DIOS NO SE ACORDARÁ DEL PECADO
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¿DIOS NO SE ACORDARÁ DEL PECADO?
¿DIOS NO SE ACORDARÁ DEL PECADO?
Texto base: Isaías 43:25; Jeremías 31:34; Hebreos 8:12; Hebreos 10:17
Los pasajes citados de Isaías, Jeremías y Hebreos coinciden de manera contundente en una misma verdad: Dios no solo perdona los pecados de Su pueblo, sino que los borra de tal forma que no vuelve a recordarlos jamás. Este testimonio múltiple establece una base doctrinal firme y confiable, confirmada por testigos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Tal afirmación, por sí sola, debería llenar de consuelo a todo aquel que reconoce su culpa y anhela misericordia, aunque tristemente es una verdad poco meditada y profundamente cuestionada cuando el pecado personal se vuelve evidente.
El ser humano, especialmente cuando despierta a la realidad de su pecado, lucha para creer en el perdón. La ley de Dios y la conciencia actúan juntas para condenar, pues la ley no conoce misericordia, solo exige obediencia perfecta o sentencia de muerte. La conciencia, recordando las faltas pasadas, refuerza esa condena interior y convence al pecador de que el castigo es inevitable. Así, el alma queda atrapada en una prisión de desesperación, incapaz de hallar salida por sí misma, y solo Cristo puede ofrecer verdadera liberación.
A esta carga se suma la obra del enemigo, quien transforma el atractivo del pecado en acusación y terror, susurrando que no hay esperanza ni perdón posible. Satanás utiliza la ley y la conciencia para empujar al pecador no solo a desesperar de sí mismo, sino incluso de Dios. De este modo, muchos creen que la misericordia puede alcanzar a otros, pero no a ellos. Frente a esta dura realidad, el propósito del mensaje es llevar consuelo a los desalentados, confiando en que el Espíritu Santo, como Consolador, disipe el engaño y revele la gloriosa verdad del perdón pleno y eterno en Dios.
1. La firmeza divina del perdón: Dios lo declara con autoridad absoluta
1. La firmeza divina del perdón: Dios lo declara con autoridad absoluta
Dios no deja el perdón en el terreno de la posibilidad, sino que lo establece como una declaración soberana. “Yo, yo soy” no es una frase poética, sino una afirmación de identidad divina. El perdón no nace del arrepentimiento humano, sino del carácter eterno de Dios. Él mismo es quien borra, quien cancela, quien elimina la culpa. No lo hace por presión externa ni por mérito del pecador, sino “por amor de mí mismo”, es decir, por fidelidad a Su propio nombre.
El perdón bíblico no es una amnistía débil, sino un acto judicial respaldado por la autoridad del trono celestial. Dios no negocia con el pecado; lo borra. No lo archiva; lo destruye. Esta verdad es el fundamento inquebrantable del consuelo del creyente.
Versículos clave:
Isaías 43:25
Números 23:19
Salmos 103:12
2. El testimonio múltiple: Dios confirma Su promesa por varios testigos
2. El testimonio múltiple: Dios confirma Su promesa por varios testigos
La Escritura establece que toda verdad se confirma por dos o tres testigos, y aquí Dios va más allá: Isaías, Jeremías y Hebreos coinciden con una sola voz. Antiguo y Nuevo Testamento se unen para proclamar la misma verdad: Dios no se acordará del pecado de Su pueblo.
Esto nos enseña que el perdón no es una doctrina aislada ni una interpretación optimista, sino una verdad central del pacto de gracia. La repetición no existe porque el hombre aprende rápido, sino porque su corazón duda con facilidad. Dios repite la promesa porque conoce la fragilidad del alma humana cuando enfrenta su culpa.
Versículos clave:
Jeremías 31:34
Hebreos 8:12
Deuteronomio 19:15
3. La incredulidad humana: el perdón es una verdad difícil de creer
3. La incredulidad humana: el perdón es una verdad difícil de creer
Aunque muchos confiesan creer en el perdón de los pecados, pocos lo creen realmente cuando su conciencia despierta. Mientras el pecado parece pequeño, el perdón parece sencillo; pero cuando la culpa es expuesta a la luz del rostro de Dios, el corazón tiembla y duda.
El hombre no regenerado puede repetir la doctrina, pero no puede descansar en ella. Solo el Espíritu Santo puede escribir esta verdad en el corazón. El perdón es una de las verdades más claras de la Escritura, y aun así, una de las más cuestionadas por el alma culpable.
Versículos clave:
Romanos 8:16
Juan 16:8
1 Corintios 2:14
4. La ley y la conciencia: voces que condenan, pero no pueden salvar
4. La ley y la conciencia: voces que condenan, pero no pueden salvar
La ley de Dios es santa, justa y buena, pero no conoce el lenguaje del perdón. Su voz es clara: obediencia o muerte. Cuando el pecador mira a la ley, solo encuentra condenación. La conciencia, al despertar, hace eco de la ley y acusa sin misericordia.
Ambas cumplen su función: llevar al hombre a desesperar de sí mismo. Pero ninguna puede ofrecer esperanza. La ley revela el pecado; la conciencia lo recuerda constantemente. Sin Cristo, ambas se convierten en carceleros del alma.
Versículos clave:
Romanos 3:20
Gálatas 3:24
Romanos 7:9
5. La experiencia humana: el pecado trae su propio castigo
5. La experiencia humana: el pecado trae su propio castigo
El hombre sabe, por experiencia, que el pecado hiere, destruye y esclaviza. Así como no olvida fácilmente las ofensas ajenas, proyecta su dureza sobre Dios y concluye que Él tampoco puede perdonar. Esta percepción humana distorsionada profundiza la desesperación del corazón culpable.
El pecado deja cicatrices, consecuencias y recuerdos amargos, pero estas no anulan la gracia. El error del alma es confundir las consecuencias temporales del pecado con la condenación eterna ya cancelada en Cristo.
Versículos clave:
Proverbios 13:15
Romanos 6:23
Isaías 1:18
6. La obra del enemigo: transformar convicción en desesperación
6. La obra del enemigo: transformar convicción en desesperación
Satanás coopera astutamente con la ley y la conciencia. Primero seduce al hombre al pecado; luego lo acusa sin piedad. Donde Dios quiere llevar al pecador al arrepentimiento, el diablo intenta empujarlo a la desesperación.
El enemigo susurra que no hay esperanza, que el pecado es imperdonable, que la gracia es para otros, pero no para él. Así, el hombre queda atrapado en el cepo de sus propios miedos. Sin embargo, la Escritura declara que Cristo vino precisamente para deshacer las obras del diablo.
Versículos clave:
Apocalipsis 12:10
Juan 8:44
1 Juan 3:8
7. El consuelo del evangelio: Dios no solo perdona, sino que olvida
7. El consuelo del evangelio: Dios no solo perdona, sino que olvida
Aquí está la gloria del evangelio: Dios no se acuerda más del pecado. No lo trae al presente, no lo usa como acusación futura, no lo guarda como reserva contra el creyente. En Cristo, el pecado es tratado de manera definitiva.
Este “no me acordaré” no implica olvido por debilidad, sino una decisión soberana de no volver a imputar culpa. El creyente puede vivir en libertad, adoración y obediencia, no por ausencia de pecado, sino por la plenitud del perdón.
Versículos clave:
Hebreos 10:17
Romanos 8:1
Miqueas 7:19
Conclusión pastoral
Conclusión pastoral
Este mensaje no es para los autosuficientes, sino para los quebrantados. No es para los que se justifican, sino para los que tiemblan ante su culpa. Si Dios ha dicho que no se acordará de tus pecados, ¿quién eres tú para recordarlos? Si Él ha borrado la deuda, ¿por qué seguir viviendo como prisionero?
Que el Espíritu Santo selle esta verdad en el corazón:
Dios no se acordará del pecado de Su pueblo, porque Cristo lo cargó en la cruz.
Amén.
PARTE 2 – HAY PERDÓN
PARTE 2 – HAY PERDÓN
El mensaje central afirma con absoluta certeza que hay perdón en Dios. Esta verdad atraviesa toda la Escritura y se revela desde el inicio de la historia humana. Dios no destruyó inmediatamente a Adán y Eva, sino que mostró paciencia, prometió redención y permitió que la humanidad continuara viviendo bajo la esperanza de la gracia. La preservación del ser humano, a pesar de su pecado continuo, es una evidencia clara de que Dios tiene misericordia y no desea la muerte del pecador, sino su arrepentimiento y restauración.
La existencia de la ley ceremonial, los sacrificios, el sacerdocio, el tabernáculo y las ordenanzas revelan el propósito divino de perdonar el pecado y reconciliarse con el hombre. Nada de esto tendría sentido si el perdón no fuera posible. Asimismo, los constantes llamados al arrepentimiento, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, confirman que Dios ofrece misericordia real y efectiva. La oración, la adoración, el bautismo y la Cena del Señor son señales vivas de que Dios invita al pecador a acercarse a Él, no para condenarlo, sino para limpiarlo y recibirlo en comunión.
Finalmente, el perdón encuentra su fundamento pleno y definitivo en la cruz de Jesucristo. El Evangelio proclama que Cristo llevó nuestros pecados en Su cuerpo y que, por medio de Su sangre, hay remisión verdadera para todo aquel que cree. La predicación del arrepentimiento y del perdón a todas las naciones, la enseñanza de la oración del Señor y el testimonio de innumerables creyentes a lo largo de la historia confirman que el perdón no es una idea, sino una experiencia real. Dios ha perdonado, sigue perdonando y promete no volver a recordar los pecados de Su pueblo, conforme a Su pacto de gracia.
Tema central: La realidad innegable del perdón divino
Tema central: La realidad innegable del perdón divino
Nuestro primer y fundamental anuncio es este: HAY PERDÓN.
No se trata de una suposición piadosa ni de un deseo humano, sino de una verdad afirmada repetidamente por la voz misma de Dios. Los cuatro textos que hemos considerado declaran con perfecta armonía que el Señor no solo perdona, sino que decide no recordar los pecados de Su pueblo.
“Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo” —dice Jehová—, y el Espíritu Santo confirma por medio del apóstol: “Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades”. Esta es una verdad tan gloriosa que el salmista la convierte en motivo de adoración cuando exclama: “Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado”. Dios no es reverenciado solo por Su justicia, sino por la grandeza de Su misericordia. Él se deleita en perdonar.
Ahora bien, para consuelo de los corazones desalentados, consideremos las evidencias claras e irrefutables de que en Dios hay perdón.
1. El perdón revelado en la paciencia de Dios con los pecadores
1. El perdón revelado en la paciencia de Dios con los pecadores
La primera gran evidencia del perdón se manifiesta en la manera en que Dios ha tratado históricamente a los pecadores. Cuando nuestros primeros padres pecaron, merecieron una destrucción inmediata. Sin embargo, Dios no los aniquiló en el acto. Los confrontó, sí; los convenció de pecado, también; pero en lugar de pronunciar una sentencia final, les dio una promesa de redención.
La simiente de la mujer sería el instrumento para aplastar la cabeza de la serpiente. El juicio fue real, pero estuvo acompañado de esperanza. La maldición no cayó con todo su peso, y la vida fue preservada. Todo esto revela que, desde el amanecer de la historia humana, Dios tenía en Su corazón el propósito del perdón.
Si el Señor no hubiera tenido misericordia en mente, habría borrado a la raza humana en su origen. El hecho de que preguntara: “Adán, ¿dónde estás?”, no fue para informarse, sino para invitar al arrepentimiento. La paciencia divina es una predicación silenciosa del perdón.
Lo mismo sucede con nosotros. Si Dios no fuera perdonador, ninguno de nosotros estaría hoy con vida. Nuestros pecados tempranos, repetidos y obstinados habrían sido causa suficiente para nuestra destrucción. Pero seguimos aquí. ¿Por qué? Porque la paciencia de Dios es una extensión de Su misericordia, y Su longanimidad es una invitación al arrepentimiento.
Versículos clave:
Génesis 3:15
Romanos 2:4
2 Pedro 3:9
2. El perdón anunciado en el sistema sacrificial
2. El perdón anunciado en el sistema sacrificial
Una segunda evidencia poderosa del perdón es la institución de la ley ceremonial. ¿Por qué habría sacrificios si no hubiera perdón? ¿Por qué el derramamiento de sangre, si no hubiera remisión? Cada cordero ofrecido, cada holocausto aceptado, proclamaba que el pecado podía ser tratado y removido delante de Dios.
Los sacrificios no eran una ilusión religiosa, sino tipos de una gracia real. El sacerdote, el altar, el propiciatorio y el tabernáculo señalaban hacia una verdad mayor: Dios deseaba habitar con un pueblo perdonado. Un Dios santo no puede morar con culpables sin expiación, y sin embargo, Él decidió morar en medio de Israel.
El macho cabrío que llevaba simbólicamente los pecados fuera del campamento anunciaba que el pecado podía ser quitado. Los tipos no existen sin una realidad superior. Toda la economía mosaica fue una proclamación anticipada de la misericordia divina.
Versículos clave:
Levítico 17:11
Hebreos 9:22
Éxodo 25:22
3. El perdón proclamado en los llamados al arrepentimiento
3. El perdón proclamado en los llamados al arrepentimiento
Otra prueba irrefutable del perdón es que Dios llama al pecador a arrepentirse. Sería absurdo exhortar al arrepentimiento si no existiera la posibilidad de misericordia. Dios clama: “Convertíos a mí”, porque puede añadir: “porque misericordioso soy”.
Cada llamado profético es una puerta abierta. Cada exhortación al arrepentimiento es una promesa implícita de perdón. Bajo el Evangelio, este llamado se vuelve aún más claro: Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan, porque el arrepentimiento está unido a la remisión del pecado.
Juan el Bautista no gritó “¡arrepentíos!” para desesperar a los hombres, sino para prepararlos para la gracia. El arrepentimiento es el umbral de la misericordia.
Versículos clave:
Joel 2:12–13
Oseas 14:1–2
Hechos 17:30
4. El perdón implícito en la adoración y la oración
4. El perdón implícito en la adoración y la oración
Si no hubiera perdón, la adoración sería una burla cruel. ¿Por qué permitirnos orar si no podemos ser perdonados? ¿Por qué darnos salmos e himnos si Dios no pudiera recibir la alabanza de labios manchados?
La adoración presupone limpieza. El incienso solo puede subir de manos purificadas. El hecho de que Dios nos llame a alabarle es una prueba de que Su misericordia es eterna. Dios no espera cánticos de condenados sin esperanza, sino alabanzas de redimidos.
Versículos clave:
Salmos 130:4
Salmos 51:15
Hebreos 10:22
5. El perdón sellado en las ordenanzas cristianas
5. El perdón sellado en las ordenanzas cristianas
El bautismo proclama la muerte al pecado y el lavamiento espiritual. La Cena del Señor anuncia una comunión restaurada con Dios por medio de la muerte de Cristo. Ambas ordenanzas serían vacías si no existiera perdón real.
La iglesia misma, su ministerio y su adoración pública son profecías vivientes de la remisión del pecado. Dios no habría instituido estas cosas si no tuviera gracia abundante para el pecador arrepentido.
Versículos clave:
Romanos 6:4
1 Corintios 11:26
Hechos 2:38
6. El perdón garantizado en el nuevo pacto
6. El perdón garantizado en el nuevo pacto
El nuevo pacto tiene como centro la justificación. ¿Qué sentido tendría un nuevo pacto si la culpa permaneciera para siempre? El Espíritu Santo da testimonio claro: Dios escribe Su ley en el corazón y no se acuerda más del pecado.
Dios no miente ni juega con falsas esperanzas. El pacto de gracia es una promesa firme, sellada con la sangre de Cristo.
Versículos clave:
Jeremías 31:33–34
Hebreos 10:16–17
Lucas 22:20
7. El perdón confirmado en la cruz y en la experiencia del pueblo de Dios
7. El perdón confirmado en la cruz y en la experiencia del pueblo de Dios
La cruz responde a toda duda. Las heridas de Cristo, Su clamor y Su “Consumado es”, proclaman que el pecado fue tratado completamente. Si no hubiera perdón, la cruz sería un fracaso; pero es el mayor triunfo de la historia.
Además, multitudes pueden testificar que sus pecados fueron perdonados. La comunión con Dios, la paz del alma y el gozo de la salvación no pueden existir sin remisión real.
Versículos clave:
1 Juan 1:7
Hechos 13:38–39
Romanos 5:1
Conclusión pastoral
Conclusión pastoral
Hay perdón.
Hay perdón suficiente, real, presente y eficaz.
Dios lo declara, Cristo lo compró, el Espíritu lo aplica, y el pueblo de Dios lo testifica.
“Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.”
Que el Espíritu Santo use esta verdad para consolar a todo corazón cargado y conducirlo a la cruz de Cristo. Amén.
PARTE 3 – EL PERDÓN QUE DIOS OTORGA ES UN OLVIDO REAL DEL PECADO
PARTE 3 – EL PERDÓN QUE DIOS OTORGA ES UN OLVIDO REAL DEL PECADO
El texto concluye afirmando que el perdón debe ser recibido, y solo puede recibirse por medio de la sangre expiadora de Jesucristo. Dios olvida el pecado porque mira a Su Hijo cargando con él en la cruz; el sacrificio de Cristo ocupa el lugar de nuestras transgresiones en la memoria divina. Bajo la sombra de la cruz, el pecador que confía en Jesús recibe inmediatamente el perdón, pues Dios recuerda el sufrimiento de Su Hijo en lugar del pecado del creyente. Este perdón nace del amor eterno y de la misericordia abundante de Dios, quien desea manifestar Su gracia y cubrir una multitud de pecados.
El perdón se recibe al acercarse a Dios no bajo los términos de la ley, sino bajo los términos de la gracia. El pecador debe venir apelando únicamente a la misericordia divina, reconociendo su indignidad y refugiándose en el amor eterno de Dios. Dios ama a Su pueblo desde antes de la caída, y ese amor se expresó plenamente al entregar a Su Hijo. Por ese amor, Él borra el pecado y no vuelve a recordarlo. Quien desea este perdón debe clamar como el salmista, confiando en la misericordia y no en méritos propios.
Finalmente, el texto enseña que el perdón está inseparablemente unido a la renovación del corazón. Dios se complace en aquellos que han sido regenerados, que se arrepienten, creen y son transformados por Su Espíritu. El camino señalado es claro: arrepentirse sinceramente, confesar el pecado, abandonarlo y, sobre todo, creer en el Señor Jesucristo. Quien confía en Él es perdonado de inmediato, libre de toda acusación y llamado a vivir en gratitud, arrepentimiento continuo y proclamación del glorioso mensaje: en Dios hay un perdón pleno y eterno.
Tema central: El perdón divino equivale a un olvido completo
Tema central: El perdón divino equivale a un olvido completo
En segundo lugar, afirmamos esta gloriosa verdad: el perdón de Dios es equivalente a olvidar el pecado.
Esto es una maravilla que sobrepasa la razón humana. Dios declara que hará algo que, en sentido estricto, parecería imposible: no recordar nuestras transgresiones. No porque Dios sea limitado, sino porque Su perdón es tan perfecto que Él mismo lo describe en términos de olvido.
El olvido, en nosotros, es una debilidad; en Dios, este “olvido” es una decisión soberana y judicial. Dios no tiene pasado ni futuro; todo está presente delante de Él. Sin embargo, Él se digna hablar en nuestro lenguaje para que entendamos la profundidad de Su gracia:
“Nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones”.
Con esto, el Señor nos enseña que Su perdón no es parcial ni condicional, sino absoluto, pleno y definitivo.
1. Dios no archiva el pecado del perdonado
1. Dios no archiva el pecado del perdonado
Los hombres guardan recuerdos como en una bodega: almacenan agravios, registran ofensas, conservan faltas para el futuro. Pero Dios declara que no guardará nuestros pecados en Sus archivos. No los atesora, no los conserva, no los mantiene listos para un día de juicio.
El pueblo de Dios no puede decir con Job: “Tienes sellada en saco mi prevaricación”, porque en Cristo ese saco fue rasgado y vaciado.
Los impíos, en cambio, acumulan pecado tras pecado, y su iniquidad clama por justicia. Pero los redimidos no tienen cargos pendientes delante del trono.
Versículos clave:
Jeremías 50:20
Salmos 103:12
Romanos 4:8
2. Dios no medita ni rumia el pecado perdonado
2. Dios no medita ni rumia el pecado perdonado
Los hombres recuerdan y luego rumian la ofensa. La revisitan, la analizan, la exageran, hasta que la indignación se convierte en furia. Pero Dios no hace eso con Sus hijos arrepentidos.
El Señor no revive el pasado del creyente. No se sienta a reconsiderar antiguas culpas. No hay en Él una memoria acusadora.
“Nunca más me acordaré de sus pecados”.
No habrá un día en que Dios diga: “Ahora recuerdo lo que hiciste antes, y cambiaré mi trato contigo”.
Eso jamás sucederá. El pecado del creyente fue sepultado con Cristo y no tendrá resurrección.
Versículos clave:
Isaías 43:25
Miqueas 7:19
Hebreos 8:12
3. Dios no exige una expiación adicional
3. Dios no exige una expiación adicional
Cuando Dios dice que no recuerda el pecado, significa también que no demandará jamás otro sacrificio.
La obra de Cristo fue suficiente y final.
Bajo la ley había un recuerdo anual del pecado; bajo la gracia, hay una remisión eterna. Cristo entró una vez para siempre, y Su sacrificio cerró definitivamente el expediente del pecado.
Por eso, no hay lugar para ideas de castigos posteriores, purgatorios o expiaciones adicionales. Si Dios olvidó el pecado, ¿cómo podría castigar por él?
Versículos clave:
Hebreos 10:14–18
Romanos 8:1
Juan 19:30
4. Dios no acusa ni reprocha al perdonado
4. Dios no acusa ni reprocha al perdonado
Si Dios ha olvidado el pecado, no puede acusar, ni reprochar, ni traer cargos al creyente.
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios?”
Dios justifica. Cristo intercede. El Espíritu da testimonio.
No puede brotar acusación de una fuente de gracia.
El perdón de Dios silencia toda acusación, tanto en el cielo como en la conciencia del creyente.
Versículos clave:
Romanos 8:33–34
Zacarías 3:1–4
Apocalipsis 12:10–11
5. Dios no trata al perdonado como creyente de segunda categoría
5. Dios no trata al perdonado como creyente de segunda categoría
El Señor no recuerda nuestras culpas para limitarnos, rebajarnos o mantenernos a distancia.
Él no hace distinción entre “grandes pecadores” y “pequeños pecadores” una vez que han sido lavados.
Pedro negó al Señor, y aun así predicó en Pentecostés.
Los discípulos huyeron, y aun así fueron hechos columnas de la Iglesia.
Esto demuestra que Dios no recuerda para castigar ni para restringir.
No solo nos perdona, sino que nos honra, nos adopta y nos hace coherederos con Cristo.
Versículos clave:
Efesios 1:6
Romanos 8:15–17
Apocalipsis 3:21
6. El perdón se recibe únicamente por la sangre de Cristo
6. El perdón se recibe únicamente por la sangre de Cristo
Ahora bien, este perdón debe recibirse.
¿Y cómo se recibe?
Por la sangre expiatoria de Jesucristo.
Dios olvida el pecado porque ve a Su Hijo cargándolo en la cruz. La muerte del Unigénito produjo una impresión eterna en el corazón del Padre, de tal manera que los pecados de los redimidos quedaron borrados para siempre.
Ponte bajo la sombra de la cruz. Confía en Cristo ahora mismo. La sangre es aplicada inmediatamente, y el pecado es olvidado para siempre.
Versículos clave:
Hebreos 9:26
1 Pedro 2:24
1 Juan 1:7
7. El perdón se recibe por misericordia, no por mérito
7. El perdón se recibe por misericordia, no por mérito
No vengas a Dios apelando a la ley, sino a la misericordia.
No presentes méritos; clama por gracia.
“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia”.
Dios es amor, y Su amor eterno cubre multitud de pecados.
Versículos clave:
Salmos 51:1
Efesios 2:8–9
Tito 3:5
8. El perdón va unido a arrepentimiento y fe
8. El perdón va unido a arrepentimiento y fe
El perdón no existe sin transformación. Dios no perdona para dejar igual, sino para hacer nuevo.
Arrepiéntete, confiesa, abandona el pecado y cree en el Señor Jesucristo.
Este es el camino señalado por Dios.
Quien confiesa y abandona, alcanza misericordia.
Versículos clave:
Proverbios 28:13
Hechos 3:19
Marcos 1:15
Conclusión final
Conclusión final
Hay perdón.
Perdón verdadero.
Perdón que borra.
Perdón que olvida.
Perdón que restaura.
Perdón eterno.
Si has creído en Cristo, tu pecado ya no existe delante de Dios.
Ha sido arrojado al fondo del mar.
No hay acusación.
No hay condenación.
Ve, vive agradecido, arrepiéntete siempre, alaba siempre y proclama esta gloriosa noticia:
“Nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones.”
Que Dios bendiga Su Palabra en tu corazón y en los que la oigan.
Amén.
