LOS PACTOS.

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La tradición teológica generalmente reconoce cinco pactos principales de Dios con su pueblo: el pacto con Noé, el pacto con Abraham, el pacto con Moisés, el pacto con David y el nuevo pacto1. Sin embargo, algunos estudiosos identifican seis pactos distintos al incluir el pacto palestino2.
El primero cronológicamente es el pacto noético, donde Dios establece una relación con la humanidad a través de Noé como el medio que elige para relacionarse con el ser humano y asegurar la supervivencia de la raza humana1. Se trata de un pacto incondicional y permanente que se mantendrá hasta el final de los tiempos1.
A partir de Génesis 12, el Señor establece un pacto con Abraham y sus descendientes, con una promesa doble de descendencia y tierra1. Este pacto destaca por su carácter unilateral e incondicional, ya que solamente Dios pasa por entre los animales previamente partidos1.
El pacto con Moisés estipula cómo ha de ser la vida del pueblo del Señor en la tierra del Señor, donde la obediencia será premiada con el disfrute de la tierra y sus frutos, pero la desobediencia acarreará serias consecuencias y, en última instancia, la dispersión y el exilio1.
En 2 Samuel 7 se narra el pacto de Dios con David, donde Dios promete una dinastía que le sucederá, así como un reino y un trono que permanecerán1.
Finalmente, el pasaje de Jeremías 31 abre las puertas a un nuevo pacto o pacto renovado que tendrá su cumplimiento con la llegada del Mesías y supondrá elevar a un nuevo nivel la relación entre el Dios del pacto y su pueblo1.
Un pacto condicional depende de que la parte que lo recibe cumpla ciertas obligaciones para que se realicen sus beneficios. En un pacto condicional, “lo que se pactó depende para su cumplimiento del destinatario del pacto, no del que hace el pacto”1. El pacto mosaico es un ejemplo claro: incluye una partícula condicional (“si”) que vincula las bendiciones prometidas al cumplimiento de obligaciones específicas—obedecer a Dios y guardar sus mandamientos2.
Un pacto incondicional, por el contrario, se cumplirá independientemente de las acciones de quien lo recibe. En un pacto incondicional, “lo que se pacta depende únicamente de quien hace el pacto para su cumplimiento”1. El pacto abrahámico destaca precisamente por su incondicionalidad2—Dios promete descendencia y tierra sin que Abraham deba hacer nada para garantizar el cumplimiento.
Sin embargo, la realidad teológica es más matizada. Todos los pactos bíblicos son simultáneamente incondicionales (ya que están garantizados por el poder y la gracia de Dios) y condicionales (ya que exigen una contraparte obediente)1. Incluso un pacto incondicional puede contener bendiciones adjuntas que están condicionadas a la respuesta del destinatario, aunque estas bendiciones condicionadas no cambian el carácter incondicional del pacto1.
Existe una tensión teológica entre ambos aspectos: el propósito de Dios para redimirnos es incondicional, pero la respuesta humana requerida es condicional3. Esta tensión refleja la paradoja fundamental entre la soberanía divina y la responsabilidad humana que atraviesa toda la Escritura.
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