 ratings
· 83 views
Notes
Transcript

DIOS ES MAS GRANDE

MÁS GRANDE QUE MI DOLOR
Isaías 40:26-31
INTRODUCCIÓN: Cuando las palabras ya no alcanzan
Como buenos cristianos que somos, ¿qué hacemos cuando nos encontramos en angustia? Corremos a la Biblia. 
Buscamos esos versículos que conocemos de memoria. "No temas, porque yo estoy contigo." "Jehová es mi pastor, nada me faltará." "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados."
Y está bien. Es exactamente lo que deberíamos hacer. La Palabra de Dios es medicina para el alma. Pero déjenme hacerles una pregunta honesta: 
¿Han experimentado alguna vez ese momento en que repiten esas promesas una y otra vez, pero el corazón sigue pesado? 
¿Ese momento donde las palabras que siempre los consolaron parecen rebotar contra el dolor sin penetrarlo?
No están solos.
Alguien en tiempo de angustia me dijo algo que me conmovió: "Pastor, he leído todos los versículos de promesas. Los tengo pegados en mi refrigerador. Los repito en la madrugada. Pero sigo sintiendo que me ahogo en la ansiedad. ¿Qué me falta?"
Esa pregunta me persiguió por días. Y sin duda fue el Espíritu Santo quien me llevó a Isaías 40 para encontrar la respuesta. 
Porque vean, lo que descubrí es esto: a veces usamos la Palabra de Dios como un analgésico rápido, cuando en realidad debería ser una ventana hacia algo infinitamente más grande.
Permítanme explicar lo que quiero decir.
El pueblo de Israel estaba en el exilio. Habían perdido todo—su tierra, su templo, su identidad como nación. 
Estaban cansados, quebrantados, confundidos. Y en medio de ese dolor, comenzaron a decir algo que probablemente algunos de ustedes han pensado: "Dios se olvidó de mí. Él ya no se interesa en mi causa."
¿Y saben qué es fascinante? Dios no responde inmediatamente con palabras de consuelo. No dice: "todo va a estar bien pronto." No les da una lista de promesas bonitas para que se sientan mejor.
En lugar de eso, Dios hace algo diferente: les muestra quién es Él.
Y en ese conocimiento—en esa revelación de su grandeza, su eternidad, su poder infinito—encuentran un consuelo más profundo que cualquier frase podría darles.
El consuelo más profundo en tiempos de prueba no está solo en palabras de alivio, sino en contemplar la grandeza del Dios que nos sostiene.
Abramos nuestras Biblias en Isaías 40, y vamos a leer desde el versículo 12 para captar el contexto completo de la grandeza de Dios.
[Lectura de Isaías 40:12-31, con énfasis especial en los versículos 26-31]
I. ANTES DE MIRAR EL PROBLEMA, MIRA AL DIOS QUE ESTÁ SOBRE TODO PROBLEMA
Quiero que imaginen conmigo por un momento. Es de noche. Una noche clara y sin luna. Estás en un lugar lejos de las luces de la ciudad. Levantas la mirada al cielo y ves un manto de estrellas tan denso que te quita el aliento. Miles, millones de puntos de luz titilando en la inmensidad.
Ahora, mientras miras ese espectáculo, te das cuenta: lo que estás viendo con tus ojos es solo una fracción infinitesimal del universo. Los astrónomos nos dicen que hay más estrellas en el universo que granos de arena en todas las playas del mundo. 
Galaxias enteras que contienen cientos de miles de millones de estrellas, separadas por distancias tan vastas que la luz—viajando a 300,000 kilómetros por segundo—tarda millones de años en cruzarlas.
Es abrumador, ¿verdad? Nos hace sentir pequeños, insignificantes.
Pero escuchen lo que Dios le dice a su pueblo cansado y quebrantado: "Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará."
¿Captan la imagen? Dios no solo creó esas estrellas innumerables. Él las cuenta. Las conoce por nombre. Ninguna—ni una sola entre billones y billones—falta sin que Él lo sepa.
Y aquí está el punto que quiero que capten: Si el Dios que sostiene cada estrella en su lugar, que conoce cada partícula de luz en galaxias tan lejanas que ni siquiera podemos imaginarlas, ese mismo Dios te conoce a ti. Te ve. Te sostiene.
Hermanos, antes de preguntarle a Dios "¿por qué me pasa esto?", necesitamos preguntarnos "¿quién es mi Dios en medio de esto?"
Porque verán, tenemos una tendencia peligrosa. Tendemos a crear un dios a nuestra imagen y semejanza. Un dios que es básicamente una versión más grande y mejorada de nosotros mismos. Un dios con más poder, pero con nuestras mismas limitaciones. Un dios que puede distraerse, que puede olvidar, que puede cansarse.
Pero Dios pregunta: "¿A quién me haréis semejante o me compararéis?"
La respuesta es: a nadie. Absolutamente a nadie.
Él es otra categoría completamente. Santo—separado, diferente, trascendente. Infinito mientras nosotros somos finitos. Eterno mientras nosotros somos temporales. Omnisciente mientras nosotros apenas comprendemos fragmentos de la realidad.
Y aquí está la paradoja: Este Dios inmensamente grande, incomparablemente santo, infinitamente poderoso... se inclina para escuchar tus lágrimas. Se acerca para conocer tu nombre. Se involucra en los detalles más íntimos de tu vida.
Desde su perspectiva eterna Dios ve cosas que nosotros no vemos. Conoce finales que nosotros desconocemos. 
Pero nunca—escúchenme bien—nunca minimiza nuestro dolor. Nunca dice: "No es para tanto." Él se arrodilla a nuestra altura. Limpia nuestras heridas. Y nos sostiene hasta que podamos caminar de nuevo.
Pero para recibir ese consuelo, primero necesitamos ver quién es el que nos consuela.
II. CUANDO NUESTRA VISIÓN DE DIOS SE ENCOGE, NUESTRO DOLOR SE AGRANDA
Ahora viene la parte donde Dios confronta directamente la queja de su pueblo. Y lo hace con ternura, pero también con firmeza.
"¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: Mi camino está escondido de Jehová, y de mi Dios pasó mi juicio?"
Dios pone en palabras lo que ellos sienten pero quizás no se atreven a decir en voz alta: "Dios no me ve. Dios no le importa mi situación. Dios está ocupado con cosas más importantes. Me he caído entre las grietas de su atención."
¿Suena familiar? Seamos honestos. Todos hemos estado ahí. En ese lugar oscuro donde susurramos: "Señor, ¿dónde estás? ¿Me escuchas? ¿Te importa?"
Pero miren la respuesta de Dios. No es una reprimenda áspera. Es una invitación a recordar: "¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance."
Es como si Dios dijera: "Detente. Respira. Recuerda quién soy. Yo no soy como tú. Yo no me canso. No me distraigo. No me olvido. Mi entendimiento abarca cada detalle de tu vida, cada matiz de tu dolor, cada lágrima que has derramado en secreto."
Hermanos, Nuestro problema muchas veces no es la falta de versículos bíblicos. Es la falta de una visión fresca del carácter de Dios.
Conocemos las promesas, pero hemos dejado de contemplar al que promete.
Nuestros versículos favoritos son valiosos. Son verdaderos. Pero si solo los memorizamos sin profundizar en el conocimiento del Dios que está detrás de esas palabras, nos perdemos el consuelo más profundo.
Cuando nuestra visión de Dios se encoge, nuestro dolor se agranda. Cuando perdemos de vista su eternidad, su soberanía, su sabiduría perfecta, cada problema parece insuperable. Cada crisis parece ser la final.
Pero cuando nuestra visión de Dios se expande—cuando realmente contemplamos su inmensidad—nuestro dolor no desaparece, pero deja de definirnos. Deja de consumirnos.
III. DIOS NO SOLO CALMA MI ALMA; FORTALECE MI CAMINAR
Y ahora llegamos al corazón del consuelo que Dios ofrece. Y quiero que presten mucha atención porque es diferente de lo que esperamos.
"Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas."
Noten algo crucial: Dios no promete quitar inmediatamente la causa del cansancio. No dice: "Voy a eliminar todos tus problemas ahora mismo para que ya no estés cansado."
Lo que promete es algo mejor, algo más duradero: añade fuerza en medio de la realidad que estás viviendo.
Es la diferencia entre quitar el camino difícil y darte fuerza para recorrerlo. Entre eliminar la tormenta y enseñarte a caminar en medio de ella sin ahogarte.
Ahora, escuchen el contraste que hace Isaías: "Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen."
¿Saben qué está diciendo? Aun la mejor fuerza humana tiene un límite. Puedes ser joven, fuerte, resiliente, optimista—pero eventualmente te agotarás. Tu mejor esfuerzo llegará al punto de quiebre. Tu capacidad de resistencia encontrará su techo.
Todos conocemos esa sensación, ¿verdad? Ese momento donde ya intentaste todo. Ya oraste. Ya tuviste fe. Ya fuiste valiente. Ya resististe. Y aun así, sientes que ya no puedes más. Te desplomas.
Y es precisamente ahí—en ese punto de total agotamiento—donde comienza el verdadero milagro.
"Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas."
Esa palabra "esperar" no significa sentarse pasivamente a ver qué pasa. En hebreo, lleva la idea de entrelazarse con algo, de estar firmemente conectado. Es una confianza activa. Es soltar el control y entregárselo a Él. Es un reposo que no es pasividad sino rendición.
Esperar en Jehová es decir: "Señor, mi fuerza se acabó. Mis soluciones no funcionaron. Mis recursos están vacíos. Pero tú eres eterno. Tú no te cansas. Tú tienes entendimiento sin límites. Así que me apoyo completamente en ti."
Y miren lo que pasa cuando hacemos eso:
"Levantarán alas como las águilas."
¿Saben cómo vuela un águila? No agita frenéticamente sus alas. Encuentra las corrientes térmicas—esas columnas de aire caliente que se elevan—y se deja llevar. Con las alas extendidas, asciende sin esfuerzo, mirando desde arriba con perspectiva completa lo que desde abajo parecía insuperable.
Así obra Dios en nosotros. Nos eleva. Nos da perspectiva. Lo que ocupaba todo nuestro horizonte se vuelve pequeño cuando lo miramos desde la altura que Él nos da.
"Correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán."
Hermanos, esto es consuelo verdadero. No solo un alivio temporal de la emoción. No solo un parche para el momento. Es fortaleza para seguir avanzando. Es capacidad renovada para perseverar. Es gracia para el siguiente paso, y el siguiente, y el siguiente.
IV. DE LOS VERSÍCULOS DE ALIVIO A LA CONTEMPLACIÓN DE DIOS
Entonces, ¿cómo aplicamos esto en nuestra vida diaria? ¿Cómo pasamos de buscar solo "versículos de alivio" a buscar al Dios que está detrás de esos versículos?
Comencemos con esto
Cuando abras la Biblia mañana en la mañana, no preguntes solo: "¿Qué dice este pasaje sobre mí? ¿Qué promesa puedo aplicar a mi situación?"
Pregunta también: "¿Qué revela este pasaje acerca de Dios mismo? ¿Qué aprendo aquí sobre su carácter, sus atributos, su naturaleza?"
Estudia intencionalmente quién es Dios. Su santidad. Su amor. Su soberanía. Su sabiduría. Su misericordia. Su inmutabilidad. Y cuando ores, responde a quién es Él, no solo a lo que necesitas de Él.
En lugar de comenzar tu oración con: "Señor, necesito que hagas esto, esto y esto," comienza con: "Señor, tú eres eterno, tú eres sabio, tú eres fiel. Porque eres quien eres, confío en ti con esto, esto y esto."
¿Ven la diferencia? Una es una lista de demandas. La otra es adoración que fluye hacia petición.
Segundo, cuando estés en consejería o ayudando a alguien que sufre:
Puedes comparte promesas de consuelo. Absolutamente. Pero siempre conéctalas con el carácter de Dios.
No solo digas: "Dios promete no dejarte ni desampararte."
Di: "Esta promesa vale mucho porque Dios es fiel—nunca ha roto una promesa en toda la eternidad. Es inmutable—no cambia de parecer como nosotros. Es todopoderoso—tiene recursos infinitos para sostenerte. Y es amor—cada decisión que toma fluye de un corazón que te ama perfectamente."
Cuando formamos a jóvenes creyentes y nuevos predicadores, necesitamos enseñarles que la teología no es solo para el salón de clases. El conocimiento de quién es Dios es medicina para el alma.
Tercero, en nuestra vida congregacional:
Hermanos, necesitamos cantar canciones que exalten los atributos de Dios, no solo que expresen nuestras necesidades.
Está bien cantar sobre nuestro gozo, nuestra gratitud, nuestra necesidad. Pero también necesitamos cantar sobre la santidad de Dios, su eternidad, su inmensidad, su majestad.
Porque cuando cantamos sobre quién es Él, algo pasa en nuestros corazones. La perspectiva cambia. El alma se fortaleces. El temor se transforma en reverencia. La ansiedad se disuelve en adoración.
Y necesitamos predicar series enteras sobre la grandeza de Dios. No solo sermones ocasionales, sino inmersiones profundas en pasajes como este de Isaías 40, o el Salmo 139, o Romanos 8, donde contemplamos la inmensidad de nuestro Dios.
Porque cuando el pueblo de Dios aprende a levantar los ojos a Él—no solo en momentos de crisis sino como forma de vida—algo hermoso sucede. El corazón descansa aunque las circunstancias tarden en cambiar.
CONCLUSIÓN: EL CONSUELO SUPREMO ES DIOS MISMO
Quiero cerrar con una imagen que espero se quede con ustedes.
Imaginen un niño pequeño perdido en un centro comercial gigantesco. Hay miles de personas. Ruido ensordecedor. Luces brillantes. El niño está aterrado, llorando, completamente abrumado.
Alguien se acerca y le dice: "No llores. Todo va a estar bien." Son palabras amables, pero el niño sigue asustado.
Otro se acerca y le ofrece un dulce. "Toma, esto te hará sentir mejor." El niño lo toma, pero el miedo no se va.
Pero entonces—entonces el niño ve a su padre abriéndose paso entre la multitud. Y en el momento en que sus ojos se encuentran, todo cambia. El niño corre hacia él. El padre lo levanta en sus brazos. Y ahí, en ese abrazo seguro, el terror se disuelve.
No porque las circunstancias cambiaron—el centro comercial sigue siendo gigantesco y ruidoso. Sino porque ahora está con la persona que puede manejarlo todo. Con el que tiene la autoridad, el poder, la sabiduría para llevarlo a casa.
Hermanos, no hay consuelo más grande que saber que en medio de cualquier valle, en medio de cualquier tormenta, en medio de cualquier noche oscura del alma, el Dios infinito, santo, soberano, sabio y misericordioso está con nosotros. Y no cambia. Y no se cansa. Y no se rinde con nosotros.
Los versículos de alivio son valiosos—nunca dejen de acudir a ellos. 
Pero su verdadera fuerza está en que nos apuntan al rostro de ese Dios.
Cuando el pueblo de Dios aprende a levantar los ojos a Él, el corazón descansa aunque las circunstancias tarden en cambiar.
Así que esta semana, cuando sientas el peso del cansancio, cuando el dolor parezca demasiado, cuando las palabras de consuelo no parezcan suficientes—levanta tus ojos.
No primero al problema. Sino al Dios que está sobre todo problema.
No primero a la solución que buscas. Sino al Dios que sostiene cada estrella en el universo y que te sostiene a ti por nombre.
Porque Él es más grande que tu dolor. Más profundo que tu pérdida. Más fuerte que tu miedo. Más sabio que tu confusión. Más fiel que tu mejor esperanza.
Y cuando lo veas como Él es—cuando realmente lo contemples—encontrarás que Él mismo es el consuelo que tu alma buscaba.
Que así sea en nuestras vidas.
Oremos.
Padre celestial, cuán pequeña es nuestra visión de ti. Perdónanos por las veces que te reducimos a nuestras categorías, a nuestras expectativas limitadas. Abre nuestros ojos para verte como eres: inmensamente grande, eternamente fiel, infinitamente sabio, perfectamente amoroso. Enséñanos a esperar en ti, a encontrar nuestra fuerza no en nuestras propias capacidades sino en tu carácter inquebrantable. Y que en ese conocimiento profundo de quién eres, nuestras almas encuentren el descanso que tanto anhelan. En el nombre de Jesús, amén.
Related Media
See more
Related Sermons
See more
Earn an accredited degree from Redemption Seminary with Logos.