El Rey que redefine la vida: Perder para ganar

Lucas  •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Proposición: Lucas 9:18–27 nos enseña que confesar a Jesús como el Cristo de Dios nos llama a participar en su camino de cruz antes de gloria, renunciando a la autonomía para hallar vida verdadera en Él.

Notes
Transcript

INTRODUCCIÓN

Muchos de nosotros comenzamos a seguir a Cristo pensando que Él iba a resolver nuestros problemas, darnos estabilidad y hacernos la vida más llevadera.
Y no estábamos del todo equivocados: Cristo es nuestro Redentor, nuestro consolador, nuestra roca.
Pero……
¿qué pasa cuando seguir a Jesús empieza a costarnos más de lo que esperábamos?
¿Qué pasa cuando obedecerle podría significar perder control de nuestras circunstancias, la comodidad a la que estamos acostumbrados o peor aun cuando seguirle nos cuenta la reputación que tenemos?
¿Qué pasa cuando nuestro cristianismo no se parece al catálogo de bendiciones que nos prometieron?
Lucas nos va a mostrar esta mañana que esos momentos no son una señal de que algo salió mal. Son la señal de que Cristo está revelando quién es realmente —y quiénes somos nosotros realmente frente a Él.
Recordemos que el domingo pasado vimos algo extraordinario. Jesús alimentó a cinco mil varones —probablemente unas quince o veinte mil personas contando mujeres y niños— con cinco panes y dos peces.
Esta fue la mayor señal pública de su ministerio en Galilea. Y la multitud estaba eufórica. Juan nos dice que quisieron hacerlo rey a la fuerza (Jn 6:15). Querían un Rey del Pan: alguien que resolviera el hambre, que confrontara a Roma, que hiciera la vida más fácil.
Pero Lucas hace algo que debemos notar:
No nos lleva al siguiente milagro.
No nos lleva a otra multitud asombrada.
Nos lleva al silencio intimo de la oración. Verso 18: «Estando Jesús orando aparte».
Y si ustedes han estado atentos a esta serie sobre el Mejor Éxodo en Lucas, ya saben que la oración de Jesús en este Evangelio no es un detalle incidental.
Lucas registra la oración de Jesús en momentos específicos:
antes del bautismo
antes de elegir a los doce
antes de la transfiguración
y aquí, antes de la revelación cristológica más importante del Evangelio.
Que aprendemos?: Hermanos, la oración de Jesús no es la de alguien que necesita «sincronizarse» con el Padre, como si el Hijo tuviera una agenda diferente.
Es la oración del Hijo encarnado que, en su oficio de mediador, vive en perfecta dependencia filial del Padre.
Y Lucas la usa sus oraciones como un marcador teológico: lo que viene después de la oración de Cristo es un momento decisivo de revelación.
Y lo que viene después de esta oración va a cambiarlo todo.
Antes de entrar en nuestro texto, quiero que mediten en algo durante todo el sermón. El mayor peligro para esta iglesia, no es el ateísmo. Vivimos en Colombia; casi nadie aquí se declara ateo. El peligro tampoco es la persecución abierta.
El mayor peligro es algo mucho más sutil: es lo que podríamos llamar una cristología de consumo. Es confesar a un Cristo que me sirve, pero no a uno que me gobierna. Es querer el pan de Jesús sin querer el yugo de Jesús.
Y Lucas 9:18–27 nos confronta con eso de manera directa.
Jesús va a hacer tres cosas en este texto:
primero, va a obligarnos a definir quién es Él realmente.
Segundo, va a revelarnos cómo opera su Reino —y no es como esperámos muchas veces—.
Y tercero, va a decirnos cuál es el costo y cuál es la gloria de seguirle.
Recordemos que estamos camino del Mejor Éxodo: el camino que no pasa por el Mar Rojo, sino por la cruz.
Con esto en mente vamos entrar en nuestro texto:

I. LA CONFESIÓN VERDADERA CONTRA LA OPINIÓN INSUFICIENTE (vv. 18–21)

Lucas 9:18–21 NBLA
Estando Jesús orando a solas, estaban con Él los discípulos, y les preguntó: «¿Quién dicen las multitudes que soy Yo?». Entonces ellos respondieron: «Unos, Juan el Bautista, otros, Elías, y otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado» «Y ustedes ¿quién dicen que soy Yo?» les preguntó. Y Pedro le respondió: «El Cristo de Dios». Pero Jesús, advirtiéndoles severamente, les mandó que no dijeran esto a nadie,
Jesús comienza con una pregunta aparentemente sociológica: ¿Quién dicen las multitudes que soy Yo?».
No la hace porque no sepa la respuesta. La hace porque quiere que los discípulos escuchen —y mediten en lo que el mundo piensa de Él.
Y las respuestas son reveladoras.
Algunos decían Juan el Bautista,
otros Elías,
otros que algún profeta antiguo había resucitado.
Noten como todas estas respuestas son respetuosas. Nadie dice «es un farsante» Son opiniones educadas, religiosas incluso.
Pero como bien señala Philip Ryken, estas opiniones —por mas respetuosas que sean— son todas condenatorias. ¿Por qué? Porque ninguna de ellas llegaba a la verdad.
Llamar a Jesús «un gran profeta» es como decir que el sol es «una vela bonita». Es técnicamente positivo, pero radicalmente insuficiente.
Y esto es exactamente lo que sucede hoy. En este país casi nadie rechaza a Jesús abiertamente. Pero lo domestican. Lo reducen.
Para la religión popular, Jesús es un santo más en el altar de ídolos.
Para el neopentecostalismo, es un dispensador de milagros y un liberador de maldiciones generacionales que nos da una mejor vida ahora.
Para la cultura secular, es un maestro de moral con buenas ideas sobre el amor.
Todas son opiniones «respetuosas».
Y todas son condenatorias, porque ninguna confiesa lo que Jesús realmente es.
Después de escuchar las opiniones del mundo, Jesús gira y apunta directamente a los suyos:
Lucas 9:20 NBLA
«Y ustedes ¿quién dicen que soy Yo?» les preguntó.
El pronombre es enfático en el griego, ("ustedes, en contraste con las multitudes"). No es una encuesta más. Es un dardo. Es como si Jesús dijera: «Ya sé lo que dice el mundo. Ahora quiero saber qué dicen ustedes.»
R.C. Sproul dice que el mundo siempre ha querido un «Cristo camaleón»: un Jesús que se adapte a las preferencias de cada generación. Maestro moral para los moralistas. Líder social para los activistas. Ejemplo ético para los humanistas. Terapeuta espiritual para los que buscan bienestar.
Pero Jesús no está preguntando «qué opción del menú prefieren». Está demandando una confesión pactual.
Es la diferencia entre decir «me parece interesante» y decir «Él es mi Señor y yo le pertenezco».
Pedro respondió: «El Cristo de Dios».
En griego: El Ungido de Dios. El Mesías prometido.
No un profeta más, no un maestro admirable, sino el Escogido del Padre para cumplir toda la obra de redención.
Ahora, es importante que notemos algo.
Lucas, a diferencia de Mateo, no incluye aquí la bienaventuranza a Pedro ni la referencia explícita a la revelación del Padre («no te lo reveló carne ni sangre»).
El tiene razones teológicas para eso: su interés en este punto está en la confesión misma y en lo que sigue. Pero lo que Mateo nos revela, Lucas lo presupone: esta confesión no fue producto de la inteligencia de Pedro ni de su capacidad de análisis. Fue un don de Dios.
Nuestra Confesión de Fe de Westminster lo dice con claridad en el capítulo 14: la fe salvadora es obra del Espíritu Santo en el corazón.
Pedro no «llegó» a la respuesta correcta; fue llevado a ella por gracia.
Y esto tiene una implicación directa para nosotros como iglesia: ninguna reforma verdadera, ningún avance genuino en la vida de esta congregación nacerá jamás del consenso humano o de la opinión mayoritaria. Nacerá únicamente de la sumisión a la revelación. No preguntamos «qué opina la mayoría»; preguntamos «qué ha dicho Dios».
Jesús hace algo que nos desconcierta:
Lucas 9:21 NBLA
Pero Jesús, advirtiéndoles severamente, les mandó que no dijeran esto a nadie,
Noten que Pedro acaba de dar una respuesta correcta que merece ser anunciada públicamente.
¿por no decirlo a los 4 vientos?
La razon es que el Mesías que la multitud espera es un mesias político. Ellos quieren un libertador de Roma, un rey militar, un solucionador de problemas terrenales.
Pero el Mesías de Dios es sufirnte. Su trono se levantará, sí, pero primero debe sufrir en la cruz a causa de nuestra iniquidad.
Entonces, anunciar «a Cristo» sin explicar «La necesidad de la Cruz» sería alimentar exactamente la cristología de consumo que Jesús viene a desmantelar.
Entonces aqui Jesús no esta escondiendo su identidad; mas bien la esta protegiendo de la distorsión.

II. EL CAMINO DEL MESÍAS: RECHAZO, MUERTE Y RESURRECCIÓN (v. 22)

Lucas 9:22 NBLA
y les dijo: «El Hijo del Hombre debe padecer mucho, y ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día».
La palabra que abre todo es deî (δεῖ): «es necesario o debe». Y esta no es una palabra casual en Lucas.
Lucas la usa repetidamente para señalar la necesidad del plan redentor de Dios.
Es la misma palabra que aparecerá
Lucas 24:26«¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y entrara en su gloria?»
Lucas 24:44«Era necesario que se cumpliera todo lo escrito de mí en la Ley, los Profetas y los Salmos.»
Esto no es una posibilidad. No es una contingencia. No es «la cosa se complicó».
Es una necesidad decretiva y escrituraria.
No porque Dios necesitara sufrir para ser Dios —eso sería negar la felicidad y autosuficiencia divinas—, sino porque Dios lo determino en su plan eterno de redención, un plan establecido antes de la fundación del mundo y que fue revelado progresivamente en todas las Escrituras.
Aquí es donde este texto se conecta directamente con nuestra serie.
En el primer Éxodo, Moisés fue rechazado por Faraón, pero no por Dios. Fue el mediador del pacto antiguo, pero nunca cargó él mismo con el juicio de Dios.
En el Mejor Éxodo, el Mediador no solo enfrenta el rechazo humano, sino que carga con la maldición del pacto.
Jesús es el Cordero que Moisés nunca fue.
Fíjense en quiénes lo rechazan: los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas. Es decir, el liderazgo religioso completo de Israel. Los custodios de la Ley, los mediadores del templo y los intérpretes de la Escritura. Los que deberían haberlo reconocido fueron exactamente los que lo examinaron y lo desecharon.
El verbo es apodokimasthēnai(ἀποδοκιμασθῆναι): rechazar tras examen oficial. Lo examinaron como quien examina una moneda para verificar su autenticidad, y dictaminaron: «Falso. No sirve.» Pero la ironía del texto es demoledora: el falso no era el examinado, sino el sistema que se arrogó el derecho de juzgar al Hijo de Dios.
Esto cumple Salmo 118:22: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo.»
Jesús mismo citará este Salmo en Lucas 20:17 después de la parábola de los labradores malvados. El rechazo de Cristo por las autoridades judías no anula su condición mesiánica; la confirma según el patrón escriturario.
Y cumple Isaías 53:3: «Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto.»
El Siervo Sufriente de Yahveh fue rechazado. Y ese rechazo no fue accidente histórico, sino parte del plan redentor: «Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento.» (Is 53:10)
Ahora, necesitamos entender algo fundamental.
Cuando decimos que el Padre decretó el sufrimiento del Hijo, no estamos diciendo que el Padre forzó al Hijo contra su voluntad.
Nuestra Confesión (capítulo 8, sección 1) enseña que en el pacto de redención —ese acuerdo eterno entre las personas de la Trinidad— el Hijo se ofreció voluntariamente.
Juan 10:18: «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.»
El rechazo humano fue real. El dolor fue real. La injusticia fue real. Pero todo ello fue el instrumento del decreto divino, no su causa.
Hechos de los Apóstoles 2:23 NBLA
»Este fue entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, y ustedes lo clavaron en una cruz por manos de impíos y lo mataron.
Soberanía divina y responsabilidad humana entrelazadas, sin que una anule a la otra.
Y luego, la palabra gloriosa: "y resucitar al tercer día".
La resurrección no es simplemente "Jesús volvió a vivir". La resurrección es la vindicación del Padre del Hijo rechazado.
Romanos 1:4 dice que Jesús fue "declarado Hijo de Dios con poder... por la resurrección de entre los muertos".
El veredicto humano fue: «Culpable, merece morir.»
El veredicto del Padre fue: «Inocente, debe vivir.»
Y en esa resurrección está nuestra esperanza. Porque nosotros estamos unidos a Cristo. Su muerte es nuestra muerte. Su resurrección es nuestra resurrección. Su vindicación es nuestra vindicación.
Romanos 6:4–5: «Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección.»
Hermanos, esto tiene una aplicación directa para nosotros. El deî de Dios, lo que el ha determinado soberanamemte que ocurra, no pide nuestra opinión.
Cuando Dios decide purificar a su iglesia o llevar adelante su plan, a menudo utiliza el camino del rechazo y la incomodidad —un camino que nosotros nunca elegiríamos—.
Y debemos aprender a confiar en que ese camino no es señal de abandono, sino de propósito.

III. EL CAMINO DEL DISCÍPULO: CRUZ DIARIA Y PÉRDIDA REDENTORA (vv. 23–25)

Jesús acaba de revelar que Él va a la cruz. Y ahora dice:
«Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa de Mí, ese la salvará. Pues, ¿de qué le sirve a un hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se destruye o se pierde?» (Lc 9:23–25)
Noten algo crucial: Jesús dice "a todos" (πρὸς πάντας). No solo a los doce. No solo a una élite espiritual. A todos los que quieran seguirle.
Y noten el orden, porque el orden es teológico:
Primero: negarse a sí mismo.
Luego: tomar la cruz.
Finalmente: seguir.
¿Qué significa negarse a sí mismo?
No es odiar tu cuerpo.
No es destruir tu personalidad.
No es ese falso misticismo que confunde la humildad con la aniquilación del yo.
No puedes seguir a Cristo cargando tu propia agenda. Hay algo que debe morir primero.
¿Qué significa negarse a sí mismo?
No es odiar tu cuerpo. No es destruir tu personalidad. No es ese falso misticismo que confunde la humildad con la aniquilación del yo.
Negarse a sí mismo es renunciar al derecho de ser el árbitro final de tu propia vida.
Es pasar de «¿esto me gusta?» a «¿esto agrada a Cristo?».
Es dejar de tratar tu vida, tus decisiones, tu dinero, tus relaciones y tu participación en la iglesia como si fueran tu propiedad privada.
Esto confronta directamente la espiritualidad de consumo.
La espiritualidad de consumo dice: «Yo elijo la iglesia que me sirve, el culto que me gusta, el compromiso que me conviene, y si algo me incomoda, me voy.»
La lógica de Cristo dice exactamente lo contrario: «Tú no te perteneces. Fuiste comprado por precio.»
1 Corintios 6:19–20: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.»
Pero aquí es donde debemos ser cuidadosos. No nos negamos a nosotros mismos para ser salvos. Eso sería ley sin evangelio.
Nos negamos a nosotros mismos porque ya fuimos salvos por Cristo que se negó a sí mismo por nosotros.
Filipenses 2:5–8: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo... y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.»
Cristo se negó a sí mismo por nosotros. Y ahora, unidos a Él, vivimos ese mismo patrón: no para merecer la salvación, sino porque ya la recibimos.
Lucas añade un detalle que Mateo y Marcos no tienen: «cada día». La cruz no es un evento único ni un momento místico. Es un ritmo. Es una forma de vivir.
Y aquí debemos ser cuidadosos con lo que significa.
La cruz no es simplemente el sufrimiento común de la vida —las dificultades económicas, las enfermedades, el tráfico de Bogotá, la gente difícil—.
La cruz es específicamente: el sufrimiento y la pérdida que vienen por causa del Reino.
Pero tampoco debemos reducirla solo al rechazo externo.
Nuestra Confesión, en el capítulo 13 sobre la santificación, nos enseña que hay una mortificación diaria del pecado que pertenece a la vida cristiana.
Tomar la cruz cada día incluye tanto la disposición a perder por fidelidad a Cristo como la lucha interna contra el pecado que habita en nosotros.
Es morir a la autonomía, por fuera y por dentro, cada mañana al levantarnos.
Y, de nuevo, esto no es mérito. No estamos ganando puntos con Dios. Estamos viviendo en unión con Cristo crucificado y resucitado.
Gálatas 2:20: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.»
¿Ven la secuencia? "Con Cristo estoy juntamente crucificado" —eso es unión con Cristo en su muerte—. "Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí" —eso es unión con Cristo en su resurrección—.
Por tanto, "tomar la cruz cada día" no es esfuerzo autónomo. Es participación en el patrón de vida del que ya estamos unidos.
El tercer imperativo es "sígame" (ἀκολουθείτω μοι). Noten que este verbo está en presente imperativo: acción continua. No es "sígueme una vez y listo". Es "sigue siguiéndome".
Y seguir a Cristo no es solo obediencia externa. Es relación personal.
Juan 10:27: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.»
Seguir a Cristo es escuchar su voz en su Palabraconocerle en oraciónencontrarle en la Cena del Señorservirle en su iglesia.
Es vida de comunión con Él.
Lucas 9:24–25 NBLA
»Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa de Mí, ese la salvará. »Pues, ¿de qué le sirve a un hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se destruye o se pierde?
Esta es la matematica del Reino, y es exactamente inversa a la del mundo.
El mundo dice: acumula, protégete, asegúrate.
Cristo dice: suelta, entrega, confía.
La palabra "vida" aquí (ψυχή, psychē) puede significar "vida física" o "alma/ser". Aquí, el contexto indica vida verdadera, existencia plena.
El que quiere "salvar su vida" —es decir, preservar su autonomía, controlar su destino, aferrarse a sus derechos, vivir para sí mismo— la perderá.
Piensen en Carlomagno. Cuentan que cuando abrieron su tumba siglos después de su muerte, encontraron el esqueleto del gran emperador sentado en su trono, con la corona todavía en la cabeza y un dedo huesudo posado sobre un texto abierto de la Biblia —precisamente en este versículo: «¿Qué aprovecha al hombre si gana todo el mundo?»—.
Ganó el mundo. Perdió su cuerpo. Y al final, sus propios huesos apuntaban a la única pregunta que importa.
La tragedia de la autonomía exitosa no es que fracase, sino que triunfa —y el triunfo es un infinito vacio que nada lo llena.
Pero el que "pierda su vida por causa de mí" —es decir, que renuncie a la autonomía, que suelte el control, que confíe en Cristo más que en sí mismo— ese la salvará.
No porque perder tenga mérito, sino porque al soltar lo que no salva, recibimos lo único que sí salva: Cristo mismo.
Hermanos, esta es la lógica del Reino: quien se aferra a su derecho de controlar su vida, su dinero, sus relaciones y su iglesia, terminará con las manos vacías ante el trono de Dios.
Pero quien suelta —por amor a Cristo, no por masoquismo ni por mérito propio— descubre que lo que perdía era peso muerto, y lo que gana es eterno.
«Pues, ¿de qué le sirve a un hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se destruye o se pierde?» (v. 25)
Jesús plantea una pregunta retórica devastadora.
Imagina que lo logras. Imagina que ganas todo el mundo. Todo el dinero, todo el poder, toda la fama, toda la comodidad, todo el respeto humano.
¿De qué sirve si te pierdes a ti mismo?
El verbo "perder" (ἀπόλλυμι, apollymi) significa destruir, arruinar, desperdiciar. Es el mismo verbo usado para la oveja perdida (Lc 15:4), el hijo pródigo perdido (Lc 15:24), y los perdidos a quienes Cristo vino a salvar (Lc 19:10).
No es solo muerte física. Es ruina eterna.
Marcos 8:37 añade otra pregunta: «¿O qué dará el hombre a cambio de su alma?»
No hay rescate suficiente. No hay precio que puedas pagar. Si pierdes tu alma, la perdiste para siempre.
Y aquí está la ironía: el que pasa su vida intentando salvarse a sí mismo —acumulando, protegiendo, controlando— termina perdiéndose.
El que confía en Cristo —quien ya pagó el rescate (Marcos 10:45)— es salvo.

IV. LA ADVERTENCIA Y LA PROMESA: VERGÜENZA O VINDICACIÓN (vv. 26–27)

Lucas 9:26 NBLA
»Porque el que se avergüence de Mí y de Mis palabras, de este se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en Su gloria, y la del Padre, y la de los santos ángeles.
¿Cuándo nos avergonzamos de Él?
No solo cuando le negamos abiertamente.
Nos avergonzamos de Cristo cuando:
Sus mandamientos de orden, disciplina, sumisión y santidad nos parecen "anticuados" o incompatibles con la cultura moderna.
Nos da vergüenza decir que creemos en la autoridad de la Escritura sobre todos los ámbitos de la vida.
Silenciamos nuestras convicciones para no perder aceptación social.
Editamos la Palabra de Dios para que encaje en lo que la cultura acepta.
Y la advertencia de Jesús es solemne: la vergüenza tiene reciprocidad.
Si te avergüenzas del Rey ahora, el Rey se avergonzará de ti entonces.
No es una amenaza caprichosa; es la lógica del pacto. Quien niega al Rey, es negado por el Rey.
Pero fíjense en algo: Jesús dice «de mí y de mis palabras».
La vergüenza no se mide solo por si mencionamos el nombre de Cristo en público. Se mide por cómo tratamos sus palabras.
¿Las obedecemos?
¿Las enseñamos?
¿O las editamos para que encajen en lo que la cultura acepta?
Y noten el contraste: cuando Jesús venga, vendrá "en Su gloria, y la del Padre, y la de los santos ángeles".
No vendrá como el Siervo Sufriente. Vendrá como el Rey Glorioso.
Hermanos, ese día viene. Y en ese día, no habrá neutralidad. O confesamos a Cristo hoy y somos confesados por Él entonces, o nos avergonzamos de Él hoy y somos avergonzados por Él entonces.
Lucas 9:27 NBLA
»Pero en verdad les digo que hay algunos de los que están aquí, que no probarán la muerte hasta que vean el reino de Dios».
Este es uno de los versículos más debatidos de Lucas.
Hay quienes ven aquí una referencia a Pentecostés, otros a la destrucción de Jerusalén.
Pero la interpretación más probable, dado el contexto narrativo inmediato, es que Lucas mismo nos da la respuesta en lo que sigue: la Transfiguración.
Lucas 9:28 comienza: «Aconteció como ocho días después de estas palabras...»
Y luego describe cómo Pedro, Juan y Jacobo subieron con Jesús al monte y vieron su gloria.
Apenas unos días después de estas palabras, algunos de los discípulos van a ver al Hijo del Hombre en su gloria. Van a ver que el camino de la cruz no termina en derrota. Van a ver el Reino.
Y eso es exactamente lo que Lucas quiere que nosotros entendamos. Después de hablar de negación, cruz, pérdida y vergüenza, Jesús no deja a sus discípulos sin horizonte. Les da una promesa: van a ver la gloria.
El próximo domingo, Dios mediante, vamos a ver esa gloria con ellos en la Transfiguración.
Pero mientras llega ese día, ¿qué hacemos? Vivimos por fe, no por vista (2 Cor 5:7).
Aquí aprendemos algo vital para nosotros:
La iglesia no camina hacia el fracaso. Camina hacia la vindicación del Rey.
Cada acto de obediencia, por pequeño que parezca —cada sermón escuchado con atención, cada paso hacia el compromiso pactual, cada momento en que elegimos la fidelidad por encima de la comodidad— no es inútilEs la semilla del Reino.
La razón por la que podemos obedecer hoy, aunque duela, no es porque seamos fuertes. No es porque tengamos todo claro. Es porque la historia no termina en el rechazo. Termina en la vindicación del Hijo del Hombre.
Hermanos, nuestro Rey ya está sentado en su trono. Y un día, todo lo que hoy parece costoso se revelará como lo único que realmente valía la pena.
Podemos obedecer hoy —aunque sea doloroso— porque el Rey ya fue vindicado, y nosotros seremos vindicados con Él.

CONCLUSIÓN

Hermanos, recuerden en medio de las circunstancias presentes, que no estamos viviendo algo extraño cuando somos rechazados o sufrimos por causa de Cristo.
No estamos viviendo algo que no estaba en el plan de Dios.
Estamos viviendo lo que ocurre cuando Cristo gobierna: Él revela quién es, y esa revelación exige una respuesta.
Exige que dejemos de tratarlo como un accesorio de nuestra vida y lo confesemos como el Señor de toda nuestra vida.
Exige que tomemos la cruz —no la cruz de una vez y para siempre, sino la cruz de cada día—.
Y nos promete que al final del camino no hay vacío, sino gloria.
Quiero hablar a tres tipos de personas esta mañana.

1. A los incrédulos — quienes están aquí pero nunca han confiado en Cristo:

Amigo, amiga: no puedes "tomar tu cruz" si nunca has descansado en la cruz de Cristo que cargó tu pecado.
No puedes negarte a ti mismo si sigues siendo tu propio señor.
Tu primer paso no es auto-negación. Tu primer paso es fe.
Cree que Jesús es el Cristo de Dios, que murió por pecadores como tú y resucitó para tu justificación.
Solo entonces podrás seguirle.
Y si sigues rechazándole, ten cuidado: el v. 26 te advierte que el que se avergüence de Cristo ahora será avergonzado por Cristo en el último día.
No juegues con eso. Ven a Cristo hoy.

2. A los que están considerando el compromiso con esta iglesia pero les cuesta dar el paso:

Jesús no les está pidiendo que salten al vacío. Les está pidiendo que sigan al Rey que ya fue a la cruz por ustedes.
El compromiso pactual con una iglesia local no es una cadena; es el contexto donde Dios los cuida, los forma y los sostiene.
Sí, va a costar. Sí, va a requerir morir a su autonomía. Pero eso no es perder; eso es ganar.
Dejen de postergar. Comprométanse.

3. A los que están cansados y sienten que seguir a Cristo les está costando demasiado:

El texto de hoy no les dice "sean más fuertes".
Les dice que el Rey ya venció, y que la historia no termina con su cansancio sino con su vindicación.
Gálatas 6:9: «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.»
Hermano, hermana: sigan tomando la cruz. No en sus fuerzas, sino en las de Cristo.
Recuerden: el que perdió su vida por ustedes no los dejará perder.

4. A los que están aferrados al control — control de sus decisiones, de su dinero, de su tiempo, de cuánto se comprometen y cuánto no:

Jesús les dice con amor y con claridad: ese camino no salva. Ese camino pierde.
Vengan al Cristo que fue rechazado por ustedes. Suelten lo que pesa.
Y descubran que perder la vida por Él es la única forma de encontrarla.
Oremos
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