Santiago 3: 14-16 La sabiduría que Dios no reconoce
Epistola de Santiago • Sermon • Submitted • Presented
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14Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad;
15porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica.
16Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.
Stg 3:14–16.
Introducción: La pregunta que Santiago nos obliga a enfrentar
Introducción: La pregunta que Santiago nos obliga a enfrentar
Hay preguntas en la Escritura que no buscan información, sino confrontación. Santiago comienza esta sección con una de ellas:
“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?” (Stg 3:13).
No es una pregunta neutra. No es un llamado a levantar la mano. Es una pregunta que expone. Santiago no está interesado en títulos, reputaciones ni cargos visibles; él quiere saber si existe una sabiduría real, auténtica, que pueda ser probada por sus frutos.
Este enfoque es consistente con todo el desarrollo del pasaje que va desde Santiago 3:13 hasta 4:12 donde se destaca que Santiago no habla de la sabiduría como una idea teórica, sino como algo que se demuestra en la manera de vivir.
Aquí Santiago se coloca en la tradición profética del Antiguo Testamento: la sabiduría verdadera no se demuestra por discurso, sino por vida. No se prueba por lo que uno afirma creer, sino por cómo uno vive delante de Dios y de los demás.
La Escritura confirma este principio en Proverbios 9:10:
“El temor del Señor es el principio de la sabiduría...”
Si no hay temor de Dios, no importa cuán sofisticado sea el lenguaje: no hay sabiduría bíblica.
El contexto inmediato: una iglesia fragmentada
El contexto inmediato: una iglesia fragmentada
El problema que enfrenta Santiago es que la iglesia está siendo afectada por tensiones internas, rivalidades y disputas que no provienen de diferencias doctrinales legítimas, sino de motivaciones corruptas del corazón
Santiago identifica dos pecados específicos que actúan como raíz del conflicto:
“celos amargos”
“contención”
Ambos están localizados explícitamente “en vuestro corazón” (Stg 3:14). Este detalle no es menor. El autor no acusa a las circunstancias, ni a factores externos, ni siquiera a persecución; él señala el centro moral del ser humano. Santiago no permite que el creyente se excuse en el entorno: el problema nace desde adentro.
Este énfasis armoniza perfectamente con la enseñanza de Cristo en Marcos 7:21–23, donde el Señor declara que del corazón proceden los malos pensamientos, las envidias y las soberbias. Santiago no está innovando; está aplicando fielmente la enseñanza de su Señor.
Falsa sabiduría: cuando el pecado se disfraza de virtud
Falsa sabiduría: cuando el pecado se disfraza de virtud
Santiago no condena simplemente el “celo”, sino el ζῆλος πικρός (zēlos pikrós), es decir, un celo amargo, corrosivo, resentido.
El celo, en sí mismo, puede ser virtuoso. La Escritura habla positivamente del celo del Señor (Jn 2:17). Sin embargo, cuando el celo nace del orgullo herido y no del amor por la gloria de Dios, se convierte en una fuerza destructiva. Este celo no busca edificar, sino imponerse; no busca la verdad, sino la victoria personal.
Aquí es donde Santiago introduce una advertencia severa:
“...no os jactéis, ni mintáis contra la verdad” (Stg 3:14).
Esta jactancia no es solo verbal; es existencial. Es vivir como si Dios aprobara actitudes que Él, en realidad, aborrece. La mentira contra la verdad no es solo doctrinal; es una incoherencia moral. Esta “mentira” consiste en presentarse como sabio mientras se vive gobernado por pasiones o motivaciones carnales.
La Escritura respalda esta acusación en Jeremías 9:23–24, donde el Señor declara que no se gloría en la sabiduría humana, sino en el conocimiento verdadero de Él.
Ambición egoísta: el espíritu partidista dentro de la iglesia
Ambición egoísta: el espíritu partidista dentro de la iglesia
El segundo pecado identificado es la ἐριθεία (eritheía), que en nuestra version RV60 se escribe comoo “contencion” pero una traducion mas correcta sería “ambición egoísta”, o como lo traduce la NBLA “ambicion personal”. Este término describe una actitud competitiva, propia de quien busca seguidores, reconocimiento o supremacía personal, incluso dentro del contexto de la iglesia.
No se trata simplemente de deseos de superación, sino de una disposición interna que fractura la comunión. Este pecado transforma la iglesia en un campo de rivalidades, donde la verdad deja de ser el fin último y se convierte en un instrumento para el ego.
El apóstol Pablo condena esta misma actitud en Filipenses 2:3:
“Nada hagáis por contienda o por vanagloria.”
La conexión entre Pablo y Santiago es evidente: ambos reconocen que la ambición egoísta es incompatible con la vida cristiana auténtica.
Hasta aquí, Santiago ha dejado claro un principio ineludible: no toda sabiduría que se proclama como cristiana proviene de Dios. Existe una sabiduría que habla de Dios, pero no se somete a Dios; que usa lenguaje espiritual, pero nace de un corazón carnal.
Esta sabiduría falsa no es neutral: produce división, orgullo y engaño espiritual. El peligro no está solo en el error doctrinal, sino en la corrupción moral que se presenta como piedad.
La Escritura es categórica:
“Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Pr 14:12).
El origen de la falsa sabiduría y su carácter esencial
El origen de la falsa sabiduría y su carácter esencial
La necesidad de discernir el origen de la sabiduría
La necesidad de discernir el origen de la sabiduría
Después de diagnosticar el problema del corazón humano (los celos amargos y la ambición egoísta) Santiago avanza un paso más profundo. No se conforma con describir el síntoma; ahora expone la fuente. En Santiago 3:15 leemos:
“Porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica”.
Esta afirmación es una de las más severas del Nuevo Testamento respecto a la falsa espiritualidad. Santiago no deja espacio para la neutralidad. O la sabiduría proviene de Dios, o proviene de otro lugar. Y ese “otro lugar” no es benigno.
Santiago utiliza tres calificativos progresivos (terrenal, animal y diabólica) para describir una misma sabiduría, mostrando su verdadera naturaleza y profundidad corrupta
La Escritura respalda esta necesidad de discernimiento en 1 Corintios 2:14, donde Pablo afirma que el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios. La fuente determina el fruto.
El contraste es claro. Si Pablo habla del hombre natural que no puede comprender lo espiritual, y Santiago les habla a creyentes que sí pueden hacerlo porque tienen al Espíritu Santo, entonces entendemos que el error no es por falta de capacidad, sino por una decisión voluntaria de dejarse llevar por el egoísmo y la carnalidad.
“No desciende de lo alto”: una negación categórica
“No desciende de lo alto”: una negación categórica
Santiago comienza con una negación absoluta: esta sabiduría “no desciende de lo alto”. Esta expresión conecta directamente con la descripción posterior de la verdadera sabiduría en Santiago 3:17, la cual sí es “de lo alto”.
El contraste es deliberado. Santiago quiere que el lector entienda que el problema no es simplemente una versión imperfecta de la sabiduría divina, sino una falsificación completa. Esta sabiduría pretende autoridad espiritual, pero carece de origen celestial.
Este punto armoniza con Isaías 55:8–9, donde el Señor declara que Sus pensamientos no son como los pensamientos humanos. No todo razonamiento supuestamente piadoso refleja la mente de Dios.
Este énfasis protege a la iglesia de una espiritualidad subjetiva, donde las emociones, intenciones o gustos personales se elevan al nivel de revelación divina.
Sabiduría “terrenal”: limitada al horizonte humano
Sabiduría “terrenal”: limitada al horizonte humano
Santiago comienza calificando esta sabiduría como “terrenal”. Con ello, no se refiere simplemente a las cosas del mundo físico, sino a una mentalidad limitada al aquí y ahora, que ignora deliberadamente la dimensión espiritual y trasendente de Dios, es decir, a su existencia por encima y más allá de la creación, el espacio, el tiempo y toda limitación material.
La sabiduría terrenal evalúa todo desde el beneficio inmediato, el reconocimiento humano y la conveniencia personal. Puede usar lenguaje bíblico, pero opera con criterios mundanos. En otras palabras, piensa como el mundo, aun cuando hable de Dios.
Esta sabiduría se manifiesta cuando el éxito ministerial se mide por números, influencia o prestigio, y no por fidelidad y obediencia.
La Escritura advierte contra este enfoque en Romanos 12:2:
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento...”
La sabiduría terrenal es conformista; la sabiduría de Dios es transformadora.
Sabiduría “animal”: gobernada por impulsos caídos
Sabiduría “animal”: gobernada por impulsos caídos
El segundo término que Santiago emplea es “animal”. Esta palabra describe una vida dominada por los instintos naturales del ser humano caído, sin la influencia regeneradora del Espíritu.
Aquí Santiago no está hablando de ignorancia intelectual, sino de una condición espiritual. La persona puede ser brillante, elocuente y persuasiva, pero sigue siendo gobernada por deseos no redimidos: orgullo, rivalidad, necesidad de control.
Este concepto se conecta claramente con 1 Corintios 2:15, donde Pablo contrasta al hombre espiritual con el natural. La sabiduría animal es incapaz de producir fruto espiritual verdadero porque opera desde una naturaleza no sometida a Dios.
Esta sabiduría suele disfrazarse de pasión o celo ministerial, cuando en realidad responde a impulsos egocéntricos profundamente arraigados.
Sabiduría “diabólica”: el diagnóstico más severo
Sabiduría “diabólica”: el diagnóstico más severo
El tercer calificativo es el más impactante: “diabólica”. Aquí Santiago alcanza el clímax de su denuncia. Este término no implica necesariamente posesión demoníaca, sino alineación con los métodos y propósitos del enemigo de Dios.
La sabiduría diabólica se caracteriza por la división, el engaño y la exaltación del yo. Es la misma lógica que vemos en la tentación original: la promesa de sabiduría independiente de Dios (Gn 3:5).
Donde hay ambición egoísta y rivalidad, el patrón no es divino, sino satánico, porque refleja el carácter del acusador, no el del Redentor.
La Escritura confirma esta realidad en Juan 8:44, donde Jesús describe al diablo como mentiroso y homicida desde el principio. La falsa sabiduría destruye porque comparte esa misma raíz.
Una advertencia necesaria
Una advertencia necesaria
Es necesario detenerse aquí con temor reverente. Santiago no está escribiendo a paganos, sino a personas dentro de la comunidad cristiana. Esto significa que la falsa sabiduría no siempre se presenta de manera grotesca o evidente; muchas veces aparece envuelta en vocabulario piadoso y buenas intenciones.
El mayor peligro no es el conflicto abierto, sino el autoengaño espiritual: creer que se sirve a Dios cuando en realidad se sirve al ego.
La Escritura nos exhorta en 2 Corintios 13:5:
“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos...”
Santiago está haciendo exactamente eso: llamando a la iglesia a un autoexamen honesto y profundo.
Hasta este punto, el mensaje es ineludible: la falsa sabiduría tiene un origen corrupto y un carácter destructivo.
No proviene de Dios,
no refleja Su carácter y no produce Su paz.
Es terrenal en su perspectiva,
animal en su motivación y
diabólica en su efecto.
Santiago desmonta toda pretensión de neutralidad espiritual: si una sabiduría no viene de lo alto, inevitablemente arrastra a la comunidad hacia el caos moral y doctrinal. Ese arrastre puede tomar dos caminos opuestos en apariencia, pero iguales en su raíz. Por un lado, una falsa sabiduría que se disfraza de libertad termina justificando el desenfreno y torciendo la verdad para acomodar el pecado. Por otro, una falsa sabiduría que se reviste de celo religioso produce orgullo, dureza y una justicia aparente que desplaza la gracia. En ambos casos, el resultado es el mismo: Cristo deja de ser el centro, y el “yo” ocupa su lugar.
La advertencia bíblica es clara en Proverbios 16:25:
“Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte.”
Los frutos inevitables de la falsa sabiduría y el llamado al discernimiento
Los frutos inevitables de la falsa sabiduría y el llamado al discernimiento
El principio moral ineludible: la raíz siempre determina el fruto
El principio moral ineludible: la raíz siempre determina el fruto
Santiago ahora llega al punto culminante de su argumento. En el versículo 16 no introduce una nueva idea, sino que muestra el resultado inevitable de todo lo que ha venido denunciando:
“Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa” (Stg 3:16).
Este versículo funciona como una ley moral espiritual. No es una posibilidad, es una certeza. Donde la sabiduría es falsa, el resultado nunca será neutral. Santiago no presenta esto como una advertencia hipotética, sino como una consecuencia necesaria: el desorden no es un accidente, es el fruto natural de una raíz corrupta.
Este principio es consistente con toda la enseñanza bíblica. Jesús mismo lo expresó de forma sencilla y contundente en Mateo 7:17:
“Todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos”.
“Perturbación”: el caos que reemplaza la paz de Dios
“Perturbación”: el caos que reemplaza la paz de Dios
El primer fruto mencionado es la “perturbación”. El análisis del término en griego ἀκαταστασία (akatastasía) es revelador. No se trata simplemente de desorden ocasional, sino de un estado de inestabilidad constante, una condición de caos que impide la edificación espiritual.
Este tipo de desorden afecta tanto la vida personal como la comunitaria, donde reina esta perturbación, la iglesia pierde claridad doctrinal, unidad espiritual y credibilidad ante el mundo.
Santiago está diciendo, en términos inequívocos, que la falsa sabiduría no puede producir paz porque no comparte el carácter del Dios de paz. El apóstol Pablo confirma esta verdad en 1 Corintios 14:33:
“Dios no es Dios de confusión, sino de paz”.
Cuando una comunidad cristiana vive en constante tensión, sospecha, rivalidad y conflicto, no importa cuán espirituales sean sus discursos, algo profundamente errado está ocurriendo en su fundamento.
“Toda obra perversa”: la degeneración moral progresiva
“Toda obra perversa”: la degeneración moral progresiva
El segundo fruto es aún más serio: “toda obra perversa”. El término φαῦλον (phaulos) describe aquello que es vil, degradado, moralmente bajo, incluso si se presenta bajo una apariencia respetable.
Este punto es crucial. Santiago no está afirmando que toda persona involucrada en conflictos abiertos cometerá inmediatamente pecados escandalosos. Más bien, advierte que una vez que la falsa sabiduría gobierna, no hay límite claro para la corrupción moral que puede seguir.
Esta expresión funciona como una advertencia abierta: cuando se tolera la ambición egoísta y el celo amargo, se abre la puerta a todo tipo de desviaciones éticas y espirituales.
La Escritura respalda este diagnóstico en Gálatas 5:19–21, donde las obras de la carne se multiplican cuando el Espíritu no gobierna la vida del creyente.
Una observación sobria
Una observación sobria
Aquí es necesario detenerse con la gravedad que el texto exige. Santiago no está describiendo un problema exclusivo de falsos maestros evidentes o de iglesias en abierta apostasía. Él escribe a creyentes. A personas que se reúnen, que oran, que confiesan fe en Cristo.
Este pasaje actúa como un espejo incómodo para la iglesia: obliga a examinar no solo lo que creemos, sino cómo nos relacionamos, cómo lideramos y cómo respondemos cuando nuestro ego es confrontado.
La exhortación de Salmos 139:23–24 resulta pertinente aquí:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón”.
Este es el clamor que Santiago busca provocar.
El contraste implícito: la sabiduría que sí desciende de lo alto
El contraste implícito: la sabiduría que sí desciende de lo alto
Aunque Santiago desarrollará explícitamente la sabiduría verdadera en el versículo 17, ya en este punto el contraste es evidente. Donde la falsa sabiduría produce caos, la sabiduría de Dios produce paz. Donde una genera rivalidad, la otra produce mansedumbre.
Este contraste no es solo ético, sino cristológico: Cristo mismo encarna la sabiduría de lo alto. Su mansedumbre, su humildad y su obediencia al Padre son el modelo supremo de verdadera sabiduría.
La Escritura afirma esto claramente en 1 Corintios 1:24:
“Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios”.
Seguir a Cristo implica rechazar toda forma de sabiduría que glorifique al yo.
Una ilustración sobria
Una ilustración sobria
Permíteme una ilustración sencilla. Un edificio puede parecer sólido desde el exterior, pero si su cimiento está dañado, no importa cuán bien pintadas estén sus paredes, tarde o temprano aparecerán grietas. El problema no estará en la pintura, sino en la base.
Santiago nos está diciendo que muchas grietas visibles en la vida de la iglesia (conflictos, divisiones, resentimientos) no son el verdadero problema, sino la evidencia de una sabiduría equivocada operando en el corazón.
Jesús mismo lo expresó así en Lucas 6:48–49, al hablar de los cimientos sobre roca y arena.
Discernir, arrepentirse y someterse
Discernir, arrepentirse y someterse
El mensaje de Santiago 3:14–16 no nos deja en una posición cómoda. Nos obliga a discernir. A evaluar no solo nuestras palabras, sino nuestras motivaciones. A preguntarnos si nuestra sabiduría produce el carácter de Cristo o el caos del ego.
Este pasaje no busca condenar, sino corregir; no busca destruir, sino restaurar mediante la verdad.
La promesa implícita es clara: donde hay arrepentimiento genuino y sometimiento a la sabiduría de Dios, hay esperanza de restauración. Proverbios 3:5–6 nos recuerda:
“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”.
Conclusión
Conclusión
Santiago nos ha mostrado dos caminos de sabiduría. Uno nace del corazón caído y produce caos. El otro desciende de lo alto y produce paz. No podemos recorrer ambos. No podemos servir a dos señores.
El llamado final de este pasaje es profundo: abandona la falsa sabiduría, renuncia al orgullo espiritual y sométete a la sabiduría que Dios concede a los humildes.
Como declara la Escritura en Santiago 1:5:
“Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios”.
