El Alto y Sublime

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“Porque así dice el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.” Isaías 57:15 (RV60)

Introducción

Este versículo es una de las declaraciones más profundas y completas acerca de quién es Dios. No exageramos al decir que aquí se resume la majestuosidad divina y, al mismo tiempo, la cercanía asombrosa del Señor con el ser humano. Muchos aman Juan 3:16, y con razón, porque allí se nos habla del amor redentor de Dios. Pero Isaías 57:15 va más allá al mostrarnos quién es Dios en Su esencia y cómo se relaciona con el hombre.
La Escritura no intenta convencernos de que Dios existe. La Biblia no fue escrita como un tratado para demostrar la existencia de Dios, sino como una revelación para mostrarnos qué clase de Dios es Él.
Desde el primer versículo de Génesis se nos dice simplemente:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1, RV60).
No hay argumentos, no hay explicaciones previas. Dios se presenta como una realidad incuestionable.
El problema del mundo nunca ha sido la ausencia de Dios, sino la distorsión del concepto de Dios.

1. Dios no necesita ser probado, necesita ser conocido

La Escritura declara:
“Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmos 14:1, RV60).
El necio no es quien carece de información, sino quien vive como si Dios no tuviera autoridad. Hoy no vivimos principalmente una crisis de ateísmo declarado, sino una crisis mucho más peligrosa: Dios ha sido relegado a un lugar secundario, decorativo, honorífico.
El hombre ha dicho: “Lo honraremos de cierta manera. Cantaremos acerca de Él. Diremos que hay una causa primera. Admitiremos que hay un Dios”. Pero luego levantamos otros dioses para que gobiernen: el dios del materialismo, el dios de la ciencia, el dios de la educación, el dios del servicio social, el dios de la reforma social. Pero no hay ningún dios lo suficientemente grande para gobernar este universo, excepto el Dios Todopoderoso. El hombre no es suficiente. Los ángeles tampoco lo son. Ni todos los arcángeles y huestes celestiales juntos podrían gobernar este universo.
Dios ha sido tratado como un “Dios emérito”: respetado de palabra, pero desplazado en la práctica.
La Escritura confronta esta actitud cuando dice:
“Conocieron a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias” (Romanos 1:21, RV60).
El problema no es negar la existencia de Dios, sino negar Su gobierno.

2. El Alto y Sublime: la absoluta trascendencia de Dios

Cuando Isaías dice:
“Así dice el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es Santo”,
no lo hace para impresionarnos con palabras grandes, sino para ubicarnos en la realidad. Dios no es simplemente “más grande” que nosotros; Él es de otra categoría. No actúa bajo las reglas del hombre. No está sometido al paso del tiempo, ni condicionado por las circunstancias que hoy te pesan. Lo que para ti es incertidumbre, para Él ya está plenamente conocido. Lo que a ti te inquieta porque no sabes cómo va a terminar, para Dios nunca ha sido un problema.
La Escritura afirma:
“Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” Salmos 90:2 (RV60).
La eternidad no es un lugar donde Dios entra y sale. Es Su ámbito natural. Antes de que existiera cualquier cosa que hoy consideramos firme y estable, Él ya era Dios. Antes de los montes, antes de la tierra, antes de la historia, antes incluso del concepto de tiempo, Él ya estaba allí, completo, perfecto, sin carencias. Por eso el salmista puede decir con tanta certeza: “desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios”. No ha habido un momento en que Dios haya sido menos Dios que ahora.
Y esto es profundamente consolador para ti. Porque significa que el Dios al que oras no está aprendiendo contigo, no está improvisando, no está reaccionando tarde. Él no cambia de opinión porque algo se le escapó de las manos. Cuando el Señor dice “Yo no cambio” (Malaquías 3:6), te está diciendo que Su carácter, Su fidelidad y Sus promesas no se ven afectadas por los vaivenes de tu vida. Aunque tú cambies, aunque tu ánimo fluctúe, aunque hoy estés firme y mañana cansado, Él permanece igual.
Piensa esto con honestidad: si este mundo dependiera del hombre, ya habría colapsado hace rato. Ni la inteligencia humana, ni la ciencia, ni la educación, ni las ideologías tienen la capacidad de sostener la creación. Todo eso es frágil, limitado, pasajero. Solo Cristo puede cargar con el peso del universo. Solo Él sostiene todas las cosas, incluso cuando tú sientes que ya no puedes sostener nada más.
Y aquí hay una verdad que quiero que guardes en el corazón: si Dios sostiene el universo entero con Su poder, entonces también puede sostener tu vida. No eres una carga demasiado pequeña para que le importe, ni un problema demasiado grande para que lo supere. Tu historia no descansa en tus fuerzas, ni en tu capacidad de entenderlo todo, sino en un Dios eterno, santo y soberano que no cambia y que no pierde el control.
“Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten” (Colosenses 1:17, RV60).
Ni el hombre, ni la ciencia, ni la educación, ni las ideologías sociales pueden gobernar este mundo. No hay dios lo suficientemente grande para llevar el peso del universo, excepto el Señor Todopoderoso.
Ese es el Dios que te habla. Ese es el Dios que te escucha. Y ese es el Dios en cuyas manos estás más seguro de lo que muchas veces puedes sentir.

3. “Cuyo nombre es Santo”: la santidad como centro del carácter de Dios

Cuando Dios dice “mi nombre es Santo”, no está agregando un título más a una lista de atributos. Está revelando el centro de quién Él es. La santidad no es algo que Dios tiene; es lo que Dios es. Todo en Él es santo: Su amor es santo, Su justicia es santa, Su misericordia es santa. No hay nada en Dios que esté manchado, mezclado o rebajado.
Por eso en Isaías 6 los serafines no dicen “amor, amor, amor” ni “poder, poder, poder”, sino “Santo, santo, santo”. Es como si el cielo entero quisiera recordarnos que Dios es absolutamente distinto a nosotros, moralmente puro, completamente separado del pecado. Y esto es importante que lo entiendas bien: la santidad de Dios no es una amenaza para el creyente, es un refugio. Si Dios no fuera santo, Su amor sería inestable y Sus promesas inciertas.
Cuando la Escritura dice “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16), no nos está llamando a una perfección inalcanzable por nuestras fuerzas, sino a una vida rendida delante de un Dios que no tolera el pecado porque sabe cuánto destruye al ser humano. Dios no odia el pecado por capricho, sino porque ama profundamente a Sus criaturas.
Y aquí es donde la cruz cobra todo su peso. La cruz existe porque Dios es santo. Si Dios pudiera pasar por alto el pecado sin justicia, no habría necesidad de sacrificio. Pero “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22). Eso no habla de un Dios cruel, sino de un Dios coherente consigo mismo. En la cruz, el amor y la santidad no se contradicen; se encuentran.
Cuando Cristo cargó con nuestro pecado, el Padre apartó Su rostro. No porque dejara de amar al Hijo, sino porque el pecado no puede convivir con la santidad absoluta. Ese momento nos muestra algo que debe estremecer el alma: el precio de tu pecado fue tan alto que solo el Hijo eterno pudo pagarlo. Eso engrandece el amor de Dios, pero también magnifica Su santidad.
Y ahora escucha esto con atención, porque aquí el corazón se sobrecoge de verdad. Este Dios infinitamente santo, eternamente puro, absolutamente soberano, no decide mantenerse distante. Él elige habitar con el humilde y el quebrantado. No con el autosuficiente, no con el orgulloso, no con el que cree tener todo bajo control, sino con el que reconoce su necesidad.
Eso significa que tu quebranto no te aleja de Dios; cuando hay humildad genuina, te acerca. La santidad de Dios no te empuja fuera cuando vienes arrepentido, sino que te recibe para transformarte. Él no rebaja Su santidad para acercarse a ti, pero sí se inclina con gracia para levantarte.
Ese es el Dios que te habla. Santo, sí. Pero cercano. Temible en Su gloria, pero tierno con el corazón contrito. Y vivir delante de Él no es vivir con miedo, sino con reverencia, gratitud y un profundo descanso, porque sabes que estás en manos de un Dios que es perfectamente santo y perfectamente bueno.

4. El misterio glorioso: Dios habita con el humilde y contrito

Isaías 57:15 nos lleva al punto más desconcertante y hermoso del pasaje. Después de hablarnos de un Dios que habita la eternidad, que mora en lo alto, que es absolutamente santo, uno esperaría que el texto terminara con distancia, con inaccesibilidad, con temor. Pero no. El Señor añade algo que rompe toda lógica humana:
“y con el quebrantado y humilde de espíritu”.
Esto nos muestra que Dios no es un Dios frío ni lejano. Tampoco es un Dios que se acerca al hombre porque el hombre haya logrado algo digno de admiración. Él se acerca, voluntariamente, a quien reconoce que no tiene nada que ofrecerle. No se trata de mérito, sino de necesidad reconocida.
Cuando la Escritura dice que Dios es cercano a los quebrantados de corazón, no está hablando de personas derrotadas sin esperanza, sino de aquellos que han dejado de confiar en sí mismos. El quebranto del que habla la Biblia no es desesperación, es lucidez espiritual. Es el momento en que el alma deja de justificarse, deja de defenderse y se rinde delante de Dios tal como es.
Dios no habita con el soberbio, no porque le falte amor, sino porque el soberbio no deja espacio para Él. El autosuficiente vive como si no necesitara a Dios, y quien cree tener el control de su vida no busca refugio. Pero el quebrantado sí. El humilde sí. El que ha sido llevado a reconocer su verdadera condición delante de Dios abre la puerta a la gracia.
Y aquí hay algo muyy importante para ti: el quebranto no te aleja de Dios, te coloca exactamente en el lugar donde Él promete estar. No es el orgullo espiritual lo que atrae la presencia del Señor, sino la humildad sincera. No es la apariencia de fortaleza, sino la confesión honesta de debilidad.
Este pasaje nos enseña que Dios no solo reina desde lo alto, sino que se inclina hacia abajo. Él no deja de ser el Dios eterno cuando se acerca al corazón humilde; es precisamente porque es eterno y santo que puede hacerlo sin perder nada de Su gloria.
Así que, si hoy te sientes pequeño, consciente de tus límites, cansado de sostener una imagen de control que no es real, este texto no te condena: te invita. El Dios que habita la eternidad ha decidido habitar también con el quebrantado. Y eso no rebaja Su grandeza; la revela.
“Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu” Salmos 34:18 (RV60).

5. Qué significa un corazón quebrantado delante de Dios

El quebrantamiento del que habla la Biblia no es simplemente estar triste, ni sentirse mal por un error, ni cargar con culpa por un momento. Todos podemos experimentar remordimiento y seguir siendo los mismos por dentro. El quebrantamiento bíblico es algo más profundo. Es cuando una persona deja de excusarse delante de Dios, deja de compararse con otros y reconoce, sin adornos, quién es realmente delante de Él.
David entendió esto después de su pecado. Él sabía que no podía compensar su falta con rituales, sacrificios o palabras bonitas. Por eso dice que los sacrificios que agradan a Dios no son externos, sino “el espíritu quebrantado”. David aprendió que Dios no se impresiona con gestos religiosos cuando el corazón sigue intacto en su orgullo. Pero tampoco desprecia al que viene humillado, reconociendo su necesidad.
“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” Salmos 51:17 (RV60).
Y aquí hay algo muy importante para tu vida espiritual: Dios no busca perfección externa, busca rendición interna. No le interesa una apariencia correcta si el corazón sigue resistiendo. Él mira más allá de lo que los demás ven, incluso más allá de lo que tú mismo muestras. El Señor mira el corazón, ese lugar donde nadie más entra, donde se esconden las motivaciones reales.
“Porque el Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón” 1 Samuel 16:7 (RV60).
El orgullo, aunque a veces se disfraza de seguridad o de madurez espiritual, levanta muros. Hace que el hombre se defienda, se justifique, se excuse. Pero la humildad hace lo contrario: abre la puerta. No porque sea débil, sino porque es verdadera. La humildad reconoce que necesita gracia cada día, que no se sostiene sola, que no puede negociar con Dios desde una posición de mérito.
Y déjame decirte esto con claridad y ternura: cuando tu corazón está rendido, Dios no lo desprecia. Nunca. Aunque haya pecado, aunque haya fracaso, aunque haya vergüenza. El quebrantamiento genuino no espanta a Dios; lo atrae. No porque Él necesite algo de ti, sino porque así es Su carácter: habitar con el humilde, levantar al contrito y transformar al que se rinde.
Ese es el lugar donde Dios obra de verdad. No en la fachada, no en el esfuerzo religioso, sino en el corazón que se ha quedado sin argumentos delante de Él y solo puede decir: “Señor, te necesito”. Y ese corazón, dice la Escritura, Dios jamás lo desprecia.

6. Dios no espera que el hombre lo busque primero

Uno de los engaños más sutiles del corazón humano es pensar que nosotros dimos el primer paso hacia Dios, que lo buscamos porque éramos más sensibles, más espirituales o más conscientes que otros. Pero la Biblia es muy honesta con nosotros: por naturaleza, ninguno de nosotros busca a Dios. No porque nos falte información, sino porque nuestro corazón, sin la gracia, prefiere la independencia antes que la rendición.
“Porque no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios” (Romanos 3:11).
Cuando Pablo dice que “no hay quien busque a Dios”, no está insultando al hombre; está describiendo su condición real. El ser humano puede buscar respuestas, alivio, sentido, incluso consuelo religioso, pero no busca a Dios tal como Él es, soberano y santo, a menos que Dios mismo lo despierte primero.
Por eso las palabras de Jesús son tan llenas de gracia:
“el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. (Lucas 19:10)
Nota bien esto: Él no vino a esperar, vino a buscar. No vino a observar desde lejos, vino a acercarse. No vino a exigir que el perdido se oriente solo, sino a ir tras él.
“Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso” (Lucas 15:5).
La imagen del pastor es profundamente ejempar. La oveja perdida no vuelve por su cuenta. No encuentra el camino, no tiene fuerzas, no tiene claridad. Si el pastor no va tras ella, se pierde definitivamente. Y cuando el pastor la encuentra, no la reprende ni la empuja de regreso. La carga sobre sus hombros. Él asume el peso que la oveja no puede llevar.
Eso te dice algo muy personal: tu salvación no descansa en tu capacidad de buscar a Dios, sino en la decisión de Dios de buscarte a ti. Si hoy estás consciente de tu pecado, de tu necesidad, de tu fragilidad, no es porque tú seas más lúcido, sino porque Dios ya se ha acercado. El quebrantamiento mismo es evidencia de que Él está obrando.
Este es el Dios que habita con el quebrantado. No un Dios que exige que te levantes solo, sino un Dios que se inclina, que te llama por nombre y que te toma en brazos. Un Dios que no espera que llegues fuerte, sino que viene cuando estás perdido. Y cuando te encuentra, no te deja donde estabas: te lleva consigo, con gozo.
Así es Él. El que habita la eternidad, el Santo, el Soberano… y al mismo tiempo, el Pastor que sale a buscar al que no podía volver por sí mismo.

7. El propósito de Su presencia: vivificar al quebrantado

Isaías 57:15 no solo nos dice dónde Dios decide habitar, sino cuál es Su propósito al hacerlo. Él no se acerca al quebrantado para señalarlo, ni para hundirlo más en su culpa.
“para vivificar el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”.
Dios no visita al humilde para recordarle constantemente lo mal que está. Él se acerca “para vivificar”. Eso cambia completamente la manera de entender a Dios.
Vivificar es dar vida donde hay agotamiento. Es restaurar lo que está débil, levantar lo que ha sido golpeado, reanimar lo que parece apagado. Cuando Dios se acerca al corazón humilde, no lo hace con dureza, sino con poder sanador. Él no viene como juez para el que ya ha reconocido su pecado; viene como Salvador.
Por eso Jesús pudo decir con tanta claridad que “no vino a llamar a justos, sino a pecadores” (Lucas 5:32). No porque los pecadores sean mejores, sino porque saben que necesitan ayuda. El arrepentimiento no es el requisito para que Dios se acerque; es el resultado de que Dios ya se ha acercado con gracia.
Y aquí hay una palabra directa para ti: si estás cansado, si te sientes sin fuerzas, si tu espíritu está agotado, ese es precisamente el lugar donde Dios promete obrar.
“El Señor da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40:29 ).
El Señor da esfuerzo al cansado. No al autosuficiente, no al que aparenta fortaleza, sino al que reconoce que ya no puede más.
El mundo trata al quebrantado como un estorbo. Lo presiona, lo ignora, lo descarta. El mundo valora la imagen de fuerza, de éxito, de control. Pero Dios hace lo contrario. Él toma al humilde como Su morada. Él transforma el quebranto en el lugar donde Su vida se manifiesta.
Así que no veas tu cansancio como un fracaso espiritual. Si hay humildad, ese cansancio puede ser el punto exacto donde Dios te quiere encontrar. Él no se acerca para condenarte, sino para vivificarte. No para aplastarte, sino para levantarte. Y cuando Dios da vida, lo que parecía agotado comienza a respirar otra vez.

8. Dios habitando en el creyente: un tesoro en vasos de barro

Este Dios eterno no se acerca solo en momentos puntuales de necesidad. Él decide hacer de tu vida Su morada. La Escritura dice que eres templo de Dios, que Su Espíritu habita en ti ( 1 Corintios 3:16) . Eso significa que la presencia de Dios no depende de tu estado de ánimo, de tu fuerza espiritual ni de tus logros. Él está contigo porque así lo quiso.
Pablo lo explica con una imagen muy honesta: somos vasos de barro (2 Corintios 4:7). Frágiles, limitados, quebradizos. Nos cansamos, envejecemos, fallamos. Pero dentro de esa fragilidad Dios puso un tesoro. ¿Para qué? Para que quede claro que el poder no proviene de nosotros, sino de Él. No es nuestra fortaleza la que sostiene la vida cristiana, es la presencia de Dios en nosotros.
Nada de esto es mérito humano. No es porque hayas hecho algo especial ni porque seas más fiel que otros. Es pura gracia. “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15:10). Esa frase nos libera del orgullo y también de la culpa. No caminamos con Dios porque seamos dignos, caminamos porque Él fue misericordioso.
Y aquí hay una verdad que quiero que guardes bien: el Dios que habita la eternidad también camina contigo cada día. No se ausenta. No se olvida. No llega tarde. No te abandona cuando estás débil. Su presencia es constante, fiel y cercana. Donde tú vas, Él va contigo. Y eso da una seguridad profunda para vivir, para perseverar y para descansar.

9. El Dios fiel que nunca abandona a los suyos

El Dios que habita con el quebrantado no es un visitante que aparece solo en momentos críticos. Él no entra y sale de tu vida según cómo te sientas o según las circunstancias que enfrentas. Su presencia es constante, firme y fiel. Cuando Dios decide habitar con Su pueblo, lo hace para quedarse.
Por eso la Escritura puede afirmar con tanta seguridad que el Señor va contigo y que nunca te dejará ni te desamparará (Deuteronomio 31:6). No es una promesa condicionada a tu fortaleza espiritual, sino a Su carácter fiel. Y el mismo Señor Jesús lo reafirma cuando dice que está con los suyos todos los días, sin excepción, hasta el fin (Mateo 28:20).
Dios no llega tarde ni se equivoca en Sus tiempos. El Dios que sostiene el orden de la creación es el mismo que cumple cada palabra que ha prometido. Si Él ha dicho que estará contigo, lo estará. Su fidelidad no depende de tus circunstancias, sino de quién Él es.
Por eso el creyente puede atravesar dolor, enfermedad, pérdida e incluso la muerte, pero nunca camina solo. El valle puede ser oscuro, el camino puede doler, pero la presencia de Dios permanece. Y esa presencia no elimina siempre el sufrimiento, pero sí quita el temor. Porque cuando Él está contigo, aun en el valle más profundo, no estás abandonado. Estás acompañado por el Dios fiel que nunca falla (Hebreos 10:23).

10. Vivir a la luz de un Dios alto y cercano

Saber que Dios es el Alto y Sublime nos protege del orgullo. Nos recuerda que no somos el centro, que no controlamos todo, que dependemos completamente de Él. Y al mismo tiempo, saber que ese Dios tan alto decide habitar con el humilde nos guarda de la desesperación. No somos insignificantes para Él. Ambas verdades deben caminar juntas: la grandeza de Dios y Su cercanía.
La Escritura es clara: Dios resiste al soberbio, pero da gracia al humilde (Santiago 4:6). No porque el humilde sea mejor, sino porque el orgulloso no deja espacio para Dios. El creyente no vive apoyado en su propia capacidad, sino descansando bajo la poderosa mano del Señor. (1 Pedro 5:6)
Humillarse delante de Dios no es rebajarse ni perder dignidad; es colocarse en el lugar correcto. Y cuando uno se coloca allí, Dios promete algo precioso: Él se acerca y, a su tiempo, Él levanta. No según nuestros plazos, sino según Su sabiduría.
Cuando el hombre se engrandece a sí mismo, se aleja de Dios sin darse cuenta. Pero cuando se humilla delante de Él, descubre que Dios ya estaba dispuesto a acercarse. Y en esa cercanía hay gracia, descanso y vida.

11. Sección especial para inconversos

Si hay alguien aquí que reconoce, con honestidad, que sabe cosas acerca de Dios pero que aún no lo conoce verdaderamente, este pasaje le habla de manera directa. No estamos hablando de asistir a una iglesia, ni de mantener una tradición religiosa, ni siquiera de tener conocimiento bíblico, por valioso que todo eso sea. Nada de eso sustituye una relación real y viva con el Dios verdadero.
La Escritura nos llama con una urgencia santa: “Buscad al Señor mientras puede ser hallado”(Isaias 55:6 - 7). Eso nos recuerda que hay momentos en los que Dios se acerca de manera especial, llama con claridad y abre el corazón para responder. No endurecerse frente a ese llamado es una cuestión seria.
Dios no hace Su morada en el corazón que se exalta, que se justifica a sí mismo o que se presenta delante de otros como suficiente. Él habita con el que reconoce su necesidad, con el que se humilla sinceramente delante de Él. Jesús fue claro: el que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será levantado (Lucas 14:11).
Y es importante decir esto con toda claridad: nuestro acceso a un Dios santo no se basa en esfuerzos personales, ni en méritos religiosos. Ha sido abierto únicamente por la obra redentora de Jesucristo. Él murió por pecadores, no por personas que ya se sentían justas. Cuando aún estábamos en pecado, Cristo dio Su vida por nosotros. (Romanos 5:8)
Por eso, hoy no se nos llama a arreglarnos primero ni a ordenar nuestra vida antes de venir a Dios. Se nos llama a venir tal como somos. A reconocer nuestra condición delante de Él y a confiar plenamente en la obra perfecta de Cristo. El Señor mismo extiende esta invitación llena de gracia: aunque el pecado sea profundo, Su perdón es mayor. Venir a Dios no es presentarse limpio, es venir para ser limpiado. Y esa puerta sigue abierta hoy.
“Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos” Isaías 1:18 (RV60).

12. El destino final: Dios será todo en todos

Hoy hemos contemplado al Dios que es alto y sublime, al que habita la eternidad y cuyo nombre es Santo. Hemos visto que Él no es un Dios distante ni indiferente a la condición humana. Sin dejar de ser eterno, soberano y absolutamente santo, Él decide hacer Su morada con el quebrantado y humilde de espíritu. Su santidad nos recuerda quién es Él; Su gracia nos recuerda por qué podemos acercarnos sin temor.
La historia humana, marcada por el pecado, el dolor y la muerte, no avanza al azar ni termina en el caos. Dios gobierna la historia con un propósito claro y glorioso. La Escritura nos dirige hacia un final seguro, cuando el plan eterno de Dios será plenamente manifestado y Cristo entregará el reino al Padre, para que Dios sea todo en todos( 1 Corintios 15:24,28). Nada quedará fuera de Su dominio ni fuera de Su orden perfecto.
Ese día llegará. Y cuando llegue, el Dios que hoy habita con el humilde morará para siempre con Su pueblo redimido. No habrá más separación, ni distancia, ni sombras. Dios estará con los suyos de manera plena y definitiva. La muerte será vencida, el llanto será enjugado y el dolor no tendrá más lugar. El Dios Alto y Sublime será eternamente cercano a los redimidos.(Apocalipsis 21:3)
Que esta esperanza modele nuestra manera de vivir hoy. Que nos lleve a caminar con reverencia, con humildad y con una fe firme. Que nuestros corazones permanezcan quebrantados delante de Él, no por desesperación, sino por adoración y dependencia. Porque el Dios que habita la eternidad también habita con Su pueblo, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Oración final

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