El Mesías.
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Hemos llegado al final del capítulo 7 del Evangelio de Marcos y, con ello, hoy entramos en una nueva sección de nuestro estudio. El Evangelio de Marcos tiene 16 capítulos, y el final del capítulo 7 marca la bisagra, es decir, la transición hacia la segunda mitad del relato. A partir de este punto, todo el resto de la narrativa comenzará a encaminarse, poco a poco, hacia el momento de la cruz.
Por lo tanto, desde hoy entramos en una nueva mini-serie que he titulado: “Isaías 35 en carne y hueso.”
¿Por qué ese título?
Recuerda que cada uno de los evangelios tiene un propósito original dado por los autores bíblicos. En el caso de Marcos —quien aprendió lo que relata en su evangelio desde la perspectiva de Pedro, su maestro— el objetivo es confrontar al lector con una pregunta que tiene el poder de transformar su vida: ¿Quién es Jesús?
Así que quiero hacerte esa misma pregunta: ¿Quién es Jesús?
Pero esta no es una pregunta que pueda hacerse desde un romanticismo pseudoacadémico que dice: “¿Quién es Jesús para ti?” Porque Jesús no cambia de una persona a otra. Jesús no es un amuleto que pueda adaptarse, mejorarse o manipularse según el problema del creyente. Jesús no es una idea ni un concepto; Jesús es una persona.
Y esa persona se ha revelado por medio de las Escrituras. Por lo tanto, o somos capaces de responder a la pregunta “¿Quién es Jesús?” a la luz de lo que dicen las Sagradas Escrituras, comprendiendo y aceptando las implicaciones de tan tremenda afirmación, o simplemente no podemos. Y eso, en sí mismo, también es una respuesta.
Así que aquí está la pregunta una vez más: ¿Quién es Jesús?…
Para Marcos, esa pregunta se puede contestar así: “Jesús es el Mesías”
La palabra Mesías viene del hebreo Mashíaj y significa “el Ungido o el Elegido”. En el Antiguo Testamento, ser ungido implicaba que alguien había sido apartado por Dios para cumplir una misión especial—como reyes, sacerdotes o profetas. Pero el Mesías prometido no sería uno más en esa lista: sería el libertador definitivo, enviado por Dios para rescatar a su pueblo, restaurar la relación rota por el pecado y establecer su Reino con justicia y paz.
Decimos que Jesús es el Mesías porque cumple y supera todas esas promesas. Él no solo enseña como profeta, gobierna como rey y media como sacerdote; Él entrega su vida para salvarnos y vence a la muerte con su resurrección. En Cristo, la esperanza prometida se hace persona.
Y una de esas promesas la podemos leer en Isaías 35
Hasta el lugar desolado y el desierto estarán contentos en esos días;
la tierra baldía se alegrará y florecerá el azafrán de primavera.
Así es, habrá abundancia de flores,
de cantos y de alegría.
Los desiertos se pondrán tan verdes como los montes del Líbano,
tan bellos como el monte Carmelo o la llanura de Sarón.
Allí el Señor manifestará su gloria,
el esplendor de nuestro Dios.
Con esta noticia, fortalezcan a los que tienen cansadas las manos,
y animen a los que tienen débiles las rodillas.
Digan a los de corazón temeroso:
«Sean fuertes y no teman,
porque su Dios viene para destruir a sus enemigos;
viene para salvarlos».
Y cuando él venga, abrirá los ojos de los ciegos
y destapará los oídos de los sordos.
El cojo saltará como un ciervo,
y los que no pueden hablar ¡cantarán de alegría!
Brotarán manantiales en el desierto
y corrientes regarán la tierra baldía.
El suelo reseco se convertirá en laguna
y los manantiales de agua saciarán la tierra sedienta.
Crecerán las hierbas de pantano, las cañas y los juncos
donde antes vivían los chacales del desierto.
Un gran camino atravesará esa tierra, antes vacía;
se le dará el nombre de Carretera de la Santidad.
Los de mente malvada nunca viajarán por ella.
Será solamente para quienes anden por los caminos de Dios;
los necios nunca andarán por ella.
Los leones no acecharán por esa ruta,
ni ninguna otra bestia feroz.
No habrá ningún otro peligro;
sólo los redimidos andarán por ella.
Regresarán los que han sido rescatados por el Señor;
entrarán cantando a Jerusalén,
coronados de gozo eterno,
estarán llenos de regocijo y de alegría;
desaparecerán el luto y la tristeza.
Ahora, con este texto en mente, quizá puedas comprender un poco mejor por qué Pedro, por medio de la pluma de Marcos, relata un milagro que solo aparece en el Evangelio de Marcos y no en ningún otro.
Leamos Marcos 7:31-37
Jesús salió de Tiro y subió hasta Sidón antes de regresar al mar de Galilea y a la región de las Diez Ciudades. Le trajeron a un hombre sordo con un defecto del habla, y la gente le suplicó a Jesús que pusiera sus manos sobre el hombre para sanarlo.
Jesús lo llevó aparte de la multitud para poder estar a solas con él. Metió sus dedos en los oídos del hombre. Después escupió sobre sus propios dedos y tocó la lengua del hombre. Mirando al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa «¡Ábranse!». Al instante el hombre pudo oír perfectamente bien y se le desató la lengua, de modo que hablaba con total claridad.
Jesús le dijo a la multitud que no lo contaran a nadie, pero cuanto más les pedía que no lo hicieran, tanto más hacían correr la voz. Quedaron completamente asombrados y decían una y otra vez: «Todo lo que él hace es maravilloso. Hasta hace oír a los sordos y da la capacidad de hablar al que no puede hacerlo».
Mi oración es que, después de revisar este texto, no solo podamos asombrarnos por lo que Jesús está haciendo, sino que podamos conocerlo mejor; que nuestra fe sea alimentada, nuestra esperanza fortalecida y, quizá, nuestra vida confrontada. Así que primero haremos varias observaciones sobre el texto y, después, te compartiré cuatro verdades que emanan de él y que son aplicables tanto a tu vida diaria como a la mía…
“Jesús salió de Tiro y subió a Sidón antes de regresar…”
Recuerda que Jesús, a consecuencia del conflicto que se presentó con los líderes religiosos —cuando les dijo que lo que contamina no es lo que entra en el cuerpo, sino lo que sale del corazón— decidió salir del territorio de Israel y entrar en una nación vecina al norte: Tiro. Allí tuvo un encuentro con una mujer sirofenicia que, a pesar de lo “grosero” que pudiera parecer a primera vista, enseñó a los discípulos que el costo de seguir a Jesús es ir a donde nadie quiere ir, ser importunado por quienes nadie tolera, y amar y servir a quienes nadie quiere amar ni servir.
Ahora bien, Jesús, después de tener este encuentro, no regresa inmediatamente a tierras judías, sino que se mantiene en territorio gentil. Esto marca un precedente importante porque, en Marcos 7:15, Jesús comienza a “borrar” la línea que separaba a judíos y gentiles al decir: “Lo que entra en el cuerpo no es lo que los contamina; ustedes se contaminan por lo que sale de su corazón.” Recuerda que los judíos tienen muchas regulaciones sobre qué si pueden comer y qué no. Y ahora, en Marcos 7:31, en lugar de regresar a casa, decide permanecer más tiempo entre aquellos que “no eran nadie”, entre aquellos a quienes los judíos llamaban “perros” “…pero hasta a los perros que están en casa se les permite comer las sobras del plato de los hijos” (Marcos 7:28).
¿Qué nos dice esto? Jesús está demostrando amor por quienes no son judíos, y poco a poco está estableciendo las bases para lo que sucedería en el libro de los hechos cuando el Espíritu Santo comisionará a Pedro para ir a una casa “gentil” y ahí, el milagro de la salvación será patente también para los que no son Judíos. Ministerio que después llevaría acabo Pablo.
“… al mar de Galilea y a la región de las Diez Ciudades. ”
Jesús ¡está de regreso a una región dónde ya lo conocen, dónde quedaron impactados por su obra! ¡Jesús está de regreso en la región dónde nuestro hermano que un día estaba poseído por demonios, Jesús está de regreso en la tierra del “endemoniado gadareno”.
“Le trajeron a un hombre sordo con un defecto del habla, y la gente le suplicó a Jesús que pusiera sus manos sobre el hombre para sanarlo. ”
Todo parece indicar que nuestro hermano hizo bien su trabajo al proclamar las grandes cosas que Jesús había hecho por él al liberarlo de los demonios, porque ahora mucha gente se ha reunido al saber que Cristo ha regresado, e incluso le han traído a un hombre sordo.
Es “normal” que una persona sorda no pueda hablar (o tenga grandes dificultades para hacerlo) porque el habla se aprende escuchando.
En la mayoría de los casos, los niños aprenden a hablar al oír sonidos, imitar palabras, corregir la pronunciación y ajustar el volumen y el ritmo de su voz. Cuando una persona no puede oír, especialmente desde nacimiento o a edad temprana, no recibe esa retroalimentación auditiva necesaria para desarrollar el lenguaje oral de forma natural.
En otras palabras:
No es que la persona sorda no tenga capacidad física para hablar.
El problema es que no puede oír los sonidos que debería imitar o corregir.
Sin oír su propia voz ni la de otros, aprender a articular palabras se vuelve extremadamente difícil.
Por eso, muchas personas sordas se comunican principalmente mediante lengua de señas, que es un idioma completo, con gramática y estructura propias, y no una limitación intelectual.
Esto ayuda a entender por qué, en los evangelios, cuando Jesús sana a una persona sorda, también puede restaurarse su habla: al abrirse el oído, se restaura el canal necesario para comunicarse plenamente.
“Jesús lo llevó aparte de la multitud para poder estar a solas con él. Metió sus dedos en los oídos del hombre. Después escupió sobre sus propios dedos y tocó la lengua del hombre. Mirando al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa «¡Ábranse!». Al instante el hombre pudo oír perfectamente bien y se le desató la lengua, de modo que hablaba con total claridad. ”
Lo primero que debe llamarnos la atención es que este hombre no llegó ante Jesús por su propio pie, sino que fue llevado por otros. Quizá habría sido imposible para él saber que Jesús estaba cerca si alguien más no lo hubiera llevado. Por eso quiero animarte a que lleves a las personas a Cristo. Nadie muestra mayor amor por otro que aquel que lo conduce a Cristo.
Es muy interesante ver que Jesús lleva a este hombre a un lugar apartado para estar a solas con él.
Ahora bien, quiero que notes la gran diferencia en la manera en que Jesús trata a este hombre sordo en comparación con la forma en que trató a la mujer sirofenicia. Esta diferencia no significa que Jesús estuviera a favor del hombre y en contra de la mujer; no. Significa que Jesús tiene un trato personal con cada uno de nosotros. Por lo tanto, no puedes evaluar tu vida comparándola con lo que Dios hace o deja de hacer en la vida de otros. La relación con Dios es personal, y Él sabe que lo que tú necesitas para escucharle, conocerle y amarle más no es lo mismo que otros necesitan. Así que no te pongas celoso si Dios trata de manera diferente a alguien más.
Lo que sigue a continuación podría parecernos una de las cosas más extrañas que Jesús hizo en su ministerio, si lo miramos desde nuestra perspectiva como personas “regulares” en el año 2026. Pero si lo analizamos con atención, descubrimos que es uno de los actos de misericordia más bellos y uno de los momentos de empatía más profundos entre los kerigmas de Jesús.
Jesús no mete sus dedos en los oídos del hombre ni toca su lengua con un dedo humedecido solo porque quiera “molestarlo” o realizar algún ritual mágico para sanarlo. No. Lo que Jesús está haciendo es algo mucho más hermoso: Jesús está hablando el idioma del hombre. Le está comunicando, por medio de gestos, lo que va a hacer. Al meter los dedos en sus oídos y luego sacarlos, es como si le dijera: “oídos, destaparse”.
Además, es importante aclarar que en la antigüedad se creía que la saliva humana tenía propiedades curativas, y de hecho, esa idea aún persiste hoy. Cuando nos cortamos, muchas veces instintivamente chupamos el dedo; cuando un niño se raspa, la mamá o la abuela “le ponen babita”; incluso hay culturas donde se creía que lamer una herida o un ojo enfermo ayudaba a sanar. No estoy animando a nadie a andar lamiendo a otros ni a escupirnos entre nosotros, pero el punto es este: en la antigüedad, la saliva estaba asociada con la idea de medicina o sanidad. Por eso, cuando Jesús toca la lengua del hombre, le está comunicando: “lengua, vas a ser sanada”.
Y observa lo hermoso del momento: después de esto, Jesús mira al cielo, probablemente para indicarle al hombre de dónde vendría el poder que lo iba a sanar. Inmediatamente, en su lengua materna, Jesús pronuncia una sola palabra: “¡Ábranse!”.
La misma voz que calmó la tormenta es la voz que llamó a la existencia todo el universo. Por eso la materia, incluso el cuerpo humano, responde a la palabra del Creador. La Palabra de Dios es la manifestación de su poder y de su voluntad.
Esto me lleva a una pregunta humillante y profundamente confrontadora: si la creación —incluyendo las células del cuerpo humano— obedece la voz del Creador, ¿por qué nosotros tantas veces no queremos obedecerla? ¿Por qué luchamos tanto cuando llega la crisis de fe? ¿No deberíamos simplemente obedecer como lo hacen el mar, el viento y el universo entero?
Donde no hay obediencia a la Palabra de Dios, no hay experiencia ni manifestación de la gloria de Dios. Recuérdalo bien: si no obedeces, no lo experimentas.
Dios está dispuesto a comunicarse contigo. Él es empático, Él es cercano, y Él habla tu lengua, incluso si tiene que hacerlo con señas. Dios quiere hablar, quiere revelarse, quiere darse a conocer; la pregunta no es si Dios habla… la pregunta es si tú estás escuchando.
Muchas veces no es que Dios guarde silencio, sino que nuestro corazón está distraído, endurecido o lleno de ruido. Pero el mismo Dios que se acercó al hombre sordo, que se tomó el tiempo de mirarlo, tocarlo y comunicarse a su manera, es el Dios que hoy se acerca a ti. Él sabe cómo llamar tu atención, cómo tocar tu vida y cómo hablarte de una forma que puedas entender.
Así que hoy, más que pedir que Dios hable, quizá debamos pedirle que abra nuestros oídos, que quite aquello que nos impide escucharle, y que nos dé un corazón dispuesto a obedecer. Porque cuando Dios habla y nosotros escuchamos con fe, la vida es transformada.
“Jesús le dijo a la multitud que no lo contaran a nadie, pero cuanto más les pedía que no lo hicieran, tanto más hacían correr la voz. ”
Surge entonces una pregunta natural: ¿por qué al hombre a quien liberó de la legión de demonios Jesús le dijo que fuera y contara a todos lo que Dios había hecho en él, pero a estas personas —que son de la misma región— les ordena que no digan nada?
Antes de responder esa pregunta, es importante notar algo profundamente confrontador: una vez más, los seres humanos nos mostramos más rebeldes que la materia misma del universo. Más rebeldes que el viento y el mar, que obedecieron sin cuestionar y de inmediato a la voz del Mesías. En contraste, cuando Cristo da una instrucción clara, ellos desobedecen. Esto revela una tensión constante en el corazón humano: oímos la voz de Dios, pero no siempre estamos dispuestos a someternos a ella.
Ahora bien, ¿por qué Jesús les pide silencio? La respuesta tiene que ver con el momento de la historia redentora. Jesús no quería que la gente lo siguiera únicamente por los milagros, ni que lo redujeran a un hacedor de prodigios. El mensaje aún no estaba completo. Todavía no había pasado por la cruz ni había resucitado. Si en ese punto la multitud proclamaba a Jesús solo como sanador o taumaturgo, el centro del evangelio quedaría distorsionado.
Los milagros señalaban quién era Jesús, pero no eran el mensaje final. El corazón del evangelio no es solo que Jesús sana cuerpos, sino que entrega su vida por los pecadores y vence a la muerte mediante su resurrección. Hasta que eso ocurriera, cualquier proclamación sería parcial e incompleta.
Por eso, en ese momento, Jesús pide silencio. Pero después de la cruz y de la resurrección, todo cambia. Entonces ya no dice “no hablen”, sino “vayan y hablen”. Ya no pide reserva, sino proclamación. Porque ahora el mensaje está completo. Ahora sí podemos anunciar con libertad no solo lo que Jesús hace, sino quién es y lo que ha hecho definitivamente por nosotros.
En otras palabras, Jesús no quería fama sin cruz ni gloria sin sacrificio. Y eso nos recuerda que seguir a Cristo no es solo asombrarnos por sus obras, sino abrazar su mensaje completo, aun cuando ese mensaje nos llame a obedecer, rendirnos y cargar nuestra cruz.
“Quedaron completamente asombrados y decían una y otra vez: «Todo lo que él hace es maravilloso. Hasta hace oír a los sordos y da la capacidad de hablar al que no puede hacerlo». ”
Esta reacción es profundamente significativa. Quienes están diciendo esto no eran parte del pueblo del pacto, no eran Israel, no tenían la Ley ni los Profetas como herencia espiritual directa. Y, sin embargo, fueron testigos del cumplimiento de la promesa mesiánica anunciada en Isaías 35: “los oídos de los sordos se destaparán y los mudos gritarán de alegría”. Es asombroso ver cómo Dios permite que aquellos que estaban “fuera” presencien lo que muchos “dentro” no supieron reconocer.
Esto nos recuerda una verdad incómoda pero gloriosa a la vez: Dios no depende de la obediencia perfecta del ser humano para cumplir sus propósitos. Aunque la multitud desobedeció la instrucción de Jesús de guardar silencio, Dios fue glorificado. No porque la desobediencia sea buena o aceptable, sino porque la gloria de Dios no puede ser frustrada por la debilidad humana. Esto no es una licencia para desobedecer, sino una declaración de la soberanía divina.
Ellos repiten una y otra vez: “Todo lo que Él hace es maravilloso”. Sin saberlo del todo, están confesando una verdad teológica profunda: las obras de Jesús revelan que Él es quien dice ser. Jesús no solo hace milagros; restaura lo que el pecado había quebrado, devuelve la capacidad de escuchar y de hablar, símbolos claros de una restauración más profunda: la del corazón humano frente a Dios.
Aquí hay una ironía muy interesante: los que no eran considerados “pueblo de Dios” reconocen que las obras de Jesús apuntan a algo más grande, mientras que muchos que sí se asumían como pueblo de Dios permanecen ciegos y sordos espiritualmente. Aun así, Dios se glorifica. Aun así, el Mesías es exaltado. Aun así, la verdad avanza.
Esto nos lleva a descansar en una realidad firme: al final, Dios siempre tiene la razón, Dios siempre cumple su Palabra y Dios siempre se lleva la gloria en Jesús. Ni la desobediencia humana, ni la confusión del momento histórico, ni las motivaciones incorrectas pueden detener el plan redentor de Dios. Cristo será glorificado, su identidad será revelada y su Reino avanzará.
Y eso no nos llama a la pasividad, sino a la humildad. Nos recuerda que obedecer a Dios es nuestro llamado, pero la gloria de su Nombre es su obra. Y en Cristo, esa gloria es inevitable.
Todo esto que hemos observado en el texto no es solo información para nuestra mente, ni una clase de historia para nuestra memoria. No estamos leyendo este pasaje únicamente para admirar lo que Jesús hizo entonces, sino para discernir lo que el Mesías sigue haciendo hoy. La obra de Cristo no se queda en el pasado ni se limita a aquel hombre sordo; el mismo Jesús continúa acercándose, tocando, restaurando y enviando a personas como tú y como yo.
Por eso, a partir de aquí, quiero que dejemos de hablar del hombre del pasaje y comencemos a mirarnos a nosotros mismos a la luz del Mesías. Porque la historia no termina con el asombro de la multitud, sino con la transformación de una vida. Así que, con esto en mente, permíteme presentarte cuatro verdades sencillas pero profundamente transformadoras que emergen del texto y que describen la manera en que el Mesías obra en nosotros:
1. El Mesías… vino a mí
1. El Mesías… vino a mí
De la misma forma en que el Mesías decidió permanecer en tierra gentil para mostrar su gloria entre aquellos que no lo merecían, así lo ha hecho contigo y conmigo.
Jesús no llegó a esta región por accidente. No estaba “de paso”. No se perdió en el camino. Él decidió ir a donde otros no querían ir. Decidió caminar entre los que no tenían linaje espiritual, reputación religiosa ni méritos visibles. Y eso es exactamente lo que hace con nosotros.
Tú y yo no encontramos a Cristo porque éramos más sensibles espiritualmente, ni porque estábamos más abiertos que otros. Cristo vino a nosotros cuando no podíamos ir a Él. Vino cuando estábamos lejos, distraídos, rotos, espiritualmente sordos. Vino cuando no teníamos lenguaje para hablarle ni oídos para escucharle.
Eso es gracia.
El Mesías no espera a que tú estés listo; Él se acerca.
No espera a que entiendas todo; Él inicia el encuentro.
No espera a que te comportes mejor; Él entra en tu historia.
Y eso confronta profundamente nuestra manera de ver a Dios. Muchas veces pensamos que Dios se mueve hacia nosotros en proporción a nuestro desempeño espiritual. Pero el evangelio nos recuerda que Jesús se mueve por compasión, no por mérito.
2. El Mesías… me apartó
2. El Mesías… me apartó
El texto nos dice que Jesús tomó al hombre y lo llevó aparte de la multitud. Ese detalle no es decorativo; es profundamente pastoral.
Jesús pudo haberlo sanado frente a todos.
Pudo haberlo hecho rápido.
Pudo haber usado el milagro como plataforma.
Pero no lo hizo así.
Porque antes de restaurar algo en público, Jesús quiso relacionarse en privado.
Esto nos enseña que el Mesías no solo quiere arreglar lo que otros ven, sino tocar lo que solo Él conoce. Él no nos trata como proyectos, ni como ilustraciones, ni como ejemplos. Él nos trata como personas.
A veces, para sanarnos, Jesús necesita apartarnos del ruido.
Del ruido de las opiniones.
Del ruido de las comparaciones.
Del ruido de nuestras propias expectativas.
El obrar de Cristo se da en la intimidad de la relación personal e intima con Él.
3. El Mesías… me sanó
3. El Mesías… me sanó
La sanidad que Jesús trae no es superficial ni apresurada. Él no solo abre oídos físicos; abre los oídos espirituales.
Cuando Jesús dice “¡Ábranse!”, no solo está ordenando a un cuerpo que funcione correctamente. Está restaurando la capacidad de escuchar, de responder, de comunicarse, de relacionarse, con Él.
El pecado no solo nos hizo culpables; nos volvió sordos espirituales.
Sordos a la voz de Dios.
Sordos a la verdad.
Sordos a la corrección.
Y, como consecuencia, mudos para anunciar correctamente quién es Él.
Pero cuando Cristo sana, restaura el orden.
Primero escuchamos.
Luego hablamos.
Por eso no hay testimonio genuino sin antes haber oído la voz del Mesías. No podemos hablar bien de Cristo si no hemos aprendido a escucharle.
4. El Mesías… me envió
4. El Mesías… me envió
Aunque en este momento Jesús pide silencio, el texto apunta inevitablemente hacia el envío. Porque el silencio es temporal; la misión es permanente.
Después de la cruz y la resurrección, el Mesías ya no dice “no lo digan”, sino “vayan y díganlo”. Porque ahora el mensaje está completo.
Y esto nos recuerda algo fundamental: nadie que ha sido tocado por Cristo permanece igual.
No todos somos enviados de la misma manera, pero todos somos enviados con el mismo mensaje. No todos predican desde un púlpito, pero todos proclaman desde su vida.
Jesús no solo sana para que estemos bien; sana para que seamos testigos.
No restaura para que admiremos; restaura para que anunciemos.
No abre oídos solo para escuchar; los abre para obedecer.
El hombre del pasaje no pidió ser misionero. No se inscribió en una clase. No tomó un curso. Pero su vida transformada se convirtió en una proclamación viva.
Y lo mismo ocurre contigo.
Si Cristo vino a ti,
si Cristo te apartó,
si Cristo te sanó,
entonces Cristo te está enviando.
No con perfección, sino con obediencia.
No con todas las respuestas, sino con una historia redimida.
No con tu gloria, sino con la suya.
Porque Isaías 35 no solo se cumplió en aquel hombre.
Se sigue cumpliendo cada vez que Cristo abre oídos, restaura corazones y envía vidas transformadas.
El Mesías vino a ti.
Te apartó.
Te sanó.
Y ahora… te envía.
Que tengamos oídos abiertos para escucharle, corazones rendidos para obedecerle y vidas disponibles para anunciarle.
ERES AMADO.
