La relaciones en el Reino: con Dios
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Mateo 7:7-12
INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
Hemos llegado a un momento crucial en el Sermón del Monte. Jesús está por cerrar la sección explicativa de su sermón, ese largo desarrollo que comenzó en el capítulo 5, versículo 17, cuando dijo: «No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir».
Desde entonces, el Señor ha estado describiendo el carácter distintivo de los ciudadanos del reino. Ha mostrado que su justicia debe superar la de los escribas y fariseos. Ha expuesto que la ley debe guardarse en el corazón, no solo externamente. Ha enseñado que las disciplinas espirituales deben practicarse en secreto, delante del Padre, no para ser vistos por los hombres. Ha advertido sobre la idolatría del dinero y ha llamado a confiar en la providencia del Padre celestial. Y la semana pasada vimos que los hijos del reino deben juzgar con justo juicio, sacando primero la viga de su propio ojo.
Ahora bien, si hemos estado atentos, una pregunta debe estar resonando en nuestra mente: ¿Cómo? ¿Cómo puedo yo ser perfecto como mi Padre celestial es perfecto? ¿Cómo puedo amar a mis enemigos? ¿Cómo puedo librarme de la hipocresía? ¿Cómo puedo ver claramente la viga en mi propio ojo para luego ayudar a mi hermano? ¿Cómo puedo discernir entre un hermano que necesita corrección y un profanador que pisoteará las perlas del evangelio?
El Señor Jesús no nos deja solos con la demanda. Antes de pasar al llamado final —ese «Deuteronomio» del sermón donde presentará los dos caminos, las dos puertas, los dos cimientos— nos da el recurso. Y el recurso es este:
Los hijos del reino necesitan orar y conocer al Padre bueno para practicar la justicia con los demás.
Este texto se desarrolla en tres movimientos: primero, la oración persistente que el reino demanda; segundo, el Padre bueno que el reino revela; y tercero, la justicia práctica que el reino produce.
I. LA ORACIÓN PERSISTENTE QUE EL REINO DEMANDA (vv. 7-8)
I. LA ORACIÓN PERSISTENTE QUE EL REINO DEMANDA (vv. 7-8)
«Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá».
Lo primero que notamos es que Jesús usa tres verbos en forma de mandamiento: pidan, busquen, llamen. Son imperativos. Y en el griego original, estos verbos están en tiempo presente, lo cual indica acción continua. La idea es: «sigan pidiendo, sigan buscando, sigan llamando». Hay una intensidad progresiva aquí.
Pedir implica humildad. Es reconocer que no tengo lo que necesito y que debo recibirlo de otro. El mendigo pide. El necesitado pide. Pedir es la postura del pobre en espíritu, aquellos con quienes Jesús comenzó las bienaventuranzas.
Buscar añade acción al pedir. No es solo abrir la boca; es mover los pies. Es el que no se conforma con una oración pasiva, sino que activamente persigue aquello que necesita. Jeremías 29:13 dice: «Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón».
Llamar —o más literalmente, golpear la puerta— añade persistencia. Es el que no se rinde ante la primera negativa aparente. Es el que sigue tocando aunque parezca que nadie responde. Recuerda la parábola del amigo que llega a medianoche en Lucas 11. Por su insistencia, recibe lo que pide.
Ahora bien, ¿qué es lo que debemos pedir con tanta insistencia? El texto no lo especifica directamente, pero el contexto nos lo dice claramente.
Jesús acaba de demandarnos que saquemos la viga de nuestro propio ojo antes de ver la paja en el ojo ajeno. ¿Puedes tú, en tu propia fuerza, ver tu propio pecado con claridad? ¿Puedes tú, sin ayuda divina, discernir cuándo estás siendo hipócrita?
Jesús nos ha mandado a no echar las perlas a los cerdos. ¿Puedes tú, con tu sabiduría humana, discernir quién es un hermano que necesita corrección y quién es un profanador que pisoteará el evangelio?
Jesús nos ha llamado a ser perfectos como el Padre celestial es perfecto, a amar incluso a nuestros enemigos. ¿Puedes tú, con tus recursos naturales, amar así?
La respuesta es obvia: no podemos. Y precisamente por eso Jesús dice: «Pidan». La oración persistente es el recurso indispensable para vivir todo lo que el Sermón del Monte demanda.
Santiago, quien probablemente escuchó este mismo sermón de labios de su hermano mayor Jesús, escribió después: «Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada» (Santiago 1:5). ¿Sabiduría para qué? Para juzgar rectamente. Para discernir. Para vivir la justicia del reino.
Jesús no solo manda; también promete. Versículo 8: «Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá».
Nota la palabra «todo». La promesa es tan amplia como el mandamiento. Y nota también que Jesús cambia de la segunda persona («pidan ustedes») a la tercera persona («todo el que pide»). Es como si ampliara la promesa más allá de los discípulos inmediatos a todos los que alguna vez pedirían. Incluye a ti y a mí.
Hermanos, ¿estamos orando así? ¿Estamos pidiendo persistentemente a Dios la gracia para vivir la vida del reino? ¿O hemos reducido nuestra vida de oración a peticiones por salud, trabajo y problemas temporales —cosas legítimas, sin duda— pero hemos olvidado pedir lo que más necesitamos: sabiduría para juzgar rectamente, gracia para amar a los difíciles, luz para ver nuestro propio pecado?
El reino demanda una oración persistente. Y esta oración se dirige a un Dios que está dispuesto a escuchar y responder.
II. EL PADRE BUENO QUE EL REINO REVELA (vv. 9-11)
II. EL PADRE BUENO QUE EL REINO REVELA (vv. 9-11)
«¿O qué hombre hay entre ustedes que si su hijo le pide pan, le dará una piedra, o si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?».
Jesús ahora usa un tipo de argumento muy común en el pensamiento judío, llamado qal vahomer en hebreo, o argumento «de menor a mayor». Si algo es verdad en un caso menor, cuánto más será verdad en un caso mayor.
El caso menor: un padre terrenal. El caso mayor: el Padre celestial.
Jesús apela a la experiencia común. Imagina a un niño que viene a su padre con hambre. «Papá, ¿me das pan?» El pan en Palestina era redondo y plano, y había piedras en el desierto de forma similar. ¿Qué padre haría la broma cruel de darle una piedra a su hijo hambriento?
O imagina que el niño pide pescado —alimento común junto al mar de Galilea. ¿Qué padre le daría una serpiente? Había anguilas en el lago que se parecían a ciertos pescados. ¿Qué padre engañaría así a su hijo?
La respuesta es obvia: ninguno. Incluso los padres imperfectos saben dar cosas buenas a sus hijos. Hay algo en la relación padre-hijo que mueve al padre a responder a la necesidad de su hijo.
Pero nota lo que Jesús dice: «si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos».
Esto es notable. Jesús está hablando a sus discípulos, a personas que lo han seguido, y les dice: «ustedes son malos». Comparados con Dios, todos los seres humanos somos malos. Nuestras mejores obras están manchadas de egoísmo. Nuestro amor más puro tiene mezcla de interés propio.
Y sin embargo, incluso siendo malos, sabemos dar buenas dádivas a nuestros hijos. Un padre puede ser egoísta en su trabajo, puede ser impaciente con su esposa, puede tener mil defectos, pero cuando su pequeño hijo le pide pan, algo en él responde con bondad.
Ahora viene el golpe retórico: «¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?»
Si un padre malo da cosas buenas, ¿cuánto más un Padre perfectamente bueno?
Si un padre limitado sabe responder a su hijo, ¿cuánto más un Padre omnisciente que conoce nuestras necesidades antes que le pidamos?
Si un padre terrenal, que a veces da de mala gana, responde a sus hijos, ¿cuánto más un Padre celestial cuya naturaleza misma es dar?
D.A. Carson comenta sobre este pasaje: «Dios está mucho más dispuesto a derramar sobre su pueblo una bendición tal que no haya lugar para contenerla, y su pueblo debe recibirla».
Hermanos, el Dios al que oramos no es un Dios tacaño. No es un Dios que se deleita en vernos sufrir. No es un Dios que juega trucos crueles con sus hijos. Pablo lo dice en Romanos 8:32: «El que no eximió ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?»
Si Dios ya nos dio lo más grande —su propio Hijo— ¿nos negará lo menor? Si ya pagó el precio más alto por nuestra salvación, ¿nos negará la sabiduría para vivir la vida cristiana? Si ya demostró su amor en la cruz, ¿dudamos de que responderá cuando le pidamos gracia para amar a otros?
Ahora, ¿cuáles son estas «cosas buenas» que el Padre da? Lucas, en el pasaje paralelo, dice que el Padre dará «el Espíritu Santo a los que se lo pidan» (Lucas 11:13). Mateo dice «cosas buenas».
No hay contradicción. El Espíritu Santo es la fuente de todas las cosas buenas espirituales. Y en el contexto del Sermón del Monte, las «cosas buenas» incluyen todo lo que necesitamos para vivir la vida del reino: sabiduría para juzgar rectamente, humildad para ver la viga en nuestro propio ojo, discernimiento para saber cuándo hablar y cuándo callar, amor para tratar a otros como quisiéramos ser tratados, fe para no afanarnos por el día de mañana, pureza de corazón para ver a Dios, mansedumbre para heredar la tierra.
Todo esto el Padre lo da a los que le piden. No porque lo merezcamos, sino porque él es bueno.
¿Cómo ves a Dios cuando oras? ¿Lo ves como un Padre bueno, dispuesto a dar, deseoso de bendecir? ¿O lo ves como un juez distante al que hay que convencer? ¿Lo ves como un padre generoso o como un patrón tacaño?
Tu visión de Dios determinará tu vida de oración. Si crees que Dios es bueno, orarás con confianza. Si dudas de su bondad, orarás con temor o simplemente no orarás.
El reino nos revela a un Padre bueno. Y conocer a este Padre transforma cómo vivimos con los demás.
III. LA JUSTICIA PRÁCTICA QUE EL REINO PRODUCE (v. 12)
III. LA JUSTICIA PRÁCTICA QUE EL REINO PRODUCE (v. 12)
«Por eso, todo lo que ustedes quieran que los hombres les hagan, así también hagan ustedes con ellos, porque esto es la Ley y los Profetas».
El versículo comienza con «por eso» (en griego, oun). Esta pequeña palabra es enormemente importante. Conecta lo que sigue con todo lo anterior.
¿Por qué debemos tratar a otros como quisiéramos ser tratados? Porque hemos recibido del Padre bueno. Porque hemos experimentado su generosidad. Porque conocemos lo que es recibir buenas dádivas de un Padre amoroso.
La lógica es esta: el Padre nos ha tratado con bondad inmerecida; ahora nosotros tratamos a otros con esa misma bondad. Hemos recibido gracia; ahora damos gracia. Hemos sido perdonados; ahora perdonamos. Hemos sido amados siendo indignos; ahora amamos a los indignos.
La Regla de Oro no es simplemente un buen consejo moral que cualquier filósofo podría dar. En el contexto del Sermón del Monte, es el fruto de haber conocido al Padre bueno. Es la respuesta de gratitud de quienes han recibido «cosas buenas» del cielo.
Muchas religiones y filosofías tienen alguna versión de esta regla, pero casi siempre en forma negativa: «No hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti». El rabino Hillel, contemporáneo de Jesús, dijo: «Lo que te es odioso, no lo hagas a tu prójimo. Esto es toda la ley; lo demás es comentario».
Jesús lo pone en forma positiva: «Todo lo que ustedes quieran que los hombres les hagan, así también hagan ustedes con ellos».
La diferencia es enorme. La forma negativa me permite quedarme pasivo. Mientras no robe, no mienta, no mate, estoy cumpliendo. Puedo ver a mi prójimo en necesidad y pasar de largo, siempre y cuando no le haga daño activamente.
La forma positiva me demanda acción. Si yo quisiera que alguien me ayudara cuando estoy en necesidad, debo ayudar. Si yo quisiera que alguien me animara cuando estoy desanimado, debo animar. Si yo quisiera que alguien me perdonara cuando fallo, debo perdonar.
No basta con no hacer mal; hay que hacer bien.
Nota también que Jesús dice «todo». No hay área de la vida excluida. En el trabajo, en el hogar, en la iglesia, en el mercado, en la política, en las redes sociales —en todas las cosas, trata a otros como quisieras ser tratado.
¿Cómo quisieras que te trataran cuando cometes un error? Así trata tú a quien se equivoca contigo. ¿Cómo quisieras que te hablaran cuando estás en desacuerdo? Así habla tú a quien piensa diferente. ¿Cómo quisieras que te juzgaran cuando has pecado? Así juzga tú a quien ha caído. ¿Cómo quisieras que te confrontaran cuando tienes una viga en el ojo? Así confronta tú a tu hermano.
Jesús termina diciendo: «porque esto es la Ley y los Profetas».
Aquí se cierra el gran paréntesis que se abrió en 5:17. Allí Jesús dijo que no vino a abolir la Ley y los Profetas, sino a cumplirlos. Aquí dice que la Regla de Oro resume la Ley y los Profetas.
Todo lo que Dios demandó en el Antiguo Testamento —los mandamientos, las ordenanzas, las instrucciones proféticas sobre justicia y misericordia— todo se resume en esto: tratar a otros como quisiéramos ser tratados.
Esto no significa que la ley ya no importa. Significa que la ley siempre apuntaba a esto. Los Diez Mandamientos, en su segunda tabla, son aplicaciones de este principio. No robar, no matar, no codiciar, no mentir —todo es tratar a otros como quisiéramos ser tratados.
Y nota que esto conecta también con lo que Jesús dirá después en Mateo 22:39-40, que el segundo gran mandamiento es «amarás a tu prójimo como a ti mismo» y que de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.
¿cómo estás tratando a los demás? No te pregunto si estás evitando hacer mal. Te pregunto si estás haciendo bien activamente.
¿Estás animando a los desanimados como quisieras ser animado? ¿Estás perdonando a los que te ofenden como quisieras ser perdonado? ¿Estás siendo paciente con los difíciles como quisieras que fueran pacientes contigo? ¿Estás hablando bien de los ausentes como quisieras que hablaran de ti?
Esta es la justicia práctica que el reino produce. No es algo que generamos por esfuerzo propio. Es el fruto de haber orado persistentemente y haber conocido al Padre bueno.
Hemos llegado al final de la sección explicativa del Sermón del Monte. Jesús ha descrito la vida del reino en todo su esplendor y en toda su demanda. Ha llamado a una justicia que supera la de los fariseos, a una piedad sin hipocresía, a una confianza sin afán, a un juicio sin arrogancia.
Y ahora, antes de hacer el llamado final a escoger entre los dos caminos, nos da el recurso: la oración persistente al Padre bueno.
Los hijos del reino necesitan orar. Necesitan pedir, buscar, llamar continuamente. No porque Dios esté reacio a dar, sino porque nosotros somos débiles. No porque tengamos que convencerlo, sino porque en la oración reconocemos nuestra dependencia de él.
Los hijos del reino necesitan conocer al Padre bueno. No como un concepto teológico, sino como una realidad vivida. Necesitan experimentar su generosidad, recibir sus buenas dádivas, descansar en su bondad.
Y los hijos del reino, habiendo orado y conocido al Padre, practican la justicia con los demás. Tratan a otros como ellos mismos quisieran ser tratados. No por mérito propio, sino como respuesta a la gracia recibida.
Este es el camino del reino. Este es el recurso del reino. Esta es la vida del reino.
¿Estás viviendo así? ¿Estás orando así? ¿Conoces al Padre así?
Que el Señor nos conceda gracia para ser no solo oidores de esta palabra, sino hacedores.
Amén.
