Adviento, el tiempo del amor
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Homilía
Homilía
Hermanos y hermanas, hemos caminado juntos esta tarde por el camino del Adviento. Hemos escuchado la promesa antigua de Dios a través del profeta Isaías: "La joven concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel". Hemos acompañado a María en su "sí" valiente: "He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra". Hemos viajado con José y María por los caminos polvorientos hacia Belén, llevando en el vientre la esperanza del mundo.
Y finalmente, hemos estado en ese humilde pesebre, donde los pastores —trabajadores nocturnos, gente sencilla— fueron los primeros en recibir la buena noticia: "No teman, porque les traigo buenas noticias: hoy ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor".
Esta es nuestra historia. No solo la historia de hace dos mil años, sino la historia que sigue escribiéndose hoy, aquí, en nuestras vidas. Porque Emanuel —"Dios con nosotros"— no es simplemente un nombre hermoso para un villancico navideño. Es la promesa más radical que la humanidad ha recibido: Dios no se queda lejos, observando desde el cielo. Dios se hace humano, se acerca, se encarna en nuestra realidad.
Ahora bien, no se trata únicamente del nacimiento de Jesús como un hecho histórico, sino como la historia misma de la salvación. Es la historia de Dios que se hace humano, se humilla y se baja en favor de los seres humanos que se han perdido al separarse de Dios.
Cuando el ser humano se separó de Dios, su capacidad de discernir el bien y el mal quedó limitada, y se debilitó su percepción de la bondad de la creación y de dar gloria a Dios. Sin embargo, Dios ha hecho un plan para reconciliar a la humanidad, y pasajes como los que encontramos en Isaías anuncian la esperanza para el pueblo de Israel mediante la promesa de un salvador.
Es la historia del amor de Dios que perdona y reconcilia, se hace humano y comprende la fragilidad de la persona humana. Es la historia de un Dios que se hace humano no solo porque se encarna en un cuerpo sino porque se encarna en la realidad de los seres humanos:
Primera Dimensión: La Familia
Se encarna en la realidad de María, una mujer joven que está saliendo de la casa de sus padres para ser desposada con José. Es la realidad de las mujeres de la época que, cumplida su "mayoría de edad", trece años, eran desarraigadas de sus casas para cumplir con los deberes de mujer aplicando lo que se les había enseñado durante su niñez.
Se encarna en la realidad de José, el hombre que no quería hacer daño a su mujer, pero quien sentiría la duda y la sensación del engaño y la traición, la realidad de las costumbres familiares en donde el honor es base para la buena convivencia.
Aquí mismo, en nuestra congregación, conocemos estas realidades familiares: las decisiones difíciles, las dudas que nos asaltan, el deseo de hacer lo correcto sin saber exactamente qué es lo correcto. Dios se hace presente precisamente ahí, en medio de nuestras incertidumbres familiares.
Segunda Dimensión: La Estructura Social
Pero también se encarna en la realidad social. José y María viajaban para el censo y allí, en el vientre de María, estaba Dios encarnado, listo para ser un número en las estadísticas de la ciudad, quizás un ciudadano o un residente, como hoy podría sentirse un residente indocumentado.
La realidad del censo encarna la realidad de lo que somos en la estructura del país: estadísticas y números para los sistemas de salud, educación y cuidado social. Esta es la realidad que tenemos de frente, una sociedad que clasifica a sus ciudadanos y les da dignidad conforme a sus recursos.
Aquí en New Jersey, donde muchos hemos dejado nuestra tierra natal buscando oportunidades, entendemos lo que significa ser reducidos a números, a categorías, a estatus migratorios. Cuando María y José fueron censados, cuando Jesús nació sin los privilegios de la ciudadanía romana, Dios estaba diciendo algo profundo: "Mi reino no se construye sobre documentos sino sobre dignidad. Yo me hago presente precisamente donde los sistemas deshumanizan".
Tercera Dimensión: Las Comunidades
Se encarna en la realidad de muchas familias y personas que no tienen donde vivir, que habitan en las calles, en sus carros, o simplemente en arriendo. Es la encarnación de nuestra realidad cuando compramos una casa y la pagamos, pero la tierra no es nuestra y debemos seguir pagando costosos impuestos.
Es la realidad de niños y niñas que deambulan de casa en casa, "familias flotantes", pareciendo que no tienen un lugar fijo donde recostar la cabeza. Es también la realidad del migrante que ha dejado su propia casa para venir a este país buscando oportunidades para brindar una mejor condición de vida a su familia.
Dios se encarna en la vida comunitaria. Es la comunidad la que abre sus puertas y es testigo del amor y la gloria de Dios. Dios se encarnó en la historia de los pastores, aquellos trabajadores nocturnos que tuvieron la primicia del nacimiento del Hijo de Dios, y que acudieron diligentemente para conocer al recién nacido. Es la realidad de nuestras comunidades, cuando nacen los niños y niñas porque allí hay esperanza.
Cuarta Dimensión: La Universalidad
Finalmente, se encarna en un mundo intercultural. Dios no se hizo humano para unos pocos; lo hizo para reconciliar a ricos y pobres, ciudadanos y extranjeros, hombres y mujeres. Se encarnó para enseñarnos que el mundo entero cabe en su corazón. Más allá de los pensamientos culturales y religiosos, Dios está abierto para reconciliar a la humanidad entera mediante el amor y el servicio.
La historia que hoy celebramos es la historia de Dios que se encarna en nuestra vida, no en el santuario o en el culto solamente, sino en la cotidianidad de nuestro ser. Cristo ha nacido, Emmanuel es Dios con nosotros, un Dios que reconcilia al mundo con Él y que desea que lo veamos desde nuestras realidades.
Pero hermanos, aquí está la pregunta que debemos hacernos en este cuarto domingo de Adviento: Si Dios se encarnó en la realidad de María, de José, de los pastores, ¿cómo se está encarnando en nuestra realidad hoy?
Permítanme ser muy concreto. Esta semana, mientras nos preparamos para la Navidad:
¿A quién necesitas abrir las puertas de tu corazón como María abrió su vientre al Salvador? ¿Hay alguien en tu familia, en tu trabajo, en tu vecindario, que necesita experimentar que "Dios está con ellos" a través de tu presencia, tu escucha, tu compañía?
¿Qué situación en tu vida necesita escuchar las palabras del ángel a José: "No temas"? ¿Qué decisión estás posponiendo por miedo? ¿Qué paso de fe estás evitando porque no entiendes completamente el plan de Dios?
¿Quiénes son los pastores de nuestro tiempo —los trabajadores esenciales, los que laboran de noche, los que son invisibles para la sociedad— que necesitan escuchar de nosotros la buena noticia? ¿Cómo podemos ser portadores del anuncio angelical para ellos?
¿En qué pesebre humilde está naciendo Cristo en nuestra comunidad hoy? No en los lugares obvios, no en las grandes celebraciones, sino en los rincones olvidados, en las situaciones difíciles, en medio de la escasez.
Cantamos hace unos momentos: "Ven Jesús nuestra esperanza, ven y libra nuestro ser". Esto no es solo una petición piadosa. Es un reconocimiento de que necesitamos liberación: de los sistemas que nos deshumanizan, de los temores que nos paralizan, del individualismo que nos aísla.
Ahora Dios está naciendo en nosotros cuando somos capaces de caminar en justicia, amor y servicio, haciendo de la dignidad humana gracia y vocación. Dios nace en nosotros cuando somos capaces de verlo en el día a día y en los desafíos que tenemos que enfrentar. Él está con nosotros y nos sigue diciendo: no temas. Nos recuerda que en el amor no hay temor porque el verdadero amor echa fuera el temor.
Esta semana, en la Nochebuena, recordemos que es buena por el amor que Dios ha tenido por nosotros, y vivamos en gratitud como respuesta a su gracia. Dios se hace humano en nuestra vida cotidiana, y nos llama a responder con amor y justicia.
En unos momentos saldremos de este lugar con una bendición y una comisión. No salimos solo con un sentimiento cálido de Navidad, sino con un llamado profético: ser Emanuel, "Dios con nosotros", para quienes nos rodean.
¿Cómo? Siendo familia para el solitario. Siendo comunidad para el desarraigado. Siendo justicia para el oprimido. Siendo amor para el excluido. Siendo portadores de la luz de Cristo en medio de la oscuridad del mundo.
Porque Cristo ha nacido. Emanuel está con nosotros. Y Dios nos envía a ser sus manos, sus pies, su voz, su abrazo en el mundo.
Celebremos juntos esta buena noticia. Amén.
