La reconciliación algo más en la hermandad.
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Una de las batallas más grandes dentro de la iglesia no es contra las personas de afuera, ni contra la cultura, sino contra la desunión entre hermanos. Jesús dijo claramente qué el mundo conocería qué somos sus discípulos por el amor. Juan 13.35
En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.
Sin embargo, el enemigo sabe que una iglesia dividida es una iglesia debilitada, por eso intenta plantar o introducir malentendidos, heridas, chismes, orgullos y distancias.
Pero Dios a través de Su Palabra la Biblia nos llama a algo superior a hacer algo que está por encima del razonamiento carnal y esto es: 1 Tesalonicenses 5:13 "Tened paz entre vosotros." Colosenses 3:13 "soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros."
Hoy Dios quiere sanar relaciones, restaurar corazones y unir lo que el enemigo ha querido romper, hoy Dios hace un llamado a cerrar filas en su pueblo para que unánimes en un mismo sentir podamos levantar el nombre de Cristo.
La reconciliación no es una opción es un mandato del señor Jesucristo.
Dios nos reconcilió primero: Somos llamados a imitarlo.
Dios nos reconcilió primero: Somos llamados a imitarlo.
Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.
Dios dio el primer paso para reconciliarnos con él, aunque nosotros éramos los que le habíamos ofendido.
La reconciliación nace del carácter de Dios, él es amor que busca restaurar. No podemos pedir a otros lo que no estamos dispuestos a dar. Hemos recibido el “ministerio de la reconciliación” no del juicio para causar división. Si Dios no esperó a que nosotros cambiaramos para buscarnos, ¿por qué esperar a que el hermano cambie para acercarnos?
El perdón es la llave que abre la puerta de la reconciliación.
El perdón es la llave que abre la puerta de la reconciliación.
Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.
Pedro quería ponerle límite al perdón; Jesús le dijo: no hay límite. El perdón es un acto espiritual, no una emoción.
Perdonar ayuda a minimizar la ofensa, pero lo más importante es que rompe las cadenas del rencor.
El cristiano que no perdona es un cristiano que se estanca espiritualmente, se amarga y trata a los demás desde el caparazón duro que forma y no permite que la Palabra de Dios obre en su vida.
El perdón en el nombre de Jesucristo ayuda a borrar el pasado y logra liberar el corazón para futuro.
La falta de reconciliación afecta la Adoración y la vida espiritual.
La falta de reconciliación afecta la Adoración y la vida espiritual.
Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
Cuando Jesús dijo esto, estaba simplemente recordándoles a los judíos un principio que ellos conocían muy bien y que nunca debían haber olvidado. La idea detrás del sacrificio era muy sencilla: si una persona hacía algo malo, su acción interrumpía su relación con Dios, y el sacrificio tenía por finalidad restaurar esa relación.
Pero hay que notar 2 cosas muy importantes. La primera es que nunca se creyó que el sacrificio pudiera expiar un pecado deliberado, que los judíos llamaban “el pecado de una mano alta.” Si una persona cometía un pecado sin darse cuenta, o impulsado por un momento de pasión que quebrantaba su dominio propio, el sacrificio era efectivo; pero si uno cometía un pecado deliberada,desafiante, insensiblemente y con los ojos abiertos, entonces el sacrificio era impotente para expiar.
La segunda es que para ser efectivo, un sacrificio tenía que incluir la confesión del pecado y el verdadero arrepentimiento; y el verdadero arrepentimiento incluía el propósito de rectificar cualesquiera consecuencias hubiera tenido el pecado. El gran Día de la Expiación se celebraba para expiar pecados de toda la nación, pero los judíos sabían muy bien que ni siquiera los sacrificios del Día de la Expiación se le podían aplicar a nadie a menos que antes estuviera reconciliado con su prójimo.
La interrupción de la relación entre el hombre y Dios no se podía subsanar a menos que si hubiera sanado la que había entre hombre y hombre. Si una persona estaba haciendo una ofrenda por el pecado, por ejemplo, para expiar un robo, la ofrenda se creía que era totalmente ineficaz hasta que se hubiera restaurado la cosa robada; y si se descubría que la cosa robada no se había restaurado, entonces había que destruir el sacrificio como inmundo y quemarlo fuera del templo. Los judíos sabían muy bien que tenían qué hacer todo lo posible para arreglar las cosas a nivel humano antes de poder estar en paz con Dios.
En cierto sentido, el sacrificio era sustitutivo. El símbolo de esto era que, cuando la víctima estaba a punto de ser sacrificada, el adorador ponía sus manos sobre la cabeza del animal apretando bien hacia abajo, cómo para transferirle su propia culpa. Cuando lo hacía decía: “Te suplico, oh Dios; he pecado, he obrado perversamente, he sido rebelde; he cometido.. (aquí el oferente especificaba sus pecado) pero vuelvo en penitencia, y sea esto mi cobertura.”
Para que un sacrificio fuera válido, la confesión y la restauración tenían que estar implicadas. El cuadro que Jesús está pintando es muy gráfico. El adorador, desde luego, no hacía su propio sacrificio; se lo traía al sacerdote, que era él lo que ofrecía en su nombre. Un adorador ha entrado en el templo ha pasado por la serie de atrios: el atrio de los gentiles, el de las mujeres, el de los hombres. A continuación se encontraba el atrio de los sacerdotes, en el que no podían entrar los laicos. El adorador se queda a la verja, dispuesto a entregarle su víctima al sacerdote; pone las manos sobre el animal para hacer su confesión; y entonces acuerda que ha roto con su hermano, del mal que le ha hecho; si su sacrificio ha de ser válido, debe volver y arreglar la ofensa y restaurar el daño, o no servirá de nada.
Jesús deja bien claro este hecho fundamental: No podemos estar en paz con Dios, a menos que lo estemos con nuestros semejantes; no podemos esperar el perdón a menos que hayamos confesado nuestro pecado, no sólo a Dios, sino también a los hombres, y a menos que hayamos hecho todo lo posible para evitar sus consecuencias prácticas. Algunas veces nos preguntamos por qué hay una barrera entre nosotros y Dios; a veces nos preguntamos por qué nuestras oraciones parece que no sirven para nada. La razón podría ser muy bien que somos nosotros los que hemos levantado esa barrera al estar desavenidos con nuestros semejantes, o porque hemos ofendido a alguno y no hemos hecho nada para rectificar.
Hay quienes han malinterpretado esta porción y dicen que no vayas a orar que primero te reconcilies, pero la escritura dice, deja tu presente o deja tu ofrenda, es decir, ten una unión con el Nombre de Jesús y después en su Nombre ve con tu hermano, si vas en tu carne en lugar de solucionar, haces más grande el problema.
Dios está diciendo tu relación con tu hermano es parte de tu Adoración.
No se puede levantar manos limpias cuando el corazón está sucio y lleno de resentimiento.
Muchas oraciones no llegan a Dios porque hay paredes de división entre hermanos Dios no quiere corazones divididos.
La reconciliación trae bendición unidad y Gloria de Dios a la Iglesia.
La reconciliación trae bendición unidad y Gloria de Dios a la Iglesia.
Salmo 133:1–3
1¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es
Habitar los hermanos juntos en armonía!
Es como el buen óleo sobre la cabeza,
El cual desciende sobre la barba,
La barba de Aarón,
Y baja hasta el borde de sus vestiduras;
Como el rocío de Hermón,
Que desciende sobre los montes de Sion;
Porque allí envía Jehová bendición,
Y vida eterna.
El salmo dice: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!”. Cuando hay unidad, Dios envía bendición y vida eterna. Ningún avivamiento viene sobre una iglesia peleada donde están divididos se engrupitos unos contra otros cazando polémicas y ahí se estancan.
La reconciliación en el nombre de Jesús abre puertas espirituales para milagros crecimiento y paz.
Una iglesia reconciliada con Cristo y unos con otros se convierte en un receptor poderoso de la presencia de Dios y del Espíritu Santo, por esa razón, el enemigo está empeñado en desunir, en romper todo vínculo de amor y armonía entre cristianos y muchas veces lo logra.
Conclusión
Conclusión
¿Hay alguien en la iglesia a quien has evitado? ¿ Guardas rencor que aún no has entregado al Señor Jesucristo? ¿ Tienes palabras guardadas no dichas, disculpas no entregadas, heridas no sanadas?
La reconciliación comienza cuando uno dice: “Señor Jesucristo, sana mi corazón y dame la valentía de restaurar por el poder de tu Santo Nombre”
La reconciliación no es debilidad, es madurez espiritual. No es perder, es ganar libertad. No es desorden, es obediencia al Padre.
Cristo reconcilió lo imposible, es decir, un Dios santo conmigo un vil pecador que iba camino al infierno ¿No podrá él reconciliar dos hermanos en la misma iglesia?
¡Sí puede! Y quiere hacerlo hoy.
Que el Señor bendiga grandemente a esta su Iglesia.
