52. La respuesta del cristiano al gobierno - Parte 1 Romanos 13:1-7

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Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra. (Romanos 13:1-7)
Estos siete versículos contienen la enseñanza más clara y específica del Nuevo Testamento acerca de la responsabilidad que el cristiano tiene para con las autoridades civiles. Todo cristiano, sin importar la forma de gobierno bajo la cual viva, está llamado a obedecer el mandato del Señor en el sentido de mantenerse en sumisión debida y provechosa a ese gobierno con el fin de poder llevar una vida pacífica y mantener un testimonio efectivo. Este tema recurrente de la sumisión al poder controlador de la sociedad no es tratado en la Biblia con mayor sentido de obligatoriedad que en este pasaje.
Los primeros once capítulos de Romanos (en particular los caps. 1-8) explican en detalle asombroso lo que significa la salvación y de qué modo los hombres llegan a ser salvos, cuando son justificados por la gracia de Dios que obra por medio de la fe. Todo el peso de esa realidad queda expresado por Pablo en los siguientes términos absolutos: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Ro 3:21-24).
El milagro monumental de la salvación tiene efecto sobre todas las relaciones que existen en la vida del creyente.
Pablo trata estas implicaciones concretas a partir del capítulo 12. En primer lugar, el efecto más importante y obvio de la salvación se da en nuestra relación con Dios.
Cuando somos salvados, nuestra respuesta inicial: Primer interes: debería ser el presentar sin reservas nuestros cuerpos como un “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es [nuestro] culto racional” (Ro 12:1).
El segundo interés del apóstol es que tengamos una relación correcta con nuestros hermanos y hermanas en Cristo (Ro 12:3-16), así como con los no cristianos, incluyendo aun a nuestros enemigos (vv. Ro 12.17-21).
Después de haber tratado esas cuestiones, el escritor inspirado se enfoca ahora en la necesidad de tener una relación correcta con los gobiernos humanos bajo los cuales vivimos (Ro 13:1-7).
Debido a la libertad religiosa que la mayoría de los occidentales han disfrutado por muchas generaciones, es difícil para creyentes que viven en esos países apreciar en toda su magnitud la lucha continua que muchos de sus hermanos y hermanas en Cristo tienen que enfrentar bajo regímenes políticos que restringen la libertad y oprimen cualquier manifestación del cristianismo.
Ha habido “guerras santas” como las cruzadas, que se han librado en nombre del cristianismo y por lo general se condenan con justa razón, pero en un sentido histórico, algunos cristianos han estado involucrados, y con frecuencia en el nombre de su fe, en el derrocamiento por la fuerza de gobiernos opresivos y en ocasiones despóticos. La democracia y la libertad política son entidades que comúnmente se identifican con el cristianismo. Por tales razones es difícil para muchos cristianos ser claros, o aun objetivos y sinceros, en su interpretación de un pasaje como Romanos 13:1-7 que sin lugar a ambigüedades expone las consecuencias prácticas de algunos mandatos claramente restrictivos.
Muchos evangélicos creen con firmeza que la revolución norteamericana estuvo justificada en todos los sentidos, no solo el político sino también el bíblico. Ellos creen que los derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad no solo han sido dados al hombre por concesión divina, sino que su consecución y defensa de alguna manera son responsabilidades del cristiano y que por esa razón se justifican a cualquier costo, incluyendo el de la rebelión armada cuando sea necesario.
Creyendo que el fin a veces justifica los medios, muchos evangélicos arguyen que la desobediencia civil no violenta se justifica en causas que tengan un claro fundamento bíblico, como es el caso de la oposición al aborto. Algunos evangélicos llegan incluso a rehusar el pago de impuestos porque parte del dinero será utilizado para financiar causas y actividades que son injustas e inmorales.
Aun es posible que ciertas actividades sociales y políticas válidas contribuyan a una reducción apreciable de la cantidad de tiempo, energías y dinero que un creyente tenga disponibles para la obra central del evangelio. De esa manera, el enfoque cristiano se altera y pasa de atender el llamado divino de construir el reino espiritual por medio del evangelio, a los esfuerzos humanos para moralizar la cultura.
El cambio de foco trae como resultado que se intente cambiar la sociedad como un todo desde afuera en lugar de trabajar desde adentro para lograr el cambio de los individuos que la componen. Cuando la iglesia se politiza, aun en su apoyo a buenas causas, su poder espiritual se vicia y su influencia moral se diluye. Además, cuando tales causas son apoyadas con métodos y recursos mundanos, la tragedia se agrava.
Nosotros debemos ser la conciencia de la nación por medio de la predicación fiel del evangelio y la vida piadosa, y si bien es cierto que estamos llamados a confrontarla, no lo debemos hacer con la presión política proyectada por la sabiduría humana (incluyendo la nuestra), sino con el poder espiritual de la Palabra de Dios.
El uso de legislación, sentencias judiciales o intimidación para alcanzar una “moralidad cristiana” superficial y temporal, en ningún modo forma parte de nuestro llamado y además carece de valor para la eternidad.
En un mensaje pronunciado en la Universidad de Oxford en 1898, el teólogo británico Robert L. Ottley observó:
El Antiguo Testamento puede ser estudiado ... como un libro de instrucciones sobre justicia social. En él se exhibe el gobierno moral de Dios como quedó demostrado en su trato con naciones enteras al igual que con individuos; fue el conocimiento que esas naciones e individuos tuvieron de la acción y presencia de Dios en la historia lo que constituyó a los profetas en predicadores, no tan solo a sus coterráneos sino al mundo en general ... Por otro lado, es significativo el hecho de que a pesar de su preeminencia y su celo ardiente por la reforma social, ellos tuvieron por regla abstenerse de participar en la vida política de la nación o demandar la puesta en marcha de reformas políticas específicas. Ellos no deseaban mejores instituciones sino mejores seres humanos. (Aspects of the Old Testament, The Bampton Lectures, 1897 [Londres: Longmans, 1898], pp. 430-31)
Algunos pastores evangélicos y otros líderes cristianos han pasado de destacar el evangelio a insistir en la acción política de la iglesia, de hacer énfasis en la Palabra de Dios a insistir en la importancia de formar coaliciones para tener algún “efecto cultural” en la sociedad moderna.
Algunos cristianos esperan que el gobierno no solo sea un aliado de la iglesia sino su socio principal. No obstante, los estados humanos son temporales y solo afectan cosas temporales.
Es una mayordomía necia y despilfarradora la que dedica una gran cantidad de tiempo y energías tratando de mejorar la moralidad de la gente, que en el mejor de los casos es transitoria, y muy poco para llevarles el evangelio que les ofrece vida eterna. En realidad no importa si las personas que van al infierno fueron en la tierra policías o prostitutas, jueces o criminales, si estuvieron a favor o en contra del aborto o cualquier otra distinción de tipo sociológico entre las personas.
Nuestra tarea no consiste en hacer morales a los inmorales sino en proclamar el evangelio.
Descuidar esta obligación es el equivalente espiritual de un cirujano especializado en operar el corazón, quien decide abandonar su profesión para convertirse en cirujano plástico y pasar su tiempo remendando la apariencia de sus clientes en lugar de dedicarse a salvar las vidas de sus pacientes.
La misión de la iglesia NO es cambiar la sociedad, aunque ese es con frecuencia un subproducto favorable del ministerio fiel y la vida piadosa, sino adorar y servir al Señor y llevar a otros a la fe en Él para su salvación.
De manera muy semejante a los cristianos liberales de principios del siglo veinte, muchos evangélicos han perdido su enfoque en los valores eternos y se han encaprichado con asuntos temporales al punto de crear lo que equivale a una versión política conservadora de cristianismo social.
También a semejanza de los liberales que solo predican un mensaje social, los evangélicos que recalcan los intereses sociales por encima de los espirituales prestan cada vez más atención al gobierno como un aliado o enemigo temporal en la tierra. Lo cierto es que aun el mejor gobierno humano que pudiera existir no estaría en capacidad para participar en la obra del reino de Dios, y los peores sistemas sociales de la humanidad también son incapaces de obstaculizar el poder de la Palabra y del Espíritu. Dios instituyó la autoridad con un propósito temporal y transitorio que es por completo diferente.
Esto no quiere decir que los cristianos NO deban estar involucrados con el gobierno civil, y en algunas ocasiones de forma directa.
Tampoco significa que los creyentes deban abstenerse de expresar sus creencias mediante el voto por los candidatos políticos mejor calificados y por leyes cuerdas. Eso forma parte de hacer el bien en nuestra sociedad (cp. Gá. 6:10; Tit. 3:1-2).
Deberíamos estar agradecidos con Dios por la libertad civil para adorar, para predicar y enseñar el evangelio y para vivir nuestra vida casi que sin restricción alguna. Ese es un privilegio conveniente pero en ningún modo es necesario para la efectividad de la verdad del evangelio o para el crecimiento espiritual. También deberíamos estar agradecidos por las oportunidades que podamos aprovechar dentro de lo razonable, para el uso de muchos recursos legales y efectivos para la sustitución de leyes y gobiernos malos por buenos. Sin embargo, esto no tiene que ver en absoluto con la prioridad que el cristiano tiene de proclamar el evangelio y vivir una vida santa para demostrar que Dios es un Dios que salva.
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento presentan ilustraciones de creyentes cuyo buen desempeño en la tierra llevó a ocupar ciertas posiciones en el servicio civil, y fueron útiles a Dios en esos lugares de responsabilidad temporal.
José en Egipto y Daniel en Babilonia son los dos ejemplos superlativos del Antiguo Testamento.
Después que Jesús sanó al siervo del centurión, Él no le aconsejó que dejara la vida militar (véase Mt. 8:5-13).
Después que Zaqueo se convirtió, tampoco tuvo que dejar su profesión secular sino convertirse en un publicano sincero (véase Lc. 19:1-10).
Cornelio, otro centurión romano, conoció la salvación por medio del testimonio de Pedro y continuó prestando sus servicios en el ejército imperial (véase Hch. 10).
Tampoco existen razones para pensar que el procónsul Sergio Paulo dejó de ejercer su alto cargo oficial después de ser salvo (véase Hch. 13:4-12).
Lo que debe atenderse aquí es la cuestión de las prioridades, cuando somos conscientes de que aun el bien terrenal más grande que podamos alcanzar en el mundo temporal, palidece al lado de lo que el Señor puede lograr por medio de nosotros en la obra espiritual de su reino.
Así como el Israel antiguo (Éx. 19:6), la iglesia está llamada a ser un reino de sacerdotes, no un reino de activistas sociales. “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios”, nos recuerda Pedro, “para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9, cursivas añadidas).
EJEMPLO DE LA VIDA DE JESUS EN LA SOCIEDAD EN QUE VIVIO
Nuestro Señor nació dentro de una sociedad donde la corrupción política y el mando autocrático eran comunes. Había por todas partes:
tiranos inclementes y dictadores asesinos,
al lado de la práctica abierta de la esclavitud humana que es la antítesis de la democracia.
Estas eran normas que casi nadie cuestionaba ni se atrevía a desafiar. Algunos calculan que el Imperio Romano de aquel tiempo tenía tres esclavos por cada persona libre. Aunque el rey Herodes de Idumea era apenas un súbdito y tributario de Roma, ejercía su mando con una particular crueldad autocrática sobre la mayor parte de Palestina, incluyendo Judea y Samaria. “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos” con respecto a la ubicación del niño Jesús, “se enojó mucho, y” con impunidad absoluta “mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores” (Mt. 2:16).
Durante ese tiempo, los impuestos eran exorbitantes y las sobretasas aprobadas por el gobierno así como la extorsión de los publicanos que recolectaban los impuestos, aumentaba de forma inmensurable las cargas económicas que se imponían a las personas.
Al igual que el resto de pueblos conquistados, los judíos de Palestina eran poco más que parte del patrimonio imperial de los romanos, una minoría oprimida y sin privilegio alguno. Carecían de voz y voto en cualquier nivel del gobierno y de muy escasos recursos legales para responder a injusticias.
En consecuencia, muchos judíos reaccionarios estaban en rebelión incesante contra Roma, algunos de ellos la expresaban y otros solo la sentían. Algunos de los líderes se negaban a ver la realidad de la situación porque les resultaba muy desagradable. Parece que rehuaban reconocer lo que era obvio.
Cuando Jesús declaró “a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn. 8:31-32), ellos le dieron esta extraña respuesta: “Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?” (v. 33). Durante más de cincuenta años habían estado sometidos a Roma, y antes a Grecia, Media y Persia, Babilonia, Asiria y Egipto. Sin duda lo que quisieron dar a entender es que nunca habían sido conquistados en su interior, y que sin importar lo que sus rodillas tuvieran que hacer, sus corazones nunca se habían hincado ante una sola potencia gentil.
A pesar de las fuertes restricciones impuestas, Roma permitió a los judíos un grado notable de libertad religiosa. En el tiempo de Cristo, no se les exigió rendir culto al César o a alguna deidad pagana. Eran libres de mantener su sacerdocio y su templo, así como sostener estas instituciones religiosas con ofrendas. Los romanos incluso protegían la observancia del día de reposo, las leyes mosaicas sobre ceremonias y dietas, y también concedieron a los judíos su deseo de prohibir los ídolos, incluyendo las imágenes del emperador excepto en las monedas de uso común, lo cual sí ofendía a los judíos. Los romanos aun hacían cumplir la ley judía que exigía la ejecución de un gentil que fuera hallado en los atrios del templo. Puesto que los romanos por lo general consideraban al cristianismo como una secta del judaísmo, la iglesia primitiva tuvo en común con los judíos muchas de sus libertades religiosas.
No obstante, la mayoría de los judíos se soliviantaban bajo la dominación romana, y ciertos nacionalistas fanáticos llamados zelotes se negaban a pagar impuestos y emprendían ataques terroristas contra sus gobernantes.
Basados en Deuteronomio 17:15 (“no podrás poner sobre ti [como rey] a hombre extranjero, que no sea tu hermano”), algunos judíos creían que el simple reconocimiento de un gobernante gentil era pecaminoso. Muchos zelotes se convirtieron en asesinos que no solo perpetraban venganzas contra los romanos sino aun en contra de sus propios compatriotas cuando consideraban que eran traidores a la causa. Incluso en el tiempo en que la iglesia apenas estaba empezando, la insurrección judía se había expandido con rapidez y trajo como resultado el holocausto de Jerusalén en el año 70 d.C., en el que la ciudad y su templo quedaron destruidos por completo y cerca de un millón cien mil judíos, incluyendo mujeres, niños y sacerdotes, fueron masacrados sin clemencia por los romanos en su represalia.
Debido a que la mayoría de los judíos de aquel tiempo creían que el Mesías vendría como un libertador político, muchos de los discípulos de Jerusalén esperaban que Él los libertase del yugo romano. Sin embargo, Él nunca hizo llamado alguno a la reforma política o social, ni siquiera por medios pacíficos.
Él nunca intentó rectificar la cultura con una imposición de la moralidad bíblica ni obtener una mayor libertad de acción. Por el contrario, Él declaró sin ambages: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22:21).
En una ocasión posterior Jesús dijo a sus discípulos: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen” (Mt. 23:2-3). Aquellos malvados líderes no debían ser emulados, pero sí obedecidos. Cambiar la forma de gobierno o lograr una moralización superficial de la sociedad no eran metas de Jesús. Él se proponía redimir almas humanas individuales.
Cuando no estaba predicando, Jesús estaba demostrando su gran compasión frente al dolor y las penurias de los hombres en sus vidas personales.
Aun la lectura más casual de los evangelios revela que su compasión no era algo meramente emocional o idealista. Él no solo tenía empatía directa con los pecadores sino que además sanó a incontables miles de personas que padecían toda clase de enfermedades y aflicciones, y esto muchas veces con grandes sacrificios personales. La moralidad social y las estructuras socio-políticas nunca fueron de su interés.
Pero ni siquiera la satisfacción de necesidades físicas y emocionales de los individuos fue la meta suprema de su vida y ministerio. Por encima de todo, Él vino a satisfacer una necesidad que sobrepasa en todo sentido a todas las demás, una necesidad que solo Él podía y puede satisfacer. Por esa razón Él hablaba directo al corazón y el alma de hombres y mujeres como individuos, nunca a sus ideas políticas, sociales y económicas, ni apelando a sus derechos humanos o raciales o a su dolor físico o su situación temporal.
Él enseñó el evangelio de salvación que tenía poder para hacer justas sus almas delante de su Padre y concederles la vida eterna. A la luz de estas cosas, los derechos y la moral temporales palidecen en importancia. Él no vino a proclamar o establecer un nuevo orden social o moral sino un nuevo orden espiritual, su iglesia. Él no se propuso moralizar la antigua creación sino santificar la nueva creación. También mandó a su iglesia que perpetuara su ministerio de esa misma forma y en esa misma dirección cuando dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mr. 16:15).
Ninguna minoría en los Estados Unidos o en cualquier otra parte del mundo occidental ha padecido la muerte violenta de todos sus niños menores de dos años a manos de un régimen tiránico. Muchas personas desempleadas que hoy reciben múltiples beneficios de las agencias gubernamentales cuentan con facilidades, distracciones, oportunidades y derechos que ni los ciudadanos más ricos en el tiempo de Jesús podían imaginar llegar a tener. A pesar de esto, ni el Señor ni sus apóstoles justificaron en sentido alguno las revueltas políticas, la rebelión social o la desobediencia civil. No hubo esfuerzo alguno de su parte para eliminar la injusticia social o política.
¿Cuál es entonces la responsabilidad del cristiano con la sociedad, y con el gobierno en particular, si es necesario que permanezcamos como “peregrinos y extranjeros” en este mundo (1 P. 2:11) y que al mismo tiempo Dios nos use para llamar a todas las personas a la salvación? ¿Cómo vamos a vivir en este mundo sin ser del mundo (Jn. 17:11, 16)? En el texto presente, Pablo presenta los dos principios básicos que responden esas preguntas. Primero: supeditarse al gobierno (v. 1); y segundo: pagar impuestos (v. 6). Esos mandatos resumen el deber cívico del cristiano. Es a través del cumplimiento de esas dos obligaciones que damos “a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22:21).
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