Buscar el rostro de Dios no es un acto superficial, sino el privilegio más grande concedido a los creyentes por medio del Señor Jesucristo. Por Su muerte y resurrección, Cristo nos introdujo a la mismísima presencia del Padre. En la Escritura, el “rostro de Dios” representa Su favor, Su gracia, Su ayuda. Buscar Su rostro es buscar Su favor y Su comunión. Este salmo nos muestra que Su bendición no es un fin en sí misma, sino un medio para que las naciones conozcan, glorifiquen y teman al Señor.