LAVANDO LOS PIES
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Juan 13:1-17
12Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? 13Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. 14Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. 15Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. 16De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. 17Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis.
INTRODUCCIÓN
Al inicio del capítulo 13, el ministerio público de Jesús para Israel había terminado. Después de hacerles una invitación final a creer en Él, Jesús “se ocultó de ellos”. En los capítulos 13 al 17, Jesús pasa del ministerio público de quienes lo habían rechazado al ministerio privado y quienes lo recibieron. Él hizo una demostración práctica de su amor por los discípulos (Juan13:1–17), les aseguró la esperanza del cielo (Juan14:1–3), les garantizó poder para el ministerio (14:12) y provisión para sus necesidades (14:13–14), y les prometió el Espíritu Santo (Juan14:16–17; 15:26; 16:7), la verdad divina en la Palabra de Dios (Juan14:26; 16:13), paz (Juan14:27) y gozo (Juan15:11; 16:22). El tema común en estos cinco capítulos es el amor de Cristo por los suyos. En tanto su ministerio terrenal llegaba a su fin en la noche antes de su crucifixión, Jesús procuró reafirmarlos con el amor perdurable que tenía por ellos.
El relato de esta primera expresión de su amor, el lavado de los pies de los discípulos puede explicarse bajo cuatro encabezados. Vemos las riquezas sublimes del amor de Cristo, el rechazo satánico de su amor, la revelación impresionante de su amor y la respuesta adecuada a su amor.
1. LAS RIQUEZAS SUBLIMES DEL AMOR DE CRISTO
Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. (Juan 13:1)
Juan repitió la declaración del Señor, que su hora había llegado (Juan12:23); ya no era futuro como en Juan 2:4; 7:30 y Juan 8:20 (cp. 7:6, 8). El Señor sabía que le había llegado el tiempo para que pasase de este mundo al Padre. Él controlaba todo lo que estaba ocurriendo y nunca fue víctima de las circunstancias o de las confabulaciones del hombre.
Aunque Él anhelaba regresar a toda su gloria en la presencia del Padre (cp. Juan17:5), Jesús nunca flaqueó en su enfoque de amar a los suyos (cp. Juan 10:29), los que estaban en el mundo. El Señor los amó hasta el fin. Telos (fin) significa “perfección” o “estar completos” y quiere decir que Jesús amó a los suyos con toda la medida del amor. Hay un sentido general en el cual Dios ama al mundo (Jn. 3:16) de los pecadores perdidos (Mt. 5:44–45; Tit. 3:4); pero a los suyos los ama con amor perfecto, eterno y redentor; un amor “que excede a todo conocimiento” (Ef. 3:19).
En Romanos 8:35–39 Pablo dijo jubiloso:
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
Ni siquiera la llegada inminente de su propia muerte podía alejar a los discípulos de su amor. Esa realidad se hace cada vez más clara en su oración del capítulo diecisiete.
2. EL RECHAZO SATÁNICO DEL AMOR DE CRISTO
Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, (Juan 13:2)
La atención cambia abruptamente de la luz brillante del amor de Cristo a la oscuridad satánica del corazón de Judas. Aun antes de esta cena final, el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase. El contraste entre el amor de Cristo y el odio de Judas es marcado; el segundo aporta un trasfondo negro contra el cual el primero aparece mucho más glorioso.
En el momento en el cual Jesús lava los pies de Judas, algo que ocurriría dentro de poco, Jesús recibiría el insulto y la injuria inimaginable más grande con amor humilde. Consecuente con su orden de amar a los propios enemigos (Mt. 5:44), así lo hizo. Pero trágicamente, a Judas no le conmovió la manifestación amorosa del Señor hacia él; el mismo hecho que atrajo a los otros discípulos repelió a Judas.
La ambición y avaricia de Judas hacía tiempo que habían abierto la puerta a la influencia del diablo (cp. Juan 12:4–6). Aunque Satanás inspiró su traición a Cristo, Judas era completamente responsable por su abyección. Su propio corazón malo deseó lo mismo que Satanás: la muerte de Jesús. Satanás y Judas estaban en acuerdo completo; eran cómplices en el complot para matar a Jesucristo. Pronto Judas estaría bajo el control completo de Satanás (Juan 13. 27) y ejecutaría su plan de traicionar al Hijo de Dios (Juan 13.30; cp. Mt. 26:24).
3. LA REVELACIÓN IMPRESIONANTE DE SU AMOR
sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; más lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos. (Juan 13:3–11)
Los pies de los discípulos, protegidos solo por unas sandalias, habiendo caminado por las calles sucias de Jerusalén al aposento alto, estarían sucios con seguridad; algo ofensivo pues se estaban recostando para la cena. Como no había siervos allí para hacerlo, uno de los doce debiera haber sido voluntario para lavar los pies de los demás. Pero la admonición del Señor (“El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo”, [Mt. 23:11]) había caído en oídos sordos. En lugar de humillarse, los discípulos continuaban su debate sobre cuál de ellos era el más grande (Lc. 22:24; cp. Mr. 9:34) a la pesca de posiciones prominentes en el reino (Mt. 20:20–24). En ese caso, la última cosa que harían sería la tarea del siervo más bajo (aunque, sin duda, habrían estado felices de lavar los pies del Señor).
Y así, la cena comenzó sin que alguien hubiera lavado los pies, pues cada uno de los doce esperaba que alguien más lo hiciera. Finalmente, en una muestra sorprendente de humildad, que también fue una fuerte reprensión de la ambición orgullosa de los discípulos, el Hijo de Dios encarnado se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Los discípulos, reprendidos, avergonzados y escarmentados, vieron en silencio doloroso e incómodo cómo el Señor, vestido de siervo, se arrodilló ante cada uno de ellos, uno por uno, y lavó sus pies polvorosos.
Como ya lo había hecho antes (Mt. 16:22), Pedro supuso precipitadamente que podía decir al Señor qué hacer cuando declaró con firmeza (hay una doble negación en el texto griego): “No me lavarás los pies jamás”. Aunque la modestia de Pedro puede parecer digna de elogio, el Señor desea obediencia sobre todas las cosas (cp. 1 S. 15:22). Una vez más el Señor le respondió con paciencia: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo”.
La respuesta de Jesús cumplía dos propósitos. Primero, corregir el concepto erróneo que Pedro (y los otros doce) tenía de la misión mesiánica del Señor. En su primera venida, el Señor no venía como Rey conquistador, sino como sacrificio por los pecados de su pueblo (Is. 53:4–6, 10–12; Ef. 5:2; He. 9:26; 10:12), “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8). Pedro necesitaba aceptar la realidad de la humillación del Señor.
Pero las palabras del Señor también significaban que solo tienen relación con Él aquellos que Él limpió. El lavado es una metáfora bíblica común para la limpieza espiritual (cp. Nm. 19:17–19; Sal. 51:2; Is. 4:4; Ez. 36:24–27; Zac. 13:1; Hch. 22:16; 1 Co. 6:11; Ef. 5:26; Tit. 3:5; He. 10:22), y Jesucristo solo lava y une a Él en vida eterna a quienes depositan su fe en Él como Señor y confiesan sus pecados (Jn. 15:3; 1 Jn. 1:7–9).
Entonces Jesús aseguró a los discípulos que estaban limpios, porque ya habían experimentado la limpieza de la redención. Aunque tal cosa no era cierta para todos ellos; había una excepción notoria. Como el Señor sabía quién le iba a entregar (aunque en ese momento los discípulos no lo sabían; cp. 13:21–22), por eso dijo: “No estáis limpios todos”. Por supuesto, quien no estaba limpio era Judas Iscariote, quien le iba a entregar. Las palabras del Señor también fueron un último llamamiento y advertencia para Judas, quien estaba a punto de ejecutar su plan malévolo. Pero Judas no se disuadió.
A Jesús no le tomó por sorpresa la traición de Judas. Mucho antes de aquella noche ya había dicho sobre él: “¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?” (Jn. 6:70). Todos los aspectos de la muerte de Cristo —la traición de Judas inclusive— eran parte del plan predeterminado de Dios (Hch. 2:23). Sin embargo, como ya se indicó, esto no excusaba a Judas de su responsabilidad personal por sus actos impíos (Mt. 26:24).
4. LA RESPUESTA ADECUADA AL AMOR DE CRISTO
Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis (Juan 13:12–17)
Habiendo lavado los pies de los discípulos, tomó su manto, volvió a la mesa y les enseñó una lección que quería que aprendieran. Las verdades teológicas descritas en los versículos 7–11 (la humillación de Jesús en su primera venida y la limpieza permanente de la justificación frente a la limpieza diaria de la santificación), aunque de gran importancia, no eran las verdades principales que el Señor buscaba comunicar. El principio más importante que Jesús quería enseñar a sus discípulos era la trascendencia de la humildad y el servicio en amor. Esto es claro porque les dijo: “¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros”. Esta era una lección crucial para los discípulos, que reñían constantemente sobre quién era el más grande. Si el Señor de la gloria estaba dispuesto a humillarse y asumir el papel del siervo más bajo, ¿Cómo podían hacer menos los discípulos? Una vez Jesús les preguntó: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6:46); aquí estaba diciendo en realidad “¿Por qué me llaman, Señor, Señor, y no siguen mi ejemplo?”.
A partir de este pasaje, algunos argumentan que lavar los pies de los discípulos es una ordenanza de la Iglesia, junto con el Bautismo y la Santa Cena (la Comunión). Pero Jesús dijo: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”, no dice “lo que yo os he hecho”. Más aún, “los teólogos y expositores sabios siempre han sido renuentes a elevar a rito universal algo que solo aparece una vez en las Escrituras” (Carson; Juan, p. 468). (La única otra referencia a lavar los pies, 1 Ti. 5:10, no está en el contexto de rito eclesial, sino de las buenas obras practicadas por los individuos).
Elevar el hecho externo de lavar los pies al estado de ordenanza es minimizar la lección importante que Jesús estaba enseñando. El Señor dio un ejemplo de humildad, no de lavar los pies; su preocupación era con la actitud interna, no con el rito externo. El segundo carece de importancia sin el primero.
Negarse a seguir el ejemplo de Jesús sobre el servicio humilde es elevarse sobre Él en orgullo, pues el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió (véanse frases similares en Juan 15:20; Mt. 10:24; Lc. 6:40; 22:27). Ningún siervo se atreve a considerar que su tarea está por debajo de él cuando su maestro la ha realizado.
El pensamiento con el cual concluye el Señor: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis”, refleja la verdad bíblica según la cual la bendición sigue a la obediencia. Las palabras de apertura de los Salmos enfatizan esa verdad en el Sal. 1. 1-3
Este pasaje revela una forma especial en que los creyentes pueden obedecer a Dios y recibir su bendición: siguiendo el ejemplo de su Hijo. “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Jn. 2:6). Servir a otros en la humildad del amor es imitar a Jesucristo (cp. Fil. 2:5)
