Transfigurados para el camino
Tiempo de Epifanía • Sermon • Submitted • Presented
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Introducción
Introducción
Hoy es un buen día para preguntarnos si, en algún momento, hemos visto la gloria de Dios.
Hace unos días estuvimos orando por hermanos y hermanas que estaban enfermos, y Dios obró en su sanidad. Allí vimos la gloria de Dios. Hemos visto cómo Dios ha estado levantando nuestra iglesia, cómo ha sido fiel supliendo mucho más de lo que necesitamos, y allí también se manifiesta la gloria de Dios. Quizás usted ha sentido que Dios respondió una oración en su familia, en su trabajo o en lo más íntimo de su vida, y allí también ha visto la gloria de Dios.
Reconocer la gloria de Dios es reconocer su presencia actuando en nuestras vidas. Sin embargo, debemos admitir que muchas veces Dios se manifiesta y nosotros lo olvidamos. Vemos a Dios actuar constantemente, pero dejamos de reconocer que su acción es un milagro cotidiano que deberíamos anunciar y compartir.
Hoy celebramos el Domingo de la Transfiguración. La iglesia ha reconocido este día como el punto culminante del tiempo de Epifanía, el tiempo en que Cristo se ha revelado. A partir de hoy, el año litúrgico nos invita a comenzar el camino de Galilea a Jerusalén, el camino hacia la cruz.
Desde hoy empezamos a contemplar el amor de Dios manifestado en Cristo en su camino hacia Jerusalén para cumplir la voluntad del Padre. Los textos que hemos leído nos acercan a esa realidad: Cristo caminando hacia la cruz por amor a nosotros.
Quisiera que veamos tres aspectos que emergen de estas lecturas y que nos ayudarán a comprender la importancia y el propósito de reconocer la gloria de Dios en nuestras vidas.
1. La montaña como lugar de revelación
1. La montaña como lugar de revelación
Algo que comparten el texto del Éxodo y el evangelio es el lugar: ambos nos llevan a la montaña.
En el monte Sinaí, Dios llama a Moisés para entregarle las tablas de la Ley, las normas que debían orientar la vida del pueblo. Moisés sube solo, entra en la nube, y la gloria del Señor lo envuelve. La montaña se convierte en el espacio donde Dios se revela y establece su alianza.
En el evangelio de Mateo, la montaña vuelve a ser un lugar central. Desde el capítulo 5, Jesús sube a la montaña y enseña. Allí no se entrega una nueva ley escrita en piedra, porque Cristo mismo es el cumplimiento y la encarnación viviente de la Ley. El Sermón del Monte comienza con las bienaventuranzas, mostrando cómo es la vida del Reino.
En Mateo, la montaña cumple al menos tres funciones:
enseñar (Mt 5–7),
sanar y alimentar (Mt 15:29–39),
y finalmente revelar la gloria de Cristo en la Transfiguración (Mt 17:1–9).
Son las mismas funciones que Jesús realiza en Galilea: enseñar, proclamar las buenas nuevas del Reino (anuncio kerigmático) y sanar (Mt 4,23; 9,35). La montaña, entonces, presenta a Jesús como el nuevo Moisés, el mediador definitivo de la revelación de Dios.
Pero la Transfiguración no es solo un momento de gloria. Es un acto del amor y la gratuidad de Dios para ayudar a los discípulos a comprender el camino hacia Jerusalén, el camino de la cruz.
Por eso Mateo nos dice: “seis días después”.
¿Después de qué? Después de la confesión de Pedro y del primer anuncio de la muerte de Jesús (Mateo 16:13-28). Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, pero cuando Jesús habla de sufrir y morir, Pedro no puede aceptar ese camino.
La Transfiguración se sitúa en ese contexto: como una revelación de la gloria de Cristo para preparar a los discípulos para el escándalo de la cruz. Dios muestra su gloria para sostener a sus discípulos en el camino del sufrimiento redentor.
2. La revelación de quien es Jesús
2. La revelación de quien es Jesús
Ahora volvamos a la montaña. Jesús sube con tres de sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Mateo los presenta como testigos privilegiados, aquellos que han caminado de manera cercana con Jesús desde el comienzo. Representan a los discípulos que han seguido a Jesús, pero que aún no comprenden del todo el camino que Él está por recorrer.
Frente a ellos, Jesús se transfigura. Los discípulos son testigos de cómo la gloria de Dios se manifiesta en Él. Ya no es solo la gloria que envuelve a un profeta, como en el Sinaí, sino la gloria que resplandece desde Jesús mismo. Lo que contemplan es una anticipación de la gloria del Hijo de Dios.
En ese momento aparecen Moisés y Elías, la Ley y los Profetas. Para Mateo, Jesús es el nuevo Moisés, el mediador definitivo de la revelación de Dios. Elías, que según las promesas debía venir antes del día del Señor, ha sido representado en Juan el Bautista (Mateo 17:11-12), pero también apunta a Jesús como aquel que viene a restaurar todas las cosas (Malaquías 4:5). Muchos pensaban que Jesús era Elías o uno de los profetas, pero aquí Dios revela algo más profundo (Mateo 16:14).
Moisés y Elías conversan con Jesús, pero luego desaparecen. Cuando la nube se disipa, solo Jesús queda. La Ley y los Profetas apuntaban hacia Él, pero ahora Él es el centro del plan de salvación y del pacto de Dios con la humanidad.
Entonces aparece la nube y se oye la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; escúchenlo”. Son palabras que recuerdan el bautismo en el Jordán (Mateo 3:17). Allí, después del bautismo y la tentación, Jesús inició su ministerio. Aquí, en la montaña, Dios vuelve a hablar, pero ahora para preparar a los discípulos para el camino hacia la cruz.
La Transfiguración no crea a Jesús como Hijo; manifiesta la gloria del Hijo eterno de Dios y confirma que Él es la voz definitiva que debemos escuchar.
En el Sinaí Dios habló por medio de Moisés; en la montaña Dios habla por medio del Hijo. Ya no escuchamos la ley escrita en piedra, sino al Verbo hecho carne.
3. La experiencia que transforma y envía
3. La experiencia que transforma y envía
En la montaña, Jesús se ha manifestado en gloria. Allí debería haber quedado claro para los discípulos quién es Jesús. Pero ellos no fueron solo espectadores; vivieron una experiencia que marcaría su fe para siempre, aunque Jesús les pidió que guardaran silencio hasta después de su resurrección.
Un primer aspecto importante es la actitud de Pedro (Mateo 17:4). El mismo Pedro que había querido apartar a Jesús del camino de la cruz ahora quiere quedarse en la montaña. Abajo, la cruz era escándalo; arriba, la gloria era cómoda. La luz resplandeciente, la presencia de Moisés y Elías, todo hacía del lugar un espacio donde cualquiera querría quedarse.
Pero no era posible quedarse allí. La voz que salió de la nube no dijo: “Quédense aquí con mi Hijo amado”, sino: “Escúchenlo”. Escuchar a Jesús implica obedecerlo, y Jesús ya había dicho: “Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme” (Mt 16:24).
La Transfiguración nos recuerda que la gloria de Dios nos llama a una entrega total. Cuando los discípulos escucharon la voz de Dios, cayeron aterrorizados, como muertos. Entonces Jesús se acercó, los tocó y les dijo: “Levántense, no tengan miedo”.
La palabra que Mateo usa para “levántense” es ἐγείρω (egeírō), la misma palabra que se usa para hablar de la resurrección. El miedo nos hace caer como muertos, pero Jesús nos levanta, nos resucita, nos pone en pie para el camino.
La experiencia en la montaña es, para los discípulos, una experiencia de muerte y resurrección. Conocer a Jesús no es solo verlo transfigurado; es participar en su camino de muerte y vida. Es bajar del monte, caminar hacia Jerusalén, cargar la cruz y entregarse en amor y servicio a los demás.
Jesús les pidió que guardaran esta experiencia en el corazón hasta después de la resurrección, porque sin la cruz la gloria sería malentendida. La Transfiguración no es para escapar del mundo, sino para ser transformados y enviados al mundo.
Conclusión
Conclusión
Sin lugar a dudas, Dios sigue mostrando su gloria cada día. Todos tenemos testimonios hermosos de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas, momentos personales y comunitarios en los que hemos sentido su presencia y su gracia.
Sin embargo, el Señor no quiere que nos quedemos en la montaña. Él nos invita a descender para ser testigos de su gloria en un mundo que la necesita. Mientras Jesús estaba en la montaña, abajo le esperaba un niño que los discípulos no pudieron liberar. Mateo nos deja esta escena para recordarnos por qué no podemos quedarnos arriba.
Abajo, fuera de nuestro templo, en nuestra vida cotidiana, hay personas que necesitan a Dios. Necesitan ser enseñadas, necesitan escuchar las buenas nuevas del Reino, necesitan ser sanadas y restauradas. Ese fue el ministerio de Jesús, y ese es también nuestro llamado como su iglesia.
La Transfiguración nos recuerda que hemos sido transfigurados para el camino: para bajar del monte, caminar hacia Jerusalén y servir en amor. Que la gloria que hemos contemplado hoy nos transforme y nos envíe al mundo que Dios tanto ama.
