ESTUDIANDO AL ESPÍRITU SANTO - LECCION 5
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FUNDAMENTOS DOCTRINALES 2 - MQV
FUNDAMENTOS DOCTRINALES 2 - MQV
PARTE 1
PARTE 1
Actualmente, para muchas personas la palabra «espíritu» transmite una idea confusa e imprecisa. Algunos la asocian con un mero estado de ánimo o con una energía impersonal. Estas concepciones erróneas han distorsionado la comprensión del Espíritu Santo y han contribuido a la formación de falsas doctrinas y sectas pseudocristianas. Incluso hoy, muchos malentienden tanto la naturaleza como la obra de la tercera persona de la Trinidad, lo que ha resultado en malas teologías y prácticas dentro de sus iglesias.
Es imperativo, por tanto, establecer una doctrina sólida en torno al Espíritu Santo, basada tanto en la Biblia como en la doctrina histórica de la Iglesia. Lo que creemos y afirmamos acerca del Espíritu no debería ser una invención novedosa, sino una doctrina bíblica que ha sido sostenida por los cristianos a lo largo de los siglos. Es precisamente esto lo que hemos de descubrir en esta lección.
El «Espíritu» en la Biblia
El «Espíritu» en la Biblia
La palabra «espíritu» proviene del hebreo «ruach» y del griego «pneuma», que, dependiendo del contexto, pueden traducirse como «viento», «aliento» o «espíritu».1 La Biblia suele utilizar el término para hacer referencia a realidades esencialmente invisibles
Del hebreo Ruah (Antiguo Testamento) רוּחַ
Del hebreo Ruah (Antiguo Testamento) רוּחַ
En el Antiguo Testamento, el término es utilizado para hacer referencia al aliento que se respira (Éx. 15:8; Jue. 15:19; Jer. 14:6), a la calidad intangible y fugaz del aire (Ecl. 1:14, 17; Job 7:7; 16:3; Jer. 15:13), al viento (Éx. 10:13, 19; Os. 8:7), a la esencia vital de los seres vivientes (Gén. 7:21-22; Ecl. 12:7; Sal. 104:29), al temperamento y estado de ánimo (Ecl. 10:4; Job. 2:11; Sal. 51:12), a las disposiciones (intenciones) de las personas (Sal. 32:2; Prov. 29:11; Is. 29:10) y a seres angelicales (1 Sam. 16:14; 1 Re. 22:21). De las 378 veces que la palabra aparece en el Antiguo Testamento, 79 veces hace referencia a la tercera persona de la Trinidad (Gén. 1:2; Is. 63:10-11; Sal. 51:12).
Del griego Pneuma (Nuevo Testamento) πνεῦμα
Del griego Pneuma (Nuevo Testamento) πνεῦμα
En el Nuevo Testamento, el término utilizado hace referencia al viento (Jn. 3:8; Heb. 1:7), aliento (2 Tes. 2:8; Ap. 11:11), la vida interior del hombre (Lc. 8:55; Hch. 7:59; 1 Cor. 5:5; Stg. 2:26), al carácter (Lc. 1:17; Rom. 1:4), a demonios (Mt. 8:16; Lc. 4:33; 1 Ped. 3:19), ángeles (Heb. 1:14: Hch. 12:15). Las referencias neotestamentarias sobre el Espíritu Santo superan con creces a las del Antiguo Testamento. De las 379 veces, en 245 ocasiones se referencia al Espíritu divino; desde Mateo 1:18 hasta Apocalipsis 21:10.
Cuando la palabra «espíritu» se encuentra asociada a cualidades personales y divinas, entonces es posible afirmar que el contexto señala a la tercera persona de la Trinidad. Algunos teólogos explican que la expresión «Espíritu», al igual que todos los términos bíblicos que hacen referencia a Dios, es una palabra-imagen que busca enfatizar el aspecto dinámico activo de la deidad; representa el poder de Dios en acción, es la persona de la Trinidad dinámica y presente para hacer la obra de Dios en el mundo.3
El Espíritu Santo es una persona
El Espíritu Santo es una persona
Uno de los rasgos distintivos del cristianismo es creer que el Espíritu Santo es una persona. La Biblia le atribuye todas las características que son propias de la personalidad, y existen pruebas bíblicas más que suficientes para clasificar al Espíritu como la tercera persona de la Trinidad.4
- El Espíritu Santo tiene intelecto. Aconseja e imparte sabiduría (Is. 11:2), inspira las Escrituras (Hch. 1:16; Heb. 3:7; 10:15; 1 Ped. 1:11; 2 Ped. 1:21), intercede (Rom. 8:26), tiene mente (Rom. 8:27; 1 Cor. 2:10-13), hace recordar (Jn. 14:26), revela la verdad (Jn. 14:17, 26; 15:26; 16:13; 1 Jn. 4:6); habla (Hch. 8:29; 10:19; 11:12; 13:2; 28:25; 1 Tim. 4:1; Ap. 2:7; 3:22); enseña (Lc. 12:12; Jn. 14:26; 1 Cor. 2:13; Heb. 9:8), testifica (Jn. 15:26; 1 Jn. 5:7-8) y convence (Jn. 16:8).
- El Espíritu Santo tiene voluntad. Se opone a los pecadores (Gén. 6:3; Hch. 5:1-5), guía y dirige (Mt. 4:4; Jn. 16:13-15; Hch. 16:6-7), aprueba ideas (Hch. 15:28), imparte dones según desea (1 Cor. 12:11; Heb. 2:4) y regenera a quien quiere (Jn. 3:7-8; Tit. 3:5).
- El Espíritu Santo tiene emociones. Experimenta gozo (1 Tes. 1:6) (En el contexto de Dios, Lucas 15:7; Lucas 15:10), se lo puede ofender (Heb. 10:29), apagarlo (1 Tes. 5:19), se aflige por causa del pecado (Is. 63:10; Ef. 4:30), gime cuando intercede (Rom. 8:26) y ama (Rom. 5:5; 15:30; Gál. 5:22).
- El Espíritu Santo es tratado como una persona. Se le puede mentir (Hch. 5:3), resistir (Hch. 7:51), contrariarlo (Neh. 9:30; Is. 30:1; Gál. 5:17), tentarlo y ponerlo a prueba (Hch. 5:9; Heb. 3:9), blasfemar contra Él (Mt. 12:31; Mr. 3:29) e irritarlo (Heb. 3:7, 10-11; 10:29). También se nos dice que en su nombre son bautizados los creyentes (Mt. 28:19) y es enviado a realizar tareas concretas (Lc. 24:49; Jn. 14:16, 26; 15:26; 16:7).
Esta parte de la doctrina sobre el Espíritu Santo es fundamental. Por un lado, sirve como filtro indispensable para reconocer sectas pseudocristianas, ya que muchas de ellas niegan que se trate de una persona divina, reduciéndola a una mera energía o fuerza divina.5 Por otro lado, esta doctrina nos recuerda la posibilidad de tener una relación personal con Él, una relación que también debemos cuidar con la debida seriedad ya que se trata de una persona divina.6
El Espíritu Santo es Dios
El Espíritu Santo es Dios
Hay quienes han creído que el Espíritu Santo es una persona, pero lo han considerado una personalidad creada y no como Dios mismo.7 Por lo tanto, debemos afirmar también que el Espíritu Santo es Dios. Ciertamente es una persona, pero es una persona divina igual al Padre y al Hijo.
Aunque su divinidad no se establece con la misma facilidad que la del Padre y el Hijo, la Biblia ofrece suficiente información para inferir y confirmar su plena divinidad.8
El Espíritu Santo es referido como Dios
El Espíritu Santo es referido como Dios
No hay un pasaje bíblico que diga explícitamente «El Espíritu es Dios», pero sí hay declaraciones bíblicas muy claras donde al Espíritu se lo reconoce como Dios mismo.9
- El Espíritu no es algo, sino «alguien». Por ejemplo, se lo llama «otro consolador» (Jn. 14:26; 15:26; 16:7) precisamente porque es una persona que viene a reemplazar el ministerio terrenal de Jesús.
- Cuando Ananías mintió al Espíritu Santo, mintió a Dios mismo (Hch. 5:3-4).
- Se dice que los cristianos son templo de Dios, porque el Espíritu Santo –que es Dios– mora en ellos de forma individual (1 Cor. 3:16; 2 Cor. 6:16).
- Cuando se habla de la morada del Espíritu en los creyentes, se utilizan los nombres «Espíritu», «Espíritu de Dios» y «Espíritu de Cristo» de forma intercambiable (Rom. 8:9, 11).
- Salmo 95:8-11 registra las palabras de Dios, pero al comparar ese pasaje con Hebreos 3:7-11 vemos que el Espíritu era quien hablaba.
- En Jeremías 31:33-34 se describen las palabras de Dios, pero el autor de Hebreos dice que quien habló en ese contexto fue el Espíritu (Heb. 10:15-17).
- En Éxodo 25:1 es Dios quien habla, pero el autor de Hebreos dice que quien estuvo enseñando en ese momento era el Espíritu (Heb. 9:8)
- En Isaías 6:8-10 se registra que el Señor envió a Isaías a predicar al pueblo, sin embargo, el apóstol Pablo aclara que en realidad fue el Espíritu Santo quien comisionó al profeta (Hch. 28:25).
- En el Antiguo Testamento, en general, leemos que Dios mismo habló por boca de los profetas, pero cuando Pedro se refiere a esto dice que los santos hombres de antaño hablaron «por el Espíritu Santo» (2 Ped. 1:21).
- En Lucas 11:20 dice que Jesús expulsaba demonios por el «dedo de Dios», mientras que Mateo 12:28 dice que lo hacía «por el Espíritu de Dios».
Queda claro, pues, que las Escrituras utilizan los nombres «Espíritu» y «Dios» de manera intercambiable, lo que indica claramente que su intención es señalar que el Espíritu Santo es Dios mismo.
El Espíritu Santo posee atributos divinos
El Espíritu Santo posee atributos divinos
En la Biblia también podemos ver que el Espíritu Santo posee las perfecciones propias de Dios. Por lo tanto, si el Espíritu posee estos atributos divinos, no cabe duda de que es una persona divina.10
- Es omnisciente. El Espíritu Santo conoce toda verdad. La Biblia dice que no necesita ser enseñado por alguien (Is. 40:13) y que su mente conoce las profundidades de la divinidad, por lo tanto, puede revelarnos las cosas de Dios (1 Cor. 2:10-11) y guiarnos a toda verdad (Jn. 16:13).
- Es omnipresente. El Espíritu Santo llena todo lugar. La Biblia dice que es imposible huir de Él (Sal. 139:7-10) y su presencia es capaz de acompañar a los creyentes en todo lugar (Jn. 14:17; Hch. 1:8).
- Es omnipotente. El Espíritu Santo posee el poder ilimitado de la divinidad. La Biblia nos dice que Él cuenta con «el poder del Altísimo» (Lc. 1:35) y que obra maravillas conforme al poder mismo de Dios (Rom. 15:18-19). La Biblia también dice que Él es creador del universo y la vida (Gén. 1:1-2; Job 33:4; Sal. 104:30),11 algo que solo Dios podría lograr.
También podemos ver que al Espíritu Santo se lo relaciona con varias cualidades que son comunes en Dios, como la eternidad (Heb. 9:14), la vida (Rom. 8:2), la verdad (Jn. 14:17), la gracia (Heb. 10:29), la gloria (1 Ped. 4:14), el amor (Rom. 5:5; Gál. 5:22) y muy particularmente la santidad (Rom. 1:4). Se le llama «Santo» casi cien veces, lo cual nos hace pensar que su santidad no se trata de la santidad de una mera criatura, sino de la temible santidad de Dios mismo (Mt. 12:32).12 De hecho, «Espíritu Santo» es el nombre más común con el que le podemos conocer.13
El Espíritu Santo realiza obras divinas
El Espíritu Santo realiza obras divinas
Hay cosas que solo Dios puede hacer, y así como confirmamos la divinidad del Hijo al ver que es capaz de hacer todo lo que Dios hace, también podemos confirmar la divinidad del Espíritu Santo al ver que realiza cosas que solo Dios podría hacer. En otras palabras, las obras del Espíritu Santo evidencian su deidad.
La creación: La Biblia establece que la creación es una obra exclusiva de Dios. La creación no se creó a sí misma ni se sustenta a sí misma, sino que todo procede y se mantiene a partir del poder creador y providencial de Dios.
La revelación: Dios es infinito y esencialmente incomprensible. El ser humano finito es incapaz de conocer a Dios por sus propios medios. Por lo tanto, el medio para conocer procede de su propia revelación.
La salvación: La Biblia también establece que la salvación pertenece únicamente a Dios. La creación caída no puede salvarse a sí misma. Más bien, su esperanza de salvación depende netamente del favor divino.
La consumación: El final y la renovación de todas las cosas están en manos de Dios. Nadie más que Dios guía el curso de la historia conforme a lo establecido por Él mismo. La Biblia dice que el Espíritu Santo obra en la creación, la revelación, la salvación y la consumación. Por lo tanto, es razonable concluir que Él es Dios.
El Espíritu Santo se asocia al Padre y al Hijo
El Espíritu Santo se asocia al Padre y al Hijo
La Biblia también describe una asociación muy íntima entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta asociación es una evidencia clara de que el Espíritu Santo posee el mismo tipo de existencia y estatus divino que Dios Padre y Dios Hijo.
- La fórmula bautismal ubica los nombres «Padre», «Hijo» y «Espíritu Santo» dentro del mismo rango, y los tres conforman un solo Nombre (Mt. 28:19).
- La bendición que da el apóstol Pablo también demuestra la estrecha relación existente entre las tres personas de la Trinidad (2 Cor. 13:14).
- Pablo también hace referencia a las tres personas de la Trinidad cuando habla sobre la unidad que debe haber en la Iglesia (Ef. 4:4-6). - La Biblia también coordina a los tres miembros de la divinidad en la administración de los dones espirituales (1 Cor. 12:4-6).
- El apóstol Pedro menciona a las tres personas como autores activos en el proceso de salvación (1 Ped. 1:2).
- El apóstol Juan parece hacer referencia a los tres miembros de la Trinidad en la introducción de su mensaje a las siete iglesias de Asia (Ap. 1:4-5).
- El Espíritu Santo se encuentra tan asociado a Dios que a veces es referido como el «Espíritu de Dios» (Gén. 1:2; Mt. 3:16; 1 Cor. 2:11; 6:11; 2 Cor. 3:3). - Así también, se encuentra tan asociado a Cristo que a veces es referido como el «Espíritu de Cristo» (Rom. 8:9; Filp. 1:9; 1 Ped. 1:11; cf. Hch. 16:7; Gál. 4:6).
Nunca se ha visto en la Escritura que el nombre de Dios se encuentre al mismo nivel que el de sus criaturas. Su nombre es santificado (Mt. 6:9) y no comparte su gloria con ningún otro (Is. 42:8). Sin embargo, la Biblia sí coloca los nombres «Padre», «Hijo» y «Espíritu» dentro del mismo plano de igualdad; por lo tanto, podemos afirmar con seguridad que el Espíritu Santo es partícipe de esta divina asociación.
La tercera persona de la Trinidad
La tercera persona de la Trinidad
Es fundamental comprender que el Espíritu Santo constituye la tercera persona de la Trinidad. Esto implica que es plenamente Dios, aunque distinto respecto del Padre y del Hijo. Por consiguiente, el Espíritu Santo posee sus propias características, tanto en su relación con las otras dos personas de la Trinidad como en su interacción con la creación.
Relación del Padre con el Hijo
Relación del Padre con el Hijo
La primera persona de la Trinidad se relaciona con la segunda persona como Padre e Hijo, lo que explica por qué la Biblia dice que el Padre engendró al Hijo (Sal. 2:7; Hch. 13:33; Heb. 1:5). Esto no implica que el Padre haya creado al Hijo, sino que ambos comparten la misma naturaleza divina y se relacionan de un modo especial.
Relación del Espíritu con el Padre y el Hijo
Relación del Espíritu con el Padre y el Hijo
La tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, procede tanto del Padre como del Hijo (Jn. 15:26; 16:7; Rom. 8:9; Gál. 4:6). A través de esta misteriosa procesión, el Espíritu Santo comparte la misma naturaleza divina que el Padre y el Hijo, y se lo describe como alguien que es enviado de parte de ambos a cumplir una misión concreta.
En varias partes de la Biblia podemos identificar al Espíritu Santo como alguien que es enviado a ejecutar una misión, y esta misión procede de una fuente doble, del Padre y del Hijo (Jn. 14:16-26; 15:26; 16:7; cf. Sal. 104:30).14
Con esto podemos entender que, cuando las Escrituras llaman «Padre» a la primera persona de la Trinidad, su intención es atribuirle la cualidad personal de paternidad en relación con el Hijo. Al llamar «Hijo» a la segunda persona de la Trinidad, la intención es atribuirle la propiedad personal de filiación en relación con el Padre. Y, finalmente, al llamar «Espíritu» a la tercera persona de la Trinidad, las Escrituras pretenden atribuirle la propiedad personal de espiración o procesión en relación con el Padre y el Hijo.15 Así es como los tres pueden ser identificados dentro de la divinidad.
Doctrina histórica del Espíritu Santo
Doctrina histórica del Espíritu Santo
Actualmente, estudiar la doctrina del Espíritu Santo es relativamente fácil gracias a la disponibilidad de libros teológicos, comentarios bíblicos y compendios que condensan la doctrina histórica de la Iglesia cristiana. El trabajo teológico sobre el Espíritu Santo ya ha sido realizado; a nosotros nos corresponde consultarlo, comprenderlo, aceptarlo y, en ocasiones, defenderlo.
Sin embargo, es importante aclarar que esta doctrina se desarrolló en respuesta a disputas doctrinales y herejías perjudiciales. Estos malentendidos impulsaron a la Iglesia histórica a consolidar una comprensión adecuada de la tercera persona de la Trinidad, con el fin de preservar la doctrina cristiana, distinguir la verdad del error y mantener unida a la Iglesia universal.
Las herejías históricas más graves respecto al Espíritu Santo se dividen en dos categorías: (1) la negación de que el Espíritu Santo fuera una persona y (2) la negación de que el Espíritu Santo fuera Dios eterno que, por consiguiente, era una negación de la trinidad de Dios.16
Distorsiones históricas de la doctrina del Espíritu Santo
Distorsiones históricas de la doctrina del Espíritu Santo
Sabelianismo o Modalismo (siglo II, III): Afirmaba que Dios consistía en una sola persona manifestada de tres modos distintos; por consiguiente, negaba la personalidad del Espíritu Santo y del Hijo.
Arrianismo (siglo IV): Afirmaba que, así como Cristo fue creado por el Padre, el Espíritu Santo fue creado por el Hijo. Aunque admitía que eran personas, no aceptaba su divinidad.
Socinianismo (siglo XVI): Si bien afirmaba la personalidad de Cristo y del Espíritu, negaba su deidad. Por lo cual, el Espíritu Santo es una criatura más de la creación.
Todas estas herejías tienen en común la negación de la personalidad o divinidad del Espíritu y, por consiguiente, la negación de la doctrina de la Trinidad misma.
Estas distorsiones doctrinales han provocado el surgimiento de credos que han sido propuestos para refutar las herejías, declarar la doctrina y confirmar la verdadera fe cristiana. Por ejemplo, en el conocido Credo de los Apóstoles (siglo III y IV) se afirma sencillamente: «Creo en el Espíritu Santo». Esta misma expresión se vuelve a leer en el Credo de Nicea (325). Esta simplicidad se debe a que, inicialmente, no urgía una declaración doctrinal más detallada en torno al Espíritu Santo, ya que las doctrinas que era más necesario consolidar y defender tenían que ver con el Hijo.
Sin embargo, en el año 381 se hizo una edición formal al Credo de Nicea, en el cual se añadió una formulación más detallada acerca del Espíritu Santo. El llamado Credo Niceno-Constantinopolitano afirma: «Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas». Luego, en el llamado Credo de Atanasio (siglo IV y V), el cual es eminentemente trinitario, se afirma con lujo de detalles la personalidad y divinidad del Espíritu Santo, quien junto con el Padre y el Hijo es divino y glorioso.17
La Iglesia primitiva vinculaba la salvación con la confesión del Dios Trino, en la cual el Espíritu Santo estaba claramente involucrado. Y desde el siglo I los cristianos han invocado a Dios como «Padre, Hijo y Espíritu Santo» en diversas prácticas como la oración, el bautismo, la comunión, los exorcismos, el canto de himnos, la predicación, la confesión y la bendición.18 Por lo tanto, no es sorprendente que la mayoría de los credos y confesiones cristianas declaren que el Espíritu Santo es la tercera persona de la divina Trinidad.19 La historia atestigua fielmente que el Espíritu Santo ha sido una parte integral de la doctrina que la Iglesia cristiana ha sostenido desde sus inicios.
ESTUDIANDO AL ESPÍRITU SANTO - LECCION 6
ESTUDIANDO AL ESPÍRITU SANTO - LECCION 6
FUNDAMENTOS DOCTRINALES 2 - MQV
FUNDAMENTOS DOCTRINALES 2 - MQV
PARTE 2
PARTE 2
El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento
El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento
Contrario a lo que muchos popularmente creen, el Espíritu Santo no es ajeno al Antiguo Testamento. Si bien su identidad particular no queda del todo clara (así como en el Nuevo Testamento), debemos entender que en el Antiguo Testamento se destaca lo que Él hace y no tanto lo que Él es; tanto así que es posible referirnos a Él como «Dios en acción».20
Incluso podríamos afirmar que el Antiguo Testamento hace más evidente al Espíritu Santo antes que al propio Jesucristo. Al Espíritu se le llama por nombre con más frecuencia que al Hijo de Dios (alrededor de 75 referencias al Espíritu de Dios), haciendo su aparición ya desde el segundo versículo de nuestras Biblias.21
El Espíritu Santo en la creación
El Espíritu Santo en la creación
El Antiguo Testamento presenta a la tercera persona de la Trinidad como el «Espíritu Creador» (Creator Spiritus), dándonos a entender con ello que Él estuvo activo en el acto de la creación.22 Después de todo, si el Dios creador es Trino, entonces hemos de suponer que la persona del Espíritu Santo también puede gozar del título de Creador.
- Ya en el relato de la creación, en Génesis 1:2, podemos ver que «el Espíritu de Dios [Ruach Elohim] se movía [revoloteaba o se agitaba] sobre la superficie de las aguas». Esta expresión nos da a entender que Dios creaba mediante el envío a su Espíritu para dar forma a su aún incipiente creación.23
- El Salmo 104:30 identifica claramente la actividad creadora del Espíritu Santo: «Si envías tu Espíritu, son creados». Esta expresión es muy similar a la ya leída en Génesis 1:2, por lo que es posible pensar en un paralelismo.
- Job 33:4 hace eco de lo leído anteriormente: «El Espíritu de Dios me ha hecho, y el aliento del Todopoderoso me da vida». También, podemos encontrar una conexión con Génesis 2:7, donde se nos dice que cuando Dios creó al ser humano: «Sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente». La participación de la tercera persona de la Trinidad en la creación del hombre suma sentido al «Hagamos [plural] al hombre…» de Génesis 1:26-27.24
- El Antiguo Testamento afirma que Dios creó y adornó los cielos (Sal. 8:3; 19:1; 102:25), y que el Espíritu de Dios participó en esta actividad creadora: «Su Espíritu adornó los cielos» (Job 26:13). «Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento [Ruach] de su boca» (Salmo 33:6).25
- Finalmente, el Espíritu de Dios también es identificado como el sustentador de la vida (Job 34:14-15), tanto así que, si el Señor apartara su Santo Espíritu de la creación, no habría vitalidad alguna.26
Todas estas referencias bíblicas nos traen a memoria lo expresado en el credo Niceno-Constantinopolitano, donde al Espíritu Santo se lo llama «Señor y Dador de vida».
El Espíritu Santo obrando a través de personas
El Espíritu Santo obrando a través de personas
En el Antiguo Testamento, el Ruach divino es el modo de la presencia poderosa de Dios en medio de su pueblo (Ez. 39:29).27 Dios enviaba su Espíritu Santo a individuos selectos a fin de capacitarlos para realizar tareas específicas.28
- Habilidad artística para diseñar el tabernáculo, la vestidura sacerdotal y el templo (Éx. 28:2-3; 31:2-5; 35:30-35; 1 Re. 7:14; Zac. 4:6).
- Habilidad de liderazgo y administración, ya sea al frente de la nación (Núm. 11:25; 27:16-18; 1 Sam. 10:10; 11:6; 16:13) o al frente de la guerra (Jue. 3:10; 6:34; 11:29).
- Habilidad sobrehumana para vencer a los enemigos (Jue. 14:19).
- Sabiduría y entendimiento generales (Gén. 41:34; Deut. 34:9; Dan. 4:8-9; 5:11-14).
Otra área general de la obra del Espíritu es la de dar la revelación e inspirar las Escrituras.29 Esto garantizaba la autoridad e inerrancia de la comunicación de su revelación por medio de sus voceros.
- Los profetas del Antiguo Testamento testificaron que cuando hablaban o escribían era porque el Espíritu divino venía sobre ellos (2 Sam. 23:1-3; 2 Cr. 24:20; Is. 48:16-17; Ez. 2:2; 8:3; 11:1; 24; Mi. 3:8).
- Tanto Cristo como los apóstoles validaron la autoridad del Antiguo Testamento al afirmar que el Espíritu Santo guio a sus autores (Mt. 22:43; Mr. 12:36; Hch. 1:16; 4:24-25; 28:25; 2 Tim. 3:16; 2 Ped. 1:20-21).
- Según el Antiguo Testamento, los voceros de Dios eran frecuentemente empoderados y guiados por el Espíritu de Dios (1 Re. 18:12; 2 Re. 2:15-16). Tanto así que es posible decir que ningún profeta hablaba la verdad de Dios sin antes ser asistido por el Espíritu divino (Núm. 11:28-29; 1 Sam. 10:5-10; 19:20-24).
Ezequiel es un destacado profeta, cuya vida y mensaje fueron plenamente dominados por el Espíritu de Dios:
- «entró en él» (Ez. 2:2; 3:24).
- «le hizo ponerse en pie» (Ez. 2:2; 3:24).
- «cayó sobre él» (Ez. 11:5).
- «le levantó» (Ez. 3:12, 14).
- «lo llevó» (Ez. 3:14).
- Lo trasladó (física o espiritualmente) al templo (Ez. 11:1; 43:5), a Jerusalén (Ez. 8:3), a Babilonia (Ez. 11:24) y a un valle (Ez. 37:1).
El ministerio del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento también abarca un claro aspecto moral/redentor, oponiéndose al pecado y guiando a los individuos hacia la salvación y santidad.
- El Espíritu refrena el pecado (Gén. 3:5), de manera que, quien persiste en pecar, lo contrista y resiste (Is. 63:10-14; véase también Hch. 7:51, donde Esteban afirma que los pecadores del Antiguo Testamento habían resistido al Espíritu Santo).
- La presencia activa del Espíritu Santo no puede coexistir con el pecado. David confiesa que su fracaso moral ha puesto en peligro su relación con el Espíritu de Dios (Sal. 51:11), además, existen claros ejemplos donde el mismo Espíritu abandonó a los pecadores (1 Sam. 16:14; Jue. 16:20).
- El Espíritu Santo era el responsable de guiar al pueblo por el camino de la obediencia y la voluntad de Dios (Neh. 9:20; Sal. 51:12; 143:10; Is. 36:14;). Más concretamente, el Espíritu Santo es presentado como quien otorga vitalidad espiritual para la obediencia a Dios (Ez. 36:26-28).
La promesa del Espíritu Santo
La promesa del Espíritu Santo
Finalmente, en el Antiguo Testamento se hace referencia al Espíritu Santo como la promesa de Dios. Esto significa que llegará el tiempo en que Dios derramará su Espíritu con mayor intensidad, extendiéndolo a todos y no limitándose solo a individuos selectos, como ocurría en el periodo del Antiguo Testamento.
- Esta promesa predice que la presencia del Espíritu Santo traería bendiciones abundantes de parte de Dios (Is. 32:14-18; 44:3).
- Se promete que el Espíritu vendría en una plenitud mayor en un tiempo cuando Dios haría un nuevo pacto con su pueblo (Ez. 36:26-27; 37:14; 39:29)
- El Espíritu sería derramado sobre toda carne y no solo sobre individuos selectos (Joel 2:28-29; promesa cumplida en Pentecostés según Hch. 2:16:18).
- Juan el Bautista, quien fuera el último profeta del antiguo pacto, resume esta asombrosa expectativa atribuyendo este derramamiento del Espíritu al Mesías prometido: «Yo a la verdad os bautizo con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Mr. 1:8).
- Por lo tanto, el periodo del Espíritu Santo sería inaugurado por el Mesías prometido, el primero en quien reposó toda la plenitud del Espíritu de Dios (Is. 11:1-2; Lc. 4:17-21; 24:49; Jn. 1:33; 16:7; Hch. 1:4).
- Algunos creen erróneamente que el Espíritu Santo hace su aparición y comienza su actividad recién en el período del Nuevo Testamento (en Pentecostés, según muchos). Sin embargo, esta es una mala comprensión de la promesa de Dios. Si en el Antiguo Testamento vemos prodigios, revelaciones, profetas, reyes, sacerdotes y personas santas que hicieron proezas, entonces no cabe duda de que el Espíritu de Dios siempre estuvo activo.
Debemos aclarar que esta promesa del Espíritu no se refiere al inicio de su actividad, sino a que su actividad presente sería intensificada y ampliada. Este derramamiento prometido haría posible que cada ser humano –independientemente de su género, nacionalidad y posición– pudiera formar parte del pueblo de Dios y gozar de la plenitud de las bendiciones prometidas. Esta obra no se limitaría a varones, reyes, profetas y sacerdotes del pueblo hebreo, sino que se extendería a «toda carne», sin importar que sean gentiles, mujeres, jóvenes, ancianos y esclavos. El efecto de esta promesa cumplida se ve en Gálatas 3:28.30
El Espíritu Santo en el Nuevo Testamento
El Espíritu Santo en el Nuevo Testamento
Como hemos estudiado anteriormente, el Espíritu de Dios estuvo activo durante el periodo del Antiguo Testamento. Sin embargo, según lo prometido por Dios, el Espíritu Santo obra de una forma sin precedentes en el periodo del Nuevo Testamento. La promesa de Dios anunciaba que el Espíritu sería derramado abundantemente sobre su pueblo, renovando vidas, purificando los corazones y poniendo su ley dentro de ellos.31 En esos días, el Espíritu sería poderosamente derramado sobre todos sin distinción,32 cumpliéndose así el deseo bíblico de que todos en el pueblo sean santos, profetas, reyes y sacerdotes (Éx. 19:6; Núm. 11:29; cf. Ap. 5:10).33
El Espíritu Santo sobre Cristo
El Espíritu Santo sobre Cristo
En el Antiguo Testamento se promete que el Mesías cumpliría la voluntad de Dios mediante el poder del Espíritu Santo. Por esta razón, la promesa del derramamiento del Espíritu Santo aguardó la aparición del Mesías prometido, sobre quien el Espíritu descansaría permanentemente (Is. 11:2; 48:16; 61:1-2; cf. Lc. 4:16-22; Ap. 3:1; 4:5; 5:6). Así, Jesús es el primero en recibir este derramamiento especial, ya que hasta entonces nunca se había visto que el Espíritu descendiera con tanto poder y de manera permanente.34
Jesús es el primero en recibir el Espíritu Santo de forma especial, y este asombroso hecho nos indica que Él es el iniciador y mediador del derramamiento del Espíritu prometido. Jesús es el primero en estar saturado del poder de Dios, desde el inicio mismo de su vida y ministerio terrenal.
- La naturaleza divina y humana de Jesús se unen a través de su concepción virginal, un milagro atribuido al Espíritu Santo (Mt. 1:18, 20; Lc. 1:35; cf. Is. 7:14).
- El Espíritu Santo empoderó a Jesús al inicio de su ministerio público. Este ungimiento ocurrió cuando fue bautizado por Juan el Bautista en el Jordán, donde el Espíritu descendió y permaneció sobre Él (Lc. 3:22; Jn. 1:33).
- Los Evangelios testifican que Jesús era un hombre completamente dominado y guiado por el Espíritu Santo, incluso enfrentando cuarenta días de hambre, soledad y tentación (Mr. 1:12). Fue en esta prueba que Jesús, «lleno del Espíritu Santo» (Lc. 4:1), se enfrentó al principal antagonista, Satanás, y salió victorioso.
- El Nuevo Testamento testifica que las curaciones, exorcismos y resurrección de muertos eran obras que Jesús realizaba a través del Espíritu Santo (Mt. 12:28; Lc. 4:14; Hch. 10:38-39). El Espíritu le dio el poder para cumplir su misión (Lc. 4:18ss). - Incluso la muerte y resurrección de Jesús se llevaron a cabo mediante el poder del Espíritu Santo. El Espíritu consagró la vida perfecta de Cristo para que fuera ofrecido como cordero sin mancha en la cruz (Heb. 9:14), y luego lo resucitó con poder de entre los muertos (Rom. 1:4; 8:11; 1 Tim. 3:16; 1 Ped. 3:18).
- Finalmente, en su ascensión, Cristo es exaltado hasta los cielos, consolidando así su posesión de todas las cosas, incluyendo al Espíritu Santo y todos sus poderes. El Espíritu Santo ha sido asimilado por Cristo de forma absoluta, tanto es así que la Biblia usa términos como «Espíritu de Cristo» (Rom. 8:9), «Cristo es el Espíritu» y «Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:17-18), y que Cristo es «Espíritu vivificante» (1 Cor. 15:45). Ahora, Cristo no solo posee el Espíritu divino, sino que también lo otorga a quien Él desea.
Ciertamente, Jesús no necesitaba del Espíritu Santo para cumplir su misión, ya que, como Dios mismo, era completamente poderoso y suficiente en sí mismo. Sin embargo, según el plan de Dios, Jesús se hizo hombre y, como tal, se apoyó en el poder del Espíritu para completar su obra.
El Espíritu derramado a través de Cristo
El Espíritu derramado a través de Cristo
Como hemos visto anteriormente, Cristo posee la plenitud del Espíritu Santo y lo derrama sobre quien Él desea. De manera que el Nuevo Testamento indica claramente que los creyentes pueden recibir el don del Espíritu únicamente por la fe en Cristo.
Cristo obtuvo el pleno y libre dominio sobre el Espíritu Santo y sobre todos los dones y poderes de ese Espíritu. Ahora puede compartirlo con quien quiera y en la medida en que quiera… de acuerdo con la voluntad del Padre y del Espíritu, porque el Hijo envía el Espíritu del Padre (Jn. 15:26). Y el Padre envía el Espíritu en el nombre del Hijo (Jn. 14:26). [Y el Espíritu], a su vez, recibirá todo de Cristo y lo mostrará a los discípulos de Cristo (Jn. 16:13-14).35
En Juan 7:39 leemos que el Espíritu Santo no podía ser derramado sobre los creyentes hasta que Cristo fuera glorificado, lo cual hace referencia a su resurrección y ascensión. De esta manera, Cristo y su gloriosa obra se convierten en el punto central de la promesa del derramamiento del Espíritu que ya hemos visto en el Antiguo Testamento. Pero ya en el Nuevo Testamento podemos ver que el Espíritu operó sin medida ni restricción, primero en la vida de Cristo y luego en la Iglesia.
- Cristo recibió el Espíritu sin restricción y en toda su plenitud (Jn. 3:34-35).
- Cristo tenía el Espíritu sin medida, y esta unción permaneció sobre Él (Jn. 1:32; Hch. 10:38).
- Él prometió enviar el Espíritu Santo sobre sus discípulos para que esté en ellos de forma permanente (Jn. 7:38-39; Jn. 14:15-17, 26; 15:26-27).
- Los discípulos aguardaron esta promesa, la cual se cumplió en Pentecostés (Lc. 24:49; Hch. 1:4-5, 8; 2:1-4).
- Luego, se dice que los discípulos fueron llenos del Espíritu Santo, por lo tanto, cumplían su misión con poder (Hch. 6:5, 8; 4:8, 31; 6:10; 13:9-11; Rom. 5:5; 15:19; 1 Cor. 2:4-5; 1 Tes. 1:5; 1 Ped. 1:12).
- Finalmente, tras el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, cada persona que recibe a Cristo eventualmente recibe también la promesa del Espíritu Santo (Hch. 2:38-39; 10:44-47; 19:2-7; Ef. 1:13).
En conclusión, el Nuevo Testamento enseña que Jesús es el primero en recibir del Padre la promesa del Espíritu Santo y actúa como mediador para que el mismo Espíritu sea derramado sin medida sobre todos los que creen en Él (véase Hechos 2:33).
El Espíritu Santo es derramado en Pentecostés
Luego de la ascensión de Cristo, los discípulos debían esperar la llegada del Espíritu Santo prometido (Lc. 24:49; Hch. 1:5, 8). Hechos 2 relata cómo, en su venida, los discípulos fueron llenos del Espíritu Santo y revestidos de poderes extraordinarios (don de lenguas, por ejemplo).
Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. — Hechos 2:1-4
El apóstol Pedro recuerda que este evento no es más que el cumplimiento de la promesa de Dios (Hch. 2:14-21; cf. Joel 2:28-32). Por lo tanto, lo sucedido en Pentecostés debe ser visto como una parte crucial de la transición entre el Antiguo Pacto (promesa) y el Nuevo Pacto (cumplimiento), marcando el comienzo de la era mesiánica, la misión de la Iglesia naciente y el inicio de los «días finales» o «postreros días».36
Aquí, Pedro le está diciendo a los judíos: «Hace generaciones que estamos soñando con el Día del Señor, el gran Día en que Dios intervendrá en la Historia. Ahora, con Jesús, ha llegado ese día».37
A partir de la experiencia en Pentecostés, la actividad del Espíritu Santo se vuelve más evidente y dinámica, especialmente en la narrativa del libro de Hechos, donde se describe el nacimiento, desarrollo y misión de la Iglesia primitiva codo a codo con el mover del Espíritu. Frases como «ser lleno del Espíritu Santo», «recibir el Espíritu Santo», «derramamiento del Espíritu Santo», «el Espíritu Santo cayendo sobre», «el Espíritu Santo viniendo a» y otras variantes se vuelven muy comunes en relación con la experiencia de los primeros cristianos conversos.38
Sin embargo, todas estas descripciones han generado intensos debates en torno a qué fue lo que realmente ocurrió en Pentecostés y cómo deberíamos entender el bautismo del Espíritu Santo que tuvo lugar en ese entonces.
El bautismo del Espíritu Santo
El bautismo del Espíritu Santo
Algunos sostienen que el bautismo del Espíritu es una experiencia distinta y separada de la conversión. Esta creencia se basa principalmente en el libro de Hechos, donde se narran casos de personas que, aparentemente, ya eran salvas, pero que aún no habían recibido el bautismo del Espíritu Santo. Ejemplos de esto incluyen a los 120 discípulos reunidos en Pentecostés (2:33), los creyentes samaritanos (8:14-17), Saulo de Tarso (9:17-18), Cornelio y sus familiares y amigos (10:44; 11:15), y los discípulos de Éfeso (19:1-6). En todos estos casos, la recepción del Espíritu Santo es vista como una «segunda experiencia» o una «segunda bendición», distinta de la regeneración/conversión, el cual sirve para traer poder para el servicio cristiano y manifestarse a través del hablar en lenguas.39
Así, pues, llegamos a la conclusión de que uno puede haber sido regenerado, puede ser santo, y no tener el bautismo en el Espíritu Santo ni su unción para el servicio, que fue lo que Jesús prometió a los creyentes.40
Se suele decir que los eventos narrados en el libro de los Hechos establecen un modelo normativo para la experiencia espiritual que los creyentes deberían vivir en la actualidad.41 Así como los discípulos recibieron el bautismo del Espíritu en Pentecostés como una experiencia subsiguiente, todos los cristianos pueden (y deben) ser bautizados por el Espíritu después de su conversión.42
Pero ¿es realmente el bautismo del Espíritu Santo una obra adicional a la conversión? Si tomamos como parámetro el consejo general de toda la Escritura, y no solo del libro de Hechos, podremos concluir lo siguiente:
- Muchos teólogos coinciden en que el libro de los Hechos tiene un carácter principalmente histórico-descriptivo, más que didáctico-normativo.43 Por lo tanto, no pretende establecer una norma doctrinal que defina cómo deben ser nuestras experiencias espirituales.44 De la misma manera que la dramática conversión de Saulo en el camino a Damasco no se presenta como un modelo normativo para todas las conversiones, las experiencias con el Espíritu Santo descritas en Hechos difícilmente deben considerarse como un estándar para nuestras experiencias espirituales en la actualidad.45
- Las aparentes «segundas experiencias» con el Espíritu Santo registradas en Hechos son excepcionales y responden a contextos específicos, no constituyen una norma general para nosotros en la actualidad. Por ejemplo, al leer atentamente Hechos 10 y 19, notamos que tanto Cornelio y su casa como los bautizados en Éfeso solo tenían la claridad del antiguo pacto y no habían escuchado realmente el evangelio de salvación de Jesús, por lo tanto, no estaban en condiciones de recibir el bautismo del Espíritu Santo. Sin embargo, Dios permitió que los creyentes de Samaria en Hechos 8 recibieran el bautismo del Espíritu después de su conversión solo para demostrar a los apóstoles y líderes de la Iglesia que los samaritanos, aunque gentiles, también podían recibir al Espíritu de Dios (14-17), cumpliendo así la expansión del evangelio del reino, como se menciona en Hechos 1:8.46
- Los 120 discípulos reunidos en Pentecostés recibieron el bautismo del Espíritu Santo como una experiencia posterior a la conversión, no porque esta sea la norma general, sino porque ellos vivieron en el período de transición entre la fe del antiguo pacto y la del nuevo pacto.47 Recibieron el bautismo del Espíritu de manera especial en Pentecostés porque hasta ese momento el Espíritu Santo no había descendido, el nuevo pacto no había sido inaugurado y la Iglesia aún no había sido establecida. En consecuencia, los creyentes de hoy no deberían esperar un fenómeno similar a Pentecostés por la sencilla razón de que esa promesa ya ha sido cumplida. Así como Cristo ya vino, murió y resucitó, el Espíritu Santo ya ha venido y reside en todos los creyentes genuinos.
- Más allá del contexto específico del libro de Hechos, el Nuevo Testamento en su conjunto afirma que la conversión y el recibimiento del Espíritu Santo son eventos inseparables en la experiencia de los creyentes. Por lo tanto, en la actualidad es imposible ser cristiano sin haber recibido el bautismo del Espíritu. La Escritura nos enseña que el Espíritu Santo es una promesa para todos aquellos que se convierten y son hechos hijos de Dios (Hch. 2:38; Rom. 5:1-5; 6:5; 8:15; Ef. 1:13; Gál. 3:2-5). Así, los creyentes somos templo del Espíritu, ya que todos hemos sido bautizados por Él para formar parte del cuerpo de Cristo (1 Cor. 3:16-17; 6:19; 12:13). «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Rom. 8:9).48
Queda claro, entonces, que el bautismo del Espíritu Santo es equivalente a la conversión e iniciación de todo cristiano genuino; es un aspecto intrínseco de ser cristiano. No se trata de una «segunda bendición» reservada para algunos creyentes de mayor nivel espiritual, sino de una promesa hecha y otorgada automáticamente a todos los creyentes.49
Comparación de los tres escenarios bautismales descritos en la Biblia (imagen)
Comparación de los tres escenarios bautismales descritos en la Biblia (imagen)
Referencias bibliográficas:
Referencias bibliográficas:
1 Ver Steve Bond, “Espíritu», Diccionario Bíblico Ilustrado Holman, edit. Leticia Calçada, 2008, pág. 576; consúltese también The NVI Compact Dictionary of the Bible, edit. Douglas & Tenney, 1991.
2 Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y Nuevo Testamento, edit. & White, 2007, págs. 111-113, 348-350; Jon MacArthur & Richard Mayhue, “Dios Espíritu Santo”, Teología Sistemática, 2018, pág. 342.
3 J. I. Packer, Caminar en sintonía con el Espíritu, 2017, págs. 90-91; Wayne Grudem, “La obra del Espíritu Santo”, Teología sistemática, Segunda edición, 2021, pág. 796.
4 Harold L. Willmington, “La doctrina del Espíritu Santo”, Auxiliar Bíblico Portavoz, 1995, págs. 651-652; John MacArthur & Richard Mayhue, Teología sistemática, 2018, págs. 342-343; Anthony D. Palma, El Espíritu Santo, 2005, págs. 19-24.
5 Irvine Robertson, ¿Qué creen las sectas?, 2017, págs. 18-19.
6 Erickson, 2008, pág. 875.
7 Edwin H. Palmer, El Espíritu Santo, 1995, pág. 11.
8 Millard Erickson, Teología sistemática, 2008, pág. 869.
9 John Frame, La salvación es del Señor, 2020, pág. 180; Gregory Thomas, El Espíritu Santo, 2015, págs. 15-16; John MacArthur & Richard Mayhue, Teología sistemática, 2018, pág. 350; Millard Erickson, Teología sistemática, 2008, págs. 872-874; A. D. Palma, 2005, págs. 24-28.
10 Véase en Lewis Sperry Chafer, “Neumatología”, Teología Sistemática (Tomo II), 2009, págs. 857-859.
11 Respecto a Génesis 1:1-2, el teólogo y comentarista luterano Carl F. Keil comenta que la expresión “el Espíritu se movía sobre la faz de las aguas” da la idea de un pájaro que sobrevuela y cubre a sus polluelos para calentarlos y darles vitalidad. Así también, el Espíritu de Dios cubría y hacía germinar la vitalidad de toda la creación. Ver C. F. Keil & F. Delitzsch, Biblical Comentary on the Old Testament, 1968, pág. 149.
12 Frame, 2020, pág. 180,
13 Enns, 2010, pág. 249.
14 Sinclair B. Ferguson, El Espíritu Santo, 2016, pág. 79.
15 (MacArthur & Mayhue, Teología Sistemática: Un estudio profundo de la doctrina bíblica, 2018, pág. 196.)
16 Ibid., pág. 351.
17 Confesiones y credos cristianos, I. Lobo, Daniel J., (edit.), 2022, págs. 7-15; Anthony Palma, El Espíritu Santo, 2005, págs. 28-30.
18 J. E. Vickers, Invocation and Assent: The Making and Remaking of Trinitarian Theology, 2008, págs. 2-5
19 Gilles Emery, The Trinity: An Introduction to Catholic Doctrine on the Triune God, 2011.
20 Palma, 2005, pág. 33.
21 Thomas Geofrey, El Espíritu Santo, 2015, pág. 22.
22 Sinclair B. Ferguson, El Espíritu Santo, 2016, págs. 23-26.
23 Véase los siguientes estudios citados en Ferguson, 2016, pág. 23: W. H. Mc Lellan, “The Meaning of Ruach/Elohim en Génesis 1, 2”, Biblica, 1936, págs. 519-520; H. M. Orlinsky, “The Plain Meaning of RUACH en Gn 1:2”, Jewish Quarterly Review, 1957-58, págs. 174-180.
24 Cf. M. G. Kline, Images of the Spirit, 1980, págs. 13-15.
25 J. I Packer, Caminar en sintonía con el Espíritu, 2017, pág. 91.
26 Palma, 2005, pág. 34.
27 Ferguson, 2016, pág. 26.
28 Enns, 2008, pág. 270; cf. Leon Wood, The Holy Spirit in the Old Testament, 1976, pág. 42-43.
29 Cf. Eduard Schweizer, The Holy Spirit, 1980, págs. 10-19.
30 Mark D. McLean, “El Espíritu Santo”, Teología sistemática, 1996, págs. 385-386; Herman Bavinck, “El don del Espíritu”, Nuestro Dios maravilloso: Una teología sistemática, 2020, págs. 295-298; Wayne Grudem, “La obra del Espíritu Santo”, Teología sistemática, segunda edición, 2021, págs. 796-797.
31 Isaías 44:3; Ezequiel 36:25-29; Jeremías 31:33.
32 Joel 2:28.
33 Myer Pearlman, “El Espíritu Santo”, Teología bíblica y sistemática, 1992, págs. 216-217.
34 Bavinck, 2020, pág. 295.
35 Bavinck, 2020, pág. 296.
36 Véase John Stott, Sed llenos del Espíritu, 1977, págs. 24-25.
37 William Barclay, “Los Hechos de los apóstoles”, en Comentario al Nuevo Testamento, 2006, págs. 506.
38 Roger Stronstad, “Filled with the Spirit: Terminology in Luke-Acts”, en The Holy Spirit in the Scriptures and in the Church, edit. Roger Stronstad y Laurence M. Van Kleek, 1987; véase también John W. Wyckoff, “El bautismo en el Espíritu Santo”, en Teología sistemática, 1996, pág. 428.
39 William W. Menzies & Stanley M. Horton, Doctrinas Bíblicas: Una perspectiva pentecostal, 1987, págs. 107; John W. Wyckoff, “El bautismo del Espíritu Santo”, en Teología sistemática: Una perspectiva pentecostal, edit. Stanely Horton, 1996, págs. 426-457. Véase también R. A. Torrey, The Baptism and Gifts of the Holy Spirit, 1974.
40 Menzies & Horton, 2012, pág. 106.
41 Esto lo dice Ernesto Williams, teólogo sistemático del movimiento pentecostal, en The Pentecostal Evangel (15 de enero 1961), citado en de James G. Dunn, El Bautismo del Espíritu Santo, 1977, pág. 51.
42 James G. Dunn, El bautismo del Espíritu Santo, 1977, pág. 51.
43 Véase Merril C. Tenney, Nuestro Nuevo Testamento, 1989, págs. 276-283. Mark A. Powell, Introducción al Nuevo Testamento, 2020, págs. 194-197. Anthony A. Hoekema, Holy Spirit Baptism, 1972, págs. 23-24; John R. W. Stott, The Baptism and the Fullness of the Holy Spirit, 1964, pág. 8. Gordon D. Fee, Gospel and Spirit: Issues in New Testament Hermeneutics, 1991, págs. 84-85. George E. Ladd, Teología del Nuevo Testamento, 2002, págs. 433-437.
44 Gordon Fee & Douglas Stuart, Lectura eficaz de la Biblia, 2007, págs. 118-119.
45 John Stott, El bautismo y la plenitud del Espíritu Santo, 1973, pág. 23. Ferguson, 2016, pág. 92.
46 Grudem, 2021, págs. 977-979.
47 Ferguson, 2016, pág. 88. Erickson, 2008, págs. 890-891. Stott, 1977, págs. 17-28. Dunn, 1977, págs. 51ss.
48 Frame, 2020, pág. 183-184. Enns, 2008, págs. 264-267.
49 R. C. Sproul, The Mistery of the Holy Spirit, 1990, pág. 158. Véase también la perspectiva del académico James D. G. Dunn, Baptism in the Holy Spirit: A Re-examination of the New Testament Teaching on the gift of the Spirit in Relationship whit the Pentecostalism of today. Studies in Biblical Theology Series 2, 15 (London: SCM, 1970).
