Clientes o discípulos
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Consumidor vs discípulo.
Consumidor vs discípulo.
Si hoy te sientas en una iglesia como quien entra a un hotel espiritual, si esperas que te reciban con sonrisas, que te sirvan una experiencia impecable, que te den una palabra a tu medida, y te garanticen que nadie tocará tu comodidad, entonces no estás buscando a Cristo, estás comprando una versión domesticada de Él. Y lo más aterrador no es que existan iglesias dispuestas a venderte eso, lo más aterrador es que tu corazón lo prefiera. Porque el Evangelio verdadero no fue diseñado para consentirte, sino para crucificarte.
No vino a hacerte sentir VIP, vino a hacerte discípulo. La iglesia moderna ha aprendido una habilidad peligrosa, convertir la adoración en producto, la predicación en contenido y la comunión en servicio al cliente. Ya no se pregunta qué dice Dios, sino qué retiene a la gente.
Ya no se mide la fidelidad por el temor de Dios, sino por la satisfacción del público, y cuando el público manda, la cruz se vuelve inconveniente. El arrepentimiento se vuelve mala estrategia, la disciplina se vuelve falta de amor, y la santidad se vuelve exageración. Así nace una religión que te promete cercanía con Dios mientras te protege del Dios Santo.
Pero Cristo no llama clientes, llama muertos que deben resucitar. Escucha su voz sin maquillaje en Lc.9.23
Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
No dice, si alguno quiere sentirse mejor. No dice, si alguno quiere un lugar donde lo entiendan. Dice, niéguese, y esa palabra es una sentencia contra la religión de consumo.
Porque el consumidor no se niega, el consumidor exige, el consumidor compara, el consumidor elige lo que le agrada y deja lo que le incomoda. El discípulo, en cambio, se rinde, se somete y sigue aunque duela. Por eso la iglesia que te convierte en cliente debe necesariamente modificar a Jesús, debe suavizar su voz, debe recortar sus palabras, debe esconder sus demandas.
Porque el Jesús bíblico no es un anfitrión de experiencias, es un rey que reclama tu vida. En Juan capítulo 6, cuando Cristo dejó de alimentar expectativas y comenzó a hablar de una obediencia que ofendía el orgullo, muchos se fueron. El texto dice en Juan 6.66
Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.
¿Ves el punto? Cuando Jesús deja de ser útil, el cliente se va, pero Cristo no corrió tras ellos para ajustar el producto. Él preguntó a los suyos, ¿queréis acaso iros también vosotros? Esa es la diferencia entre un ministerio guiado por el cielo y una plataforma guiada por el mercado.
El corazón humano es experto en fingir. Puede llorar sin rendirse, puede cantar sin temer, puede servir sin amar a Dios.
Y cuando una iglesia alimenta ese engaño, crea cristianos que consumen lo santo como entretenimiento. Edwards hablaría de afectos falsos, emociones intensas sin transformación real, fervor sin obediencia, lágrimas sin santidad.
Porque la gracia auténtica no sólo conmueve, gobierna, no sólo inspira, disciplina, no sólo consuela, hiere para sanar. La fe verdadera no busca un ambiente que lo sostenga, busca una verdad que lo quebrante. Dime con honestidad, ¿qué tipo de iglesia estás buscando? ¿Una que te predique como a un cliente o una que te forme como discípulo? Porque la diferencia no está en el estilo musical, ni en la iluminación, ni en la estética.
La diferencia está en el centro. Donde la cruz está en el centro, el yo se incomoda. Donde el yo está en el centro, la cruz se negocia.
El mecanismo VIP
El mecanismo VIP
Y la iglesia moderna, para no perder clientes, aprende a predicar un cristianismo donde tú eres el rey y Jesús es el medio. Un evangelio donde Dios existe para apoyar tu propósito, proteger tu autoestima y bendecir tu plan. Eso no es evangelio, eso es idolatría con vocabulario cristiano.
Y aquí está el diagnóstico. Cuando te vuelves cliente, tu alma se debilita. Porque el cliente no aprende a obedecer cuando nadie lo ve.
El cliente no aprende a cargar la cruz cuando no hay aplauso. El cliente aprende a cambiar de iglesia como quien cambia de proveedor. Y esa movilidad no siempre es discernimiento.
A veces es huida. Huida de la confrontación. Huida del consejo bíblico.
Huida de la corrección. Huida de la santidad que incomoda. Pero Cristo no te salva para que huyas de la cruz.
Te salva para que mueras en ella y vivas para Dios. En esta serie, y no, no es una serie de vídeos. Es una sentencia para tu conciencia.
Vamos a mostrar cómo el modelo VIP produce una iglesia llena de actividad, pero vacía de temor. Llena de consumidores, pero escasa de santos. Llena de agenda, pero lejos de Dios.
Y si esto te irrita, esa irritación puede ser misericordia. El orgullo del cliente está siendo expuesto. Porque el discípulo no negocia con Cristo.
El discípulo se rinde a Cristo. La mentalidad de cliente no nace en el banco de una iglesia.
Nace en el trono del corazón. Porque el corazón caído no busca a Dios por Dios, sino por lo que Dios le da. Y cuando ese corazón entra al templo, no pregunta cómo debo rendirme, sino qué recibiré.
Evalúa, compara, exige. Si la predicación lo incomoda, la llama dura. Si la disciplina lo confronta, la llama tóxica.
Si la santidad lo desarma, la llama legalismo. Y así, sin darse cuenta, la persona no está huyendo de una iglesia. Está huyendo de Cristo.
Porque Cristo no fue diseñado para ser consumido, sino adorado. El problema es que la iglesia moderna, para crecer en número, aprende a premiar esa mentalidad. La refuerza con un lenguaje seductor.
Aquí nadie te juzga. Aquí todo es para ti. Aquí la experiencia es diferente.
Aquí vas a sentir algo. Y, por supuesto, hay una verdad parcial. El Evangelio recibe al pecador.
Cristo no rechaza al quebrantado. Pero recibir al pecador no significa confirmar al ego. Jesús no vino a darte pertenencia sin arrepentimiento.
Vino a darte perdón por medio de una cruz que mata el yo. Cuando la iglesia confunde hospitalidad con idolatría del confort, deja de formar discípulos y comienza a administrar clientes. Por eso, mira lo que sucede con el mensaje central.
La cruz ya no es el eje, es un accesorio. Se menciona para dar tono, pero no se predica para exigir muerte. Se habla de gracia, pero no de santidad.
Se habla de amor, pero no de obediencia. Se habla de propósito, pero no de negación. Y cuando eso ocurre, el cristiano queda atrapado en una fe que lo entretiene, pero no lo transforma.
Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,
No dice que les faltará información. Dice que no sufrirán la verdad. El cliente no sufre doctrina. La reemplaza.
Y ahora escucha la consecuencia más grave. Una iglesia que vende una experiencia VIP termina produciendo un cristianismo sin cruz. Y un cristianismo sin cruz no salva.
Puede consolar, puede emocionar, puede llenar auditorios, pero no puede resucitar muertos. Porque la regeneración no ocurre por comodidad. Ocurre por juicio y gracia.
O el hombre muere con Cristo, o sigue vivo en su orgullo, o el yo es destronado, o Jesús será usado como instrumento. Por eso Cristo fue tan directo en Mateo 7.21.
No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Observa, no es falta de religión, es falta de obediencia. Mucho Señor en la boca, poca cruz en la espalda, Jonathan Edwards diría que esta religión de consumo crea afectos que parecen fuego, pero son paja, encienden rápido y se apagan rápido. Son emoción sin raíz, entusiasmo sin humillación, lágrimas sin renuncia.
Los afectos religiosos.
Los afectos religiosos.
La señal de un afecto espiritual verdadero no es cuánta intensidad produce el domingo, sino cuánta santidad produce el lunes. Un cliente puede llorar con una canción y volver al pecado con la misma rapidez. Un discípulo puede temblar con la palabra y cortar su pecado aunque le cueste.
La diferencia es la cruz. El cliente la evita, el discípulo la abraza. Y por eso el modelo VIP es tan letal, ofrece cristianismo sin muerte, y un cristianismo sin muerte es un fraude.
Tal vez te estés defendiendo por dentro, pero yo necesito un lugar donde me traten bien. Sí, y la escritura manda amor, paciencia, cuidado pastoral. No estoy defendiendo rudeza ni arrogancia.
El punto es otro. Amor bíblico no significa negociarte la verdad. Amor bíblico no significa protegerte del llamado de Cristo.
Amor bíblico no significa convertir la iglesia en un spa para el ego. A veces el amor te confronta. A veces el amor te hiere para salvarte.
A veces el amor te dice, tu comodidad está matando tu alma. El buen pastor no alimenta tu capricho, alimenta tu obediencia, aunque al principio te duela. Así que aquí va una pregunta que decide tu destino espiritual.
¿Quieres ser tratado como cliente o como discípulo? Porque uno recibe servicios y mantiene el control. El otro recibe un rey y pierde el control. Uno se sienta para evaluar. El otro se postra para rendirse. Y si hoy descubres que has sido cliente, no te quedes en culpa teatral. Arrepiéntete con hechos.
Busca una fe que te forme. Una palabra que te gobierne. Una cruz que te desarme.
Una comunidad que te santifique. vamos a desnudar el mecanismo que sostiene el modelo Vape. ¿Cómo se reemplaza el temor de Dios por estrategias? ¿Cómo se diluye la verdad para retener público? ¿Y cómo se identifica, sin paranoia, si estás en una iglesia que te está vendiendo lo que Cristo jamás prometió? El modelo VIP no se sostiene sólo con sonrisas y luces.
Se sostiene con un intercambio secreto. Te doy una experiencia agradable, y tú me das tu lealtad sin exigir verdad. Es un pacto silencioso entre el ego del cliente y el miedo del sistema.
El cliente no quiere cruz. El sistema no quiere perder números. Así nace una iglesia que no pastorea almas, sino que gestiona percepciones.
Y cuando la percepción se vuelve el centro, el temor de Dios se vuelve un estorbo, porque el temor de Dios no es amigable con la marca. El temor de Dios expone, corrige, juzga y purifica.
La primera pieza del mecanismo es la dilución de la doctrina.
No se niega abiertamente, se suaviza. No se ataca a la verdad, se la reduce a frases. Se cambia pecado por debilidad, arrepentimiento por proceso, santificación por crecimiento, juicio por consecuencias, obediencia por intención.
El lenguaje se vuelve terapéutico para que nadie se sienta acusado. Pero la escritura no fue escrita para proteger tu autoestima, fue escrita para salvar tu alma. Cuando la palabra pierde filo, el corazón pierde temor.
Y cuando el corazón pierde temor, la iglesia puede llenarse de gente religiosa que jamás fue quebrantada.
La segunda pieza es la sustitución de la cruz por el bienestar. Se predica un Cristo que sirve a tus metas, tu paz, tu pareja, tu prosperidad, tu propósito, tu éxito.
Y claro, Dios sí cuida de sus hijos. Pero cuando el cuidado paternal se convierte en el centro y la cruz se vuelve secundaria, el evangelio ya no es evangelio, es un paquete de beneficios espirituales. El cliente escucha eso y dice, esto es justo lo que necesito.
El discípulo escucha la voz de Cristo y dice, esto es justo lo que me mata y por eso lo necesito. Porque la cruz no se adapta a tu sueño, la cruz lo juzga. La cruz no se alinea con tu yo, la cruz lo condena para que Cristo reine.
La tercera pieza es el reemplazo de la santidad por la aceptación sin transformación. Se habla mucho de no juzgar, pero se olvida que la escritura manda a juzgar con justicia, discernir, corregir, restaurar. En el modelo VIP, la disciplina bíblica es vista como amenaza al negocio.
Porque corregir puede hacer que alguien se vaya. Y si alguien se va, la marca sufre. Pero una iglesia que no disciplina no ama, abandona.
Una iglesia que no corrige se convierte en cómplice del pecado. Hebreos enseña que Dios disciplina al hijo que ama. Si el padre disciplina, ¿por qué la iglesia no habría de hacerlo con humildad y verdad? El cliente, sin embargo, odia la disciplina, porque la disciplina le recuerda que no es dueño de la iglesia, ni dueño de la verdad, ni dueño de Cristo.
La cuarta pieza es la creación de una atmósfera que sustituye la obra del espíritu. Se aprende a producir emoción para evitar convicción. Se aprende a llenar cada espacio para evitar silencio.
Se aprende a sostener el ánimo para evitar quebranto. No es que la emoción sea pecado, pero cuando la emoción se usa como anestesia, se vuelve fuego extraño. El Espíritu Santo no está obligado a moverse cuando tú lo sientes.
Él se mueve cuando Dios lo quiere. Y su obra principal no es darte escalofríos, es darte arrepentimiento. Si una iglesia insiste en darte sensaciones pero te evita el arrepentimiento, te está vendiendo una presencia falsa.
Ahora, ¿cómo identificar este modelo sin convertirte en paranoico o amargado? Porque la solución tampoco es un orgullo que mira a todos por encima. La señal no está en tener una pantalla o no tenerla. No está en si cantan con banda o con guitarra.
No está en el tamaño del auditorio. La señal está en la dirección de la predicación y el fruto de la gente. Pregunta, ¿la cruz está al centro o al margen? ¿El pecado es nombrado con claridad o escondido con eufemismos? ¿La obediencia es exigida o solo sugerida? ¿La santidad es celebrada o tratada como exageración? ¿El liderazgo teme a Dios o teme a perder audiencia? Y lo más revelador, ¿la gente cambia de vida o solo cambia de ánimo? Hay un texto que desenmascara al cliente con brutalidad.
Juan 6.26.
Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.
Ellos buscaban a Jesús por beneficio, y Cristo los expuso.
El cliente busca pan. El discípulo busca al Señor. El cliente busca alivio.
El discípulo busca verdad. El cliente una experiencia. El discípulo busca una persona, aunque esa persona le diga, «Muere».
Y si hoy tú descubres que has buscado pan más que Cristo, no te justifiques diciendo, «Es humano». Sí, es humano. Y por eso necesitas nacer de nuevo.
Porque lo humano, sin gracia, siempre convertirá a Dios en medio para el yo. Jonathan Edwards no tendría piedad con este modelo, no por odio, sino por amor a las almas. Diría que
Una iglesia puede estar llena de afectos y estar espiritualmente muerta.
Que puede haber lágrimas y no haber luz. Que puede haber entusiasmo y no haber Cristo. Que puede haber fuego y no haber santidad.
Y cuando eso ocurre, el resultado es una generación que cree ser salva porque consumió experiencias religiosas, pero jamás cargó la cruz.
El precio de la fe de consumo.
El precio de la fe de consumo.
vamos a golpear el punto más sensible, el precio real del modelo VIP, lo que produce en tu alma a largo plazo, cómo te vuelve incapaz de perseverar, cómo te deja sin raíces cuando llega el sufrimiento y por qué Dios, en su misericordia, a veces destruye tu iglesia cómoda para devolverte al Cristo verdadero. El modelo VIP tiene un precio, y no lo paga la institución primero, lo paga tu alma.
Porque cuando te acostumbras a una fe diseñada para complacerte, pierdes la capacidad de sufrir por Cristo. Te vuelves frágil. Te vuelves sensible a cualquier incomodidad.
Y lo peor, te vuelves incapaz de distinguir entre el amor verdadero de Dios y la permisividad que alimenta tu orgullo. Es una anestesia espiritual. Calma la conciencia, adormece la culpa, silencia el diagnóstico, pero deja intacta la enfermedad.
Y una anestesia prolongada no es misericordia, es condenación lenta. Cuando la iglesia te trata como cliente, te enseña sin decirlo que Dios existe para servirte. Entonces, cuando llega el sufrimiento real, el corazón entra en tribunal y dicta su propio veredicto.
Dios me falló. Pero Dios no te falló. Dios destruyó un ídolo.
Lo que falló fue tu contrato, porque el cliente vive bajo contrato. Yo doy asistencia, yo doy ofrenda, yo doy lealtad, y tú me das paz, me das soluciones, me das experiencias. El discípulo no firma contratos, el discípulo entrega la vida.
Por eso el cliente se ofende cuando la cruz aparece, porque la cruz rompe el negocio. Y Cristo nunca fue negociable. Mira la parábola del sembrador.
Jesús describe una fe que recibe la palabra con gozo, pero no tiene raíz, y cuando viene la aflicción o la persecución por causa de la palabra, tropieza. Esa fe existe. Y no es un caso raro, es una epidemia.
Es la fe del cliente. Se enciende en el evento, pero muere en la casa. Florece en un ambiente controlado, pero se marchita en el desierto.
Se alimenta de estímulos, no de verdad. Y por eso, cuando el fuego del sufrimiento llega, no purifica, quema. Porque el fuego sólo purifica lo que es oro.
La paja sólo se consume. El modelo VIP produce paja espiritual. Produce personas que saben cantar, pero no saben obedecer.
Saben emocionarse, pero no saben perseverar. Saben hablar de propósito, pero no saben cargar una cruz diaria. Y cuando Dios permite una prueba, ese cristianismo se derrumba como pared sin cimiento.
Entonces la persona corre a buscar otra iglesia mejor. Otro ambiente más fuerte. Otro líder más ungido.
Como si el problema fuera el proveedor. Pero el problema es más profundo. El problema es que nunca fue discípulo.
Fue consumidor. Y el consumidor, cuando su producto no funciona, cambia de marca. El discípulo, cuando duele, se aferra a Cristo.
Escucha lo que Dios hace con esa falsificación. A veces, en misericordia, Él rompe tu comodidad para rescatarte de tu engaño. Te quita el suelo para mostrarte que estabas parado sobre emoción, no sobre roca.
Te deja sin experiencia para que aprendas a vivir por fe. Te deja sin aplausos para que descubras si amas a Cristo o amas la aprobación. Ese es el fuego de la purificación.
Y duele, porque el orgullo grita cuando pierde su trono. Pero es gracia, porque es mejor ser herido aquí y sanado que ser aplaudido aquí y condenado. El precio del modelo VIP también aparece en la santidad.
Cuando una iglesia existe para retener clientes, no puede insistir en santidad con seriedad. Porque la santidad ofende. La santidad pone límites.
La santidad llama pecado a lo que la cultura bendice. La santidad exige arrepentimiento real, no discurso. Y eso amenaza la comodidad del consumidor.
Entonces, la santidad se convierte en un tema secundario, opcional, para quienes quieren más. Pero en la Escritura, la santidad no es un nivel avanzado. Es evidencia debida.
Sin santidad, nadie verá al Señor. Cuando esa verdad se diluye, la iglesia no sólo pierde pureza, pierde salvación en masa, porque la gente se acostumbra a un cristianismo sin fruto y lo llama gracia. Y aquí está el golpe final.
El modelo VIP te entrena para amar un Jesús que no existe. Un Jesús terapeuta. Un Jesús motivador. Un Jesús que te afirma pero no te gobierna. Un Jesús que te acompaña pero no te confronta. Un Jesús que te da herencia sin cruz, sin juicio, sin sentencia contra tu viejo hombre.
Pero el Cristo verdadero no comparte el trono con tu ego. Él reina o no reina. Él salva y al salvar, destruye.
Destruye tu derecho a mandarte. Destruye tu fantasía de control. Destruye tu identidad de cliente para darte una identidad de hijo.
Y un hijo no compra al padre. Un hijo se somete y confía. Jonathan Edwards diría que esta es una de las trampas más refinadas del corazón.
Usar a Dios para escapar de Dios. Buscar consuelo para evitar santidad. Buscar experiencia para evitar obediencia.
Buscar unción para evitar arrepentimiento. Y cuando esa trampa se revela, el alma tiembla porque entiende que estuvo cerca de los santos sin ser santa. Cerca de la luz sin amar la luz.
Cerca del fuego sin ser purificada. Pero aún no he llegado al centro del Evangelio y no quiero que te quedes solo con terror.
El Juicio Final y la Salida del Modelo.
El Juicio Final y la Salida del Modelo.
Cómo Cristo rescata a los clientes y los convierte en discípulos. Cómo nace una fe con raíces y cómo cargar la cruz deja de ser condenación para convertirse en vida. La salida del modelo VIP no es encontrar una iglesia más dura para sentirte superior.
La salida es volver a Cristo como pecador, no como consumidor. Porque el problema principal no es la estética del culto, sino el corazón que quiere un Dios útil. Y ese corazón no se corrige con cambios externos, sino con una obra interna, nuevo nacimiento.
Jesús no vino a mejorar tu experiencia religiosa, vino a darte vida. Y vida en el lenguaje del Evangelio no significa comodidad, sino resurrección. Significa que el hijo tú, el tú que compra, exige y negocia, debe morir para que el tú que obedece se rinde y persevera pueda nacer.
Por eso el primer paso no es cambiar de iglesia, es cambiar de dueño, es reconocer que has vivido una fe donde tú mandabas. No lo decías así, pero lo practicabas así. Tú decidías que aceptar, tú filtrabas lo que te confrontaba, tú escogías un Jesús que no tocara tu cruz.
Y ahora Cristo te llama a lo contrario, a rendir el control, a dejar de evaluar la palabra como cliente y empezar a recibirla como criatura, a dejar de tratar el culto como producto y empezar a temblar delante del santo. Esto es arrepentimiento, no un llanto que descarga culpa, sino una rendición que entrega el mando. Y aquí aparece la bondad severa de Dios.
Él no sólo te denuncia, te ofrece perdón, porque el mismo Cristo que exige cruz es el Cristo que cargó la cruz por ti. Él no te pide que mueras para ganarte el amor del Padre, te pide que mueras porque ya te está ofreciendo ese amor en el Evangelio. La cruz que tú debes cargar no es expiación, es obediencia.
La expiación ya fue hecha. Cuando Jesús dijo, «Consumado es», no estaba abriendo una membresía VIP, estaba abriendo una puerta de sangre hacia una vida nueva. Y esa vida nueva tiene una marca inevitable.
Ya no puedes vivir para ti como antes. Si Cristo te compra con su sangre, tú dejas de pertenecerte. Entonces, ¿cómo se forma un discípulo real? Empieza cuando la cruz deja de ser un concepto y se vuelve un veredicto contra tu ego.
Pablo lo dijo con claridad, «Con Cristo estoy juntamente crucificado». No es una metáfora estética, es una sentencia espiritual. Significa que tu derecho a mandarte fue clavado.
Tu derecho a elegir un evangelio a la carta fue clavado. Tu derecho a vivir según tu comodidad fue clavado. Y si eso suena violento, es porque lo es.
La gracia no es suave con el orgullo, la gracia lo mata para salvarte. Por eso el cliente no entiende la gracia, quiere perdón sin muerte. Pero Dios no perdona para dejarte igual, perdona para transformarte.
Ahora presta atención. Cargar la cruz no es buscar dolor por dolor, ni vivir con amargura, ni despreciar la alegría. Cargar la cruz es obedecer cuando la obediencia contradice tu carne.
Es decir, no a lo que tu ego llama «derecho». Es preferir la santidad a la aprobación. Es escoger la verdad aunque te cueste relaciones, reputación o comodidad.
Es dejar de vivir con la pregunta, «¿Qué me conviene?», y empezar a vivir con la pregunta, «¿Qué gloria tengo?».
No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Luego añade algo más aterrador muchos me dirán en aquel día muchos no pocos no casos raros muchos y mira el lenguaje de cliente espiritual que usan:
“no profetizamos no echamos fuera demonios no hicimos muchos milagros en otras palabras mira nuestro historial mira nuestra actividad mira nuestra experiencia”
Cristo responde con una frase que quema “nunca os conocí apartados de mí hacedores de maldad” ves el horror tenían religión, tenían obras visibles, tenían historia, tenían resultados, pero no tenían relación real con Cristo porque Cristo no se impresiona con la producción.
Cristo mira el corazón, Cristo no evalúa tu currículum espiritual, Cristo evalúa si fuiste transformado, si obedeciste, si cargaste la cruz, si amaste su santidad.
El cliente presenta logros el discípulo presenta cicatrices de obediencia.
El cliente presenta emociones el discípulo presenta fruto.
El cliente presenta experiencias el discípulo presenta perseverancia y aquí está la tragedia más grande del modelo VIP, puede llevarte lejos sin que lo notes, puede hacerte creer que estás vivo porque sientes, cuando en realidad estás dormido. Puede darte la ilusión de cercanía con Dios mientras te mantiene lejos del arrepentimiento.
Puede llenarte del lenguaje cristiano de hábitos religiosos de amigos religiosos y aún así no darte a Cristo.
El autoengaño es capaz de vestir la fe con belleza y matar el alma por dentro. El infierno se llena de gente que creyó estar segura, de gente que confundió un afecto con una conversión, de gente que compró un evangelio sin cruz, por eso cuando te hablo del tribunal no lo hago para entretener tu miedo lo hago para destruir tu falsa paz, porque la falsa paz es más peligrosa que la culpa, la culpa puede llevarte al salvador; la falsa paz te mantiene lejos de él.
La escritura dice que hay un tipo de gente que dice ¡Paz! ¡Paz! cuando no hay paz y la iglesia VIP es experta en producir esa paz.
Falsa paz basada en pertenencia, en ambiente, en estoy en el lugar correcto.
Pero el tribunal no preguntará dónde estaba sentado preguntará a quién obedecías y en ese día todo lo oculto será expuesto.
El cliente aprendió a vivir de apariencias, aprendió a verse bien, a sonar bien, a mostrarse; pero Dios ve en secreto, Dios ve cuando nadie te ve, Dios ve tu hábito oculto, Dios ve tu resentimiento escondido, Dios ve tu orgullo silencioso, Dios ve tu doble vida y si tú has vivido como cliente, tu fe dependía de ser visto en un sistema, pero delante del juez no hay cámaras que editen, no hay filtros, no hay excusas, allí sólo queda la verdad, sin embargo, escucha esto con temor y con esperanza el mismo Dios que juzga, es el Dios que salva y el tribunal existe precisamente para que corras a Cristo, ahora no para que te paralices porque el evangelio no niega el juicio, lo satisface en la cruz.
Cristo cargó la sentencia que tú y yo mereciamos, Cristo recibió la condenación para que recibieramos herencia, pero esa herencia no es para clientes es para los que se rinden, es para los que confían en él de verdad y esa confianza se demuestra en obediencia, no como mérito, sino como fruto inevitable, así que deja que este clímax te atraviese.
Si hoy murieras que presentarías delante de Dios una lista de cultos, una colección de experiencias, un historial de emociones o presentarías a Cristo como tu única justicia y una vida que aunque imperfecta fue quebrada arrepentida y rendida porque el cliente puede hablar de Cristo y nunca pertenecerle.
El discípulo puede caer muchas veces pero vuelve a Cristo con temor con confesión y con hambre de santidad.
