Una fe justa

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Isaiah 42:1–9 NVI
1 »Este es mi siervo, a quien sostengo, mi escogido, en quien me deleito; sobre él he puesto mi Espíritu y llevará justicia a las naciones. 2 No clamará, ni gritará, ni alzará su voz en las calles. 3 No acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que apenas arde. Con fidelidad hará justicia; 4 no vacilará ni se desanimará hasta implantar la justicia en la tierra. En su enseñanza las costas lejanas pondrán su esperanza». 5 Así dice Dios el Señor, el que creó y desplegó los cielos; el que expandió la tierra y todo lo que ella produce; el que da aliento al pueblo que la habita y vida a los que en ella se mueven: 6 «Yo, el Señor, te he llamado en justicia; te tomaré de la mano. Yo te preservaré, yo te constituiré como pacto para el pueblo, como luz para las naciones, 7 para abrir los ojos de los ciegos, para librar de la cárcel a los presos y del calabozo a los que habitan en tinieblas. 8 »Yo soy el Señor; ¡ese es mi nombre! No entrego a otros mi gloria ni mi alabanza a los ídolos. 9 Las cosas pasadas se han cumplido y ahora anuncio cosas nuevas; las anuncio antes que sucedan».
Matthew 3:13–17 NVI
13 Un día Jesús fue de Galilea al Jordán para que Juan lo bautizara. 14 Pero Juan trató de disuadirlo. —Yo soy el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? —objetó. 15 —Hagámoslo como te digo, pues nos conviene cumplir con lo que es justo —contestó Jesús. Entonces Juan consintió. 16 Tan pronto como Jesús fue bautizado, subió del agua. En ese momento se abrió el cielo y vio al Espíritu de Dios bajar como una paloma y posarse sobre él. 17 Y una voz desde el cielo decía: «Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él».

Introducción

Hoy recordamos el Bautismo del Señor. Las lecturas bíblicas que hemos escuchado nos presentan dos realidades profundamente conectadas: en el evangelio, el acontecimiento mismo del bautismo de Jesús; y en Isaías, la descripción del «siervo del Señor», escogido por Dios para traer liberación al pueblo oprimido. El texto del profeta nos ofrece luces sobre la promesa del Salvador, una promesa que se encarna plenamente en Cristo Jesús.
Recordar el Bautismo del Señor debe llevarnos inevitablemente a recordar nuestro propio bautismo. Los creyentes hemos pasado por las aguas confesando a Cristo como Señor y Salvador. Desde la tradición presbiteriana, entendemos el bautismo como signo y sello de nuestra incorporación a Jesucristo, que proclama y confirma lo que anuncia la Palabra: la gracia redentora de Dios ofrecida a todas las personas (Libro de Orden, W-3.0402).
En ese sentido, la Escritura nos presenta el bautismo de Jesús como referencia y llamado para nosotros. En la gran comisión, hacer discípulos está inseparablemente ligado a enseñar y bautizar; por eso, el bautismo es también una respuesta concreta de conversión y compromiso con Cristo. Al mismo tiempo, el bautismo que recibe Jesús es el bautismo predicado por Juan el Bautista, quien prepara el camino del Señor llamando al pueblo al arrepentimiento.
Este bautismo es una preparación para acoger la gracia de Dios, y a él se somete Jesús. El evangelio nos narra el diálogo entre Jesús y Juan, donde Jesús apela a la justicia: «conviene cumplir con lo que es justo». A estas palabras sigue el bautismo y la epifanía que revela su identidad: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia».
El punto de conexión entre el evangelio y el texto de Isaías se encuentra precisamente en el término justicia. Jesús afirma la necesidad de cumplir lo que es justo, mientras que Isaías describe al siervo del Señor como aquel que traerá justicia con fidelidad.
Estos elementos nos invitan a reflexionar sobre lo que significa vivir una fe justa y a reconocer que el bautismo de Jesús es también un llamado a la justicia, de tal manera que nuestro propio bautismo tiene implicaciones profundas para el camino de nuestra conversión y para la forma en que vivimos nuestra fe en el mundo.
En el bautismo Jesús no bajaba a las aguas en busca de arrepentimiento sino de identificación con la humanidad, veamos dos aspectos que construyen una fe justa:

1. Justicia como acto de obediencia y servicio

Los textos nos muestran que la justicia se vive primero como obediencia a Dios. Isaías habla del «siervo del Señor», expresión que hoy solemos magnificar, interpretando al siervo como alguien que dirige y acompaña procesos de fe. Con frecuencia, esto ha dado lugar a una cultura de adulación.
Sin embargo, la palabra hebrea ebed significa “siervo” o “esclavo”, lo que introduce la paradoja de la profecía: un esclavo liberará al pueblo. No es un rey, sino un siervo, elegido para cumplir la voluntad de Dios y traer justicia. La justicia que Isaías describe no se administra desde arriba, sino que se ejerce desde la humildad y el servicio, actuando con fidelidad y entrega.
Del otro lado, Mateo nos muestra a Jesús sometiéndose al bautismo de Juan. Jesús desciende voluntariamente al Jordán para cumplir lo que es justo, enseñándonos que hacer justicia implica bajar de nuestra posición, obedecer y cumplir la misión que Dios nos ha dado.
Para nosotros, vivir una fe justa significa obedecer a Dios y actuar con justicia, reconociendo nuestro lugar en la comunidad. La vida de fe nos llama a trabajar juntos, no para figurar, sino para que Dios sea glorificado y su justicia se haga visible en nuestro entorno.

2. Justicia como acto de ternura y humildad

Isaías 42 forma parte del bloque conocido como el Segundo Isaías, donde Dios promete salvación a un pueblo humillado y oprimido. Esta promesa está vinculada con la justicia que Dios desea traer. El Siervo del Señor es aquel que, lleno del Espíritu de Dios, trabajará para implantar la justicia en la tierra.
Contrario a la idea común de quien administra justicia imponiendo su voluntad o alzando la voz, Isaías describe al siervo:
Isaiah 42:2–3 NVI
2 No clamará, ni gritará, ni alzará su voz en las calles. 3 No acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que apenas arde. Con fidelidad hará justicia;
La justicia que hace este siervo es humilde y tierna: no busca protagonismo, no destruye lo débil, sino que acompaña y sostiene. Jesús encarna esta justicia al bajar al Jordán para ser bautizado y al tratar con ternura a quienes encuentra en su camino, incluidos los marginados y vulnerables.
La justicia como acto de ternura ilumina la oscuridad de los corazones y abre los ojos de los que están presos en sus pensamientos. Su motor es el amor: un amor capaz de comprender la infelicidad y la necesidad de esperanza de los demás.
No podemos cambiar todas las injusticias del mundo, pero sí podemos ser empáticos, acompañar a quienes sufren y actuar con compasión. Así, como Jesús, nos acercamos a quienes viven oprimidos, y en humildad contribuimos a que la justicia de Dios se haga presente.

Conclusión

El bautismo nos recibe en la familia de Dios y nos llama a vivir nuestra fe en acción. Una fe justa implica obedecer a Dios, actuar con humildad y ejercitar la ternura. Como siervos del Señor, estamos llamados a reparar daños, proteger lo frágil y abrir los ojos de quienes viven en desesperanza. Así, reflejamos a Cristo en la tierra y contribuimos a construir una comunidad justa y compasiva.
Por su parte, la lectura de Mateo termina con la afirmación de Dios: «Este es mi hijo amado en quien tengo complacencia», un hijo que es siervo y que nos enseña que a través de esa justicia, obediente, humilde y tierna, también nosotros podemos complacer a Dios.
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