Consagrados, no conformados

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Romanos 12:1-2

Tras concluir once capítulos de enseñanza profunda y apasionante acerca de lo que Dios ha dado a los creyentes, Pablo ahora encarga a estos creyentes todo lo que necesitan darle a Dios.
Existen miles de personas en la actualidad, incluyendo muchos cristianos genuinos, que asisten en masa a diversas iglesias, seminarios y conferencias en busca de múltiples beneficios personales a nivel práctico, emocional y espiritual que tienen la esperanza de recibir.
Hacen exactamente lo opuesto a lo que Pablo subraya con tanta claridad en Romanos 12:1-2. En esta exhortación llena de fuerza y compasión, el apóstol no se enfoca en qué otras cosas necesitamos recibir de Dios, sino en lo que debemos darle. La clave de una vida cristiana productiva y satisfactoria no se encuentra en conseguir más sino en darlo todo.
Jesús dijo: "Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren" (In. 4:23). Dios se entregó a sí mismo por nosotros a fin de que nosotros pudiésemos entregarnos nosotros mismos a Él. Pablo derme a los cristianos como "aquellos que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne" (Fil. 3:3)
Nuestro llamado supremo es servir a Dios con todo nuestro ser, y de manera preeminente en la adoración. El escritor de Hebreos nos insta que "ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él [Cristo], sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre" (He. 13:15).
Trágicamente, eso está muy lejos de la manera común en que muchos creyentes procuran hoy día encontrar la clave de la vida abundante. Algunos dicen que la victoria en la vida cristiana depende de tener más de Dios y recibir cosas de Dios, aunque lo cierto es que el "Padre de nuestro SeñorJesucristo [ya] nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo" (Ef. 1:3)
Además, nosotros ya tenemos en Cristo "todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento", de manera pues que en Él ya "estamos completos" (Col. 2:3, 10).
Pedro dijo que en el conocimiento verdadero de Cristo que lleva a la salvación, tenemos “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad" (2 P. 1:3). Además contamos con la enseñanza continua de la verdad por parte del Espíritu Santo, cuya unción según nos dice Juan, nos "enseña todas las cosas" (1 Jn. 2:27).
Por lo tanto, en el sentido más profundo y eterno, no podemos obtener más de Dios que lo que ya poseemos.
Sin embargo, resulta más que obvio que la mayoría de nosotros no tenemos la plenitud de gozo que esta plenitud de bendición debería traer. El gozo y la satisfacción por los que tantos cristianos están luchando en vano pueden tenerse únicamente cuando rendimos de regreso al Señor todo lo que Él ya nos ha dado, incluyendo lo más profundo de nuestro ser. El primer y más grande mandamiento es el que Jesús dijo que siempre ha sido: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente" (Mt. 22:37; cp. Dt. 6:5).
Conságrate por las misericordias de Dios (v.1a)
Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios
Pablo está hablando como un exhortador o consejero humano a sus hermanos cristianos en Roma. Su amonestación es un mandato que lleva todo el peso de su apostolado. Su cumplimiento no es opcional, pero él de todas maneras quería ponerse al lado de esos hermanos como un compañero en la fe, a fin de animarles en amor a cumplir lo que ya era el verdadero deseo interno y la inclinación de sus corazones nuevos: dedicarse a sí mismos sin reservas al Señor, quien los había redimido.
El mandato afable [os ruego] que Pablo procede a dar puede ser obedecido únicamente por hermanos en la fe, aquellos que ya pertenecen a la familia de Dios. Ninguna otra ofrenda es aceptable a Dios a no ser que primero le hayamos ofrecido nuestras almas. Para los cristianos, ese primer elemento del "sacrificio vivo, santo, agradable a Dios" ya ha sido presentado ante Él.
La única manera como llegamos a estar en capacidad y adquirimos el deseo genuino de glorificar al Señor es que hayamos sido salvados por las misericordias de Dios.
Las misericordias de Dios de que Pablo habla aquí incluyen las muchas bendiciones gratuitas o dones de gracia que él ha discutido en los primeros once capítulos de Romanos
Las misericordias de Dios se reflejan en su poder de salvación (1:16) y en su gran bondad hacia quienes Él salva (2:4; 11:22). Sus misericordias en Cristo nos traen el perdón y la propiciación de nuestros pecados ante Él
Hemos recibido las misericordias de llegar a ser hijos de Dios (8:14-17) y recibir al Espíritu Santo, quien mora en nosotros personalmente (8:9, 11), quien intercede por nosotros (8:26), y a través de quien "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones" (5:5). En Cristo también hemos recibido las misericordias de la fe (mencionada treinta veces en Romanos 1-11), la paz (1:7; 2:10; 5:1; 8:6), la esperanza (5:2; 20, 24).
Las misericordias de Dios incluyen su justicia que imparte en nosotros (3:21-22; 4:6, 11, 13; 5:17, 19,21; etc.) e incluso su gloria que refleja en nosotros (2:10; 5:2; 8: 18; 9:23), también honra (2: 10; cp. 9:21). Por supuesto, las misericordias de Dios incluyen su misericordia soberana (9:15-16, 18; 11:30-32).
El motivo que más constriñe al creyente a vivir en fidelidad y obediencia no debería ser la amenaza de disciplina o la pérdida de recompensas, sino la gratitud rebosante e incesante por las misericordias de Dios.
2. Consagra tu cuerpo (v.1b)
Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional
En la Septuaginta (Antiguo Testamento en griego), la expresión pariste mi (presentar) se empleaba con frecuencia como un término técnico para aludir al acto realizado por un sacerdote cuando colocaba una ofrenda sobre el altar. Por lo tanto, transmitía la idea general de rendir o entregar. Como miembros del “sacerdocio santo" de Dios en la actualidad (1 P. 2:5), los cristianos son exhortados a ejecutar lo que en esencia es un acto sacerdotal de adoración. Puesto que el verbo está en modo imperativo, la exhortación tiene el peso de un mandato.
Lo primero que somos ordenados a presentar a Dios son nuestros cuerpos. Como nuestras almas pertenecen a Dios mediante la salvación, Él ya ha recibido al hombre interior; pero Él también quiere al hombre exterior dentro del cual habita el hombre interior.
Pablo nos muestra algunos aspectos de esta grave realidad en su propia experiencia: "Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado [o descalificado]" (1 Co. 9:27). A fin de mantener una vida y testimonio santos y poder ministrar con eficacia, aun el gran apóstol tuvo que realizar grandes y continuos esfuerzos para controlar su parte humana y pecaminosa que de manera persistente buscaba gobernar y corromper su vida y su obra para el Señor.
La Biblia enseña con claridad que Dios creó el cuerpo como algo bueno (Génesis), y que a pesar de su corrupción continua por el pecado, los cuerpos de las almas redimidas un día serán también redimidos y santificados. Incluso ahora mientras aguardamos ese día, nuestros cuerpos pueden y deben ser hechos esclavos que se someten al poder de nuestras almas redimidas.
Así como nuestras almas, el Señor creó nuestros cuerpos para Él, y en esta vida Él no puede obrar por medio de nosotros sin hacerlo de alguna manera a través de nuestros cuerpos. Si hablamos en su nombre, debe ser con nuestras bocas. Si leemos su Palabra, debe ser con nuestros ojos (o las manos para quienes son ciegos). Si escuchamos su Palabra tiene que ser por medio de nuestros oídos.
Si vamos a hacer su obra, debemos usar nuestros pies, y si ayudamos a otros en su nombre, debe ser con nuestras manos. Si pensamos para Él, debe ser con nuestras mentes, las cuales residen ahora en nuestros cuerpos. La santificación y la vida en santidad no pueden hacerse realidad aparte de nuestros cuerpos.
Por esa razón Pablo oró: "Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo" (1 Ts. 5:23).
Es debido a que nuestros cuerpos aún no han sido redimidos que deben ser objeto de una rendición continua al Señor. Fue por esa razón que Pablo advirtió:
"No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis en sus concupiscencias" (Ro. 6:12).
Bajo el control de Dios, nuestros cuerpos no redimidos pueden y deben convertirse en instrumentos de justicia.
Pablo hizo esta pregunta retórica a los creyentes de Corinto: "¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?" (1 Co. 6:19).
En otras palabras, inuestros cuerpos no redimidos son el hogar temporal de Dios! Es debido a que nuestros cuerpos aún son mortales y pecaminosos que "nosotros mismos, que tenemos las primicias el Espíritu, también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo" (Ro. 8:23).
El sacrificio vivo que debemos ofrecer al Señor que murió por nosotros es la disposición voluntaria a rendirle todas nuestras esperanzas, planes, y todo lo que es valioso para nosotros, todo lo que tiene importancia humana para nosotros, todo lo que nos hace sentir realizados. Al igual que Pablo, en ese sentido deberíamos ser capaces de decir "cada día muero" (1 Co. 15:31), porque para nosotros "el vivir es Cristo" (Fil. 1:21).
David Livingstone, el misionero noble y renombrado del continente africano,
escribió en su diario:
La gente habla mucho acerca del sacrificio que hice por pasar gran parte de mi vida en África. ¿Puede llamarse sacrificio a algo que no pasa de ser el pago de una mínima parte de la deuda infinita para con nuestro Dios, la cual nunca podremos pagar? ¿Acaso es sacrificio aquello que genera su propia recompensa en una vida activa y saludable, la conciencia de hacer el bien, paz mental y la esperanza radiante de un destino glorioso de aquí en adelante? … me aparto de tal palabra, de tal manera de ver las cosas, ¡de siquiera concebirlo! Soy enfático al decir que no fue un sacrificio en absoluto.
Digo más bien que es un privilegio. Es posible que la ansiedad, la enfermedad, el sufrimiento o el peligro aquÍ y allá, combinados con las conveniencias y caridades comunes de esta vida, nos distraigan con ciertas pausas y causen algo de conmoción en nuestro espíritu; pero tales cosas no duran más que un momento y son como nada cuando se comparan con la gloria que será revelada en y para nosotros. Yo nunca hice un sacrificio. En tales términos jamás deberíamos hablar si es que recordamos el gran sacrificio hecho por Cristo, quien dejó el trono de su Padre en las alturas para entregarse a sí mismo por nosotros.
Así como el adorador que debía presentarse ante Dios "limpio de manos y puro de corazón" (Sal. 24:4), el ofrecimiento que un cristiano hace de su cuerpo no solo debe ser un sacrificio vivo, sino también santo.
Lo triste es que así como en el tiempo de Malaquías, muchas personas en la actualidad solo están dispuestas a darle a Dios lo que les sobra y significa poco para ellas, que de hecho significa aun menos para Él.
Solo un sacrificio vivo y santo, la entrega de nosotros mismos y lo mejor que tenemos, es lo que resulta agradable a Dios. Esa es la única forma en que podemos darle nuestro culto racional y espiritual verdadero.
3. Consagra tu mente (v.2a)
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento
El mandato afable pero firme de Pablo es que no permitamos que seamos conformados a este siglo (mundo). No debemos adquirir la forma de una persona del mundo, por ninguna razón. J. B. Phillips traduce esta frase de la siguiente manera:
"No permitan que el mundo que los rodea se las arregle para meterlos a la fuerza ensu propio molde".
No debemos seguir el patrón o dejar que se nos imponga el patrón establecido por el espíritu que opera en los hijos de desobediencia. Nunca debemos convertirnos en víctimas del mundo. No debemos permitir que seamos modelados conforme al tiempo maligno en que vivimos en el presente.
No es poco común que los incrédulos se pongan máscara de cristianos. Lo triste es que también es muy común que los cristianos se pongan las máscaras del mundo. Quieren disfrutar las diversiones del mundo, las modas del mundo, el vocabulario del mundo, la música del mundo, y muchas de las actitudes del mundo, aun cuando es claro que esas cosas no se conforman a los estándares de la Palabra de Dios. Esa clase de vida es del todo inaceptable para Dios.
El mundo es un instrumento de Satanás, y su influencia impía es pandémica. Esto se puede ver en el espíritu de rebelión y orgullo, las mentiras, el error y la propagación rápida de religiones falsas, en especial aquellas que promueven el yo y se agrupan bajo la amplia sombrilla de la "nueva era". Juan escribió hace casi dos mil años: "Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno" (lJn. 5:19). La evidencia es rotunda, todavía lo está.
En lugar de esto, Pablo prosigue a decir, los cristianos deben acatar el mandato de transformaos. El verbo griego (metamorphoo) denota un cambio en la apariencia externa, y es el término del cual se deriva la palabra metamorfosis.
Mateo empleó la palabra cuando describió la transfiguración de Jesús. Cuando “se transfiguró [metamorphothee] delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz" (Mt. 17:2), la naturaleza y la gloria internas de Cristo como Dios fueron manifestadas exteriormente por un breve tiempo y a un grado limitado. Nuestra naturaleza interna redimida también debe manifestarse en lo externo, pero de una manera tan completa y continua como sea posible en nuestra vida diaria.
El Espíritu Santo logra esta transformación por medio de la renovación del entendimiento, un tema esencial y reiterado del Nuevo Testamento. La transformación externa es efectuada por un cambio interno en la mente, y el medio que aplica el Espíritu para transformar nuestras mentes es la Palabra. David testificó: "En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti" (Sal. 119:11). La misma Palabra de Dios es el instrumento que su propio Espíritu Santo usa para renovar nuestras mentes, las cuales a su vez Él utiliza para transformar nuestra manera de vivir.
Solo la mente que es renovada constantemente por el Espíritu de Dios obrando a través de la Palabra de Dios es agradable a Dios. Solo una mente así está en capacidad de hacer de nuestra vida un "sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es [nuestro] culto racional".
4. Consagra tu voluntad (v.2b)
para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta
Cuando la mente de un creyente es transformada, su capacidad para pensar, su razonamiento moral y su entendimiento espiritual están en capacidad de evaluar todas las cosas como es debido, y de aceptar únicamente lo que se conforma a la voluntad de Dios. Podemos en nuestra vida comprobar cuál [es] la voluntad de Dios solo cuando hacemos las cosas que son buenas, agradables y perfectas para Él.
Nuestras voluntades deben desear solo aquello que Dios desea y llevarnos a hacer solo aquello que Él quiere que hagamos de la manera que Él quiere que sea hecho, de acuerdo a su voluntad y por su poder. Nuestras voluntades imperfectas siempre deben someterse a su voluntad perfecta.
Una mente transformada produce una voluntad transformada, de tal manera que contamos con el deseo y la capacidad, con la ayuda del Espíritu, para poner a un lado nuestros planes y aceptar en plena confianza los de Dios, sin importar cuál sea el costo. Esta rendición continua incluye el fuerte deseo de conocer mejor a Dios y seguir su propósito para nuestra vida.
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