Ser lo que somos...
Tiempo de Epifanía • Sermon • Submitted • Presented
0 ratings
· 6 viewsNotes
Transcript
Mateo 5:13–20 "13 »Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo lo recobrará? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee. 14 »Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una montaña no puede esconderse. 15 Tampoco se enciende una lámpara para cubrirla con una vasija. Por el contrario, se pone en el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos. 17 »No piensen que he venido a anular la Ley o los Profetas; no he venido a anularlos, sino a darles cumplimiento. 18 Les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la Ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido. 19 Todo el que infrinja uno solo de estos mandamientos, por pequeño que sea, y enseñe a otros a hacer lo mismo, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos; pero el que los practique y enseñe será considerado grande en el reino de los cielos. 20 Porque les digo a ustedes que no van a entrar en el reino de los cielos a menos que su justicia supere la de los fariseos y la de los maestros de la Ley."
Introducción
Introducción
Después del pregón de las bienaventuranzas, donde Jesús pone en el centro a los pobres en espíritu, a quienes sufren, a quienes tienen hambre y sed de justicia y a los pacificadores, Mateo presenta una reflexión sobre la identidad de la comunidad cristiana.
Jesús habla a sus discípulos en la ladera de la montaña y abre su mensaje con una comprensión del Reino de los cielos que cuestiona las lógicas de este mundo. Nos recuerda la gratuidad del Reino, el llamado a ser constructores de paz y la inclusión de quienes han sido excluidos y vulnerados. Otros textos que hemos leído este año, como el llamado a los primeros discípulos, nos han mostrado ese mismo proyecto comunitario en medio de un mundo marcado por abusos sociales, políticos y religiosos.
El Sermón del Monte quiere llevarnos a la reflexión sobre la justicia más alta: una justicia que no sirve a los poderosos, sino que nace del corazón de Dios.
“Ser lo que somos…” es el título de esta homilía porque las palabras de Jesús apuntan a nuestra identidad: “ustedes son…”. La iglesia, el cuerpo de Cristo, existe en la tierra con un propósito al servicio de Dios.
Hoy nos concentraremos en esa identidad: ser sal de la tierra y luz del mundo.
1. Ser sal de la tierra
1. Ser sal de la tierra
La primera expresión identitaria de Jesús para la comunidad cristiana es clara: “Ustedes son la sal de la tierra” (Mt 5:13). Entre las funciones de la sal están sazonar y conservar los alimentos.
En el marco de las bienaventuranzas, Jesús anuncia que la iglesia existe para dar sabor y para preservar la vida. Cuando predico este texto, suelo compararlo con la preparación del arroz. Cuando cocinamos arroz sin sal, queda insípido. Podemos intentar corregirlo después, pero nunca tendrá el mismo sabor que cuando la sal estuvo presente desde el comienzo.
Jesús plantea una pregunta inquietante: ¿qué pasa si la sal pierde su sabor? Dice que no sirve para nada, sino para ser tirada. El texto griego usa la palabra μωραίνω (moraínoque) también significa «volverse necia« o «enloquecer». Es decir, cuando la iglesia pierde su sabor, pierde también la sabiduría del Reino.
Ser sal es un desafío profundo. No podemos perder el sabor: el sabor a Dios, el sabor al amor, a la fraternidad, a la alegría y, en el contexto del texto, a la justicia y a la paz. Una iglesia que pierde su sabor se vuelve necia; una iglesia que preserva su sabor se vuelve sabia en el mundo.
Como sal que somos, Jesús nos llama a tener conciencia de nuestra misión. Si nos desviamos, perdemos el sabor. Dios nos ha puesto en esta tierra para dar sazón y para preservar el bien.
Pero la sal solo cumple su función cuando se disuelve. Así también la iglesia: estamos llamados a disolvernos en el servicio y en el amor por la humanidad, representando a Dios y participando en la construcción de su Reino. Solo cuando nos entregamos así podemos dar el sabor que la tierra necesita.
Ser sal de la tierra también implica cuidar la creación. Esta nueva comunidad del Reino retoma el mandato de Génesis: administrar y cuidar la tierra. Somos sal cuando protegemos la vida, cuando cuidamos la casa común que Dios nos ha confiado.
Somos sal que se disuelve en el servicio para que el Reino de Dios sea proclamado y para que la vida sea preservada en toda la creación.
2. Ser luz del mundo
2. Ser luz del mundo
La segunda afirmación de identidad que encontramos en el texto es esta: “Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5,14). La luz nos permite ver el camino y realizar lo que es importante. Cuando conducimos de noche, necesitamos encender las luces para poder orientarnos y no perdernos.
La luz es uno de los símbolos más poderosos de la Escritura. Está asociada con la vida y con la presencia de Dios. Quien vive en la luz de Dios puede reconocer el resplandor de su presencia y caminar con esperanza.
La luz aparece desde el comienzo de la Biblia, en el relato de la creación (Gn 1:2–5,14–18). Es lo primero que Dios crea para ordenar el caos y hacer posible la vida y el tiempo (noche y día). Incluso una pequeña luz puede disipar una gran oscuridad y abrir un horizonte de esperanza.
Por eso, en un mundo marcado por el caos, la injusticia, la explotación y la destrucción de la creación, la iglesia está llamada a ser luz. No podemos escondernos en los templos ni reducir nuestra fe a las liturgias. Estamos llamados a ser luz en la vida pública, levantando nuestra voz y dando testimonio de nuestra fe.
Como cristianos, estamos llamados a cuidar de los más necesitados, a acompañar a los vulnerables y a abogar por la justicia, irradiando la luz del amor de Dios en medio del mundo. La luz no solo ilumina, también revela lo que está oculto.
Cuando somos luz, Dios es glorificado.
Conclusión
Conclusión
Frente a la necesidad de justicia y paz en el mundo, Dios nos llama a ser sal y luz. Este no es un llamado individual, sino comunitario; es un llamado a la iglesia del Señor. Ser sal y luz es una vocación que se vive en comunidad.
Ser sal y luz es traer la justicia y la paz, la inclusión y el amor de Dios a la vida de todas las personas. Es poner nuestra mirada en la vulnerabilidad de la condición humana y trabajar para que la fe se traduzca en una vida transformada, una vida que refleje la justicia del Reino.
Jesús nos recuerda que no viene a abolir la Escritura, sino a cumplirla. Él orienta a la comunidad en la responsabilidad de practicar y enseñar el camino de Dios. Ser lo que somos es ser luz y sal: preservar la fe y construir una comunidad donde todos tengan lugar, donde primen la justicia, el amor, la compasión y la consolación como signos del Reino de Dios.
Somos sal porque Cristo se entregó por la vida del mundo. Somos luz porque Cristo es la Luz que ninguna oscuridad puede vencer. Ser lo que somos es vivir en Él y para Él.
Ser lo que somos no es una tarea opcional, es nuestra identidad en Cristo. Que el mundo pueda saborear el Reino y ver la luz de Dios a través de nuestra vida comunitaria.
Que esta semana podamos reflexionar de qué manera estamos siendo sal y luz en el mundo y cómo estamos viviendo nuestra misión como comunidad de fe.
