La Palabra de Dios en la mision

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Dentro de los mensajeros de Dios a los cuales Dios le entrega la mision de profetizar y guiar al pueblo de Israel de acuerdo a la palabra de Dios tenemos alrededor de 16 profetas enviados por Dios en el Antiguo testamento, dentro de la biblia se clasifican los 17 libros como profetas mayores y menores, no necesariamente por que los profetas mayores hayan sido mucho mas viejos o la manifestacion de Dios en sus vidas alla sido mas asombrosa que los menores sino que se les llama mayores por la cantidad de escritos y documentacion que dejaron en los profetas mayores estan  Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, en uno de ellos nos vamos a detener hoy para saber la historia de su llamado, el poder que Dios le dio por medio de su Espiritu y como la palabra de Dios cambia completamente la vida de los creyentes. Ezequiel 2:1-10
Ezequiel 2:1–10 RVR60
Me dijo: Hijo de hombre, ponte sobre tus pies, y hablaré contigo. Y luego que me habló, entró el Espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies, y oí al que me hablaba. Y me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han rebelado contra mí hasta este mismo día. Yo, pues, te envío a hijos de duro rostro y de empedernido corazón; y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor. Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos. Y tú, hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te hallas entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas miedo de sus palabras, ni temas delante de ellos, porque son casa rebelde. Les hablarás, pues, mis palabras, escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes. Mas tú, hijo de hombre, oye lo que yo te hablo; no seas rebelde como la casa rebelde; abre tu boca, y come lo que yo te doy. Y miré, y he aquí una mano extendida hacia mí, y en ella había un rollo de libro. Y lo extendió delante de mí, y estaba escrito por delante y por detrás; y había escritas en él endechas y lamentaciones y ayes.
EZEQUIEL sirvió como profeta entre los cautivos en Babilonia desde 593 a.C. hasta 571 a.C., luego de la destruccion del primer templo de Salomon.
Ambiente de la época: Ezequiel y su pueblo son llevados en cautiverio a Babilonia. Los judíos son extranjeros en una tierra extraña gobernada por un gobierno autoritario.
Mensaje principal: Debido a los pecados del pueblo, Dios había permitido la destrucción de Judá. Sin embargo, todavía había esperanza: Dios prometía restaurar la tierra a los que permanecieran fieles a El.
Dios llama a Ezequiel: (1) ayudara a que los cautivos comprendieran por qué los llevaron en cautiverio, (2) disipara la falsa esperanza de que el cautiverio iba a ser corto, (3) llevara un nuevo mensaje de esperanza, y (4) llamara al pueblo a una nueva conciencia de su dependencia en Dios.
Dios se comunicaba con Ezequiel en visiones. Una visión es una revelación milagrosa de la verdad de Dios. Estas visiones nos parecen extrañas porque son apocalípticas. Esto significa que Ezequiel veía imágenes simbólicas que expresaban vívidamente una idea. Daniel y Juan fueron otros escritores de la Biblia que utilizaron imágenes apocalípticas. La gente que estaba en el cautiverio perdió su perspectiva del propósito de Dios y su presencia, y Ezequiel fue a ellos con una visión de Dios para mostrarles la tremenda gloria y santidad de El y advertirles las consecuencias del pecado antes de que fuera demasiado tarde.
Luego de la sorprendente y maravillosa vision de Dios al profeta Ezequiel en el capitulo 1, en donde Dios le revela Su gloria,
Ezequiel percibió la gloria de Dios como una luz brillante y fuego. Cayó de cara al suelo, abrumado por la santidad de Dios y por su propia insignificancia y maldad. A la larga toda persona caerá ante Dios, ya sea por reverencia y gratitud por su misericordia o por temor de su castigo.
y hermanos la gloria de Dios esta lejos de ser un episodio que muchos querrian experimentar, ya vimos que los israelitas en el monte sinai estaban aterrorizados por la gloria de Dios, esta densa y profunda columna de nube que los acompañaba en el dia y la columna de fuego por las noches, Moises mismo que fue el unico que tuvo la valentia de hablar con el ser supremo, mas aun el le pidio a Dios
Éxo 33:18 Entonces Moisés dijo: "Te ruego que me muestres Tu gloria."
Éxo 33:19 Y el SEÑOR respondió: "Yo haré pasar toda Mi bondad delante de ti, y proclamaré el nombre del SEÑOR delante de ti. Tendré misericordia del que tendré misericordia, y tendré compasión de quien tendré compasión."
Éxo 33:20 Y añadió: "No puedes ver Mi rostro; porque nadie Me puede ver, y vivir."
Éxo 33:21 Entonces el SEÑOR dijo: "Hay un lugar junto a Mí, y tú estarás sobre la peña;
Éxo 33:22 y sucederá que al pasar Mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con Mi mano hasta que Yo haya pasado.
Éxo 33:23 "Después apartaré Mi mano y verás Mis espaldas; pero Mi rostro no se verá."
Éxo 34:6 Entonces pasó el SEÑOR por delante de él y proclamó: "El SEÑOR, el SEÑOR, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad (fidelidad);
Éxo 34:7 que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, y que no tendrá por inocente al culpable ; que castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación."
Éxo 34:8 Moisés se apresuró a inclinarse a tierra y adoró,
Algo parecido le sucedio a Ezequiel quien luego de la manifestacion de la gloria de Dios, cayo rostro en tierra.
Ezequiel cae rostro en tierra ante la gloria divina.
Y Dios le dice levantate.
Pero al parecer Ezequiel no lo pudo hacer por sus propios medios
sino que Dios tuvo que ayudarlo El Espíritu entra en él. Lo levanta. Lo pone en pie.
Vemos entonces que Dios no solo llama a la mision. sino que Dios capacita. El mismo que ordena levantarse, da la fuerza para hacerlo.
Luego viene la misión. “Yo te envío a una nación rebelde.”
No lo envía a un pueblo sensible. No lo envía a corazones abiertos. Lo envía a hijos de duro semblante y corazón empedernido.
La palabra clave del pasaje es “rebelde”. Se repite una y otra vez. No es ignorancia. Es oposicion consciente al consejo de Dios.
Por su parte
Dios no le promete éxito a Ezequiel. No le promete aplausos. Le dice: “Tal vez escuchen. Tal vez no.”
Pero el resultado no define la fidelidad de aquel que llama. Lo que importa es que sabrán que hubo profeta en medio de ellos.
Luego viene la advertencia: “No temas.”
Habrá espinas. Habrá escorpiones. Habrá palabras duras. Habrá oposición.
Pero el profeta no puede temer más a los hombres que a Dios.
Y antes de enviarlo a confrontar la rebelión, Dios lo confronta a él: “No seas rebelde como esa casa rebelde.”
El mensajero no puede parecerse al mensaje que denuncia. La obediencia del profeta es parte de la proclamación.
Finalmente, el símbolo impactante y que mas adelante se repite en el apocalipsis de Juan: Una mano extendida.
Un libro Un rollo. Escrito por delante y por detrás.
Los libros antiguos eran por lo general rollos: una página (hasta de casi diez metros) que se enrollaba simultáneamente por ambos extremos. Normalmente, los rollos estaban escritos de un solo lado. Pero en este caso, las advertencias se desbordaron hacia el otro lado del rollo
Lo que denota las muchas denuncias y profecias que Dios tenia contra Su pueblo. y que era lo que decia el rollo otra version en el versiculo 10 dice
Eze 2:10 y comenzó a abrir ese librito delante de mis ojos. Y pude ver que el libro contenía mensajes de luto, de dolor y de tristeza.
Por lo tanto
El mensaje que debe predicar Ezequiel no es cómodo. No es popular. No es motivacional.
Es mas bien una dualidad
Amargo y Dulce
Pero debe ser comido.
Vamos al siguiente capitulo de ezequiel vamos a leer Ezequiel 3:1-3
Ezequiel 3:1–3 RVR60
Me dijo: Hijo de hombre, come lo que hallas; come este rollo, y ve y habla a la casa de Israel. Y abrí mi boca, y me hizo comer aquel rollo. Y me dijo: Hijo de hombre, alimenta tu vientre, y llena tus entrañas de este rollo que yo te doy. Y lo comí, y fue en mi boca dulce como miel.
Mas adelante Juan en apocalipsis recibe una revelacion parecida llemos entonces Apocalipsis 10:10
Apocalipsis 10:10 RVR60
Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre.

1. El llamado a comer el libro

1.1. Ezequiel: Un profeta que primero debe alimentarse

Antes de hablar, Ezequiel debe comer. Antes de anunciar, debe digerir. Antes de confrontar a un pueblo rebelde, debe ser transformado por la Palabra.
Dios no le entrega un micrófono. Le entrega un rollo.
No le dice primero: “Ve y habla”. Le dice: “Abre tu boca… y come”.
Porque Dios no envía mensajeros vacíos. Envía hombres y mujeres llenos de Su Palabra.
La misión comienza en el interior. El púlpito comienza en el vientre. El anuncio comienza en la comunión.
Ezequiel iba a ser enviado a una casa rebelde, de duro semblante y corazón empedernido. Pero antes de enfrentar la dureza de otros, debía ser ablandado por Dios. Antes de confrontar el pecado, debía ser confrontado por la santidad divina.
Y esto es profundamente misionero.
El problema de muchos creyentes hoy no es falta de oportunidades, sino falta de profundidad. Queremos anunciar sin haber sido quebrantados. Queremos resultados sin haber sido formados.
Pero el orden de Dios nunca cambia: Primero transformación. Luego proclamación.
Un misionero no es alguien que repite un mensaje aprendido; es alguien que ha sido conquistado por ese mensaje.

1.2. Juan: El mismo principio en el Nuevo Testamento

Siglos después, el mismo patrón aparece.
Juan recibe un librito. Lo toma. Lo come.
En la boca es dulce. En el vientre es amargo.
El mensaje no cambia: La Palabra es un regalo, pero también es una carga santa.
Es dulce porque revela a Cristo. Es dulce porque anuncia redención. Es dulce porque nos habla del Cordero que venció.
Pero es amarga cuando esa verdad nos cuesta algo.
Es amarga cuando el mundo rechaza lo que anunciamos. Es amarga cuando la obediencia nos aísla. Es amarga cuando vivir el evangelio implica renuncia.
Aquí está el corazón de las misiones:
No solo anunciamos un mensaje dulce. Cargamos un mensaje que pesa.
Y todo creyente que realmente ha comido el Libro lo sabe: La Palabra consuela… pero también confronta. Abraza… pero también corrige. Salva… pero también envía.

Aplicación misionera

Hermanos, no se puede anunciar lo que no se ha asimilado. No se puede sostener la presión del mundo con una fe superficial.
La Iglesia necesita creyentes que no solo lean el Libro, sino que lo coman.
Que lo traguen. Que lo digieran. Que permitan que gobierne sus decisiones, su carácter, sus prioridades.
Porque cuando la Palabra entra profundamente en nosotros, entonces estamos listos para salir al mundo.
Y esa es la pregunta que debemos hacernos:
¿Hemos comido el Libro… o solo lo hemos probado?
o como decia un profesor en la universidad
Estamos tragando y haciendo nuestro el conocimiento o solo lo estamos masticando, para rendir pruebas y simplemente aprobar.

2. La dulzura de la Palabra

2.1. Dulce porque revela gracia

El evangelio es dulce porque revela lo que ningún corazón humano podría inventar: gracia para culpables.
Es dulce porque:
Perdona pecados. No los minimiza, no los maquilla, no los ignora. Los perdona en la cruz.
Es dulce porque restaura identidad. No somos definidos por nuestro pasado, ni por nuestras caídas, ni por nuestras etiquetas. Somos definidos por Cristo.
Es dulce porque reconcilia con Dios. Lo que el pecado rompió, la sangre de Cristo lo restauró.
Es dulce porque nos adopta como hijos. No solo nos absuelve; nos introduce en la familia. No solo nos libra del juicio; nos da un Padre.
Como dice el apóstol Pablo en Romanos, hemos sido justificados por la fe y ahora tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Y no hay noticia más gloriosa que esta: Cristo crucificado y resucitado.
Para el pecador cansado, esto es miel. Para el quebrantado, esto es vida. Para el perdido, esto es hogar.
Por eso la misión comienza con dulzura. No anunciamos condenación como punto final. Anunciamos gracia que rescata.

2.2. Dulce porque nos da esperanza

Vivimos en un mundo quebrado.
Dolor. Confusión. Muerte. Pecado.
Basta mirar alrededor para ver que algo no está bien. Las familias se fracturan. Las identidades se diluyen. La violencia se normaliza. El vacío se disfraza de libertad.
Pero la Palabra nos habla de algo mayor.
Nos habla de redención. Nos habla de restauración. Nos habla de gloria futura.
El apóstol Pablo dice en Romanos 8 que toda la creación gime, esperando la manifestación de los hijos de Dios. No solo el mundo está en tensión; nosotros también gemimos esperando la redención de nuestro cuerpo.
Esa es nuestra esperanza.
No predicamos optimismo humano. Predicamos una esperanza anclada en un Cristo vivo.
La Palabra es dulce porque nos recuerda que el mal no tendrá la última palabra. La muerte no tendrá la última palabra. El pecado no tendrá la última palabra.
Cristo la tiene.
Y cuando un misionero lleva el evangelio a otro pueblo, no lleva solo doctrina. Lleva esperanza.
Cuando un creyente comparte su fe en su trabajo, en su familia, en su barrio, no lleva un discurso religioso. Lleva la noticia más dulce del universo:
Dios salva. Dios restaura. Dios adopta. Dios promete gloria.
Y esa dulzura es lo que primero cautiva el corazón… antes de que venga el costo.

3. La amargura de la misión

3.1. Amarga para la carne

Cuando la Palabra gobierna, algo dentro de nosotros muere.
Y eso duele.
Cuando la Palabra deja de ser solo información y empieza a ser autoridad, confronta nuestro ego. Nos muestra nuestras motivaciones ocultas. Desarma nuestro orgullo espiritual.
La Palabra reordena nuestras prioridades. Ya no vivimos para nuestra comodidad. Ya no decidimos en función de lo que nos conviene, sino en función de lo que glorifica a Cristo.
Y entonces escuchamos el llamado más incómodo del evangelio: “Niéguese a sí mismo”.
La cruz no solo salva. También transforma.
No solo nos libra del infierno. Nos crucifica el yo.
Por eso la Palabra es dulce en la boca, pero amarga en el vientre.
Porque cuando realmente la comemos, empieza a cambiar nuestra agenda, nuestros planes, nuestros sueños.
Y la misión comienza ahí: cuando dejamos de preguntarnos “¿Qué quiero hacer con mi vida?” y empezamos a preguntarnos “Señor, ¿qué quieres Tú de mí?”
Esa es la amargura santa: morir para que Cristo viva en nosotros.

3.2. Amarga por la oposición del mundo

El mundo tolera religión superficial. Mientras la fe sea privada, cómoda y silenciosa, no hay problema.
Pero cuando el evangelio llama al arrepentimiento, cuando afirma que Cristo es el único Señor, cuando confronta el pecado, entonces comienza la resistencia.
Anunciar el evangelio puede afectar reputación. Puede afectar relaciones. Puede afectar estabilidad.
Un joven puede perder amistades. Una mujer puede enfrentar rechazo familiar. Un profesional puede ver limitada su promoción. Un misionero puede perder seguridad.
Ezequiel fue enviado a una casa rebelde. No a un pueblo dispuesto, no a una audiencia agradecida, sino a corazones duros.
Y Dios le dijo: “Escuchen o dejen de escuchar… sabrán que hubo profeta en medio de ellos”.
Ese es el llamado misionero.
No se nos promete aplauso. Se nos promete fidelidad.
La Iglesia también es enviada a una generación rebelde. No proclamamos un mensaje popular, proclamamos un mensaje verdadero.
Y aunque el vientre se amargue, aunque el mundo se oponga, aunque la carne proteste,
seguimos hablando.
Porque lo que hemos comido no lo podemos escupir.

4. Salvados, pero enviados

4.1. Redimidos, pero en medio de la batalla

Somos justificados. Declarados justos delante de Dios por la obra de Cristo.
Somos regenerados. Nacidos de nuevo por el Espíritu.
Nuestros nombres están escritos en los cielos. Nuestra condenación fue cancelada en la cruz.
Pero aún no estamos en el cielo.
Seguimos aquí. En un mundo caído. En medio de oposición espiritual. En medio de confusión moral.
La redención ya es nuestra. El rescate final aún no.
Vivimos entre el “ya” y el “todavía no”. Salvos… pero en campaña. Redimidos… pero en territorio hostil.
Como Pablo, que fue salvo, pero azotado. Como los profetas, que fueron llamados, pero perseguidos. Como la iglesia primitiva, que fue llena del Espíritu… pero dispersada por causa del evangelio.
No estamos en vacaciones espirituales. Estamos en misión.
Dios no nos dejó en la tierra por accidente. Nos dejó con propósito.
Mientras haya pueblos no alcanzados, mientras haya vecinos sin Cristo, mientras haya generaciones confundidas,
la Iglesia está en el campo de batalla.

4.2. La Iglesia no existe para comodidad

No fuimos salvados solo para reunirnos. No fuimos redimidos solo para cantar. No fuimos regenerados solo para sentirnos bien.
La iglesia no es un refugio para esconderse del mundo. Es un centro de envío hacia el mundo.
Cada culto debe impulsarnos hacia afuera. Cada himno debe prepararnos para testificar. Cada sermón debe equiparnos para anunciar.
Fuimos salvados para anunciar.
Anunciar que Cristo vive. Anunciar que hay perdón. Anunciar que el Reino ha venido.
Si solo consumimos Palabra, pero no la proclamamos, hemos olvidado nuestra identidad.
Somos pueblo redimido. Pero también somos pueblo enviado.
No somos espectadores del Reino. Somos embajadores del Rey.
Y mientras no estemos en la gloria, seguiremos en misión.

5. ¿Qué significa hoy “comer el libro”?

5.1. Para el misionero

Comer el libro hoy significa obedecer aunque duela.
Significa dejar tierra y cultura. Dejar el idioma que dominas. Dejar los afectos que te sostienen.
Significa renunciar a seguridad económica. Renunciar a estabilidad. Renunciar a reconocimiento.
Significa perseverar cuando no hay fruto visible. Cuando hay rechazo. Cuando hay indiferencia. Cuando la soledad pesa.
Comer el libro no es romanticismo misionero. Es fidelidad en silencio. Es predicar aunque no aplaudan. Es sembrar aunque no veas cosecha inmediata.
El misionero no es un héroe extraordinario. Es un creyente que decidió tragarse el rollo completo.
Y cuando la Palabra gobierna, la comodidad deja de ser prioridad. La obediencia lo es todo.

5.2. Para el creyente común

Pero no todos cruzarán océanos.
No todos aprenderán otro idioma. No todos saldrán del país.
Sin embargo, todos somos enviados.
Comer el libro para el creyente común significa:
Hablar de Cristo en el trabajo, aunque eso incomode. No esconder tu fe para conservar reputación.
Vivir en santidad en ambientes hostiles. Decidir no participar en lo que todos celebran si eso ofende a Dios.
Discipular en casa. Formar a los hijos en la verdad, aunque el mundo enseñe lo contrario.
Dar generosamente. Invertir en el Reino aunque eso reduzca tus planes personales.
Priorizar el Reino por encima del éxito, del prestigio y del confort.
No todos cruzarán océanos. Pero todos cruzarán conversaciones incómodas. Todos enfrentarán decisiones costosas. Todos serán llamados a elegir entre comodidad y obediencia.
Comer el libro hoy significa permitir que la Palabra nos gobierne completamente.
No solo que nos inspire. No solo que nos emocione. No solo que nos consuele.
Que nos dirija. Que nos incomode. Que nos envíe.
Porque una iglesia que se come el libro… es una iglesia que inevitablemente sale a anunciarlo.

6. El peligro de solo “mordisquear” la Palabra

6.1. Conocer sin rendirse

Existe un peligro silencioso en la iglesia: No rechazar la Palabra… pero tampoco rendirse a ella.
Leer sin obedecer. Estudiar sin aplicar. Escuchar sermones sin arrepentirse. Cantar himnos sin comprometerse.
La dulzura sin transformación produce cristianos cómodos.
Cristianos que aman los estudios bíblicos… pero evitan las decisiones difíciles.
Cristianos que subrayan versículos… pero no crucifican el orgullo.
Cristianos que hablan de misiones… pero nunca se ofrecen.
Mordisquear el libro es disfrutar su sabor, pero escupirlo antes de que llegue al corazón.
Es emocionarse con la cruz, pero resistirse a cargarla.
Es admirar a los misioneros, pero no estar dispuesto a obedecer el mismo llamado.
Y el resultado es una fe estética, pero no transformadora.
Una fe informada, pero no rendida.
Una fe dulce… pero estéril.

6.2. El llamado a la entrega total

Comer el libro significa algo radical:
Sin condiciones. Sin cláusulas ocultas. Sin reservas secretas.
No: “Señor, úsame… pero no demasiado.” No: “Envíame… pero no lejos.” No: “Santifícame… pero no en esa área.”
Sino:
“Señor, gobierna mi vida, aunque me cueste.”
Aunque afecte mi reputación. Aunque afecte mi economía. Aunque afecte mis relaciones. Aunque afecte mi comodidad.
La entrega total no es fanatismo. Es coherencia con el evangelio.
Cristo no se entregó parcialmente por nosotros. No murió a medias. No sufrió moderadamente.
Se dio por completo.
Y cuando entendemos eso, la única respuesta lógica es una vida sin reservas.
Porque el que ha probado la dulzura del evangelio no puede seguir viviendo a medias.

7. Conclusión: La Iglesia que Dios usa

Dios no está buscando expertos religiosos. No está buscando especialistas en debates. No está buscando acumuladores de información bíblica.
Dios busca hombres y mujeres impregnados de Su Palabra.
Personas que no solo conocen versículos, sino que han sido quebrantadas por ellos.
Personas que no solo explican el evangelio, sino que lo encarnan.
La Iglesia que Dios usa no es la más sofisticada. Es la más rendida.
No es la que tiene más recursos. Es la que ha comido el Libro.
Cuando alguien toque nuestra vida, debería tocar el Libro.
Cuando el mundo nos escuche, debería oír el evangelio.
Cuando enfrente nuestra manera de vivir, debería encontrarse con Cristo.
Porque una Iglesia que ha comido el Libro:
Habla con autoridad espiritual. Ama con profundidad real. Persevera en medio del rechazo. Y anuncia aunque nadie escuche.
Esa es la Iglesia que transforma ciudades. Esa es la Iglesia que sostiene a los misioneros. Esa es la Iglesia que envía y también va.
Y ahora la pregunta no es teórica. Es personal.
¿Hemos probado la dulzura del evangelio… pero evitado su amargura?
¿Hemos leído el Libro… o lo hemos comido?
Porque el mundo no necesita cristianos que lo admiren. Necesita cristianos que lo digieran.
Y Dios sigue buscando hoy hombres y mujeres que estén dispuestos a tragar el rollo entero.
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