La Gloria que Baja al Valle - Lucas 9:28-36 -
Sermon • Submitted • Presented
0 ratings
· 22 viewsNotes
Transcript
Y como ocho días después de estas palabras, Jesús tomó con Él a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar. Mientras oraba, la apariencia de Su rostro se hizo otra, y Su ropa se hizo blanca y resplandeciente. Y de repente dos hombres hablaban con Él, los cuales eran Moisés y Elías, quienes apareciendo en gloria, hablaban de la partida de Jesús que Él estaba a punto de cumplir en Jerusalén. Pedro y sus compañeros habían sido vencidos por el sueño, pero cuando estuvieron bien despiertos, vieron la gloria de Jesús y a los dos varones que estaban con Él. Y al retirarse ellos de Él, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, es bueno quedarnos aquí; hagamos tres enramadas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pero Pedro no sabía lo que decía. Entonces, mientras él decía esto, se formó una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube. Y una voz salió de la nube, que decía: «Este es Mi Hijo, Mi Escogido; oigan a Él» Después de oírse la voz, Jesús quedó solo. Ellos mantuvieron esto en secreto; por aquellos días no contaron nada de lo que habían visto.
Hermanos, todos nosotros sabemos lo que es confesar algo con convicción y llegar al día siguiente sin saber bien cómo sostenerlo.
Confesamos que Jesús es el Señor —y el lunes la vida nos recuerda cuánto cuesta que eso sea verdad:
En el trabajo, cuando hacer las cosas con honestidad nos pone en desventaja.
En la familia, cuando obedecer a Dios genera conflicto en lugar de paz.
Enlas finanzas, cuando ser fieles nos cuesta dinero.
Confesamos que Cristo es glorioso —y hay semanas en las que esa gloria no aparece por ningún lado en lo que estamos viviendo.
Esa no es una crisis moderna. Es la crisis que Pedro vivió en Lucas 9. Recordemos que Jesús le pregunto a sus discípulos: "¿Quién dicen que soy yo?" Y Pedro, iluminado por el Espíritu Santo —respondió: "El Cristo de Dios"(9:20). El Mesías prometido. El Rey que Israel esperaba. El ungido del Señor que vendría a redimir a su pueblo. Este fue su momento de mayor claridad
Pero Jesús le respondió con algo que destruyó todas sus expectativas al mismo tiempo:
el Hijo del Hombre debe padecer mucho, ser rechazado por los líderes de Israel y morir. No hay corona política. No hay ejército victorioso. El camino del Mesías pasa por la cruz.
Seguirle también va a costar la vida del discípulo —tomar su cruz cada día, perder lo que uno quiere proteger.
La gloria vendrá, sí —pero no ahora.
¿Pueden imaginar los pensamientos de Pedro? El Cristo que acabo de confesar va a morir. Y yo tengo que tomar mi cruz cada día.
¿Qué clase de reino es este?
¿Qué clase de gloria puede tener un Mesías que va a ser rechazado?
¿Y qué clase de pueblo es el que le sigue —no hacia la victoria inmediata, sino hacia la cruz?
Pedro tiene ahora una brecha enorme entre lo que confesó y lo que escuchó.
Esa brecha no desapareció con Pedro. Es la condición de todo creyente en esta vida. Cada uno de nosotros vive en ese mismo espacio: ya confesamos a Cristo, ya recibimos la promesa de la gloria, pero todavía no la vemos.
La pregunta que Pedro cargó al monte es la misma que muchos de ustedes traen hoy aquí: ¿puede ser real la gloria de un Mesías que sufre? ¿Y cómo descansa la fe en esa gloria cuando no hay nada visible que la sostenga?
Nuestro texto es la respuesta del cielo a esa pregunta. Y la respuesta no viene como una experiencia extraordinaria que pocos pueden tener. Viene como una revelación que ancla la fe de toda la iglesia —de todos ustedes, incluyendo a los niños— en algo más sólido que cualquier emoción o señal visible.
Vamos a ver hoy 3 verdades que el pasaje nos entrega:
que la gloria de Cristo es real aunque permanezca velada a nuestros sentidos; La Transfiguración no le da a Jesús una gloria que antes no tenía, —revela la que siempre fue suya. La gloria estaba allí cuando los discípulos dormían y también Está aquí ahora.
que la cruz no contradice esa gloria sino que es el único camino por el que puede alcanzarnos; Moisés y Elías están en el monte precisamente para confirmarlo: el sufrimiento del Mesías no fue un accidente. Fue el plan desde el principio.
y que la respuesta que el Padre demanda de nosotros no es buscar experiencias extraordinarias —es escuchar al Hijo donde él habla hoy. En esta Palabra. En estos sacramentos. En esta comunidad que se reúne en su nombre.
I. Detrás del Velo: la Gloria que Siempre Fue Suya - vv. 28–29, 32
I. Detrás del Velo: la Gloria que Siempre Fue Suya - vv. 28–29, 32
Y como ocho días después de estas palabras, Jesús tomó con Él a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar.
Subió a orar. Los que han seguido esta serie de Lucas, ya saben lo que significa en Lucas esto:
Jesús, oro, antes del bautismo —y el cielo se abrió (3:21).
Antes de elegir a los doce, oró toda la noche (6:12).
Fue mientras oraba que Pedro recibió la iluminación para confesar: "El Cristo de Dios" (9:18-20).
Hermano, la oración de Jesús es el origen, la fuente de todos estos eventos. Cada revelación decisiva de quién es el Hijo ocurre en el contexto de su comunión con el Padre. Lo que está a punto de ocurrir no lo produce la búsqueda espiritual de los discípulos. Lo produce la oración del Hijo.
Mientras oraba, la apariencia de Su rostro se hizo otra, y Su ropa se hizo blanca y resplandeciente.
Lucas usa el término griego eidos —la apariencia de su rostro, su aspecto exterior. Los primeros creyentes lo conocían de la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento que usaban en sus sinagogas y en sus hogares. En Éxodo 26:30 "Lo levantarás conforme al modelo que te fue mostrado en el monte."
Lucas está señalizando algo deliberadamente: lo que Moisés construyó en madera, tela y oro durante cuarenta años en el desierto siempre apuntó hacia este hombre. Jesús no es como el tabernáculo. Jesús es lo que el tabernáculo prometía.
Y cuando la nube desciende sobre Jesús en el v. 34, el texto dice que "los cubrió con su sombra." El verbo griego es epeskiazein:
Es el mismo verbo de Éxodo 40:35, cuando la nube cubrió el tabernáculo recién terminado y la gloria del Señor lo llenó.
Y es el mismo verbo que el ángel usó con María: "El poder del Altísimo te cubrirá con Su sombra" (Lucas 1:35).
Dios cubrió el tabernáculo de Moisés. Dios cubrió a María. Dios cubre ahora al Hijo en el monte.
Ahora Dios cubre con su sombra al Hijo en el monte —y su gloria se manifiesta.
El mismo gesto. El mismo Dios. El mismo propósito que viene desarrollándose a lo largo de toda la historia bíblica:
Dios habitando con su pueblo.
Lo que Juan resumirá en una sola frase: ”El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria" (Juan 1:14).
Ahora bien, la gloria que resplandece en el monte no es algo que Jesús recibe en ese momento. Desde que el Hijo eterno asumió la naturaleza humana en el vientre de María, trajo consigo toda su gloria. Pero la asumió cubierta detrás del velo de una humanidad ordinaria, cansada, hambrienta.
Como el sol detrás de las nubes: la nube no destruye al sol ni lo crea. Solo lo oculta a la vista.
En el monte, por un instante, el velo se hace transparente. Por eso el texto dice con precisión que Pedro, Juan y Jacobo vieron "Su gloria" (v. 32). No una gloria conferida. No una gloria prestada. No una gloria que dependía de que tres discípulos estuvieran despiertos para recibirla. La suya propia. La que siempre fue suya.
Y aquí hay algo que no podemos dejar pasar, porque responde directamente la brecha que Pedro traía al monte.
Uno esperaría que para ver la gloria del Hijo de Dios, los discípulos estuvieran en su mejor momento espiritual. Despiertos. Alertas. Preparados. En actitud de adoración.
Pero el texto dice exactamente lo contrario: "Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño" (v. 32). La revelación no los encontró en la cúspide del fervor. Los encontró somnolientos, en medio de una oración ordinaria la gloria fue vista de todas formas.
¿Por qué? Porque fue dada.
No porque fue alcanzada.
No porque se la merecían.
No porque estuvieran en el estado espiritual correcto.
La gloria de Cristo no depende de la disposición del que la recibe. Él se da a conocer soberanamente. Incluso a los que se quedan dormidos.
Amados, eso responde la primera parte de la pregunta que Pedro traía al monte. ¿Puede ser real la gloria de un Mesías que va a sufrir? Sí. Y la prueba es que esa gloria no la fabricamos. No la producimos. No la invocamos con la intensidad correcta de nuestra devoción. Estaba allí cuando los discípulos dormían.
Está aquí ahora. La gloria de Cristo no fluctúa con nuestra percepción. No disminuye en las semanas donde usted no siente nada. No desaparece cuando la vida cristiana es costosa y silenciosa. Es objetiva. Es real. Es suya.
Piensen por un momento en esta escena que narra Juan 8.
Jesús estaba en Jerusalén durante la Fiesta de los Tabernáculos. Esa fiesta tenía un ritual específico: cada noche durante siete días, los sacerdotes encendían cuatro enormes candelabros en los atrios del templo —tan altos como las murallas de la ciudad— cuyas llamas iluminaban no solo el templo sino toda Jerusalén. Era la ceremonia de iluminación.
Israel recordando la nube de gloria que los había guiado en el desierto. La gloria que llenó el tabernáculo de Moisés y más tarde el templo de Salomón.. Pero también recordando que esa gloria ya no estaba. Ezequiel la había visto retirarse en silencio, abandonar la ciudad, cruzar el monte de los Olivos hacia el oriente. Y en seiscientos años —con sacrificios, sacerdocio y liturgia— no había regresado.
La última noche de la fiesta, las antorchas se apagaron. Y al día siguiente, con el humo todavía visible, Jesús se puso de pie en medio del templo y dijo: "Yo soy la Luz del mundo; el que Me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida" (Juan 8:12).
Sin nube. Sin candelabros. Sin ceremonia.
La Gloria que Israel había esperado por seiscientos años no había vuelto al edificio de piedra. Había vuelto en persona de Jesus. Y estaba hablando.
Pero la gloria resplandeciente no es el único elemento de la escena. Junto a Jesús hay dos hombres. Y no vienen a contemplar su gloria —vienen a hablar de su muerte.
II. Dentro del Plan: la Cruz que Moisés Anunció - vv. 30–33
II. Dentro del Plan: la Cruz que Moisés Anunció - vv. 30–33
Y de repente dos hombres hablaban con Él, los cuales eran Moisés y Elías, quienes apareciendo en gloria, hablaban de la partida de Jesús que Él estaba a punto de cumplir en Jerusalén.
Antes de preguntar qué dijeron, preguntemos quiénes son:
Moisés es el mediador del pacto de la ley —a través de él Dios le dio a Israel los mandamientos, el sistema sacrificial, el tabernáculo.
Elías es el representante más grande de los profetas —la voz de Dios llamando a su pueblo al arrepentimiento y anunciando lo que vendría.
En la mente de cualquier judío del primer siglo, decir "Moisés y Elías" era decir "toda la revelación del Antiguo Testamento."
¿Entienden lo que Lucas está haciendo?
Cuando Pedro confesó que Jesús es el Cristo, estaba diciendo que Jesús cumple todo lo que Moisés prometió y todo lo que los profetas anunciaron.
Y ahora, en el monte, los representantes personificados de la ley y los profetas aparecen junto a Jesús.
El texto dice que estaban hablando con Jesús sobre su Su partida, que iba a cumplir en Jerusalén"(v. 31).
Moisés no está en el monte para hablar de la restauración política de Israel. Porque Biblia no es principalmente la historia de la nación de Israel.
La palabra que Lucas usa para partida es éxodos. La misma palabra que describe la liberación de Israel de Egipto. Jesús iba a cumplir su éxodo. Pléroō en griego —completar, llevar a su plenitud, hacer que algo llegue a su destino final.
¿Qué significa eso?
Que el éxodo de Egipto —esa liberación gloriosa donde Dios sacó a Israel de la esclavitud con mano poderosa, abrió el mar Rojo, destruyó al enemigo y llevó a su pueblo hacia la tierra prometida— ese éxodo no fue el evento final. Fue la sombra. Fue el anticipo. Fue la promesa que señalaba hacia algo infinitamente mayor que aún no había ocurrido.
Moisés sacó a Israel de la esclavitud de Egipto. Pero Israel volvió a caer en esclavitud —al pecado, a los imperios, a la muerte. El primer éxodo resolvió un problema temporal.
El problema real —la esclavitud del corazón humano al pecado, la separación de Dios, la muerte eterna— ese problema seguía sin solución.
Y Jesús va a cumplir ese éxodo en Jerusalén. Va a hacer lo que Moisés nunca pudo hacer: abrir un camino de liberación permanente. Sacar a su pueblo de una esclavitud de la que ningún faraón, ningún ejército, ningún esfuerzo humano puede librarlos.
Y lo hará muriendo.
La Biblia es la historia de la redención que Dios planeó desde antes de la creación del mundo, que fue prometida en el jardín del Edén, anticipada en cada pacto, cada sacrificio, cada profeta —y cumplida en la persona y obra de Jesucristo.
La Cruz no fue el plan B de Dios cuando el plan A falló. La muerte de Jesús estaba en el plan desde el principio. Antes de que Moisés edificara el tabernáculo. Antes de que Elías confrontara a Acab. Antes de que Israel saliera de Egipto. Antes de que Adán pecara en el jardín.
La cruz no es la interrupción del plan. Es el centro del plan.
Y aquí Pedro comete el error más comprensible y más revelador de todo el pasaje.
"Y sucedió que cuando se separaban de Él, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, qué bueno es que estemos aquí; hagamos tres enramadas: una para Ti, una para Moisés y una para Elías», sin saber lo que decía" (v. 33).
Los israelitas construían pequeñas estructuras de ramas y hojas y vivían en ellas durante siete días para celebrar la fista de los tabernáculos. Una fiesta que les recordaba que ellos estaban viviendo bajo el cuidado de Dios y eserando que habitar de manmera permanente con él.
Cuando Pedro dice "hagamos tres enramadas", está diciendo: Estamos en la montaña, Dios está presente, Moisés y Elías están aquí, la gloria está resplandeciendo —esto es la Fiesta de los Tabernáculos en su forma más real. Quedémonos aquí. Construyamos. Perpetuemos este momento - la promesa se ha cumplido -
Pedro quiere la gloria sin la cruz. Quiere el monte sin Jerusalén. Quiere al Mesías glorioso sin el Mesías sufriente. Quiere que la historia llegue a su fin glorioso ahora, sin pasar por el rechazo, el sufrimiento y la muerte que Jesús acaba de anunciarles.
Y antes de juzgar a Pedro — mírense al espejo. ¿Cuántas veces hemos querido exactamente lo mismo? Queremos a Cristo glorioso en los momentos de certeza, de claridad, de fervor espiritual. Y cuando llega el sufrimiento —cuando obedecer es costoso, cuando la vida cristiana pasa por Jerusalén en lugar del monte— la tentación es exactamente la de Pedro: buscar la manera de quedarse en el monte.
De construir algo que haga permanente ese momento de claridad y aleje el valle que viene. Queremos escapar del sufrimiento.
El texto lo dice sin rodeos: "sin saber lo que decía"(v. 33). Ese es el veredicto del narrador sobre la propuesta de Pedro. Este es un veredicto fuerte para Pedro, esta señalando un error teológico serio, es un error que destruye el evangelio si no se corrige.
Si la gloria de Cristo pudiera llegar a nosotros sin la cruz —si hubiera un camino hacia Dios que no pasara por la muerte del Hijo— entonces el sufrimiento de Jesús en Jerusalén sería un accidente trágico, no la redención del mundo.
Si Pedro se queda en el monte con su enramada, no hay éxodo. No hay liberación. No hay salvación. La gloria que Pedro vio en el monte no puede alcanzarnos si Jesús no baja al valle. La shekinah que resplandece en el rostro del Hijo tiene que descender a Jerusalén, atravesar la cruz y la tumba, para que nosotros podamos algún día ver esa gloria cara a cara.
Amados, esto corrige algo que está muy arraigado en nuestra cultura religiosa. Hay una idea que circula ampliamente —a veces en formas muy sutiles— que dice que la vida cristiana fiel debería producir prosperidad, salud, estabilidad, victoria visible. Que el sufrimiento es una señal de que algo anda mal. Que si usted tiene fe suficiente, el valle se acorta.
Este texto dice lo contrario.
El sufrimiento que usted atraviesa hoy —la fidelidad que nadie aplaude, el costo de obedecer cuando nadie lo ve— no es evidencia de que Dios perdió el control. Es el camino que el Padre ordenó. "Era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y entrara en Su gloria" (Lucas 24:26). Primero el padecimiento. Después la gloria. Esa es la lógica del reino. Y si es la lógica del reino para el Rey, no nos sorprenda que también sea la lógica para los que le seguimos.
Pero si la gloria es real y la cruz es el camino ordenado, queda la pregunta más práctica de todas: ¿cómo descansamos en esa gloria hoy, en los días ordinarios, sin monte, sin nube, sin voz del cielo? La respuesta del texto no es la que muchos esperan.
III. Desde la Nube: la Voz que Hoy Sigue Hablando vv. 34–36
III. Desde la Nube: la Voz que Hoy Sigue Hablando vv. 34–36
Entonces, mientras él decía esto, se formó una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube. Y una voz salió de la nube, que decía: «Este es Mi Hijo, Mi Escogido; oigan a Él»
Deténganse aquí. El clímax de este pasaje no es la gloria resplandeciente de Jesús. No es la aparición de Moisés y Elías. El clímax es una orden de tres palabras: oigan a Él.
En griego, akoúete autou. Un imperativo presente. Una orden activa que no termina. Dirigida no solo a Pedro, Juan y Jacobo —sino a todo el que lee este texto, incluyendo a nosotros esta mañana.
Esta es la respuesta directa al error de Pedro. Pedro quería construir enramadas —quería hacer permanente la experiencia visual, la gloria que sus ojos podían ver. Y el Padre interrumpe esa propuesta con la orden que reorienta todo: no es lo que ven lo que debe sostenerse. Es lo que escuchan.
Y noten lo que ocurre inmediatamente después. "Cuando se oyó la voz, Jesús fue hallado solo" (v. 36).
Moisés desapareció.
Elías desapareció.
La gloria visible, la nube, los visitantes celestiales —todo se fue.
Quedó solo Jesús. Y una orden activa: oigan a Él
Moisés y Elías no desaparecen porque la ley fue abolida. Desaparecen porque cumplieron su función: señalaron hacia Cristo. La sombra no puede coexistir con la realidad que siempre señaló. No hay tres iguales. Hay uno. Este es Mi Hijo.
Y aquí llegamos a la pregunta más práctica de todo el sermón.
Pedro, Juan y Jacobo tuvieron esta experiencia. Vieron la gloria con sus propios ojos. Escucharon la voz del Padre con sus propios oídos. Estuvieron allí. Nosotros no estuvimos. Nosotros no vemos gloria resplandeciente cuando oramos. No escuchamos voces del cielo. No tenemos visiones. ¿Cómo se sostiene entonces la fe? ¿Cómo descansamos en una gloria que no vemos?
Para responder necesitamos leer a Pedro —el mismo que quería hacer tres enramadas, el mismo que estuvo en el monte— cuando ya era anciano y sabía que pronto iba a morir, escribió esto:
"Porque no seguimos fábulas ingeniosamente inventadas cuando les dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino que fuimos testigos oculares de Su majestad" (2 Pedro 1:16). Eso es lo que sustenta su testimonio.
Y luego dice algo que parece paradójico. Algo que uno no esperaría que dijera alguien que tuvo esa experiencia: "También tenemos la palabra profética más segura" (2 Pedro 1:19). Más segura. La Palabra escrita es más segura que haber estado en el monte.
¿Cómo puede ser eso?
La experiencia en el monte fue real. Fue poderosa. Fue irrepetible. Pero fue algo que ocurrió en un momento, en un lugar, a tres personas. No se puede repetir. No se puede transferir. Y depende de la memoria y el testimonio de los que estuvieron allí.
La Palabra es otra cosa. Pedro la describe como "una lámpara que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana aparezca en vuestros corazones" (2 Pedro 1:19).
Una lámpara. No un relámpago que ilumina un instante y desaparece. Una lámpara que alumbra de manera sostenida, confiable, disponible —especialmente en el lugar oscuro.
Una experiencia extraordinaria depende de las condiciones del que la recibe. Depende del estado emocional, del nivel de fervor, del momento. La Palabra no. La Palabra está disponible cuando usted se levanta con fe y cuando se levanta con dudas. Cuando la semana fue buena y cuando fue devastadora. Cuando siente a Dios cerca y cuando siente que el cielo es de bronce. La Palabra no cambia con el clima de su alma.
Eso es lo que significa que sea más segura.
No que sea más impresionante.
No que produzca más emoción.
Sino que es más estable. Más permanente. Más accesible. Siempre está ahí.
¿Qué significa eso en la práctica?
Significa que cuando usted abre su Biblia el lunes en la mañana, aunque no sienta nada especial, está recibiendo algo más sólido que si hubiera visto una visión.
Significa que cuando la Palabra se predica fielmente cada domingo —aunque el sermón no haya sido el más emocionante, aunque usted haya llegado cansado— usted estuvo en presencia de algo más seguro que cualquier experiencia extraordinaria.
Significa que cuando usted se acerca a la mesa del Señor y recibe el pan y la copa —esos elementos tan ordinarios, tan simples, tan poco impresionantes a la vista— está recibiendo la confirmación visible de lo que la Palabra promete: que Cristo entregó su cuerpo y derramó su sangre para que usted pudiera tener comunión con Dios.
Eso es lo que el Padre ordenó desde el monte: a Él escuchad.
No: buscad experiencias extraordinarias.
No: reproducid lo que Pedro vio.
Escuchad al Hijo. Donde él habla. Como él habla. En los medios que él ordenó.
Y para los que están aquí esta mañana y todavía no han confiado en Cristo —los que quizás están evaluando, dudando, esperando sentir algo que les confirme que esto es verdad— este texto les dice algo importante.
Usted no necesita una experiencia extraordinaria para acercarse a Jesús. El Padre le está diciendo hoy lo mismo que les dijo a Pedro, Juan y Jacobo desde la nube: Este es Mi Hijo, Mi Escogido. A Él escuchad.
La invitación no es a sentir algo primero. Es a creer lo que él dijo. Él murió por pecadores. Resucitó. Está vivo. Y recibe a todo el que viene a él.
Escuchad al Hijo. Eso es suficiente. Siempre ha sido suficiente.
Conclusión:
Conclusión:
Hermanos, la Transfiguración no es un episodio aislado. Es el Padre respondiendo desde la nube la pregunta que Herodes formuló al inicio del capítulo, que Pedro confesó pero no terminaba de entender, que Moisés y los profetas habían anticipado durante siglos: Este es Mi Hijo, Mi Escogido.
Y bajamos del monte con tres certezas.
La gloria de Cristo es real —no la producimos, no depende del clima de nuestra alma, estaba allí cuando los discípulos dormían y está aquí ahora.
La cruz no es el fracaso de esa gloria sino el único camino por el que puede alcanzarnos —el Antiguo Testamento entero compareció en ese monte para confirmarlo.
Y la respuesta que el Padre demanda de nosotros no es reproducir lo que Pedro vio —es escuchar al Hijo donde él habla hoy, en los medios ordinarios que él mismo ordenó.
Hay en cada uno de nosotros un Pedro que quiere construir tabernaculos. Que quiere fijar la experiencia gloriosa, prolongar el momento de fervor, encontrar la manera de que Dios sea visible y verificable bajo nuestras condiciones. Que quiere la gloria sin el exodo y el monte sin el valle.
El texto no condena ese deseo con dureza -- lo interrumpe con compasion. La voz del Padre corta la propuesta antes de que Pedro termine de formularla: no son las tiendas lo que necesitan, no es una experiencia. Necesitas escuchar al hijo y sus bellas palabras de Vida.
El llamado de Dios para nosotros esta mañana es sencillo y exigente al mismo tiempo: no busquen a Cristo donde el no ha prometido estar.
Busquenle donde el ha prometido hablar. Vengan a la Escritura. Escuchen al Hijo en la palabra cada día, en la predicacion dominical y los sacramentos. Oren con la confianza de que el Padre que hablo desde la nube sigue hablando a su pueblo a traves de los medios que ha ordenado.
Esto no es espiritualidad de segunda clase para quienes no tienen experiencias extraordinarias. Es exactamente lo que el Padre mando en el monte cuando la shekinah descendió y la voz sonó: a el oid.
Pedro lo entendio a las puertas de su martirio. El hombre que estuvo en el monte, que oyo la voz, que vio la gloria, le dice a su congregacion lo que el monte le enseno: lo que sostiene la fe no es lo extraordinario que yo vi -- sino la Palabra a la que ustedes pueden volver cada dia, despues de mi, mas alla de mi, en el dia en que no sientan nada y en el dia en que Dios parezca distante.
Hasta ese dia en que la fe se convierta en vista -- cuando el que resplandeció en el monte regrese en las nubes tal como ascendio, cuando toda la compania del cielo lo acompane, cuando veamos esa gloria cara a cara sin velo y sin monte de por medio, cuando la shekinah llene no un tabernaculo ni un templo sino toda la nueva creacion -- hasta ese dia: escuchemosle.
Oremos
