Términos y condiciones.

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En la época en la que vivimos, casi todos, de una u otra forma, hemos tenido que aceptar los términos al contratar un servicio, instalar un software o adquirir algún producto digital. En ese proceso, aparece en la pantalla una ventana con los “términos y condiciones”. La pregunta es: ¿cuántos de nosotros realmente los leemos?
Obar, J. A., y Oeldorf-Hirsch, A. (2016), en su estudio The Biggest Lie on the Internet: Ignoring the Privacy Policies and Terms of Service Policies of Social Networking Services, demostraron que cerca del 97% de los usuarios entre 18 y 35 años aceptan los términos y condiciones sin leerlos detenidamente. Asimismo, Deloitte (2017), en su artículo 2017 Global Mobile Consumer Survey: US Edition, señala que el 91% de los consumidores acepta los términos y condiciones sin leerlos.
La compañía Amazon Web Services, Inc., consciente de esta realidad, incluyó desde 2015 una cláusula inusual en los términos y condiciones de una plataforma lanzada ese mismo año, diseñada para que desarrolladores de videojuegos crearan programas y modelos de computación. Esta cláusula aparecía en el documento Amazon Web Services Service Terms – Section 42: Amazon Lumberyard; 42.10 Acceptable Use; Safety-Critical Systems (vigente de 2015 a 2021) y establecía lo siguiente:
42.10. Uso aceptable; sistemas críticos para la seguridad.
El uso de los materiales de Lumberyard debe cumplir con la Política de Uso Aceptable de Amazon Web Services. Los materiales de Lumberyard no están destinados para su uso en sistemas críticos para la vida o la seguridad, tales como la operación de equipos médicos, sistemas de transporte automatizados, vehículos autónomos, aeronaves o control de tráfico aéreo, instalaciones nucleares, naves espaciales tripuladas o uso militar en conexión con combate activo.
Sin embargo, esta restricción no se aplicará en caso de que ocurra —certificado por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos o su organismo sucesor— una infección viral generalizada transmitida por mordeduras o contacto con fluidos corporales que cause que los cadáveres humanos se reanimen y busquen consumir carne humana viva, sangre, cerebro o tejido nervioso, y que probablemente resulte en la caída de la civilización organizada.
¿Te imaginas estar leyendo ese documento y, de repente, encontrarte con esa cláusula?
La realidad es que casi nunca leemos los términos y condiciones. Por eso aceptamos programas, planes y servicios sin saber exactamente en qué nos estamos metiendo. Luego, cuando llega el momento de “reclamar” o “exigir” que se cumpla algo, descubrimos que no es posible porque aceptamos los términos sin leerlos. O cuando intentamos evitar el pago de cierto periodo, nos damos cuenta de que tampoco se puede, porque no leímos las condiciones desde el inicio.
En la vida cristiana sucede algo similar. Muchas personas deciden seguir a Cristo sin considerar cuáles son los “términos y condiciones” de esa decisión —la más importante de toda su vida—. Esto provoca que formen expectativas e ideas equivocadas acerca de lo que realmente significa y del costo que implica creer en el Mesías que encarna, la promesa anunciada en Isaías 35.
Vayamos al “Kerigma” de ésta semana y veamos los términos y condiciones de creer en el Mesías, en aquél que es “Isaías 35 en carne y hueso”.
Marcos 8:27–38 NLT
Jesus and his disciples left Galilee and went up to the villages near Caesarea Philippi. As they were walking along, he asked them, “Who do people say I am?” “Well,” they replied, “some say John the Baptist, some say Elijah, and others say you are one of the other prophets.” Then he asked them, “But who do you say I am?” Peter replied, “You are the Messiah.*” But Jesus warned them not to tell anyone about him. Then Jesus began to tell them that the Son of Man* must suffer many terrible things and be rejected by the elders, the leading priests, and the teachers of religious law. He would be killed, but three days later he would rise from the dead. As he talked about this openly with his disciples, Peter took him aside and began to reprimand him for saying such things.* Jesus turned around and looked at his disciples, then reprimanded Peter. “Get away from me, Satan!” he said. “You are seeing things merely from a human point of view, not from God’s.” Then, calling the crowd to join his disciples, he said, “If any of you wants to be my follower, you must give up your own way, take up your cross, and follow me. If you try to hang on to your life, you will lose it. But if you give up your life for my sake and for the sake of the Good News, you will save it. And what do you benefit if you gain the whole world but lose your own soul?* Is anything worth more than your soul? If anyone is ashamed of me and my message in these adulterous and sinful days, the Son of Man will be ashamed of that person when he returns in the glory of his Father with the holy angels.”

Cláusula 1: El Padre debe revelar la identidad del Hijo. (8:27–30)

El reconocimiento del Mesías requiere intervención divina.

Recuerdo que hace poco, en una de las reuniones bilingües donde se unieron el grupo pequeño que dirige Pao y el grupo pequeño hispano, Alicia dijo algo que me hizo reflexionar y con lo que concuerdo plenamente. Comentó algo así: “A veces pensamos que, si Dios no obra como lo hizo en el Antiguo Testamento, realizando grandes maravillas, entonces no está obrando. Pero Dios también obra en lo sencillo, en lo callado, en lo simple”.
Dios obra en lo cotidiano.
Y precisamente lo que ocurre en este pasaje es uno de esos momentos. No se abre el mar, no cae fuego del cielo, no hay señales espectaculares ni grandes prodigios; sin embargo, se registra uno de los milagros más profundos e interesantes: una epifanía.
¿Cómo que una epifanía? Cuando una persona comprende que Jesús es el Hijo de Dios y Salvador de la humanidad, experimenta una epifanía.
Leamos nuevamente.

27 Jesús y sus discípulos salieron de Galilea y fueron a las aldeas cerca de Cesarea de Filipo. Mientras caminaban, él les preguntó:

—¿Quién dice la gente que soy?

28 —Bueno —contestaron—, algunos dicen Juan el Bautista, otros dicen Elías, y otros dicen que eres uno de los otros profetas.

29 Entonces les preguntó:

—Y ustedes, ¿quién dicen que soy?

Pedro contestó:

—Tú eres el Mesías.

30 Pero Jesús les advirtió que no le contaran a nadie acerca de él.

Para profundizar un poco más en este momento, es importante recurrir a otro de los evangelios sinópticos y observar lo que registra en el pasaje paralelo de Mateo 16:13–20.

13) Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo, les preguntó a sus discípulos:

—¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?

14) —Bueno —contestaron—, algunos dicen Juan el Bautista, otros dicen Elías, y otros dicen Jeremías o algún otro profeta.

15) Entonces les preguntó:

—Y ustedes, ¿quién dicen que soy?

16) Simón Pedro contestó:

—Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente.

17) Jesús respondió:

—Bendito eres, Simón hijo de Juan, porque mi Padre que está en el cielo te lo ha revelado. No lo aprendiste de ningún ser humano. 18) Ahora te digo que tú eres Pedro (que quiere decir “roca”), y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y el poder de la muerte no la conquistará. 19) Y te daré las llaves del reino del cielo. Todo lo que prohíbas en la tierra será prohibido en el cielo, y todo lo que permitas en la tierra será permitido en el cielo.

20) Luego advirtió severamente a los discípulos que no le contaran a nadie que él era el Mesías.

Es bien sabido que este texto ha sido utilizado por la Iglesia Católica para fundamentar el gobierno del papa y la línea de sucesión apostólica en el Vaticano. Pero no nos distraigamos. Este pasaje no trata sobre la sucesión de un rey terrenal en medio de Italia, este pasaje trata del aspecto más maravilloso —y, si me permiten decirlo, el más frustrante— de la salvación humana: Si el Padre no revela al Hijo, nada pasará.
No importa cuánto prediques. No importa cuánto intentes convencer. No importa qué tan elocuente seas al presentar tu fe.
Nada de eso, por sí mismo, puede producir conversión. Nadie puede convencer a otra persona de creer en Cristo. Para que alguien vea que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador de la humanidad, el Padre debe revelárselo.
No estoy diciendo que dejes de predicar ni de compartir el evangelio. Lo que estoy diciendo es que no te corresponde a ti convencer a nadie. Tu tarea no es “vender” un producto, sino anunciar las buenas nuevas de Cristo. Es Dios quien revela a su Hijo al corazón que Él está llamando.
Y cuando Cristo es revelado a un corazón, y ese corazón cree, ese es el verdadero fundamento de la iglesia: la fe en Cristo Jesús.
No las obras. No el dinero. No los rituales. Solo por gracia, mediante la fe en Cristo Jesús, tal como lo enseña Efesios.

8 Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios. 9 La salvación no es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho, así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo.

¿Has creído en Cristo? ¿Crees que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo? No has llegado a esa convicción porque seas más inteligente que otros, sino porque, al igual que Pedro, el Padre te lo reveló desde el cielo.
¿Aún no has creído? Mi oración es que el Padre, en su gran misericordia, te revele a Cristo.
¿Conoces a alguien que no cree? Entonces sigue predicando y roguemos juntos al Padre que le revele a su Hijo.
Oremos:
“Padre, tú eres soberano y solo tú puedes revelar a Cristo. Por favor, revélalo a ________.”
Oremos juntos y, en voz alta, digamos los nombres de aquellas personas que nuestro corazón anhela que conozcan a Cristo. Hagámoslo. Oremos con la confianza de que el Padre escucha.
(Pausa para orar)

Cláusula 2: Confesión verificable y sumisión vinculante (8:31–33).

La declaración verbal debe demostrarse con una cosmovisión sometida al Mesías.

Cristo me salvó en Tierra Alta, un campamento cuyo único propósito es organizar encuentros evangelísticos donde miles de jóvenes, en distintas partes del mundo, son expuestos al evangelio.
He visto numerosas historias de chicos y chicas que llegaban negando la existencia de Dios y que, después de un par de días, experimentaban algo que no se puede explicar fácilmente: Dios obraba en sus corazones y proclamaban fe en Cristo Jesús. Algunos incluso se bautizaban.
Años más tarde, cuando serví como parte del staff del campamento, fui testigo de que se les predicó el evangelio a más de 20 mil jóvenes por año en promedio. Pero la pregunta sigue siendo: ¿cuántos de ellos realmente creyeron? ¿Cuántos sometieron verdaderamente su vida al Mesías?
La noche en que Cristo me salvó, éramos más de 900 jóvenes. Sin embargo, no estoy seguro de que todos hayan creído. Y no puedo afirmar que más de 100 hayamos decidido, de manera genuina, rendir nuestra vida a Cristo.
Veamos de nuevo nuestro pasaje:

31) Entonces Jesús comenzó a decirles que el Hijo del Hombre tendría que sufrir muchas cosas terribles y ser rechazado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los maestros de la ley religiosa. Lo matarían, pero tres días después resucitaría. 32) Mientras hablaba abiertamente de eso con sus discípulos, Pedro lo llevó aparte y empezó a reprenderlo por decir semejantes cosas.

33) Jesús se dio la vuelta, miró a sus discípulos y reprendió a Pedro: «¡Aléjate de mí, Satanás! —dijo—. Ves las cosas solamente desde el punto de vista humano, no del punto de vista de Dios».

¿Cómo fue posible que Pedro pasara de ser llamado “bendito” —porque el Padre le reveló que Jesús es el Mesías— a que Cristo mismo lo llamara “Satanás”?
Los judíos habían escuchado una y otra vez las diferentes profecías acerca del Mesías. Y, dado que vivían bajo la opresión del Imperio romano, es probable que atesoraran especialmente aquellas referencias que describían a un Mesías libertador, como las que encontramos en el Salmo 2.

7 El rey proclama el decreto del SEÑOR:

«El SEÑOR me dijo: “Tú eres mi hijo.

Hoy he llegado a ser tu Padre.

8  Sólo pídelo, y te daré como herencia las naciones,

toda la tierra como posesión tuya.

9  Las quebrarás con vara de hierro

y las harás pedazos como si fueran ollas de barro”».

Por eso, cuando Jesús comenzó a explicar que “el Hijo del Hombre tendría que sufrir muchas cosas terribles y ser rechazado”, Pedro hizo lo que muchos de nosotros habríamos hecho: contradecir la lógica de Dios.
“¡Espera, pastor! ¡Yo jamás he hecho eso!”
¿Seguro?
¿Cuántas veces hemos orado pidiendo sanidad para alguien, que a otro le vaya bien en su examen de matemáticas o que alguien más consiga un mejor trabajo? Sígueme con cuidado: no estoy diciendo que esas peticiones sean malas. No lo es. Pedir por esas cosas está bien.
Pero, la mayoría de las veces, nuestras oraciones buscan cambiar nuestra realidad inmediata. Queremos que Dios obre a nuestro favor, que solucione, que provea, que intervenga según nuestra necesidad. Rara vez nos detenemos a pensar: ¿será posible que el sufrimiento forme parte del plan de Dios para mí?
Es muy poco frecuente que los cristianos oren conscientes de que no son el centro de todo, sino que Dios lo es.
A veces parece que oramos esperando que Dios gire en torno a nosotros, en lugar de entender que nosotros debemos girar en torno a Él.
Por eso, cuando Dios, en su soberanía, determina que alguien tenga que sufrir, nos resistimos. Desde la perspectiva humana, el bienestar personal es lo más importante. Pero desde la perspectiva divina, la gloria de Dios es lo supremo.
¿Quién gobierna tu vida? ¿En torno a qué giran tus oraciones? ¿Tu vida se alinea solamente con el punto de vista humano o con el de Dios?
Si Cristo evaluara el final de tu semana o tu tiempo de oración, ¿qué diría? ¿“Bien, buen siervo y fiel”? ¿O “Quítate delante de mí, Satanás”?
No caigas en la trampa de Satanás. No le digas a Dios cómo debe hacer las cosas. Él sabe más, puede más y es infinitamente mayor. Sométete a Él; no pretendas que Él se someta a ti.
Porque si aceptamos a Cristo como nuestro Salvador, pero no lo seguimos como nuestro Dueño y Señor, en realidad no hemos creído.
Cristo no es una opción parcial, no es “uno u otro”. Él es Salvador y Señor —Amo o dueño— de todos aquellos que verdaderamente han puesto su fe en Él.

Cláusula 3: Aceptación explícita de pérdida y muerte (8:34–38)

El discípulo consiente voluntariamente su sentencia y entrega su vida.

Después de reprender a Pedro, Jesús se vuelve hacia la multitud que estaba allí y pronuncia una declaración completamente radical: si alguien quiere seguirlo, debe tomar su cruz.
Leamos:

34 Entonces llamó a la multitud para que se uniera a los discípulos, y dijo: «Si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su manera egoísta de vivir, tomar su cruz y seguirme. 35 Si tratas de aferrarte a la vida, la perderás; pero si entregas tu vida por mi causa y por causa de la Buena Noticia, la salvarás. 36 ¿Y qué beneficio obtienes si ganas el mundo entero pero pierdes tu propia alma? 37 ¿Hay algo que valga más que tu alma? 38 Si alguien se avergüenza de mí y de mi mensaje en estos días de adulterio y de pecado, el Hijo del Hombre se avergonzará de esa persona cuando regrese en la gloria de su Padre con sus santos ángeles».

Hoy hemos normalizado esa expresión. La hemos espiritualizado y, más aún, me atrevería a decir que la hemos romantizado. Pero una cruz no es algo estético ni inspirador; es un instrumento de tortura y ejecución.
La crucifixión romana fue un método de ejecución pública utilizado por el Imperio romano para castigar principalmente a esclavos, rebeldes, insurrectos y criminales que no eran ciudadanos. No era simplemente una forma de matar; era un mecanismo de terror político y humillación social.
Roma no buscaba solo la muerte del condenado. Buscaba:
Exhibir el poder absoluto del Estado.
Advertir a la población: “Esto le sucede a quien desafía a Roma”.
Deshumanizar públicamente al ejecutado.
Era una ejecución diseñada para ser vista.
Aunque variaba según la región y la gravedad del delito, generalmente incluía:
a) Flagelación previa. El condenado era azotado severamente antes de la crucifixión, lo cual debilitaba su cuerpo y aceleraba la muerte posterior.
b) Carga del patibulum. El reo debía cargar el madero horizontal —no siempre la cruz completa— hasta el lugar de ejecución.
c) Fijación al madero. Podía ser atado con cuerdas o clavado (en las manos y en los pies o tobillos).
d) Exposición pública. El cuerpo quedaba suspendido durante horas o incluso días.
La muerte ocurría por asfixia progresiva, shock traumático, pérdida de sangre o deshidratación.
¿Quiénes eran crucificados? Generalmente esclavos fugitivos, rebeldes políticos, criminales violentos e insurrectos contra Roma. Los ciudadanos romanos estaban, en la mayoría de los casos, exentos de este castigo.
La crucifixión era pública, lenta, extremadamente dolorosa, humillante y diseñada para infundir miedo.
En el contexto del siglo I, la cruz no era un símbolo religioso. Representaba traición, vergüenza total, derrota absoluta y maldición pública.
Jesús estaba mencionando un instrumento de tortura y ejecución que resultaba profundamente ofensivo para los judíos.
Detengámonos un momento para considerar qué significaba “cargar la cruz”.
En la práctica romana, el condenado no solía cargar la cruz completa, sino el patibulum, el madero horizontal, que pesaba entre 66 y 110 libras, y se colocaba o amarraba sobre los hombros del condenado. El poste vertical (stipes) generalmente ya estaba fijo en el lugar de ejecución y se reutilizaba para múltiples condenas.
Autores antiguos como Plutarco, Dionisio de Halicarnaso y Séneca mencionan que los condenados eran obligados a:
Caminar por calles públicas.
Cargar el instrumento de su propia muerte.
Ser expuestos a burlas, escarnio y humillación.
No era solo castigo físico; era terror institucionalizado por eso, culturalmente en esos dias, un crucificado era alguien que caminaba hacia su muerte cargando su propio instrumento de ejecución.
¿Qué entendía la multitud al ver a alguien cargar el patibulum?
Tres cosas inmediatas:
Ese hombre ya estaba muerto. Legalmente, no tenía derechos. Nadie lo defendía. No había marcha atrás.
Ese hombre era un ejemplo.“No hagas lo que él hizo”. “No desafíes al imperio”. “No salgas del orden establecido”.
Ese hombre ya no se pertenecía. No decidía. No negociaba. No controlaba su destino.
Por eso, cuando Jesús dice “tome su cruz”, nadie pensó en espiritualidad abstracta.
En el contexto de Marcos 8, Mateo 16 y Lucas 9, Jesús está usando una imagen cotidiana y aterradora. No está diciendo: “Sean disciplinados”. “Hagan sacrificios”. Está diciendo: “Vivan como alguien que ya fue sentenciado a muerte por seguirme”.
¡ Y lo más impactante es que lo dijo antes de que Él mismo fuera crucificado!
Jesús no está usando una metáfora suave. Está diciendo: si quieres seguirme, debes asumir que tu vida ya no te pertenece.
Cláusula 3 no es simbólica. Es definitiva.
“Si alguno quiere ser mi seguidor…”
No es obligación.
Es invitación.
Pero es una invitación con condiciones.
“Tiene que abandonar su manera egoísta de vivir…”
Eso significa renunciar al derecho de ser el centro.
Renunciar al derecho de decidir qué parte de Cristo aceptas y qué parte no.
Renunciar al derecho de redefinir el evangelio a tu comodidad.
“Tomar su cruz…”
Eso no es cargar una dificultad cualquiera.
No es “mi cruz es mi suegra” o “mi cruz es mi jefe”.
No. Tomar la cruz es aceptar públicamente que seguir a Cristo puede costarte reputación, relaciones, oportunidades, dinero, comodidad… incluso tu vida. Déjame hacerlo incómodo o más bien realista, brutalmente realista:
Si seguir a Cristo pone en riesgo tu carrera… ¿lo seguirías?
Si obedecer a Cristo afecta tu relación sentimental… ¿lo obedecerías?
Si hablar de Cristo te hace perder amistades… ¿hablarías?
Si tu negocio pierde clientes porque decides no participar en prácticas deshonestas… ¿te mantendrías firme?
Si tus redes sociales muestran más pasión por política, deportes o cultura que por Cristo… ¿quién gobierna tu lealtad?
Si tienes que elegir entre tu imagen pública y tu fidelidad a Jesús…¿qué eliges?
Jesús dice: “Si tratas de aferrarte a la vida, la perderás…”
Aferrarse es querer control, es querer reputación, es querer éxito sin cruz.
Muchos quieren salvación sin rendición, quieren cielo sin señorío, quieren gracia sin muerte pero Jesús no ofrece eso. El evangelio no es: “Agrega a Jesús a tu vida.” Es: “Entrégale a Él TODA tu vida.”
Hay personas aquí que aman la idea de que Cristo los salve del infierno, pero no aman la idea de que Cristo gobierne sus decisiones.
Hay personas aquí que cantan “Cristo es mi todo”, pero negocian obediencia cuando el costo sube.
Hay personas aquí que dicen “Jesús es Señor”, pero el dinero es el que manda. La aprobación es la que manda. La comodidad es la que manda.
Y Jesús es claro: “¿Qué beneficio obtienes si ganas el mundo entero pero pierdes tu alma?” Puedes ganar la empresa. Puedes ganar el título. Puedes ganar la reputación. Puedes ganar seguidores… Y perder tu alma. La cruz es el punto donde muere el ego. Donde muere la autosuficiencia. Donde muere el cristianismo cultural. Seguir a Cristo significa vivir como alguien que ya fue sentenciado. Ya no vivo para mí. Ya no negocio mi obediencia. Ya no administro mi vida como si fuera mía. Pablo lo diría después así en Gálatas 2:20 "Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí."
La pregunta no es si crees que Jesús murió. La pregunta es: ¿has muerto tú?
¿Has muerto a tu orgullo?
¿Has muerto a tu pecado secreto?
¿Has muerto a tu necesidad de aprobación?
¿Has muerto a tu doble vida?
Porque el cristianismo no es tener la información correcta. Es muerte seguida de resurrección.
Y Jesús termina con algo aún más fuerte: “Si alguien se avergüenza de mí y de mi mensaje…”
Hay creyentes secretos.
Cristianos de domingo.
Discípulos anónimos.
Pero la cruz era pública.
La lealtad a Cristo también lo es.
No estoy preguntando si vienes a la iglesia.
Estoy preguntando si Cristo gobierna tu agenda.
Tu dinero.
Tu tiempo.
Tu carácter.
Tu sexualidad.
Tus decisiones privadas…
Si hoy tuvieras que elegir entre preservar tu comodidad o confesar a Cristo,
¿qué harías?
Cláusula 3 es clara: Seguir a Cristo implica pérdida antes de gloria. Muerte antes de vida. Cruz antes de corona.
Y ahora te pregunto: ¿Has aceptado los términos completos? ¿O solo marcaste la casilla sin leer?
Si el Espíritu Santo está confrontando tu corazón ahora mismo, no lo ignores. No racionalices. No pospongas. No negocies.
Tal vez necesitas rendir áreas que aún controlas.
Tal vez necesitas arrepentirte de un cristianismo superficial.
Tal vez necesitas, por primera vez, entregar tu vida completa a Cristo.
Este es el momento.
Si hoy reconoces que has querido a Cristo como Salvador pero no como Señor…
Si hoy reconoces que has estado aferrándote a tu vida…
Si hoy entiendes que necesitas morir para vivir…
Ven.
Ven y arrodíllate.
Ven y entrégale el control.
Ven y rinde tu voluntad.
Ven y acepta los términos completos.
No es un llamado emocional. Es un llamado a morir. Justo como dijo Dietrich Bonhoeffer: «Cuando Cristo llama a un hombre, le invita a venir y morir».
Recuerda: los que mueren con Cristo, resucitan con Él.
¿Aceptas los términos y condiciones?...
¡ERES AMADO!
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