El todo del hombre

Sermon  •  Submitted   •  Presented
0 ratings
· 110 views
Notes
Transcript
Eclesiastés 12:13 "El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre."

Introducción

El libro de Eclesiastés fue escrito por Salomón, el tercer rey de Israel, reconocido por su gran sabiduría. A lo largo del libro, Salomón repite una frase que resume su reflexión sobre la vida:
“Vanidad de vanidades, todo es vanidad.”
En otras palabras, Salomón nos enseña que la vida carece de verdadero sentido si Dios no está presente en ella. Muchas veces nos enfocamos en cosas que no tienen valor eterno, dejando de lado lo que realmente importa: nuestra relación con Dios.
Incluso cuando dedicamos tiempo a cosas valiosas como el trabajo, el estudio o la familia, corremos el riesgo de hacerlo de tal manera que Dios quede en segundo lugar. Y aunque esas cosas son buenas y necesarias, si no incluyen a Dios en el centro, terminan siendo vanidad.
Porque, al final, todo esfuerzo, todo logro y toda meta pierden su propósito cuando no están alineados con Él. Solo cuando Dios ocupa el primer lugar, la vida cobra verdadero sentido.
Desde el inicio, Salomón nos invita a pensar profundamente en la vida y en todo lo que nos rodea. Observa el ciclo de la existencia: dice que una generación va y otra generación viene, pero la tierra siempre permanece. Habla de cómo los ríos corren hacia el mar, y el mar nunca se llena, mostrando que todo sigue su curso, sin fin aparente.
También se hace preguntas que revelan la naturaleza repetitiva y pasajera de la vida:
“¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será.”
Salomón llega a la conclusión de que no hay memoria de las cosas pasadas, y que tampoco habrá memoria de las cosas presentes en los tiempos venideros. Incluso los sabios, los grandes hombres y mujeres que alguna vez fueron reconocidos, con el tiempo son olvidados.
Y si pensamos en nosotros mismos, probablemente dentro de muchos años nuestros nombres también serán olvidados.
Todo esto lo lleva a una profunda reflexión sobre lo efímero de la vida humana y lo limitado del esfuerzo terrenal cuando se vive sin propósito divino.
Y así es la vida, tal como lo decía Salomón: llena de ciclos.
El día, por ejemplo: El sol sale, luego se oculta. Al siguiente día vuelve a salir… y otra vez se oculta. El mismo ciclo, una y otra vez. También está el ciclo del agua: Los ríos corren hacia el mar, pero el mar nunca se llena; el agua se evapora, vuelve en forma de lluvia y el proceso se repite constantemente. Y el ciclo de las generaciones: El hombre nace, crece, trabaja y muere. Luego viene su hijo, que también nace, crece, trabaja y muere. Y así han pasado todas las generaciones, una tras otra, siguiendo el mismo patrón.
El Salmo 127:1 , que habla justamente de lo vano de las cosas si no esta Dios en medio de ellas:
“Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican;
Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia.”
En otras palabras, todo lo que emprendemos —nuestro trabajo, nuestros proyectos, nuestra familia—si Dios no está en medio de ello, todo termina siendo vanidad.
El libro de Eclesiastés es un libro profundo, reflexivo y, podríamos decir, hasta filosófico. En sus páginas, Salomón analiza la vida desde distintas perspectivas: el trabajo, el placer, la sabiduría, el tiempo… y después de observarlo todo, llega a una conclusión final.
Esa conclusión es precisamente la que acabamos de leer:
“El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre.” (Eclesiastés 12:13)
Y en esta enseñanza nos centraremos especialmente en esa primera parte:
👉 El temer a Dios.

¿Qué es el temor a Dios?

El temor de Dios no es un acto de miedo ni una emoción fóbica o neurótica; es un asunto espiritual. Es un temor que nace del deseo de agradar a Dios, un acto de reverencia, respeto profundo y admiración hacia Él.
Proverbios 8:13 lo define claramente: “El temor de Jehová es aborrecer el mal; la soberbia y la arrogancia, el mal camino y la boca perversa aborrezco.” Temor de Dios es odiar el mal, aborrecer el pecado, tener —como se dice— tolerancia cero al pecado.
Cuando no hay temor de Dios, el ser humano se vuelve permisivo ante el pecado. Se roba un dulce, copia en una prueba, dice una mentira “piadosa”, hace cosas pequeñas que considera insignificantes, pero con ello minimiza el pecado. Sin embargo, pecado es pecado, y ante él no puede haber tolerancia. Porque cuando comenzamos a dar espacio o aprobación al pecado, eso demuestra que no tememos realmente a Dios. El que teme a Dios respeta y obedece Su Palabra.
Hoy la moral del ser humano se ha corrompido. La verdadera moral no la define la sociedad, la define Dios. Su ley, Su Palabra, Su Hijo Jesucristo, quien es la verdad, y la verdad absoluta. No existen “otras verdades”. No es que ahora, por una nueva ley humana, se permita que los hombres se casen con hombres o las mujeres con mujeres, y que se justifique diciendo: “Si se aman, y Dios es amor.” No. Dios no aprueba eso. La Palabra de Dios es clara: Él no permite tales prácticas.
Cuando redefinimos el amor según nuestros propios pensamientos, nos contradecimos con la verdad de la Palabra del Señor y nos volvemos permisivos. Pero a pesar de todo, Dios quiere perdonarnos. Quiere liberarnos del pecado, no que seamos permisivos con él. Por eso envió a su Hijo Jesucristo a este mundo: para que todo aquel que en Él cree sea perdonado, restaurado y viva en obediencia a Su verdad.

¿Por qué es importante vivir en temor?

¿Y por qué es importante vivir en temor de Dios?
Porque la Biblia dice que “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Proverbios 1:7). Es decir, si queremos ser verdaderamente sabios, lo primero que debemos hacer es temer a Dios. El temor de Dios nos hace pensar antes de actuar, antes de hablar y antes de decidir. Nos ayuda a evitar el pecado y a caminar en rectitud. ¿Y por qué digo esto?
Porque en Proverbios 16:6 leemos: “Con misericordia y verdad se corrige el pecado, y con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal.” Cuando tenemos temor de Dios, no necesitamos que alguien nos esté vigilando para hacer lo correcto. El temor santo nos frena ante los impulsos carnales. No se trata de tener miedo de ser castigados, sino de no querer ofender al Dios que amamos. Déjame ilustrarlo así: Un hijo que ama y respeta a su padre, no le obedece por miedo al castigo, sino porque lo ama y no quiere fallarle. Así también nosotros obedecemos a Dios, no por temor al castigo, sino por amor y reverencia hacia Él. Lo vimos el domingo cuando hablamos de José en Egipto. La esposa de Potifar quiso seducirlo, pero José respondió: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9) Eso es temor de Dios.
En el momento de la tentación, cuando nadie te ve, y podrías decir: “Nadie se va a enterar… lo hago y listo.” El temor de Dios te recuerda: “Aunque nadie más me vea, Dios sí me está viendo. Su presencia está aquí.” Y eso basta para decir: “No lo hago, porque no quiero desobedecer a mi Señor.” Ese es el verdadero temor de Dios: reconocer su presencia constante y vivir para agradarle.

¿Qué pasa cuando no hay temor de Dios?

Primero, vivir una vida sin propósito. Muchos podrían decir: “Mi propósito son mis hijos” o “mi propósito es mi familia”, pero el verdadero propósito existencial del ser humano es Dios mismo. Cuando una persona no tiene a Dios en su vida, su propósito se vuelve vacío, superficial, y termina siendo vanidad, tal como lo expresa Eclesiastés.
Además, el no temer a Dios lleva a las personas a justificar el pecado, alejándose de la verdad y de la santidad. Se vuelven permisivas, insensibles al mal, y terminan llamando bueno a lo que Dios llama malo.
Un claro ejemplo lo encontramos en Faraón durante las diez plagas de Egipto. A pesar de haber presenciado los milagros y juicios de Dios, su corazón permaneció endurecido. No temió a Dios, y esa falta de temor lo llevó a la ruina, tanto a él como a su nación. Egipto sufrió por la obstinación de un corazón sin reverencia al Señor.
La Biblia lo confirma en Proverbios 1:29-31, donde dice:
“Por cuanto aborrecieron la sabiduría y no escogieron el temor de Jehová,
ni quisieron mi consejo y menospreciaron toda reprensión mía,
comerán del fruto de su camino, y serán hastiados de sus propios consejos.”
En otras palabras, quienes no temen a Dios terminan siendo consumidos por sus propios errores y malas decisiones, porque al rechazar el consejo divino, cosechan las consecuencias de su necedad.
¿Cómo cultivar el temor de Dios?
En Deuteronomio 17:19, el contexto habla sobre las instrucciones que debía seguir un rey en Israel. Una de esas instrucciones era que el rey debía escribir para sí una copia del libro de la ley. ¿Con qué propósito?
“Para que la lea todos los días de su vida, a fin de que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra.”
Es decir, el temor de Dios se aprende. No surge de manera aleatoria, sino que se cultiva a través del conocimiento de Su Palabra. Mientras más conocemos quién es Dios, más reverencia, respeto y amor sentimos hacia Él. Pero si no conocemos a Dios, difícilmente viviremos con temor santo, porque no sabremos ante quién estamos.
El Salmo 33:8-9 nos enseña:
“Tema a Jehová toda la tierra; teman delante de Él todos los habitantes del mundo. Porque Él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió.”
Estas palabras nos recuerdan que el temor de Dios nace del reconocimiento de Su poder y autoridad como Creador. Cuando comprendemos que todo fue hecho por Su palabra, entendemos quién es Él y quiénes somos nosotros delante de Él. Si reducimos a Dios al nivel del hombre, si lo vemos como un igual, dejaremos de temerle. Pero cuando lo reconocemos como el Dios soberano, eterno y todopoderoso, nuestro corazón responde con reverencia y temor santo.
El Proverbios 2:1-5 también nos muestra cómo se cultiva este temor:
“Hijo mío, si recibieres mis palabras y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; si inclinares tu corazón a la prudencia, si clamares a la inteligencia y a la prudencia dieres tu voz, si como a la plata la buscares y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor de Jehová y hallarás el conocimiento de Dios.”
En otras palabras, el temor de Dios crece en la medida que buscamos a Dios con todo nuestro corazón. Leer Su Palabra, meditar en ella, obedecerla y valorar Su sabiduría son pasos concretos para aprender a temerle y conocerle.

Conclusión: El fin de todo

Temer a Dios no significa vivir con miedo, sino vivir con conciencia de Su presencia, respeto por Su santidad y amor por Su Palabra.
El temor de Dios no roba libertad, da propósito.
No te esclaviza, te protege.
No te quita alegría, te da paz.
“El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre.” (Eclesiastés 12:13)
Related Media
See more
Related Sermons
See more
Earn an accredited degree from Redemption Seminary with Logos.