El hombre y sus responsabilida
001
EL HOMBRE
Sus Responsabilidades
Formado por Dios del polvo de la tierra, tiene en sí mismo la parte inmaterial que es el soplo de vida de su Creador (Génesis 2:7). Dios, además, le dio su ambiente propicio en Edén y le dotó de capacidad para responder a las responsabilidades que demandaban su servicio. El cuerpo, como componente capaz de comunicarse con los hombres fue creado perfecto pero declinó con la entrada del pecado. El verdadero tesoro es el ser interior guardado en vasos de barro (2 Corintios 4:7) que lo limitan hasta que sea transformado (Filipenses 3:20–21).
1. Cómo ve Dios al hombre
Isaías 1:19
En Isaías 1:5–6, leemos que está enfermo desde la cabeza hasta los pies. Los “ojos” no cesan de pecar (Jeremías 22:17; 2 Pedro 2:14), miran con codicia al pecado. La “boca” está llena de mentira, engaño y maldición (Salmos 10:7; 36:3; Romanos 3:14), mientras que la “lengua” es un fuego, un mundo de perversidad (Santiago 3:6), como espada venenosa que inocula vanidad (
2. Qué hace Dios por el hombre
Gálatas 3:13
Para el hombre, oprimido por el pecado (Romanos 7:14) y bajo el cautiverio de Satanás (2 Timoteo 2:26), Dios presenta su plan único de redención (Tito 2:14) capaz de liberarle por la sangre de Cristo, su hijo (Colosenses 1:14) y restaurarle a la comunión perdida, comunicándole su naturaleza (2 Pedro 1:4) y dándole las arras de su Espíritu Santo (Efesios 1:13–14) como garantía para el presente y la eternidad. Dios también transformará nuestros cuerpos. (Deuteronomio 12:2) en el día de la resurrección para destruir totalmente el poder de Satanás y su metodología (1 Corintios 15:22–26).
3. Qué espera Dios del hombre
1 Tesalonicenses 1:9–10
Dios espera una respuesta sincera y completa a su provisión, esto es, arrepentimiento (Marcos 1:15), conversión (Hechos 3:19) y vida de santidad (2 Corintios 7:1). Le propone avanzar en la alabanza, como modo para intimar con El (Salmos 56:4, 10; 113:1); y descubrir su fortaleza (Hechos 16:25; Filipenses 1:11; 4:8) para todas las circunstancias de la vida.
Dios espera nuestra entrega total (Romanos 12:1–2), porque para esto nos redimió y nos hizo sus testigos ante el mundo al cual fuimos enviados.
CONCLUSION
Tiempo atrás vino a visitarme un periodista de la zona que había concebido un plan para la “transformación” de la sociedad. Según él, la serie de reglamentos y propuestas en que fundamentaba su trabajo serían suficientes para una “sociedad mejor”.
Luego de oírle atentamente —y quizás convencido de que yo era un candidato— le pregunté: Señor González ¿qué hace usted con el problema del pecado? ¿dónde lo ubica en su organigrama. Es que el pecado, no existe solo —replicó— somos nosotros cuando no hacemos el bien. Sabe, volví a interrumpirle, el apóstol Pablo dice: “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Romanos 7:18). ¿Cómo deroga esa ley del pecado que está adentro? No sé, me dijo. Yo sí sé —repliqué— “por Jesucristo Señor nuestro” (v. 25) que murió para llevar el pecado, y por el Espíritu que vino para darnos vida (Romanos 8:2).
Creo señor González, que su plan necesita una revisión profunda. Se fue meneando la cabeza y medio confuso.
