Abre los ojos y ve.

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Mi hermano se llama Jean Carlo y tiene una discapacidad. Cuando tenía siete años fue atropellado por un minibús. Gracias a Dios sobrevivió, pero quedó con secuelas: es técnicamente ciego, tiene hemiparesia, retraso mental y problemas de lenguaje.
Crecer con una persona con discapacidad te enseña que muchas veces lo que crees fácil o das por sentado no lo es ni resulta accesible para todos. Pero, al mismo tiempo, te enseña que en la vida casi todo puede adaptarse.
Con mi hermano aprendí a poner atención a los sonidos, a las texturas y a los olores. Todo eso ayuda a ubicarse y a moverse cuando no puedes ver. Aprendí que, cuando no puedes ver y quieres bajar una escalera, el muro es tu mejor ayuda, y que la punta del pie te permite “ver” dónde está el borde del escalón para bajar o subir con cuidado.
Cierto día, en casa de mis papás, se fue la corriente eléctrica y todo quedó a oscuras porque ya era de noche. Al fondo escuchamos la risa de mi hermano, justo después del grito de mi mamá, y enseguida nos dijo: “¡Pa’ que vean qué se siente!”
¿Crees que tu vida sería más fácil o más difícil si fueras ciego?
Hoy vamos a revisar una pequeña colección de kerigmas que se entrelazan entre sí y giran en torno a una misma idea: los peligros de la ceguera espiritual.
¿Consideras que eres espiritualmente ciego o que tienes visión de halcón?
Veamos qué dicen las Escrituras en el Evangelio de Marcos 8:1-26
Marcos 8:1–26 NLT
About this time another large crowd had gathered, and the people ran out of food again. Jesus called his disciples and told them, “I feel sorry for these people. They have been here with me for three days, and they have nothing left to eat. If I send them home hungry, they will faint along the way. For some of them have come a long distance.” His disciples replied, “How are we supposed to find enough food to feed them out here in the wilderness?” Jesus asked, “How much bread do you have?” “Seven loaves,” they replied. So Jesus told all the people to sit down on the ground. Then he took the seven loaves, thanked God for them, and broke them into pieces. He gave them to his disciples, who distributed the bread to the crowd. A few small fish were found, too, so Jesus also blessed these and told the disciples to distribute them. They ate as much as they wanted. Afterward, the disciples picked up seven large baskets of leftover food. There were about 4,000 men in the crowd that day, and Jesus sent them home after they had eaten. Immediately after this, he got into a boat with his disciples and crossed over to the region of Dalmanutha. When the Pharisees heard that Jesus had arrived, they came and started to argue with him. Testing him, they demanded that he show them a miraculous sign from heaven to prove his authority. When he heard this, he sighed deeply in his spirit and said, “Why do these people keep demanding a miraculous sign? I tell you the truth, I will not give this generation any such sign.” So he got back into the boat and left them, and he crossed to the other side of the lake. But the disciples had forgotten to bring any food. They had only one loaf of bread with them in the boat. As they were crossing the lake, Jesus warned them, “Watch out! Beware of the yeast of the Pharisees and of Herod.” At this they began to argue with each other because they hadn’t brought any bread. Jesus knew what they were saying, so he said, “Why are you arguing about having no bread? Don’t you know or understand even yet? Are your hearts too hard to take it in? ‘You have eyes—can’t you see? You have ears—can’t you hear?’* Don’t you remember anything at all? When I fed the 5,000 with five loaves of bread, how many baskets of leftovers did you pick up afterward?” “Twelve,” they said. “And when I fed the 4,000 with seven loaves, how many large baskets of leftovers did you pick up?” “Seven,” they said. “Don’t you understand yet?” he asked them. When they arrived at Bethsaida, some people brought a blind man to Jesus, and they begged him to touch the man and heal him. Jesus took the blind man by the hand and led him out of the village. Then, spitting on the man’s eyes, he laid his hands on him and asked, “Can you see anything now?” The man looked around. “Yes,” he said, “I see people, but I can’t see them very clearly. They look like trees walking around.” Then Jesus placed his hands on the man’s eyes again, and his eyes were opened. His sight was completely restored, and he could see everything clearly. Jesus sent him away, saying, “Don’t go back into the village on your way home.”
Esta colección de kerigmas comienza con un milagro y termina con otro milagro que, a simple vista, podríamos pensar que no están conectados, pero en realidad sí lo están. Es importante recordar que los evangelios no son biografías cronológicas, sino recopilaciones de kerigmas con un propósito claro: comunicar un punto específico acerca de Jesús.
En este caso, Marcos organiza estos kerigmas para mostrar el daño que produce la ceguera espiritual.

I. Abre los ojos y ve… Que el Mesías te ve con compasión.

El primer milagro con el que comienza esta colección de kerigmas no es solo un acto de poder, sino una revelación del corazón de Jesús. El texto inicia con una multitud hambrienta, cansada y vulnerable. Antes de que alguien le pida algo, Jesús toma la iniciativa y dice:
Siento compasión por ellos”.
La ceguera espiritual muchas veces nos hace creer que Dios es indiferente a nuestra condición, que no ve nuestra necesidad o que solo se interesa en lo “espiritual” y no en lo humano. Pero Marcos deja claro que el Mesías ve, siente y responde. Jesús no solo observa la multitud; se mueve internamente por ella.
Así como mi hermano aprendió a orientarse usando otros sentidos cuando no podía ver, nosotros necesitamos aprender a “ver” a Cristo correctamente. Y lo primero que debemos ver es esto: Jesús no es un Mesías distante, es un Salvador compasivo que conoce el cansancio, el hambre y la fragilidad de su pueblo.
La ceguera espiritual comienza cuando dejamos de creer que Dios se interesa genuinamente por nosotros.

II. Abre los ojos y ve… Que el Mesías sabe lo que necesitas.

Jesús no solo siente compasión; también discierne la necesidad real. La multitud no ha pedido comida, pero Jesús sabe que si los envía sin comer, desfallecerán en el camino.
Aquí aparece un contraste clave:
Jesús ve lo que otros no están viendo, incluso sus propios discípulos. Ellos solo ven el desierto, la escasez y la imposibilidad. Jesús ve personas con hambre y un Padre que provee.
La ceguera espiritual nos lleva a malinterpretar nuestra necesidad. Creemos que necesitamos soluciones rápidas, alivio inmediato o circunstancias favorables, cuando muchas veces lo que necesitamos es confiar en que Cristo ya sabe lo que nos falta y ya está obrando, aunque no lo entendamos todavía.
Jesús pregunta cuántos panes hay, no porque Él lo ignore, sino porque quiere llevar a sus discípulos a reconocer que lo poco, en sus manos, es suficiente. La provisión no depende de la cantidad, sino de quién tiene el control.

III. Abre los ojos y ve… Que el Mesías es más que señales y prodigios.

El siguiente kerigma cambia abruptamente de escena: los fariseos piden una señal. Es irónico. Jesús acaba de alimentar a cuatro mil personas, pero ellos no lo vieron. La ceguera espiritual es así: puede estar rodeada de la obra de Dios y aun así exigir más pruebas.
¿Puedes ver todo lo que Jesús ya está haciendo al rededor tuyo?
Jesús suspira profundamente. No es enojo superficial, es dolor. Ellos no quieren conocer a Jesús; quieren controlarlo, evaluarlo bajo sus propios términos. Buscan señales, pero no al Salvador.
Aquí Marcos nos confronta con una verdad incómoda:
Es posible estar cerca de Jesús y no verlo realmente.
La fe que depende de señales siempre necesitará otra señal más. Pero la fe genuina descansa en quién es Cristo, no solo en lo que puede hacer. Cuando buscamos más los milagros que al Mesías, terminamos perdiendo ambos.

IV. Abre los ojos y ve… Que el Mesías es lo único que necesitas.

El clímax de esta colección de kerigmas llega con dos escenas paralelas: los discípulos preocupados por no tener pan y un hombre ciego.
Los discípulos tienen a Jesús en la barca… y aun así están ansiosos. El hombre ciego recibe sanidad… pero ve de manera borrosa. Ambas escenas revelan el mismo problema: una visión incompleta.
Por eso Jesús pregunta con firmeza:
“¿Todavía no entienden?”
El mensaje es claro: así como la multitud hambrienta, los discípulos confundidos y el hombre ciego, tú y yo tenemos una necesidad común. No necesitamos más pan, más señales o más explicaciones. Necesitamos ver a Cristo con claridad.
La sanidad progresiva del ciego no es un accidente narrativo. Es una parábola viviente de cómo muchos seguimos a Jesús: lo vemos… pero no del todo. Caminamos… pero con borrosidad. Y Jesús, con paciencia, vuelve a tocar nuestros ojos hasta que podemos ver claramente.

LLAMADO AL ALTAR:

Hoy la pregunta no es si Jesús puede hacer un milagro.
La pregunta es: ¿lo estás viendo realmente?
Tal vez has caminado con Cristo, pero sigues viviendo con ansiedad.
Tal vez has visto su obra, pero sigues buscando señales.
Tal vez estás cerca de Él, pero aún no entiendes que Él es suficiente.
La buena noticia es esta: Jesús sigue tomando de la mano a los ciegos y sigue tocando los ojos endurecidos. Si reconoces tu ceguera espiritual, este es el momento de venir a Él.
Hoy no vengas a pedir solo pan.
No vengas solo a pedir una señal.
Ven a pedir vista.
Que el Espíritu Santo nos conceda ver a Cristo con claridad, confiar en su compasión, descansar en su provisión y rendirnos a la verdad de que Jesús es todo lo que necesitamos.
ERES AMADO
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