Hacia aguas profundas

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Exhortar a la juventud de la iglesia a aceptar a Jesús como Su Salvador, asumiendo el llamado de profundizar Su fe.

Notes
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Preámbulo

Que la paz de nuestro Señor Jesús, sea en la vida de cada uno de ustedes. Es una bendición el poder estar entre ustedes en esta tarde especial, y digo que es especial, porque cada vez que Dios nos da la oportunidad de alabar su nombre y de poder reflexionar en Su palabra, deberíamos de ser conscientes del gran amor que tiene por todos nosotros, y justamente eso hace que este momento sea muy especial.
En esta tarde hemos de reflexionar a través de un relato que forma parte de una serie de historias que se mencionan en el Evangelio de Lucas y que hablan sobre el ministerio de Jesús en la ciudad de Galilea, prácticamente todo el Capítulo 4 y 5 nos hablan sobre las obras milagrosas de Dios. Sin embargo, nos enfocaremos en una sola historia. Acompáñenme con la lectura.

Lectura base

Lucas 5:1-11

Desarrollo

El relato inicia mencionando que la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios. La pregunta inicial sería: ¿Por qué se agolpaban, porque apretujaban a Jesús? Porque Jesús traía consigo un mensaje de re-dignificación, le brindaba valor a todas las personas que habían sido menospreciadas, satisfizo las necesidades de los marginados y, básicamente todas estas acciones que hizo Jesús durante su ministerio, se volvieron virales en la comunidad. Entonces cuando la gente oía que Jesús llegaba a una región todos iban en búsqueda de Él para escucharle.
Durante muchos años así fue, Jesús fue un revolucionario y las personas que escuchaban Su mensaje, experimentaban un despertar e iniciaban a confrontar el sistema opresor en el que vivían en manos del Imperio Romano y de las autoridades religiosas. De ahí que, tanto el imperio como las autoridades religiosas, lo persiguieron hasta matarlo. Muchos lo escuchaban, muchos lo seguían para satisfacer sus necesidades de alimento o para ser sanados, pero la realidad es que pocos fueron los que lo aceptaron plenamente, mientras Él vivió en esta tierra. Mencionó esto, porque encontraremos esta realidad al dar lectura al libro de Hechos 1, el cual nos dice que el primer grupo de cristianos era de tan solo 120 personas, más adelante también nos dice que una vez que el Espíritu Santo reposo en estos 120 el día del Pentecostés (como lo había prometido Jesús antes de su muerte), este les dio un gran poder, a tal grado de que, con un solo discurso de Pedro, se agregaron 3 mil personas más. Y ese fue el inicio de como los discípulos de Cristo se iban a ir incrementando. De tal manera que al día de hoy somos 2,400 millones de cristianos en el mundo, nuestra fe ocupa el 31% de la población mundial. ¡Damos gloria a Dios por ello!
Sin embargo, analicemos realmente en dónde estamos parados. Desde hace un par de años, sobre todo en la época post-pandemia, se ha observado una tendencia en las generaciones jóvenes, de las cuales ustedes forman parte. Ustedes son una generación más consciente de su mundo interior, más sensible a lo que pasa en su corazón, pero también más confrontada con un vacío que no siempre sabe cómo explicar. Muchos están descubriendo que, aun teniendo oportunidades, estudios, redes sociales y entretenimiento, algo por dentro sigue fragmentado, como si la identidad estuviera rota en partes que no terminan de encajar. Y esa conciencia, aunque a veces duele, es una bendición. Porque cuando alguien reconoce que necesita respuestas, se abre la posibilidad de encontrarlas. Y cuando el corazón se atreve a buscar con sinceridad, puede encontrarse con Aquel que no solo llena el vacío, sino que restaura la identidad: Jesús.
Pero aquí surge una tensión muy real. Esta generación quiere a Jesús… pero no siempre quiere a la Iglesia. Quiere espiritualidad, pero desconfía de las instituciones religiosas. Y no podemos ignorar por qué.
Permítanme contarles una anécdota. Hace un par de años tuve una plática con un compañero del trabajo, a la hora de la comida. No recuerdo con precisión cómo se originó el tema, pero fue la primera vez que él supo que yo era cristiano. En esta plática, él cuestionó severamente por qué era yo cristiano, porque para él la Iglesia representa un lugar donde se adoctrina a la población para manipularla y obtener beneficios económicos; un espacio de control, de juicios y señalamientos que condenan la vida de las personas; instituciones que incluso en la historia persiguieron y asesinaron en nombre de Dios. Eso representa la Iglesia para él.
¿Saben qué le respondí? Le dije: tienes razón… eso hemos sido muchas veces. Pero eso no es responsabilidad de Dios. Todo eso que has mencionado lo hemos construido nosotros cuando tergiversamos el mensaje, cuando encasillamos a Dios en nuestras ideas, o peor aún, cuando usamos su nombre para nuestros propios intereses.”
Pero el fracaso de algunos hombres no invalida la verdad de Cristo. La distorsión humana no cancela la pureza del evangelio. El problema no es Jesús. El problema es que no hemos comprendido realmente lo que es el evangelio, quién es Jesús y cuál es el propósito de su Reino.
Entonces tenemos que ser autocríticos, porque esto nos habla de una verdad, durante mucho tiempo hemos querido seguir a Jesús… pero desde la orilla. Nos hemos agolpado ante Él para que nos resuelva problemas, para que cumpla nuestras peticiones, para que bendiga nuestros planes. Hemos querido los beneficios del Reino, pero no queremos que el Rey nos gobierne. Lo hemos buscado… pero no siempre lo hemos aceptado.
El pasaje que leímos al inicio lo muestra con claridad. Jesús estaba a la orilla del lago, rodeado por la multitud. Y en un momento decide apartarse unos metros, sube a la barca de Simón y continúa enseñando. Pero llega un punto en que ya no solo enseña… ahora confronta. Ahora llama. Ahora invita a algo más profundo. Y le dice a Simón:
“Lleva la barca hacia aguas más profundas, y echa vuestras redes a pescar”
En otras palabras, Jesús está indicando: deja la superficie. Sal de lo cómodo. Aléjate de lo superficial y ve a lo profundo. No te quedes en la orilla donde todos escuchan, pero pocos se comprometen. Vamos al mar. Vamos a lo espiritual. Vamos más allá de tus intereses, más allá de tus ideas sobre Dios, más allá de tus miedos.
Porque es en lo profundo donde se experimentan las verdaderas realidades del evangelio. Es en lo profundo donde se entiende quién es Jesús. Y es en lo profundo donde las redes comienzan a llenarse.
Y entonces surge una pregunta inevitable: si vamos a ir a lo profundo… ¿qué es exactamente aquello en lo que estamos entrando? ¿Qué es realmente el Evangelio?
El Evangelio no es una religión, no es una institución religiosa, no es un mensaje bonito cualquiera, no es un conjunto de normas o prohibiciones, no es un conjunto de rituales eclesiales. Si lo vemos así, nos estamos quedando en la orilla o en la superficie. Y estando allí jamás experimentaremos las verdades que nos trae la profundidad del mar, y por lo tanto la pesca que obtendremos será nula. Lamentablemente, este ha sido el grave error de las comunidades que se hacen llamar cristianas, incluso la nuestra.
Realmente ¿Qué es el evangelio?
El evangelio es un proyecto de vida que Dios ha diseñado para cada uno de nosotros, para su creación.
El evangelio es el conocimiento y aceptación de que:
Jesús se encarnó con el propósito de acercar el amor del Padre con nosotros,
Jesús nos instruyó para una transformación interna que nos permite ser mejores.
Jesús sacrificó su propia vida para darnos la oportunidad de experimentar una nueva vida.
Jesús resucitó para mostrarnos que siempre habrá victoria.
Jesús ascendió a los cielos para compartirnos de su poder y hacer grandes cosas en Su nombre.
Jesús ha de regresar, y por lo tanto tener esperanza, certeza y confianza de que Él volverá y todo llanto, todo dolor, toda enfermedad y toda preocupación desaparecerá.
Esto es navegar mar adentro. Estas son las verdades bíblicas que Dios trae a sus hijos. Cuando comprendemos y aceptamos esto, entonces es el momento de echar nuestras redes a pescar.
Porque esta comprensión nos permitirá vivir de manera auténtica el Evangelio. Dejaremos las superficialidades, lo secundario, y nos ocuparemos de lo verdaderamente importante.

Aplicación

Esta tarde solo quiero compartirles dos cosas prácticas que significan navegar mar adentro.
Primero: re-dignificar tu identidad y reconocer tu debilidad.
Normalmente escuchamos que nadie es perfecto, porque entendemos la perfección como no tener errores o defectos. Pero hace unos meses escuché una canción que decía: ‘Y si entendiéramos que sí, somos perfectos a pesar de los borrones que quieren manchar nuestro lienzo’.
Dios nos invita a reformular el concepto de perfección. Sí, eres alguien que comete errores. Tienes defectos. Has tomado malas decisiones. Tal vez te han señalado por tu físico, por tu carácter, por tu manera de pensar. Pero el Evangelio no comienza diciéndote: arréglate primero. Comienza diciéndote: eres mío.
Mientras otros te etiquetan, Dios te llama hijo. Mientras otros te comparan, Dios te afirma. Mientras otros te exigen cumplir expectativas imposibles, Dios te dice: estoy complacido contigo.
El verdadero Evangelio no niega tu debilidad. La abraza. Porque es precisamente en la debilidad donde Dios manifiesta su poder.
Eso fue lo que hizo Pedro. Después de una noche entera sin pescar nada —y siendo experto en pesca— reconoció su limitación y dijo: ‘Bajo tu palabra echaré la red’. Eso es navegar mar adentro: reconocer que mi experiencia no es suficiente, que mi fuerza no alcanza, que necesito confiar.
Y cuando obedeció, la red se llenó al punto de casi romperse. Y entonces hizo algo hermoso: llamó a otras barcas para compartir la pesca. Y ahí está el segundo punto.
Navegar mar adentro también significa compartir con otros el mayor regalo que tenemos: el Evangelio mismo.
Vivimos en una sociedad atemorizada por la inseguridad y sedienta de paz. Una sociedad marcada por la desigualdad y sedienta de justicia y bondad. Una sociedad herida. Y todo aquello que la sociedad anhela —paz, justicia, dignidad, restauración— encuentra su raíz en el Evangelio.
Por eso, cuando comprendemos el Evangelio, no podemos quedarnos con la pesca. Nos volvemos embajadores. Compartimos la bendición. Llamamos a otras barcas.
¿Para que llamarlos? Para compartir un Evangelio que no manipula, sino que re-dignifica. Que no controla, sino que libera. Que no humilla, sino que levanta. Que no impone miedo, sino que afirma identidad en Cristo.
Solo así las iglesias volverán a ser comunidades sanadoras. Lugares seguros. Espacios donde el corazón fragmentado puede ser restaurado. Solo así recuperaremos el prestigio que hemos perdido.
Conclusión
Tal vez esta tarde te has visto reflejado en algo de lo que hablamos. En el vacío, en la fragmentación, en la búsqueda, en la desconfianza. Pero al final, todo se reduce a una decisión.
Jesús no obligó a Pedro a remar. Le dio una instrucción… y esperó su respuesta. Pedro pudo haberse quedado en la orilla. Pudo haberse quedado en su lógica, en su experiencia, en su cansancio. Pero decidió confiar. Y eso es lo que marca la diferencia: la decisión.
Todo se resume a que respondamos a la voz de Jesús. Dejar la orilla significa dejar la fe superficial. Significa dejar el cristianismo heredado. Significa dejar la idea distorsionada de lo que otros hicieron mal. Y decir: ‘Señor, bajo tu palabra echaré la red, confío en ti, quiero navegar mar adentro.
Hoy puedes decidir creer, puedes decidir confiar, puedes decidir rendirte. Hoy puedes decidir dejar la orilla. Porque el mar profundo no es para los espectadores. Es para los que responden.
Todo empieza con un compromiso ante Dios, todo comienza con un renacer. Todo comienza con ir mar adentro. Con sumergirte en las aguas y levantarte de ellas como una nueva persona. Todo comienza con un bautismo.”
Vayamos a aguas profundas
(Cerrar con oración).
Dios sea en la vida de cada uno de ustedes. Paz a vosotros.
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