El Pastor que Sacia a Su Pueblo en el Desierto Lucas 9:10-17

Un mejor EXODO  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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En este pasaje, Jesús se revela como el Pastor soberano del Reino que, en medio del desierto, recibe a su pueblo con compasión, confronta la insuficiencia humana y manifiesta la plenitud de Su provisión. El texto expone nuestra tendencia a la autosuficiencia y dirige nuestra fe a la suficiencia exclusiva de Cristo, quien sacia a Su pueblo no por recursos humanos, sino por la abundancia de Su gracia.

Notes
Transcript

Introducción:

Hermanos, abran sus Biblias en Lucas 9:10-17
Mientras lo buscan, permítanme poner en contexto a quienes nos visitan hoy o se están uniendo recién a nuestra serie. Estamos navegando por el Evangelio de Lucas bajo el título: 'Un Mejor Éxodo'.
¿Por qué llamamos así a esta serie?
Porque Lucas nos está mostrando que Jesús no vino simplemente a mejorar nuestra moral o a darnos consejos de vida. Él vino a realizar una liberación mucho más grande que la de Moisés en Egipto. Moisés sacó al pueblo de la esclavitud de Faraón; Jesús vino a sacarnos de la esclavitud radical del pecado y la muerte para llevarnos a la verdadera Tierra Prometida.
La semana pasada, vimos como Jesús llamó a sus doce discípulos y los envió a su 'pasantía' misionera.
¿Recuerdan la condición? Bolsillos vacíos. Sin dinero, sin alforja, sin pan. Ellos fueron confrontados radicalmente con sus ídolos: el ídolo del control, de la seguridad y de la neutralidad. Aprendieron que el Reino no avanza por autosuficiencia humana, sino por dependencia absoluta del Señor.
Esa misión tuvo tal impacto que incluso Herodes el tetrarca, un hombre de poder político, se vio obligado a formular una pregunta cargada de temor y desconcierto: '¿Quién es, pues, éste, de quien oigo tales cosas?'.
Hoy, Lucas no responde esa pregunta con un discurso, ni con una explicación teológica abstracta. La responde con una poderosa señal: una señal que de hecho, el Espíritu Santo quiso que fuera el único milagro registrado por los 4 evangelios antes de la pasión del hijo de Dios.
Este señal tiene lugar en un desierto, en medio de una multitud hambrienta y con 12 apóstoles que aunque ya han visto el obrar del Señor y han aprendido que la obra del Señor no depende de sus recursos, todavía necesitan pasar su examen final sobre la dependencia.
Y aquí es donde este texto quiere hablar a tu corazón: Porque todos nosotros, en distintos momentos, hemos estado en situaciones donde la necesidad es real, los recursos son limitados y la pregunta deja de ser teórica para volverse urgente:
¿es Cristo suficiente aquí?, ¿es suficiente ahora?, ¿es suficiente cuando ya no alcanza?
Lucas nos conduce deliberadamente a ese punto. Estos doce apóstoles, Teófilo —(el destinatario original del evangelio)— y nosotros hoy, necesitamos recordar que cuando nuestros recursos quedan expuestos como insuficientes, el Señor se revela soberanamente como el Pastor suficiente.
Por eso, al leer este relato, no lo vemos simplemente como un momento de refrigerio en el desierto, sino como la respuesta gloriosa a la pregunta de Herodes:
¿Quién es éste?
Que el Señor bendiga esta mañana su palabra y nos permita hoy ver la la gloria de Cristo, quien a la luz de nuestra insuficiencia se revela como el Pastor que sacia a su pueblo en el desierto.
Leamos la infalible palabra de Dios:
Lucas 9:10–17 NBLA
Cuando los apóstoles regresaron, dieron cuenta a Jesús de todo lo que habían hecho. Y tomándolos con Él, se retiró aparte a una ciudad llamada Betsaida. Pero cuando la gente se dio cuenta de esto, lo siguió; y Jesús, recibiéndolos, les hablaba del reino de Dios, y sanaba a los que tenían necesidad de ser curados. El día comenzaba a declinar, y acercándose los doce, le dijeron: «Despide a la multitud, para que vayan a las aldeas y campos de los alrededores, y hallen alojamiento y consigan alimentos; porque aquí estamos en un lugar desierto» «Denles ustedes de comer», les dijo Jesús. Y ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces, a no ser que vayamos y compremos alimentos para toda esta gente». Porque había como 5,000 hombres. Y Jesús dijo a Sus discípulos: «Hagan que se recuesten en grupos como de cincuenta cada uno». Así lo hicieron, haciendo recostar a todos. Tomando Él los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y los iba dando a los discípulos para que los sirvieran a la gente. Todos comieron y se saciaron; y se recogieron de lo que les sobró de los pedazos: doce cestas llenas.
Noten ahora cómo Lucas comienza esta escena, como antes de hablarnos del pan, él quiere que consideremos algo más profundo:

I. La compasión soberana del Pastor (vv. 10–11)

El versículo 10 nos dice que los apóstoles regresan y dan cuenta a Jesús de todo lo que habían hecho. El lenguaje sugiere una misión intensa, demandante, agotadora. Han predicado, han enfrentado rechazo, han visto enfermedad, opresión y necesidad real. Han cargado por primera vez con el peso del ministerio.
Y la respuesta de Jesús es profundamente pastoral:
“Tomándolos con Él, se retiró aparte”.
Jesús no minimiza el cansancio de sus discípulos, no espiritualiza su agotamiento ni les exige más antes de cuidarlos. El Pastor conoce la fragilidad de sus ovejas. Reconoce sus límites. Hay aquí una intención clara de reposo, de retiro, de cuidado deliberado.
En Lucas, el desierto no es solo lugar de prueba; también es lugar de encuentro con Dios, de renovación, de restauración del alma. Jesús lleva a sus discípulos al desierto no para exprimirlos, sino para sostenerlos.
El texto continua:
“Cuando la gente lo supo, lo siguió”.
Vean como el descanso legítimo se ve interrumpido por una necesidad real. El retiro pastoral se cruza con la urgencia del pueblo. Y aquí Lucas podría haber pasado rápidamente al milagro. Pero no lo hace. Se detiene, porque la reacción de Jesús es reveladora.
Jesús, recibiéndolos……..
Lucas no dice simplemente que Jesús “los toleró” o “los soportó”. Dice que los recibió.
El verbo implica acogida voluntaria, hospitalidad deliberada, apertura del corazón. Jesús no reacciona defendiendo su agenda personal ni protegiendo su derecho al descanso.
El Rey-Pastor abre espacio para su pueblo en medio del desierto.
Esto nos revela algo esencial acerca de la identidad de Cristo:
su compasión no es reactiva, es soberana.
No nace de la presión emocional de la multitud, sino su carácter mesiánico. Él no ama porque lo empujan a amar; ama porque el es AMOR.
Y aquí hay una verdad profundamente consoladora para nosotros hoy.
Amados hermanos, de este lado de la historia redentora sabemos algo glorioso:  Jesús ha cambiado de lugar pero no ha cambiado de Corazon.
Él ha entrado en su reposo soberano, reina ahora desde la gloria, pero sigue siendo el mismo Pastor compasivo.
Desde su trono nos ha dicho que está con nosotros mientras peregrinamos por este desierto, y que podemos traer todas nuestras cargas delante de Él.
1Cristo no se irrita con nuestra presencia.
No se impacienta con nuestras súplicas.
No nos rechaza cuando volvemos una y otra vez con las misma carga.
Nunca te dirá: “Ahora no es el momento”.
Nunca te dirá: “Vuelve cuando estés más fuerte”.
Nunca te dirá: “Resuélvelo tú primero”.
Él se levantara siempre para ayudarte en medio de la prueba. Le agrada que su pueblo lo busque. Puedes venir hoy con tu necesidad, con tu cansancio, con tu insuficiencia. Él no cambia.
Ahora noten también el orden de sus acciones. Jesús hace dos cosas, y el orden importa:
Primero, les hablaba del Reino de Dios.
Segundo, sanaba a los que tenían necesidad.
Lucas quiere que entendamos que nuestra necesidad más profunda no es el pan, sino conocer a Dios. El Reino debe ser proclamado antes de que el pan sea partido. La provisión física nunca está separada del gobierno de Dios. Cristo no vino solo a aliviar síntomas; vino a traer el Reino por medio del poder de su palabra.
Pero ojo: este Reino no llega con frialdad doctrinal. Llega acompañado de sanidad, de restauración, de misericordia concreta. El mismo Cristo que anuncia el Reino es el Cristo que toca, que cura, que se involucra personalmente.
Y aquí hay una lógica increíble para cerrar este punto:
Si en su humanidad —cansado y buscando retiro— Jesús no se mostró como un líder fastidiado por la interrupción, sino como el Pastor que abraza a su pueblo... ¿Cuánto más podemos confiar hoy en Él, ahora que sabemos que reina soberano y tiene todo poder para socorrernos?
Este es el Cristo que Lucas nos presenta antes de hablarnos del pan. Y ahora que hemos visto la suficiencia de su compasión, estamos listos para considerar cómo este mismo Cristo, que recibe a la multitud con gracia, se vuelve para confrontar a sus discípulos con su total insuficiencia.

II. La confrontación de la insuficiencia humana (vv. 12–14a)

"Miren ahora cómo cambia la atmósfera en el versículo 12. Lucas nos da una marca de tiempo que funciona como una alarma: «El día comenzaba a declinar...».
El desierto, que de día puede parecer un lugar de retiro espiritual, al caer la tarde se convierte en una amenaza para cualquiera. No hay luz. No hay tiendas. Y sobre todo, no hay comida. La necesidad se vuelve urgente.
Los Doce, que son hombres prácticos y realistas, leen la situación perfectamente y hacen un diagnóstico correcto. Se acercan a Jesús con una solución administrativamente loable: «Despide a la multitud». Su propuesta es lógica, razonable y muy responsable.
Pero si miramos con los lentes del Reino, ¿qué encontramos debajo? Encontramos el ídolo del control y la seguridad que nos acecha a todos. «Despídelos» Es la respuesta natural del corazón humano frente a la insuficiencia: evasión.
Cuando la necesidad excede nuestras capacidades, buscamos descargar el problema, pasar la responsabilidad, reducir el costo. Esto es impotencia disfrazada de pragmatismo.
Es la iglesia diciendo: 'El problema es demasiado grande. Que lo resuelva el gobierno. Que lo resuelva el mercado. Que cada uno se las arregle como pueda'. Mientras la multitud esté lejos, nosotros recuperamos el control. Mientras el problema esté en las aldeas, nosotros estamos seguros.
Pero Jesús, que conoce el corazón y está entrenando a sus futuros pastores, los frena en seco con su pragmatismo ordenandoles: «Denles ustedes de comer».
Imaginen el silencio en ese desierto. Jesús no acepta la evasión. Él les devuelve la responsabilidad. ¿Por qué les pide esto? ¿Acaso no sabe que es imposible? ¿No sabe que tienen los bolsillos vacíos, como vimos la semana pasada? Por supuesto que lo sabe. Pero Él necesita llevarlos al final de sí mismos. El mandato no busca activar su capacidad, busca exponer su incapacidad nuevamente y reconocer su impotencia.
Ellos han aprendido que el Reino no depende de sus recursos, pero todavía no han aprendido qué hacer cuando la insuficiencia los alcanza personalmente.
Y su respuesta es la radiografía exacta de nuestra condición caída. Es la confesión de la bancarrota humana: «No tenemos más que cinco panes y dos peces...».
Aquí está la matemática de la incredulidad. Ellos miran la multitud: 5,000 hombres. Miran sus canastas: 5 panes. Y hacen el cálculo: 'No alcanza. Es imposible. La única opción es ir a comprar'.
¿Ven el error fatal? Su cálculo es impecable, excepto por un detalle: Dejaron a Cristo fuera de la ecuación. 
Dijeron «No tenemos más que...» estando parados frente al Dueño de todo el oro y la plata, al Creador que sostiene el universo con la palabra de su poder. Miraron la escasez de sus manos en lugar de mirar la suficiencia de su Rey.
Y Jesús permite que verbalicen esa insuficiencia. No la corrige inmediatamente. No les dice: “Tranquilos, yo me encargo”. Los deja llegar hasta el fondo de su incapacidad.
Porque solo cuando la autosuficiencia es desmantelada, la suficiencia de Cristo puede ser revelada.
Miren como Jesús no acepta su solución alternativa implícita: “a no ser que vayamos y compremos alimentos”.
Es decir, aún frente al mandato de Cristo, los discípulos siguen buscando una salida humana: más recursos, más dinero, más medios, más control. Jesús corta esa lógica de raíz.
Aquí hay una lección pastoral profunda para la iglesia.
Muchas veces creemos que nuestro problema es la falta de recursos, cuando en realidad es una confianza mal ubicada. Pensamos que si tuviéramos más tiempo, más dinero, más energía, más estabilidad, entonces sí podríamos obedecer. Pero Jesús confronta esa lógica directamente.
Él no dice: “Esperen a tener más”.
Dice: “Denles ustedes de comer”.
No para que lo hagan, sino para que entiendan que no pueden y se rinda a El quien es suficiente.
Este punto es incómodo, pero necesario. Cristo no nos confronta para humillarnos, sino para liberarnos del ídolo de la autosuficiencia. Nos lleva al límite para mostrarnos que el Reino nunca ha avanzado por la capacidad de sus siervos, sino por la suficiencia del Rey.
Amados hermanos tenemos que saber esto:
Cuando la insuficiencia humana queda completamente expuesta,
cuando ya no hay cálculo posible,
cuando la noche se acerca y el desierto no cambia,
entonces Cristo hace algo decisivo.
Revelarse como el Pastor compasivo, el Mesías soberano que provee para su pueblo en el desierto.

III. La provisión soberana del Mesías (vv. 14b–17)

Los discípulos ven caos, escasez y una multitud inmanejable. Pero Jesús ve la oportunidad para el banquete mesiánico. Mientras ellos calculan lo que falta, Jesús ordena lo que hay para manifestar su gloria:
En el versículo 14, Jesús da una orden que debió parecerles extraña en ese momento: «Hagan que se recuesten en grupos...».
La palabra que usa Lucas (kataklino) no es simplemente sentarse en el suelo; sugiere reclinar la cabeza, la postura de un banquete formal. En medio del polvo, las piedras y la nada, Jesús transforma el desierto en un salón real. Aquí vemos al Nuevo Moisés. Así como en el antiguo Éxodo Dios organizó a las tribus alrededor del Tabernáculo, aquí Jesús pone orden en medio del caos. El Reino de Dios no es confusión; es orden, es paz, es preparación para recibir.
Y ahora, hermanos, llegamos al centro del milagro. Presten su atención al versículo 16. Aquí está el secreto de la provisión. Lucas nos dice que Jesús tomó los panes, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y los dio.
Notan gramática de la gracia: ¿Quién es el sujeto de todos los verbos de poder? Jesús. ¿Y qué hacen los discípulos? El texto dice que Jesús «los iba dando a los discípulos para que los sirvieran a la gente».
Esto es liberador. Los discípulos no tuvieron que 'multiplicar' el pan. No tuvieron que estirar la masa. No tuvieron que hacer el milagro. Ellos solo fueron camareros en la mesa del Rey. Su trabajo fue recibir de las manos de Cristo y distribuir al pueblo.
Hermanos, esto nos quita un peso insoportable de encima. Jesús no te pide que fabriques la salvación de nadie. No te pide que produzcas el cambio en el corazón de tus hijos. No te pide que generes recursos de la nada para el ministerio.
Él es la Fuente. Tú eres el canal. Él es el Pan. Tú eres el mesero. Tu única responsabilidad es no cortar el flujo: mantén tus manos abiertas para recibir de Él y abiertas para dar a los demás.
Pero hay algo más profundo aquí. Lucas usa estos mismos cuatro verbos —tomó, bendijo, partió y dio— más adelante, en la Última Cena (Lc 22:19).
Qué nos está diciendo el Espíritu Santo? Que este pan en el desierto es una señal profética. En el desierto, el pan fue partido para que la multitud no muriera de hambre física temporal.
Pero en la cruz, el cuerpo de Cristo sería tomado, bendecido y partido bajo la ira de Dios, para que nosotros —culpables, vacíos y hambrientos— tuviéramos Vida Eterna.
Jesús es el verdadero Maná. Él es el Pan que fue partido para que nosotros fuéramos completados.
Y el resultado final, en el versículo 17, es glorioso: «Todos comieron y se saciaron». La palabra (chortazo) describe una satisfacción plena, total. Nadie quedó con hambre. La gracia de Cristo no deja a nadie a medias.
¿Y cuánto sobró? Doce cestas. Una para cada tribu de Israel, una para cada apóstol incrédulo que pensó que no alcanzaría. Es la manera silenciosa y contundente de Jesús de decirles: «¿Pensaban que mi gracia era escasa? En mi Reino, la provisión siempre supera a la necesidad».

CONCLUSIÓN: La Respuesta a la Pregunta

Hermanos, volvamos para terminar a la pregunta que Herodes dejó en el aire la semana pasada, la pregunta que atraviesa todo este capítulo: ¿Quién es éste? (Lc 9:9).
Hoy, el texto nos ha respondido, no con palabras, sino con hechos:
Él es el Pastor Soberano, que no te despide cuando estás en crisis, sino que te recibe con compasión.
Él es el Rey Suficiente, que confronta tu lógica de escasez y te demuestra que tus cálculos fallan cuando lo dejas a Él fuera de la ecuación.
Él es el Pan de Vida, que se dejó partir en la cruz para saciar el hambre profunda de tu alma.
Quizás hoy vienes con tu propia canasta vacía. Vienes con tus "cinco panes" de paciencia agotada, de fuerzas limitadas, de recursos escasos. Y la tentación es la evasión o la desesperanza.
El Señor te dice hoy: Deja de mirar tu canasta vacía y mira mis manos llenas. La vida cristiana no se trata de cuánto traes tú a la mesa, sino de Quién está presidiendo la mesa.
Ven a Él. Arrepiéntete hoy de tu incredulidad, de tus intentos de controlar tu vida en el desierto. Y aliméntate, por la fe, de Aquel que es suficiente, abundante y glorioso para sostenerte hasta que lleguemos a la Tierra Prometida.
Oremos.
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