El ayuno

El Sermón del monte  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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La vida de piedad es un desafío y no solo por lo difícil que resulta para la carne, sino por lo tremendamente tentador que es practicarla solo de apariencia para ser alabados. De hecho, sabiendo eso, Dios parece haberla diseñado para que funcione solo si se practica en privado, es así y solo así que tiene recompensa.
Eso es lo que hemos estado viendo en las últimas semanas en el contexto del sermón del monte. Que los hijos del reino deben vivir con un estándar ético elevado, superior al de los escribas y fariseos que solo guardaban aspectos de la ley para ser vistos por los hombres; pero también, los hijos del reino deben vivir con un estándar de piedad superior, practicando las disciplinas espirituales para el Señor y no para los hombres.
Ya podemos ver lo que el Señor está atacando fundamentalmente en el sermón del monte: una vida de religión que se basa solo en lo externo, en máscaras, y está llamando a los hijos del rey a practicar una vida íntegra, genuina, en la que lo que se ve afuera es el reflejo de lo que está pasando adentro.
El amor a los enemigos,a la fidelidad, el perdón, la dependencia de Dios en oración, la práctica de la genuina misericordia, no son cosas que los hombres ven a simple vista, pero Dios sí las ve y ese es el fundamento de la verdadera piedad: que todo lo que hagamos lo hagamos para el Señor y no para los hombres.
En el pasaje que hoy nos compete, abordaremos la tercera práctica de piedad de este bloque de enseñanzas: el ayuno, una de las disciplinas espirituales más olvidadas, pero que refleja, al igual que la oración y la práctica de la misericordia, un corazón humilde que busca primero el favor de Dios antes que cualquier otra cosa.
Y yo espero que al terminar este sermón podamos tener claras al menos dos cosas: lo que el ayuno es y cómo espera Dios que lo practiquemos.
Si lo notan, este pasaje sigue el mismo patrón que las otras dos prácticas de piedad en las que el Señor aborda la enseñanza común pero equivocada de la práctica de piedad y luego presenta como contraste, la forma correcta de hacerlo y la recompensa que trae. Dicho de manera simple: esta es la disciplina espiritual que deben guardar, esto es lo que deben evitar y esto otro es lo que deben perseguir.
Y ese es precisamente el argumento que quiero presentarles.
Los ciudadanos del reino deben practicar el ayuno delante del Señor y no para ser vistos de los hombres.
Y desarrollaremos este argumento a la luz de los siguientes encabezados:
Lo que debemos evitar al ayunar
Lo que debemos perseguir al ayunar

Lo que debemos evitar al ayunar

En este pasaje el Señor no está presentando una definición exhaustiva del ayuno ni dando argumentos de por qué debe ser practicado. Las palabras "cuando ayunes" al igual que "cuando ores" o "cuando des limosna" parten de la presuposición de que es una práctica que se espera de los discípulos y por supuesto también de los ciudadanos del reino.
Pero antes de entrar en detalles sobre la forma, es importante entender algunas definiciones y también el por qué el Señor está haciendo esta advertencia acerca de lo que debemos evitar al practicarlo.
Lo primero es entender qué es el ayuno como era entendido por la audiencia del Señor Jesucristo.
Un comentarista define el ayuno como:
la abstinencia voluntaria de comida —y de la gratificación de otro apetito físico cualquiera— por razones religiosas
Los judíos tenían un ayuno establecido obligatorio al año, el del día de la expiación, según Levítico 16:29
"Y esto será para ustedes un estatuto perpetuo: en el mes séptimo, a los diez días del mes, humillarán sus almas y no harán obra alguna, ni el nativo ni el extranjero que reside entre ustedes."
La práctica de este ayuno estaba en afligir sus almas con el propósito de recordar el tiempo de angustia que tuvieron siendo esclavos y la liberación que el Señor trajo para llevarlos a la tierra prometida.
Desde entonces era la práctica común que el ayuno estuviera asociado mayormente al luto, la contrición y la humillación.
Incluso en los días del Señor todavía este ayuno seguía practicándose igualmente asociado al día de la expiación. Señala otro comentarista citando el Talmud, el libro de la tradición judía:
En el Día de la Expiación está prohibido comer, beber, bañarse, ungirse, llevar sandalias o practicar relaciones conyugales (William Barclay pg. 246)
Así es que es común ver en el Antiguo Testamento otros ayunos, estos voluntarios, asociados al luto, el dolor, la aflicción (Nehemías, Daniel, Ester, Joel, Josafat, Job etc).
Es como si el ayuno del día de la expiación hubiese marcado la pauta acerca del motivo.
Ahora bien, en los días de Jesús, los fariseos habían logrado establecer un sistema de ayunos que se había convertido en un departamento de relaciones públicas de espiritualidad.
Los días de ayuno, para el judío, eran el lunes y el jueves. Estos también eran los días de mercado, y en todos los pueblos y villorrios, y principalmente en la ciudad de Jerusalén, se congregaban enormes multitudes de personas que venían del campo. Los que ayunaban durante esos días, haciéndolo de manera ostentosa, contaban con más testigos que de costumbre. Allí se juntaban muchos para ver y admirar su piedad. Algunos se encargaban deliberadamente de que los demás no dejaran de darse cuenta de que estaban ayunando. Caminaban por las calles con el cabello deliberadamente despeinado y desordenado, con la ropa sucia y rota. Hasta llegaban al extremo de ponerse polvo blanco en la cara, para acentuar su palidez. Éste no era un acto de humildad; era un acto de orgullo y ostentación espiritual.
Ahora entendemos el lenguaje de aquel fariseo de Lucas que decía: ayuno dos veces por semana.
Es justo contra este tipo de hipocresía que el Señor levanta su voz.
Era un show de teatro en todo el sentido. Una actuación. Hacían lo posible por verse demacrados, solo con el propósito de que fueran vistos como personas piadosas.
Notemos que el Señor no se está oponiendo a la práctica del ayuno sino al hecho de usarlo como una forma de mostrarse como más espirituales que otros.
Toda práctica de disciplina espiritual que busque llamar la atención de los hombres sobre nuestra espiritualidad, es nula en su efecto de acercarnos al Señor.
La práctica del ayuno para el creyente de hoy debe estar anclada al mismo propósito que tuvo en principio: dolor por el pecado, contrición, arrepentimiento y buscar cercanía con el Señor al privarnos de cualquier forma de satisfacción.
La actitud hipócrita al respecto del ayuno es una tentación latente porque a todos nos gusta que se nos reconozca cuánto esfuerzo hacemos para nuestra santificación, pero si partimos del hecho de que nosotros debemos ser santos para Dios, es entonces a él y sólo a él a quien debemos agradar.
Aquí, tanto como en la oración y la práctica de misericordia, así como todos los aspectos éticos que ya abordamos en el capítulo 5, las motivaciones y el corazón importan.
Hay algo importante que no quiero pasar por alto justo antes de pasar al siguiente encabezado y es la relación entre las tres disciplinas que hemos visto: hacer misericordia, orar y ayunar y es que la práctica externa de ellas sin convicción del corazón, son un eco de las desviaciones del pueblo de Israel que también el profeta Isaías había condenado en el Antiguo Testamento.
Es como si el Señor les estuviera diciendo que su espiritualidad es como la de ese pueblo rebelde de los días anteriores a la cautividad, porque sus ayunos son solo de apariencia, sus oraciones no son escuchadas y oprimen al pobre:
"Con todo me buscan día tras día y se deleitan en conocer Mis caminos, como nación que hubiera hecho justicia, y no hubiera abandonado la ley de su Dios. Me piden juicios justos, se deleitan en la cercanía de Dios. Dicen: '¿Por qué hemos ayunado, y Tú no lo ves? ¿Por qué nos hemos humillado, y Tú no haces caso?'. Pero en el día de su ayuno buscan su conveniencia y oprimen a todos sus trabajadores. Ayunan para discusiones y riñas, y para herir con un puño malvado. No ayunen como hoy, para que se oiga en lo alto su voz. ¿Es ese el ayuno que Yo escogí para que un día se humille el hombre? ¿Es acaso para que incline su cabeza como un junco, y para que se acueste en cilicio y ceniza? ¿Llamarán a esto ayuno y día acepto al Señor? ¿No es este el ayuno que Yo escogí: Desatar las ligaduras de impiedad, soltar las coyundas del yugo, dejar ir libres a los oprimidos, y romper todo yugo? ¿No es para que compartas tu pan con el hambriento, y recibas en casa a los pobres sin hogar; para que cuando veas al desnudo lo cubras, y no te escondas de tu semejante? Entonces tu luz despuntará como la aurora, y tu recuperación brotará con rapidez. Delante de ti irá tu justicia; y la gloria del Señor será tu retaguardia. Entonces invocarás, y el Señor responderá; clamarás, y Él dirá: 'Aquí estoy'. Si quitas de en medio de ti el yugo, el amenazar con el dedo y el hablar iniquidad." (Isaías 58:2-9 NBLA)
Esta forma de ver el ayuno cambia por completo nuestra percepción ahora.
No hay ayuno sin contrición y arrepentimiento. No hay ayuno sin clamor y oración. No hay ayuno sin compasión por el necesitado.
Este texto entonces nos deja de cara con la siguiente cuestión y es ¿cómo se practica entonces el ayuno correctamente? Y esto nos conduce al siguiente encabezado:

Lo que debemos perseguir al ayunar

Habiendo visto lo que debemos evitar, pasamos ahora a considerar la forma correcta de practicar el ayuno. El contraste que el Señor establece es claro y directo:
"Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público." (Mt 6:17-18)
Este pasaje nos presenta tres aspectos fundamentales sobre la práctica correcta del ayuno que todo hijo del reino debe perseguir: la forma correcta de ayunar, el propósito correcto del ayuno y la recompensa prometida por el Padre. Examinemos cada uno de estos aspectos.

1. La práctica correcta del ayuno (v.17)

El Señor comienza con una instrucción que a primera vista puede parecer contraintuitiva: "unge tu cabeza y lava tu rostro". Esta instrucción representa un contraste radical con la práctica hipócrita de los fariseos que hemos visto anteriormente.
Ungir la cabeza y lavar el rostro eran señales de gozo y celebración en la cultura judía. En otras palabras, el Señor está llamando a sus discípulos a que cuando ayunen, su apariencia externa no refleje ninguna señal de que están practicando esta disciplina. Esto es importante: no se trata de fingir que no estamos ayunando, sino de no buscar que los hombres noten que lo estamos haciendo.
Notemos el contraste, los hipócritas demudan sus rostros, se ponen pálidos, desarreglan su cabello, todo con el propósito calculado de que la gente note su "espiritualidad". En cambio, el verdadero discípulo hace todo lo contrario: mantiene su apariencia normal, incluso festiva, porque el ayuno no es un espectáculo público sino un acto privado de adoración.
Esto nos enseña algo importante sobre todas las disciplinas espirituales: la normalidad externa es compatible con la intensidad interna. De hecho, es precisamente esa normalidad la que protege la autenticidad de nuestra devoción.
El ayuno genuino no busca impresionar a nadie, no necesita ser visto, no requiere reconocimiento público. Es un acto entre el alma y Dios, y por tanto, debe guardarse celosamente de la tentación de convertirlo en un medio para ganar la admiración de los hombres.

2. El propósito correcto del ayuno (v.18a)

El versículo 18 nos muestra  el propósito del ayuno: "para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto".
Aquí encontramos el corazón del asunto. El ayuno tiene una sola audiencia: Dios. No los hombres. No nuestra propia vanidad. No nuestro sentido de logro espiritual. Dios, y sólo Dios.
Esta es la razón por la cual el Señor insiste tanto en el carácter secreto de la práctica. No porque el ayuno sea algo vergonzoso o porque debamos esconderlo como si fuera pecado, sino porque el propósito mismo del ayuno demanda privacidad. El ayuno es un acto de adoración intensamente personal dirigido al Padre.
Ahora bien, es importante que entendamos qué tipo de ayuno es el que agrada a Dios. Ya hemos visto en Isaías 58 que el ayuno sin obras de justicia y compasión es vacío. Pero también debemos entender los propósitos legítimos por los cuales un creyente puede ayunar. Los cuales pueden contemplar: búsqueda de dirección, mortificar el pecado, acercarse más a Dios en una búsqueda intensa. 
Pero hay algo más que debemos considerar, algo que distingue el ayuno del Nuevo Testamento del ayuno del Antiguo. El ayuno cristiano no es primordialmente un acto de lamento o dolor, aunque puede incluir estos elementos. El ayuno cristiano es fundamentalmente un acto de anhelo.
Recordemos las palabras del Señor en Mateo 9:15:
"¿Acaso los acompañantes del novio pueden estar de luto mientras el novio está con ellos? Pero vendrán días cuando el novio les será quitado, y entonces ayunarán."
El Esposo ha sido quitado. Cristo ha ascendido al cielo. Y aunque tenemos su Espíritu con nosotros, aún no lo hemos visto cara a cara. El ayuno cristiano es, por tanto, una expresión de nuestro anhelo por la presencia plena del Esposo. Es como si dijéramos: "Hemos probado de tu bondad, Señor, y no podemos estar satisfechos hasta que te veamos en toda tu gloria".
John Piper lo expresa magistralmente cuando dice:
"Hemos saboreado los poderes de la era por venir y nuestro ayuno no es porque tengamos hambre de algo que no hemos experimentado, sino porque el vino nuevo de la presencia de Cristo es tan real y tan grato. Debemos de tener todo aquello que es posible tener. La novedad de nuestro ayuno es que: Su intensidad viene no porque hayamos probado el vino de la presencia de Cristo, sino por haberlo saboreado tan maravillosamente por su Espíritu, y no podemos ahora ser satisfechos hasta que la consumación del gozo arribe."
No ayunamos porque estamos tristes, sino porque hemos probado algo tan glorioso que no podemos conformarnos con menos. Ayunamos porque tenemos hambre de toda la llenura de Dios (Ef 3:19), provocada por el aroma del amor de Jesús y el sabor de las bondades de Dios en el evangelio de Cristo.
Esta es la diferencia entre el ayuno ascético de otras religiones y el ayuno cristiano. El asceta ayuna para purificarse a sí mismo, para alcanzar algún estado de perfección espiritual por sus propios méritos. El cristiano ayuna porque ya ha sido purificado por la sangre de Cristo, y ese conocimiento crea en él un deseo insaciable por más de Dios.
Por tanto, cuando ayunemos, debemos hacerlo con esta conciencia: no estamos tratando de ganar el favor de Dios, sino expresando nuestro anhelo por aquel que ya nos ha favorecido en Cristo. No estamos pagando por nuestros pecados, sino humillándonos bajo el peso de ellos mientras descansamos en la suficiencia de la cruz. No estamos impresionando a los hombres, sino adorando al Padre en secreto.
3. La recompensa prometida (v.18b)
Finalmente, el Señor cierra esta enseñanza con una promesa gloriosa: "y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público".
Aqui hay algunas cosas a considerar que funcionan como estímulo para la práctica del ayuno.
Primero, Dios ve. Aunque los hombres no vean nuestro ayuno, aunque nadie sepa que estamos ayunando, Dios lo ve. Nada de lo que hacemos en secreto para él queda oculto a sus ojos. Él ve la motivación del corazón, ve el esfuerzo de la carne, ve el anhelo del alma. Y eso es suficiente.
Esta es una verdad tremendamente liberadora. Significa que no necesitamos la validación de los hombres. No necesitamos que otros reconozcan nuestra espiritualidad. El único reconocimiento que importa es el de aquel ante cuyos ojos todas las cosas están desnudas y abiertas (Heb 4:13).
Segundo, Dios recompensa. El ayuno genuino no queda sin respuesta. Dios no es un deudor de nadie. Aquello que se hace para él, motivado por amor a él, buscando su gloria y no la nuestra, será recompensado por él.
¿Cuál es esa recompensa? El texto no lo especifica en detalle, y es sabio de nuestra parte no especular demasiado. Pero podemos estar seguros de esto: la mayor recompensa que Dios puede darnos al ayunar es más de Sí mismo. Una intimidad más profunda con él. Un conocimiento más claro de su gloria. Una experiencia más rica de su amor. Una conformidad más completa a la imagen de Su Hijo.
Tercero, la recompensa será pública. Lo que el Señor está diciendo es que aunque el ayuno se practica en secreto, sus efectos se manifestarán públicamente.
Un creyente que ayuna en secreto buscando a Dios desarrollará un carácter que se notará públicamente. Habrá mayor dominio propio, mayor sensibilidad espiritual, mayor humildad, mayor hambre por la Palabra de Dios, mayor amor por Cristo. Y estas cosas no pueden ocultarse. La luz no puede esconderse bajo un almud.
Además, debemos recordar que hay un día venidero en el que todo lo oculto será revelado (Lc 12:2-3). En ese día, todo acto de adoración sincera, todo sacrificio hecho en secreto, toda disciplina practicada fielmente, será conocido y recompensado por el Señor delante de todos.
Los hipócritas ya recibieron su recompensa: los aplausos de los hombres que ya se olvidaron. Pero el verdadero discípulo recibirá una recompensa eterna del Padre que nunca olvida.
Hermanos, el ayuno no es una práctica opcional en la vida del cristiano, aunque tampoco es un mandamiento legal. Es una disciplina espiritual que el Señor espera de sus discípulos, practicada correctamente, con los motivos correctos y esperando la recompensa correcta.
El ayuno correcto se practica en secreto, con apariencia normal pero con intensidad interna. Se dirige al Padre, no a los hombres. Y busca tres cosas fundamentales: dominar la carne, intensificar la oración y humillarnos ante Dios. Pero sobre todo, el ayuno cristiano es una expresión de nuestro anhelo insaciable por la presencia plena del Esposo que nos amó y se entregó por nosotros.
¿Cómo está tu apetito por Dios? ¿Has probado su bondad de tal manera que nada en este mundo te satisface? ¿Anhelas más de él?
Que el Señor nos conceda la gracia de ser un pueblo que no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Que seamos una iglesia que sabe ayunar, no para impresionar a los hombres, sino para buscar la gloria de Dios en secreto, confiando en que nuestro Padre que ve en lo secreto nos recompensará.
Porque al final, lo que perseguimos no es el reconocimiento de los hombres ni la perfección por nuestras obras, sino más de aquel que es nuestra vida, nuestra alegría y nuestra corona eterna: Cristo Jesús, nuestro Señor. Amén.
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