NO SE HAGA MI VOLUNTAD, SINO LA DE DIOS
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INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
¿Por qué se nos hace tan difícil tener dominio propio?
Jesús sería crucificado pronto. Al acercarse el día, se sintió profundamente angustiado y se retiró con sus discípulos a Getsemaní para orar. Ordenó a Pedro, Santiago y Juan que también oraran y velaran. Sin embargo, mientras Jesús oraba, ellos se durmieron.
Al encontrarlos dormidos, Jesús se lamentó: «¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil» (Mat. 24: 40, 41).
La lucha
La lucha
La carne es débil. ¿Has sentido alguna vez como si se librara una guerra dentro de tu propia mente? Pablo lo describe así: «Me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros» (Rom. 7: 22, 23). ¿Por qué nos cuesta tanto tener dominio propio y qué podemos hacer al respecto?
La respuesta a la primera parte de esta pregunta es muy simple. A partir de la caída de la raza humana en el Edén, nos volvimos vulnerables a los ardides y ataques de la serpiente de lengua engañosa, «el diablo», que «como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Ped.
5:8), y heredamos una inclinación hacia el pecado, a la que Pablo se refirió como «la ley del pecado que está en mis miembros».
¿Has experimentado alguna vez dos deseos contradictorios al mismo tiempo? Quizá anhelas comer un segundo plato de una comida deliciosa, pero tampoco quieres hacerlo porque no quieres subir de peso. En un nivel deseas comer más (un deseo de primer orden), pero en otro nivel deseas no desear más (un deseo de segundo orden).
Cuando nos enfrentamos a tentaciones reales, solo necesitamos más fuerza de voluntad, ¿verdad? Si me esfuerzo lo suficiente, quizá pueda imponer mi voluntad superior sobre mis inclinaciones bajas. Puede que consiga algún éxito por pura fuerza de voluntad. Sin embargo, en la medida en que mis deseos e inclinaciones internas sigan presionándome en la dirección contraria, confiar en la pura fuerza de voluntad equivaldrá a prepararme para fracasar, tarde o temprano.
Lo que necesitamos, por tanto, no es simplemente resistirnos a esas inclinaciones, sino ser transformados al nivel de nuestros deseos interiores más profundos, porque tarde o temprano nuestras acciones siguen lo que deseamos más profundamente, consciente o inconscientemente. Entonces,
¿qué podemos hacer? En tres palabras: Mirar a Jesús. Más concretamente, mirar a Jesús, «el autor y consumador de la fe» (Heb. 12: 2), como nuestro ejemplo perfecto y nuestro intercesor.
Jesús, nuestro ejemplo perfecto
Jesús, nuestro ejemplo perfecto
Jesús es el ejemplo supremo de autocontrol. En Getsemaní, Jesús se enfrentó a la prueba definitiva. Mientras sus discípulos dormían, oró para que, de ser posible, el Padre lo librara del sufrimiento y la muerte de cruz, pero también oró: «pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Luc.
22: 42). Así sometió su voluntad para alinearse con la
voluntad del Padre.
En un nivel de voluntad, Jesús quería vivir antes que sufrir y morir. No era un deseo pecaminoso, pero entraba en conflicto con su anhelo más profundo de salvar al mundo, de morir conforme a la voluntad del Padre. Eligió no librarse de la muerte, como deseaba, sino que «por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz» (Heb.
12: 2).
Cuando Cristo se enfrentó a la cruz, no podía ver a través de las oscuras nubes que le rodeaban. No pudo sentir la alegría que resultaría de su sacrificio por nosotros. No podía confiar con seguridad en sus emociones, sus impulsos o sus deseos apremiantes. En lugar de ello, se basó en la verdad de la revelación divina sobre la voluntad de Dios, que manifestaba lo que realmente era mejor a largo plazo, incluso cuando las circunstancias parecían mostrar lo contrario.
Jesús venció mediante la oración ferviente y la subyugación de su voluntad a la del Padre. Por el contrario, sus discípulos fracasaron. No había pasado mucho desde la predicción de Jesús de que Pedro le negaría tres veces, y su advertencia de que Satanás les había pedido para «zarandearos como a trigo» (Luc. 22: 31). Pedro protestó, pero después de que Jesús fuera arrestado, hizo exactamente lo que Jesús había predicho, maldiciendo y negando vehementemente que siquiera conociera a
Jesús (Mat. 26: 69-75).
Los demás discípulos también se alejaron, tal como
Jesús había predicho (versículo 31).
Por el contrario, mediante la oración ferviente y la entrega a la voluntad del Padre, Jesús se mantuvo firme ante la prueba definitiva, tan severa que incluso sudó gotas de sangre (Luc. 22: 44).
No fue una tarea fácil para Cristo. Si bien Jesús no tenía ninguna inclinación al pecado, las tentaciones a las que fue expuesto fueron muchísimo mayores que las que cualquier persona jamás enfrentó. El cargó con el peso del pecado del mundo entero en sus espaldas. Como lo expresó Elena G. de White: «Los seres humanos nunca serán probados con tentaciones tan poderosas como las que asediaron a Cristo».!
Imagina la tentación en Getsemaní e incluso mayor.
Imagina el impulso por marcharse. Aunque divino, Jesús no debía usar su poder sobrenatural para su propio be-neficio, de modo que no lo empleó para resistir esta tentación o ninguna otra. En lugar de eso, pidió al Padre fuerza y sostén, subyugando su voluntad a la de él. El dominio propio de Cristo estaba intrínsecamente relacionado con su sometimiento a la voluntad del Padre y su dependencia en el poder de lo alto mediante la oración.
Preparación para enfrentar las pruebas
Preparación para enfrentar las pruebas
Jesús, sin embargo, no comenzó a orar y a entregarse a la voluntad del Padre en el Getsemaní. Esta fue su práctica continua a lo largo de su ministerio. Cuando llegó la dura prueba, él ya estaba preparado.
Un tiempo atrás, cuando Satanás le había tentado en el desierto, Jesús había respondido a cada tentación con la Palabra: «Escrito está» (Mat. 4: 4, 7, 10).
Si queremos resistir, especialmente durante la crisis final de los últimos días, debemos seguir el ejemplo de Cristo de oración continua y ferviente, de entrega total a la voluntad del Padre, y de interiorización y obediencia de las enseñanzas de las Escrituras, viviendo «de toda palabra que sale de la boca de Dios» (versículo 4).
Para ello, sin embargo, hace falta algo más que una lectura superficial de las Escrituras. Incluso el diablo puede citar las Escrituras, como hizo cuando tentó a Jesús en el desierto (versículo 6). Pero Satanás citó las Escrituras fuera de contexto, tergiversándolas. Nosotros también podemos hacerlo o ser susceptibles a que otros lo hagan si descuidamos el estudio cuidadoso y profundo de la Palabra de Dios, si dejamos de cultivar una comprensión de cada parte de la Escritura a la luz del conjunto de sus enseñanzas.
El Gran Conflicto es principalmente un conflicto interior, con respecto a lo que creemos y queremos, reduciéndose en última instancia a en quién confiamos y a quien
amamos.
Por esto Pablo enfatiza que debemos llevar «cautivo
todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Cor. 10
Esto no se logra por el mero deseo de que nuestros pensamientos corrompidos se esfumen; el discipulado interior requiere llenar la mente con todo lo bueno, a través de las Escrituras y la oración.
Requiere disciplina y entrenamiento cotidiano, como el de un atleta que se prepara para una competición. Uno no se levanta un día y corre un maratón en las Olimpiadas sin antes haber entrenado arduamente.
La competencia a la que se enfrentan los seguidores de Cristo es mucho mayor que cualquier maratón, especialmente en los últimos días.
Siguiendo la metáfora de entrenar para una maratón,
Pablo escribe: “Diciplino mi cuerpo como lo hace un atleta, lo entreno para que haga lo que debe hacer. De lo contrario, temo que, después de predicarles a otros, yo mismo quede descalificado» (1 Cor. 9: 27, NTV).
A medida que se acerca el fin, este entrenamiento adquiere mayor importancia. Durante esta gran controversia, el Diablo libra una guerra de desinformación, tratando de seducir a la gente con las enseñanzas y prácticas de Babilonia (véase Ap. 12: 7-9; 14: 8). Antes del fin, poderosos engaños y pruebas vendrán sobre el mundo de modo que, si fuera posible, harían caer incluso a los elegidos.
Elena G. de White escribió: «La lucha venidera será señalada por una intensidad terrible, cual el mundo no la vio jamás. Las seducciones de Satanás serán más sutiles, sus ataques más resueltos. Si posible le fuera, engañaría a los escogidos mismos». El Conflicto de los siglos p,14,
A medida que se acerca el fin, el dominio propio, sobre todo en el sentido de rendirse a la voluntad de Dios, será cada vez más contracultural. Incluso ahora, el mundo predica regularmente la autocomplacencia: haz y sé lo que quieras, lo que te haga sentir bien.
La Biblia, en cambio, nos invita a la abnegación y al dominio propio, buscando conocer y seguir la verdad.
En una era de autocomplacencia, el dominio propio es más crucial que nunca. Como escribió Pedro: «Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.
“Resistidlo firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo» (1 Ped. 5: 8, 9).
Como hemos visto, Pedro sabía de lo que hablaba.
Aunque al principio era autosuficiente y afirmaba tercamente que nunca caería como los demás (Mat. 26: 33), Pedro aprendió que solo se puede resistir a los ataques de Satanás mediante el poder de Dios, y por eso añadió: «el Dios de toda gracia [...], después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca» (1 Ped. 5: 10).
Debemos fijar nuestra mirada en Jesús, no solo como nuestro ejemplo perfecto sino también como nuestro intercesor incesante.
Jesús, nuestro intercesor perfecto
Jesús, nuestro intercesor perfecto
Ahora mismo Cristo intercede por los creyentes como nuestro sumo sacerdote en el santuario celestial, obrando por y en todos los que lo aceptan como Salvador y Señor.
El puede «salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios», ya que vive «siempre para interceder por ellos» (Heb. 7: 25).
De la misma manera, necesitamos la obra del Espíritu Santo, quien «intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Rom. 8: 26).
Aunque la era de dominio de Satanás se está terminando (Ap. 12:12), sigue siendo un enemigo poderoso, sobre quien nadie debe pensar que puede resistir con sus propias fuerzas.
La victoria imperecedera en este conflicto sólo puede venir a través de Cristo y el poder del Espíritu. De hecho, el «fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad» y finalmente, aunque no menos importante, «control propio» (Gal. 5: 22, 23, NTV).
A medida que nos acercamos al fin de la historia de este mundo, las asechanzas y tentaciones del enemigo no harán sino aumentar, especialmente contra el pueblo de Dios.
Muchos creen erróneamente que seguir a Cristo es tarea fácil. Pero la Biblia enseña que los seguidores de Cristo se enfrentaran a duras pruebas. Como advirtió Cristo: «En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo» Juan 16: 33).
A medida que el fin se acerca, debemos ser diligentes
y estar alerta:
1. orando y vigilando fervientemente,
2. sometiendo nuestra voluntad a la divina («no se haga mi voluntad, sino la de Dios»),
3. disciplinándonos y sujetando cada pensamiento a la
Palabra de Dios y
4. siendo sobrios y estando preparados para mantenernos firmes contra los engaños y ataques del enemigo en este conflicto cósmico.
Todo esto requiere una confianza continua en la obra de Dios por nosotros y en nosotros, reconociendo que Cristo y el Espíritu Santo interceden continuamente en nuestro favor.
Como lo expresó Elena G. de White: «Ni un solo momento podemos estar seguros, a no ser que confiemos en Dios y tengamos nuestra vida escondida en Cristo. La vigilancia y la oración son la salvaguardia de la pureza». Profetas y Reyes .p 57.
Nuestro dominio propio está inseparablemente ligado a nuestra entrega a la voluntad de Dios y a la confianza en su poder.
Así como los pámpanos mueren si se los separa de la vid, separados de Cristo nada podemos hacer Juan 15: 5). Pero con Cristo la victoria final está asegurada. Cristo nunca te dejará ni se olvidará de ti.
Siempre te ayudará. Entrégate y confía en él. Tendrás dominio propio si te rindes por completo a Cristo.
